
En el Líbano, la educación está llamada a liberar las mentes. Los proxies de Irán la han convertido en un arma. El Líbano lleva mucho tiempo enorgulleciéndose de algo escaso en esta región: la convicción de que la educación no es un privilegio, sino un camino. Un país donde, a pesar de las guerras, los sucesivos derrumbes y la corrupción política, los padres siguen reuniendo lo poco que tienen para mandar a sus hijos a la escuela. Un país cuyas aulas han producido históricamente médicos, ingenieros, escritores y pensadores, no mártires para los Guardianes de la Revolución iraní. Las cifras cuentan parte de esa historia. El Líbano ostenta uno de los índices de alfabetización más altos de la región, cercano al 98 %. Durante años, figuró entre los primeros países del mundo en la calidad percibida de la enseñanza. Las matemáticas y las ciencias no se imparten como lujos, sino como necesidades, a menudo en inglés o en francés desde temprana edad. La educación aquí no es solo una cuestión de adquirir conocimientos; es una cuestión de movilidad, de dignidad, de emancipación frente al sectarismo, a la violencia y a los límites asfixiantes que impone la geografía.














