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El Nuevo Oriente Medio

El acuerdo de La Meca, ¿nacimiento del cuarto equilibrio regional?
Por
Nawaf Kabbara
Publicado
sep 22, 2026 - 12:25

Si Oriente Medio es hoy el escenario de un enfrentamiento entre los proyectos israelí, turco e iraní, el acuerdo de defensa conjunta de La Meca entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán bien podría anunciar el surgimiento de algo distinto: no necesariamente un cuarto proyecto hegemónico, sino un nuevo proyecto de equilibrio regional. ​ La importancia de este acuerdo radica en que los tres países reúnen activos de poder especialmente complementarios. ​ Turquía cuenta con un ejército poderoso, es miembro de la OTAN y posee una industria militar y tecnológica en pleno auge, además de contar con capacidades avanzadas en materia de drones y guerra electrónica. ​ Pakistán es una gran potencia militar. Es el único Estado musulmán que posee armas nucleares; además, cuenta con una amplia experiencia militar y estratégica. ​ En cuanto a Arabia Saudita, dispone del poderío económico y financiero, así como de recursos energéticos, a lo que se suma su posición central en el mundo árabe y musulmán y un peso político creciente en la escena internacional. ​ Así, la combinación del poder financiero saudí, la potencia militar e industrial turca y las capacidades militares y nucleares pakistaníes abre, por primera vez en décadas, la posibilidad de que surja un polo de poder regional que no esté completamente bajo el paraguas estadounidense. ​ Esto no significa, sin embargo, que estos tres países hayan decidido romper relaciones con Estados Unidos. Turquía sigue siendo miembro de la OTAN, mientras que Arabia Saudita y Pakistán mantienen relaciones importantes con Washington. Pero lo novedoso es que estos Estados afirman ahora, de hecho, que la seguridad de la región ya no puede depender exclusivamente de las garantías de una potencia externa. ​ El acuerdo se inscribe así en una transformación internacional más amplia. ​ El orden surgido tras el fin de la Guerra Fría, en el que Estados Unidos era prácticamente la única potencia capaz de fijar las reglas del juego en Oriente Medio, comienza a evolucionar hacia un sistema más multipolar. ​ China tiene presencia tanto económica como estratégica. ​ Rusia, pese al retroceso de parte de su influencia, sigue siendo una potencia internacional. ​ India se afirma como una potencia mundial de creciente importancia. ​ Y Turquía, Arabia Saudita y Pakistán ya no quieren ser simples Estados que se mueven dentro de un orden diseñado por otros, sino que ahora buscan participar en su construcción. ​ Más allá de una alianza contra Irán ​ Sería un error considerar el acuerdo de La Meca como una simple alianza suní dirigida contra Irán. ​ Los tres países han insistido en el carácter defensivo del acuerdo, subrayando que no está dirigido contra ningún Estado en particular. ​ Más importante aún, sus intereses estratégicos van mucho más allá del enfrentamiento con Teherán. ​ Sin duda, quieren impedir el regreso de una hegemonía iraní, pero tampoco desean que el colapso del poder iraní arrastre automáticamente a la región hacia una hegemonía israelí. ​ El acuerdo se convierte así en un instrumento de equilibrio de doble propósito: ​ Contener a Irán, por un lado, e impedir que Israel se convierta en la única potencia regional capaz de imponer las reglas del sistema, por otro. ​ La diferencia es fundamental. ​ Si en las décadas anteriores el proyecto iraní buscaba construir un eje que se extendiera de Teherán a Bagdad, Damasco y Beirut, y si el proyecto israelí actual apunta a consolidar una supremacía estratégica que convierta al Estado hebreo en una potencia a la que nadie pueda desafiar, el acuerdo de La Meca podría instaurar una tercera lógica: ​ Ni hegemonía iraní ni hegemonía israelí, sino un equilibrio regional entre varias potencias. ​ ¿Y si Egipto se sumara al acuerdo? ​ La cuestión adquiere entonces una importancia muy distinta. El acuerdo está abierto a la adhesión de otros países, y Egipto ya se ha mencionado como un candidato potencial natural. Si esto se concretara, la naturaleza misma de la alianza se transformaría radicalmente. Nos encontraríamos entonces frente a Arabia Saudita, Egipto, Turquía y Pakistán. Es decir, el poder económico del Golfo se uniría al país árabe más poblado, a una de las mayores potencias militares de Oriente Medio y a la única potencia nuclear del mundo musulmán. Entonces ya no estaríamos ante un simple acuerdo de defensa tripartito, sino ante un núcleo potencial de un nuevo orden de seguridad regional. Este podría, posteriormente, extenderse de diversas formas a otros países árabes y musulmanes. De la sociedad anónima a un nuevo consejo de administración Y es en este punto donde podemos volver a la imagen que planteé en 1988. Decía entonces que Oriente Medio se transformaría en una sociedad anónima, con Estados Unidos a la cabeza del consejo de administración, y que la lucha giraría en torno a quién tomaría las riendas. Quizás hoy haya que revisar esa imagen. La sociedad sigue existiendo, pero el presidente del consejo de administración ya no puede decidir solo. Israel quiere convertirse en el director regional más poderoso. Turquía quiere ser un socio ineludible en la dirección. Irán intenta preservar la parte que posee, aunque esta se va erosionando. En cuanto a Arabia Saudita, junto con Pakistán y quizás Egipto y otros países, parece haber comenzado a plantear una pregunta distinta: ¿Por qué un solo actor tendría que dirigir la región? Ahí reside el alcance histórico potencial del acuerdo de La Meca. Porque si evoluciona de un simple acuerdo de defensa conjunta hacia un sistema político, económico y de seguridad más amplio, podría constituir el núcleo de un orden regional basado en el equilibrio de poderes en lugar de en la hegemonía de una sola potencia. Del equilibrio regional al equilibrio internacional Pero el cambio más interesante es que este bloque no necesita someterse por completo a uno de los grandes bloques internacionales. Turquía es miembro de la OTAN, pero mantiene relaciones con Rusia y China. Arabia Saudita es un socio histórico de Estados Unidos, pero en los últimos años ha profundizado sus relaciones con China, Rusia y otras potencias asiáticas. Pakistán, por su parte, está vinculado a China por una relación estratégica profunda, mientras mantiene importantes canales con Estados Unidos y Occidente. Esto significa que estos tres países disponen colectivamente de una red de relaciones que se extiende desde Washington hasta Pekín, pasando por Moscú, Europa y el mundo musulmán. El verdadero valor de este eje residiría, precisamente, en el hecho de que no constituye un componente subordinado de un polo internacional, sino que es capaz de moverse entre los distintos polos. Y quizás ahí esté el rasgo fundamental del orden mundial venidero: El poder no recaerá solo en quienes se alineen con el bando más fuerte, sino en quienes sean capaces de entenderse con todos los bandos sin someterse jamás a ninguno. Si Arabia Saudita, Turquía y Pakistán lo logran, el acuerdo de La Meca podría trascender ampliamente la simple cuestión de la defensa conjunta. Podría convertirse en una de las primeras piedras en la construcción de un equilibrio regional dentro de un orden mundial multipolar. Oriente Medio habría entonces iniciado, por primera vez en mucho tiempo, el paso de ser un escenario donde otros se disputan la influencia a una región donde algunas de sus propias potencias buscan participar en la elaboración misma de las reglas del juego internacional.

Oriente Medio como sociedad anónima: ¿quién asumirá la dirección?
Por
Nawaf Kabbara
Publicado
sep 16, 2026 - 19:58

En 1998, mis estudiantes me plantearon una pregunta que, en aquel momento, parecía demasiado amplia como para poder darle una respuesta clara: ¿cuál es el futuro de Oriente Medio? Les respondí que creía que Oriente Medio se transformaría en algo parecido a una gran corporación, con Estados Unidos como su junta directiva, y que el conflicto fundamental del futuro ya no se limitaría al que existe entre árabes e Israel, sino que también giraría en torno a quién asumiría el liderazgo ejecutivo de esta empresa regional. Añadí que los principales contendientes en este conflicto serían, esencialmente, Israel, Irán y Turquía. Casi tres décadas después, parece que nos encontramos en el centro de ese conflicto. La cuestión central en Oriente Medio ya no es solo quién ocupa un territorio, quién gana una guerra o siquiera quién posee el mayor poder militar. La cuestión fundamental ahora es: ¿quién establecerá las reglas del orden regional? ¿Quién definirá los límites de la influencia de los Estados? ¿Quién decidirá el futuro de Siria, Irak, Líbano, el Golfo y el Mediterráneo oriental? ¿Y quién tiene la capacidad de influir en las decisiones árabes? La región ha pasado gradualmente de una fase en la que el mundo árabe, pese a su debilidad y sus divisiones, figuraba entre los actores que configuraban el orden regional, a otra en la que gran parte de ese mundo árabe se ha convertido en el escenario de la lucha por dicho orden regional. Ahí reside la verdadera tragedia. Del conflicto árabe-israelí a la lucha por el mundo árabe Durante la segunda mitad del siglo XX, el principal conflicto de la región se definía como el conflicto árabe-israelí. Competían varios proyectos árabes —naserista, baazista, monárquico e islamista—. Los propios Estados árabes, al margen de las reservas que pudieran formularse sobre sus políticas, eran actores fundamentales en la definición del futuro de la región. Hoy, el mapa ha cambiado. Nos encontramos ante tres grandes proyectos regionales: el israelí, el turco y el iraní, cada uno con su propia visión de su lugar, su papel y los límites de su influencia. Entre estos distintos proyectos, los Estados árabes actúan de forma individual, a veces en función de sus intereses nacionales y otras según los intereses de sus regímenes y sus preocupaciones de seguridad. Por tanto, ya no existe, propiamente hablando, un único “eje árabe” frente a los demás ejes. Algunos Estados árabes se acercan a Estados Unidos, mientras que otros se coordinan con Turquía. Otros han establecido relaciones estratégicas con Israel, mientras que algunos están vinculados a Irán. Por último, otros intentan mantener relaciones equilibradas con todos. Incluso los países del Golfo ya no actúan como un bloque político unificado: cada uno tiene ahora sus propios cálculos, relaciones y alianzas. Los acontecimientos en curso en 2026 demuestran que algunos países de la región ya buscan nuevos acuerdos de seguridad y alianzas, tras haberse socavado la confianza en la capacidad del orden regional tradicional para garantizar la estabilidad. El proyecto israelí: del control del territorio al control del sistema Cuando se habla del “Gran Israel”, sería un error reducir necesariamente esta idea a un mapa geográfico concreto que se extienda de un punto a otro. Ciertas corrientes religiosas y nacionalistas israelíes tienen, ciertamente, visiones de expansión territorial, pero el concepto de mayor importancia estratégica es el del Gran Israel como principal potencia hegemónica en Oriente Medio. Dicho de otro modo, es posible que Israel no necesite ocupar todos los territorios para llevar a cabo su proyecto. La forma de dominación más eficaz podría consistir en convertirse en la potencia militar, tecnológica y de inteligencia que ninguna decisión regional importante pueda ignorar. Israel cuenta con una considerable superioridad militar y tecnológica, una profunda alianza estratégica con Estados Unidos y una capacidad de inteligencia y acción militar desproporcionada respecto a su tamaño y población. Desde esta perspectiva, debilitar a las potencias regionales rivales e impedir la aparición de una potencia militar capaz de contrapesar a Israel se convierten en elementos esenciales de su visión de seguridad. Durante las últimas décadas, Irán ha representado el principal desafío regional para esta visión. Sin embargo, el debilitamiento de Irán no significa necesariamente el fin de la lucha por el orden regional. Por el contrario, podría revelar al próximo competidor. Y ese competidor es Turquía. El proyecto turco: influencia sin ocupación Turquía no necesita restaurar el Imperio otomano para imponerse como la potencia más influyente de su espacio geográfico. El proyecto turco moderno es mucho más complejo y pragmático. Ankara aspira a ser el Estado cuyos intereses deban tenerse en cuenta antes de cualquier decisión relativa a Siria, Irak, el Mediterráneo oriental, el Cáucaso y, quizá, gran parte del mundo árabe. Para construir una vasta zona de influencia, se apoya en la economía, el comercio, la energía, la industria de defensa, el poder militar, la diplomacia y las relaciones culturales, así como en su posición dentro de la OTAN. Sería erróneo calificar esto, de forma simplista, como “neo-otomanismo”. Estudios recientes muestran que la política turca actual responde más a un intento de construir un orden regional al servicio de la seguridad y los intereses de Turquía, impidiendo al mismo tiempo que sus adversarios configuren el entorno que la rodea, que a una voluntad de reproducir un imperio histórico. Pero este auge de Turquía sitúa cada vez más a Ankara en confrontación con el proyecto israelí. Los espacios vitales de ambos proyectos se superponen en Siria y en el Mediterráneo oriental, y se extienden hacia el mar Rojo, las rutas comerciales y energéticas, así como hacia los mecanismos de influencia dentro del sistema político regional. Por ello, las relaciones turco-israelíes comienzan a pasar de desacuerdos políticos recurrentes a una rivalidad estratégica cada vez más estructural. El proyecto iraní: defender una esfera de influencia en retroceso Irán, por su parte, ha construido su proyecto regional desde la revolución islámica de 1979 según una lógica muy distinta. Teherán no se limitó a apostar por el poder militar convencional, sino que también estableció una amplia red de alianzas políticas, militares y no estatales que se extendía desde Irak y Siria hasta Líbano y Yemen. El componente chiita desempeñó un papel central en muchas de estas redes. Sin embargo, reducir el proyecto iraní a un simple “proyecto chiita” no permite explicar toda su lógica. Se trata, ante todo, del proyecto de un Estado que busca dotarse de una profundidad estratégica capaz de impedir que sus adversarios lo cerquen y de proporcionarle instrumentos de poder más allá de sus fronteras. No obstante, este proyecto ha sufrido graves reveses en los últimos años, mientras que el entorno regional que le había permitido expandirse ha cambiado. Hoy, Irán parece enfrascado en una batalla distinta de la que libró durante las dos últimas décadas. Su objetivo ya no es solo ampliar su esfera de influencia, sino preservar, en la medida de lo posible, lo que queda de ella. Con los enfrentamientos directos que marcaron 2026, el conflicto que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán ha pasado a un nuevo nivel. La crisis del estrecho de Ormuz, por su parte, demostró que Irán, incluso sometido a presión militar y económica, sigue disponiendo de medios que le permiten influir en la economía y la seguridad mundiales. ¿Después de Irán, será Turquía el principal rival de Israel? Aquí llegamos a la cuestión que, a mi juicio, será central en la próxima fase. Si la capacidad de Irán para competir a escala regional se redujera drásticamente, ello no conduciría necesariamente a un Oriente Medio estable, dominado por Israel sin un rival real. Todo lo contrario. Podría llevar a un desplazamiento gradual del centro de la rivalidad regional, de un enfrentamiento entre Israel e Irán hacia una confrontación entre Israel y Turquía. Turquía posee lo que Irán no tenía: una economía más grande y diversificada, una base industrial avanzada, una industria militar en plena expansión, un ejército convencional considerable, pertenencia a la OTAN, una posición geográfica que le permite controlar las puertas de entrada a Europa, Asia y Oriente Medio, así como amplias relaciones económicas y políticas con el mundo árabe. Israel, por su parte, podría ver en el ascenso de una Turquía que ejerce una amplia influencia regional un desafío a largo plazo para su monopolio de la superioridad estratégica en la región. El principal obstáculo para una dominación israelí casi absoluta, una vez neutralizado Irán, podría ser Turquía, del mismo modo que el principal obstáculo para un proyecto turco de construir una amplia esfera de influencia regional podría ser Israel. Esta hipótesis ya no tiene nada de mero ejercicio teórico. Análisis publicados a lo largo de 2026 ya hablan de una transformación de las tensiones turco-israelíes en una rivalidad estratégica que se extiende desde Siria hasta el Mediterráneo oriental y los corredores del mar Rojo. ¿Y los árabes, en todo esto? Llegados a este punto, hay que plantear la dolorosa pregunta. ¿Dónde está el proyecto árabe en todo esto? Es cierto que existen Estados árabes poderosos en los ámbitos económico, financiero y militar, y algunos de ellos ya llevan a cabo una política exterior más independiente y audaz. Por tanto, sería un error considerar a los árabes como simples marionetas manipuladas por potencias extranjeras. El verdadero problema está en otra parte. Reside en la ausencia de un proyecto árabe colectivo para el orden regional. Existe una política saudí, una política egipcia, una política emiratí, una política catarí, una política iraquí y las políticas de cada uno de los demás países. Pero ¿dónde está la visión árabe común de lo que debería ser Oriente Medio dentro de diez o veinte años? ¿Cuáles son los límites aceptables de la injerencia extranjera? ¿Qué concepción tenemos de la seguridad regional? ¿Cómo proteger a los pequeños Estados árabes para que no se conviertan en simples zonas de influencia? ¿Cuál será el futuro de la causa palestina? ¿Qué relación debe mantenerse con Irán, Turquía e Israel? ¿Y qué relación desean tener los propios árabes con Estados Unidos, China, Rusia y Europa? Es precisamente la ausencia de respuestas comunes a estas preguntas lo que permite a otros responderlas en lugar de los árabes. El presidente del consejo de administración estadounidense Queda el papel de Estados Unidos. Cuando utilicé en 1998 la imagen de la “sociedad anónima”, dije que Estados Unidos sería su presidente del consejo de administración. Tres décadas después, la comparación sigue siendo válida, pero con un matiz importante. Washington ya no está en condiciones de gestionar cada detalle de Oriente Medio como lo hizo tras el colapso de la Unión Soviética. China se ha consolidado como una gran potencia económica en la región, Rusia ha tratado de construir allí una influencia militar y política, y las potencias regionales han ganado autonomía. Pero Estados Unidos conserva una ventaja que ningún otro actor posee: una red de bases, alianzas y relaciones militares y económicas, así como una capacidad sin precedentes para influir en el equilibrio de fuerzas de la región. Los acontecimientos militares entre Estados Unidos e Irán de 2026 lo confirman: pese al discurso recurrente sobre su retirada de Oriente Medio, Washington sigue siendo un actor directo en la seguridad y las guerras de la región. Quizá la “empresa” de hoy sea simplemente menos disciplinada que la que había imaginado en 1998. El presidente del consejo de administración sigue ahí, pero ya no puede mantener bajo control a todos los miembros del consejo, mientras cada director regional busca aumentar su cuota y su influencia. El verdadero peligro El mayor peligro para el mundo árabe no es que Irán, Israel o Turquía se impongan. El verdadero peligro es que el mundo árabe siga aceptando ser el terreno de juego de otros en lugar de recuperar su papel como actor. Porque cuando falta un poder árabe colectivo, cada Estado elegirá la alianza que considere capaz de protegerlo: una con Estados Unidos, otra con Turquía, una tercera con Israel, una cuarta con Irán y una quinta intentará mantenerse equidistante de todos. Pero la suma de estas políticas individuales no constituye un orden árabe. Crea un vacío. Y la política, como la naturaleza, aborrece el vacío. Si los árabes no definen su propia visión del futuro de su región, otros la definirán en su lugar. Así, la pregunta que mis estudiantes me hicieron en 1998 vuelve hoy con aún mayor insistencia: ¿Quién gobernará Oriente Medio? Pero quizá la pregunta que nosotros, los árabes, deberíamos hacernos sea aún más importante: ¿Queremos seguir siendo pequeños accionistas de una empresa que otros dirigen en nuestro lugar, o queremos recuperar la capacidad de dar forma a un orden regional en el que seamos verdaderos socios en la definición de las reglas y del futuro?