

La pretensión del Líbano de ser un país de acogida debe medirse por su capacidad para proteger el derecho de todos sus ciudadanos a vivir libremente, sin tener que ocultar su identidad, justificar su presencia ni demostrar una y otra vez su lealtad. Cuando una comunidad se marcha porque sus miembros ya no pueden imaginar un futuro seguro en su propio país, el Líbano pierde parte de su razón de ser y de su capacidad para acoger la diferencia. Los discursos sobre la diversidad y la convivencia no pueden compensar ese fracaso.
Estas preguntas marcaron el debate en torno al libro de Nada Abdel Samad, Cuando se apagaron los balcones judíos de Wadi Abu Jamil, celebrado en la Universidad Americana de Beirut (AUB) y organizado por el Departamento de Historia y Arqueología y la Sociedad Estudiantil de Historia y Arqueología. El encuentro puso sobre la mesa aquello que a menudo preferimos no ver: cómo un barrio judío desapareció de la memoria colectiva y cómo la partida de una comunidad libanesa quedó relegada a una simple nota al pie, a pesar de todo lo que revela sobre nuestra sociedad, nuestro Estado y nuestro discurso político.
En estos momentos, la AUB quizá sea uno de los pocos lugares del Líbano, si no el único, capaz de acoger un debate de esta naturaleza. Ofrece un espacio académico donde las cuestiones delicadas pueden examinarse sin reducirlas a consignas o alineamientos políticos, y donde estudiar la historia de los judíos libaneses no constituye, por sí mismo, un motivo de sospecha. Reunir a estudiantes, historiadores y público en general alrededor de este tema reafirma el papel de la universidad en la protección de la libertad de pensamiento. A medida que el debate independiente se vuelve más difícil, organizar una discusión semejante se convierte en una responsabilidad cultural y nacional.
Abdel Samad reconstruye un universo social a través de testimonios, recuerdos y detalles de la vida cotidiana, sin recurrir a la nostalgia por una supuesta época dorada de Beirut. Su libro se pregunta cómo vivían las personas, cómo las veían sus vecinos y cómo la presencia cotidiana de una comunidad terminó por volverse extraña o quedar silenciada. Eran ciudadanos libaneses que formaban parte de los barrios, las escuelas, los mercados y los distintos ámbitos profesionales del país. Compartían con sus vecinos lazos de amistad, actividades económicas y vínculos afectivos, además de tener sus propios desacuerdos y aspiraciones. En el Líbano estaban sus recuerdos y las tumbas de sus familias. El médico que atendía a las familias del barrio, el comerciante que abría su tienda cada mañana y el vecino cuyo balcón quedó a oscuras aparecen como seres humanos a quienes el discurso político terminaría reduciendo a categorías.
Durante el debate, una mujer del público compartió los recuerdos de su familia sobre un médico judío que había atendido a algunos de sus parientes. Un recuerdo tan cercano a nosotros puede, sin embargo, parecernos un descubrimiento. Cuando la existencia de judíos libaneses resulta sorprendente, debemos preguntarnos qué hemos hecho con nuestra historia y qué clase de educación política ha llevado a considerar extranjeros en su propio país a quienes eran nuestros conciudadanos. Hablamos de diversidad mientras borramos a las comunidades que le daban una existencia concreta y real.
El libro también aborda las formas de antisemitismo que algunos de quienes se dicen libaneses todavía alimentan o justifican. Se manifiestan en bromas, en cuestionamientos de la identidad libanesa de los judíos, en la suposición de que un judío necesariamente debe ser un agente o un sionista, y en las acusaciones de que hablar de esta historia equivale a servir a Israel. También adoptan formas más explícitas: negar a los judíos el derecho a pertenecer a su país o responsabilizarlos colectivamente por las políticas de un Estado que no necesariamente los representa.
Estas actitudes confunden judaísmo, sionismo e Israel, y convierten la religión o el origen en prueba de culpabilidad política. Reproducen una premisa peligrosa de la que se nutre el propio sionismo: que los judíos comparten un único destino político, independientemente de sus distintas posiciones, lealtades y experiencias. Negarse a reconocer a un judío libanés como libanés significa respaldar, aun sin quererlo, la afirmación de que los judíos no tienen otra patria que Israel. Un judío libanés no se convierte en israelí por su religión, ni sus decisiones políticas pueden reducirse al sionismo.
Debemos defender los derechos de los palestinos y la soberanía libanesa, y resistir la ocupación, sin responsabilizar colectivamente a los judíos por las acciones de un Estado. Combatir el antisemitismo no exige ignorar el sufrimiento palestino ni absolver a Israel de sus crímenes. Defender a Palestina no requiere odiar a los judíos ni negar su historia. Una lucha por la justicia se fortalece cuando rechaza el racismo y distingue entre criticar a un Estado y juzgar a las personas por su religión o su origen.
La pregunta “¿Por qué hablar ahora de los judíos del Líbano?” revela una incapacidad para comprender nuestra responsabilidad frente a nuestra historia. Una investigación de esta naturaleza no necesita el permiso de quienes comercian con consignas, ni tiene que esperar a que terminen las guerras para adquirir legitimidad. Una universidad debe plantear las preguntas que otros quisieran silenciar, someter los relatos dominantes a un examen crítico y recuperar las experiencias ausentes de la memoria colectiva. Devolverle un nombre al médico y una historia a la familia permite confrontar los estereotipos con la experiencia vivida. Convertir la propia investigación en motivo de sospecha deja a la ignorancia sin cuestionamientos y permite que el miedo determine los límites del conocimiento.
Recuperar esta historia también exige distinguir la memoria de la nostalgia y la documentación de la justificación. No se trata de absolver al pasado de sus contradicciones. Se trata de preguntarnos por qué no supimos reconocer la partida de los judíos libaneses como una pérdida nacional, y cómo ese fracaso moldeó nuestra manera de entender la pertenencia. Esta responsabilidad recae en el historiador y el escritor, pero también en los lectores y ciudadanos que aceptan los silencios de nuestra memoria colectiva.
Esta reflexión debe reconocer la diversidad de experiencias y de motivos que llevaron a la partida. Los judíos se marcharon en oleadas sucesivas, en circunstancias distintas y hacia diferentes destinos. Algunos insistieron en quedarse. Estas experiencias no pueden encerrarse en un relato único, ni puede describirse cada partida como una expulsión directa. Pero tampoco podemos negar las presiones políticas y sociales que hicieron cada vez más difícil permanecer en el Líbano. La ausencia de una orden formal de expulsión no demuestra que la convivencia haya sido un éxito. Un ciudadano puede conservar sus derechos sobre el papel y, al mismo tiempo, perder toda esperanza de un futuro en su propio país.
La verdadera prueba está en la vida de las personas. ¿Pueden ejercer sus libertades sin miedo? ¿Las protege el Estado como ciudadanos? ¿Pueden ser diferentes sin despertar sospechas? A quien se le exige demostrar su lealtad todos los días ya se le ha negado la ciudadanía plena. Cuando las personas temen revelar su religión, sus orígenes o sus opiniones, debemos enfrentar las condiciones que las obligan a ocultarse para sentirse seguras.
La partida de tantos judíos libaneses debilitó la diversidad del país y puso de manifiesto la fragilidad de unas relaciones humanas abandonadas a merced de las movilizaciones sectarias. Los vínculos entre vecinos necesitan instituciones que los protejan, leyes justas y una educación que fomente el pensamiento crítico. La nostalgia sirve de poco si los mecanismos de exclusión permanecen intactos. Proteger la diversidad no es un favor que una mayoría pueda conceder o retirar a su antojo. Es proteger al propio Líbano. Cada comunidad empujada a marcharse empobrece la memoria, las capacidades y las relaciones del país; cada identidad obligada a guardar silencio reduce el espacio público para todos.
Hoy, cada vez que un ciudadano libanés siente amenazadas su libertad, su forma de vida o su derecho a expresarse, y busca un lugar donde pueda vivir siendo él mismo, vuelve a surgir la misma pregunta. Las circunstancias y los responsables pueden ser distintos, pero la pérdida afecta a todo el país. ¿Qué hemos hecho para que un ciudadano llegue a sentir que su futuro estará más seguro fuera de su patria que dentro de ella? Quienes se marchan se llevan sus conocimientos, sus capacidades y sus relaciones, y dejan atrás una sociedad menos capaz de acoger la diferencia.
Las personas emigran por razones económicas, profesionales o familiares, y marcharse puede ser una elección libre y legítima. Pero una de las experiencias más crueles consiste en amar al propio país, querer permanecer en él y, aun así, no poder imaginar allí una vida libre y segura. El éxito en el extranjero debería llevarnos a preguntarnos qué les impidió construir sus vidas en su tierra. Celebrar los logros de los emigrantes no debe ocultar nuestra responsabilidad por las condiciones que los empujaron a irse.
Quienes nos quedamos debemos preguntarnos qué perdimos cuando nuestros vecinos se marcharon y qué hicimos mientras su lugar en el país se volvía cada vez más precario. El silencio que rodea las partidas puede prolongarse durante años, sostenido por explicaciones que tranquilizan nuestras conciencias. Recuperar estas historias nos obliga a enfrentar el miedo que separó a ciudadanos de su patria y la indiferencia que hizo que su pérdida pareciera algo normal.
El libro de Abdel Samad se niega a confinar esa pérdida al pasado. Leer sobre Wadi Abu Jamil nos obliga a pensar en otros balcones que quizá hoy estén quedando a oscuras. Las comunidades no desaparecen de un momento a otro. El proceso comienza cuando su presencia se vuelve sospechosa, cuando la ciudadanía queda condicionada a demostrar lealtad y cuando las personas deben probar continuamente que no son lo que otros imaginan que son.
El Líbano que queremos necesita un Estado que proteja las libertades de sus ciudadanos y ciudadanos que se nieguen a convertir el derecho de sus vecinos a permanecer en su país en algo negociable. Necesita una memoria colectiva que no tema a la complejidad y una educación que explique cómo las relaciones cotidianas unían a comunidades cuyas historias no pueden entenderse de manera aislada. La diversidad es una condición de la vitalidad del país.
Cuando los balcones judíos quedaron a oscuras, el Líbano perdió una parte de sí mismo. El libro de Abdel Samad nos devuelve esa pérdida en forma de una pregunta sobre el presente y el futuro. Proteger lo que queda comienza por un reconocimiento claro: este país pertenece a todos sus ciudadanos. Su pertenencia es un derecho que no necesita el permiso de nadie. Defender su diversidad es defender al propio Líbano.






















