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Estudio

Por detrás da “Linha Amarela”, a sombra do “Grande Israel”?
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
abr 26, 2026 - 18:02

Nota de la redacción: El siguiente estudio no debe leerse de una sola vez, sino por segmentos; y probablemente sería preferible imprimirlo en lugar de leerlo en un dispositivo digital, especialmente en el teléfono móvil. El autor pide disculpas de antemano al lector, pero el enfoque académico seguido no permitiría una división en varios artículos o un resumen que debilitaría su contenido y sus matices. Mea maxima culpa, por lo tanto. A principios de abril de 2026, Israel hizo circular un “nuevo” mapa del Líbano meridional, en el que se destaca una zona de aproximadamente diez kilómetros al norte de la frontera dentro del territorio libanés, coloreada en amarillo, representativa del espacio geográfico que su ejército ocupa desde el inicio de su ofensiva militar en marzo. Esta línea de demarcación, que por defecto ha tomado el nombre de “línea amarilla”, es presentada por los responsables israelíes como una realidad sobre el terreno bajo control de Tsahal, acompañada de la prohibición de regreso impuesta a los habitantes de cincuenta y cinco localidades libanesas. El modelo, según reconocen los propios oficiales militares israelíes, es el ya aplicado en Gaza. La experiencia lo avala: Israel no improvisa tácticamente. Simbólicamente, el mapa no deja de cristalizar la resurgencia de un imaginario territorial que atraviesa la historia del sionismo desde sus orígenes, y que la coyuntura de 2024–2026 — con el derrumbe de Hezbolá como fuerza militar de primer rango, la disolución del imperio iraní y esta simbiosis paroxística entre Donald Trump y Tel Aviv — reactiva con una audacia inédita desde 1967. Ya en vísperas de la tregua de noviembre de 2024, Israel estaba a punto de consolidar una línea de amortiguación horizontal desde Naqoura hasta Kfarshuba, de unos cien kilómetros de anchura y entre siete y diez kilómetros de profundidad, lo que supone unos 452 kilómetros cuadrados de territorio libanés bajo control israelí efectivo. Más allá de este primer cordón, los planificadores militares israelíes desarrollaban un segundo perímetro defensivo entre el Litani y el Awali, designado internamente como “zona de caza y persecución”. El propio Netanyahu declaraba: “Cada posición terrorista — y hay muchas — es simplemente arrasada”, precisando que el ejército israelí había “amplido su presencia en el Líbano más allá de las cinco posiciones establecidas en 2024” para constituir, en sus propias palabras, “una zona de seguridad sólida y más profunda.” Y es evidente, a juzgar por las declaraciones de los dirigentes israelíes, que no tienen ninguna intención de retirarse de dicha zona en los meses, ni siquiera en los años venideros. La demolición sistemática de pueblos enteros es prueba irrefutable de ello. Es un vacío demográfico lo que Tel Aviv está fabricando, y ello no sorprende en absoluto. Israel lleva dominando esta práctica desde 1948… Más allá de una simple ocupación estratégica con fines de seguridad, la “línea amarilla” no deja de despertar el temor a una anexión lisa y llana en el marco de un viejo proyecto imperialista más vasto. La geografía del deseo Para comprender esta aprensión legítima y la percepción que la acompaña de la lógica israelí que subyace a estas operaciones, es preciso remontarse a la matriz ideológica del propio proyecto sionista. La ambición territorial israelí ha variado sin duda según las corrientes y las épocas, pero siempre ha estado presente, y resulta sin duda necesario, a los efectos del presente estudio, intentar trazar su genealogía. Eretz Yisrael HaShlema — la “Tierra de Israel en su totalidad” — es, en efecto, una expresión de significados bíblicos y políticos múltiples y cambiantes. En el flujo de los movimientos nacionalistas o sionistas, las obsesiones territoriales han variado a lo largo de los períodos y las corrientes — sionismo laborista, sionismo revisionista, sionismo religioso —, pero es posible identificar dos definiciones primarias: una, más estrecha, que designa a Israel junto con los Altos del Golán, Cisjordania y Gaza; otra, maximalista, que designa la vasta región que se extiende desde el Nilo hasta el Éufrates. Theodor Herzl, padre fundador del sionismo político, trazaba él mismo esta perspectiva en una conversación con Max Bodenheimer, anotando en su diario que el Estado judío debería extenderse “desde el arroyo de Egipto hasta el Éufrates.” Desde entonces, la formulación reaparece regularmente en la literatura política israelí y en las declaraciones de responsables — incluida, en 2024, la activista Daniella Weiss, quien afirmaba: “Sabemos, por la Biblia, que las verdaderas fronteras del Gran Israel se extienden desde el Éufrates hasta el Nilo.” Pero es entre estos dos polos — maximalismo bíblico por un lado, pragmatismo de las etapas por el otro — donde se ha construido la estrategia real del Estado hebreo. Y nunca esta dialéctica fue formulada con tanta claridad como en la célebre carta que David Ben Gurión escribió a su hijo Amos el 5 de octubre de 1937, a raíz de la Comisión Peel. Solo “el comienzo” Enviada tras el estallido de la Gran Revuelta Árabe en 1936, la Comisión Real Británica sobre Palestina, encargada de proponer modificaciones al Mandato Británico sobre Palestina, había propuesto en 1937 la abolición del Mandato y la partición de Palestina en dos Estados — un Estado árabe al sur y un Estado judío al norte. Ben Gurión, para sorpresa de muchos de sus camaradas partidarios del “Gran Israel”, lo aceptó. Sin embargo, esta aceptación respondía más al pragmatismo táctico que a una renuncia a la ideología sionista. En su carta al hijo, Ben Gurión escribe así: “Mi hipótesis — y por eso soy un ardiente defensor de un Estado, aunque esté vinculado a la partición — es que un Estado judío en sólo una parte del país no es el fin sino el comienzo”. (…) Porque este aumento de posesión importa no sólo en sí mismo, sino porque a través de él aumentamos nuestra fuerza, y cada aumento de fuerza ayuda a la posesión del conjunto del país. La creación de un Estado, aunque sea sólo en una porción del país, es el reforzamiento máximo de nuestra fuerza en este momento y un poderoso impulso a nuestros esfuerzos históricos por liberar la totalidad del país.” Esta fría lógica que consiste en aceptar hoy lo que se puede obtener para preparar mañana lo que se desea constituye la clave de bóveda de la estrategia sionista desde sus orígenes. Explica, por tanto, por qué cada gesto — sea alto el fuego, acuerdo, retirada parcial u otro — ha sido siempre presentado como provisional por los defensores del Gran Israel. El tiempo no es el estático de la ofuscación, sino el de un relato continuo, en elaboración constante. En 1954, los diarios de Moshe Sharett revelan que Ben Gurión describía al Líbano como el “eslabón débil” de la Liga Árabe, proponiendo la creación de una entidad política separada y la anexión del Sur hasta el Litani. Moshe Dayán, por su parte, preconizaba explotar las divisiones internas libanesas para facilitar una intervención y un eventual control — intento que fue llevado a cabo, con el relativo éxito que la historia registra, sirviéndose tanto de actores afines al proyecto (el Frente Libanés de los años setenta y ochenta, luego Saad Haddad) como de los ostensiblemente hostiles (Hezbolá…). Pero fue Assad quien dominaría la técnica a la perfección. Desde principios de la década de 1960, Yitzhak Rabin identificaba a su vez el Litani como la frontera norte ideal. En cuanto a Netanyahu, basta con escuchar las declaraciones de sus ministros — Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, por ejemplo — para comprender que en el imaginario político israelí, al menos una parte del Líbano le pertenece a Israel. La obsesión con el Litani Al revisar la literatura sobre la postura israelí frente al territorio libanés, queda claro que la cuestión del Litani es una de las obsesiones más antiguas y constantes de la geopolítica israelí, que se remonta a la Conferencia de Paz de París de 1919. Así, Chaïm Weizmann y David Ben Gurión habían presentado, en esa Conferencia, un mapa de las fronteras deseadas para el futuro Estado judío que incluía el Litani. Pero el Tratado Sykes-Picot de 1915, por el que Gran Bretaña y Francia habían fijado ya la frontera entre el Líbano y Palestina, echó por tierra sus planes. A instancias de París, el Litani permaneció, pues, libanés. La reivindicación israelí, sin embargo, no desapareció. Ben Gurión seguiría afirmando: “Es necesario que las fuentes de agua de las que depende el futuro del país no se encuentren fuera de las fronteras de la futura patria judía. Por ello siempre hemos exigido que la Tierra de Israel incluya las riberas meridionales del Litani, los nacimientos del Jordán y la región del Haurán.” En 1978, Israel denominó a su invasión del Líbano meridional “Operación Litani”, siendo el objetivo declarado llegar al río. Y desde 2025, un movimiento de colonos israelíes denominado Uri Tzafon lleva una campaña abierta por la anexión del Líbano meridional hasta el Litani, afirmando que “el Líbano meridional es simplemente la Galilea septentrional.” La dimensión hidráulica del proyecto no es anecótica. El agua es un recurso estratégico en una región árida, y tras la guerra de 1967, el ministro de Defensa Moshe Dayán declaraba que Israel había alcanzado “fronteras provisionalmente satisfactorias, con excepción de la del Líbano.” Es decir, el Litani — al alcance de la mano, pero siempre fuera de ella. Ya no. Huelga decir que el descubrimiento de gas en alta mar al sur del Litani no ha calmado los apetitos israelíes. Todo lo contrario… El plan Yinon y la doctrina de la fragmentación La carta de Ben Gurión de 1954 constituía una suerte de declaración de intenciones y un plan estructural progresivo por etapas. El célebre documento publicado en 1982 por Oded Yinon en la revista hebrea Kivunim representa su traducción estratégica más explícita y sistemática. Presunto exasesor de Ariel Sharon y exfuncionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, Yinon publicó en febrero de 1982 un artículo titulado “Una estrategia para Israel en los años ochenta”, en el que analiza las debilidades de los Estados árabes y concluye que Israel debe trabajar por la fragmentación del mundo árabe en un mosaico de agrupaciones étnicas y confesionales. “Toda forma de confrontación interárabe”, sostenía, sería a corto plazo ventajosa para Israel. El plan opera sobre dos premisas fundamentales: para sobrevivir, Israel debe convertirse en una potencia regional imperial y debe provocar la división de la región en pequeños Estados mediante la disolución de todos los Estados árabes existentes, siendo el tamaño de estas entidades función de la composición étnica o sectaria de cada territorio. El Líbano ocupa un lugar particular en este plan: Yinon veía precisamente los acontecimientos contemporáneos en el Líbano como el presagio de desarrollos futuros en el conjunto del mundo árabe, cuyas convulsiones constituirían un precedente para orientar las estrategias israelíes a corto y largo plazo. Parece, cuanto menos, haber sido ampliamente escuchado… El plan Yinon ha suscitado naturalmente múltiples relecturas desde 1982, con ciertos analistas estimando que describiría de manera profética o programática lo que efectivamente ha sucedido en Oriente Medio a lo largo de los últimos cuarenta años — entre ello el establecimiento de zonas de amortiguación en el interior del Líbano, la anexión de territorios sirios más allá del Golán, el apoyo al régimen alauíta en Siria frente a la mayoría suníta, el fortalecimiento del régimen iraní en el Próximo Oriente para desestabilizar los regímenes árabes, la caída del dique representado por Saddam Hussein en Irak, el apoyo a grupos drusos y kurdos favorables a una Siria fragmentada, los bombardeos sobre Irak y Yemen, e incluso la emergencia de Hamás para debilitar a Fatah… Todos estos acontecimientos habrían articulado, según diversos analistas, una nueva versión de Sykes-Picot centrada en el plan Yinon. El problema, evidentemente, sería caer en una lógica conspirativa que confunda la capacidad del Estado hebreo para orientar los acontecimientos políticos en el sentido que conviene a sus intereses con un gran esquema urdido medio siglo por adelantado — algo parecido al famoso plan Kissinger para el Líbano, cuya función latente es la de exonerar a los protagonistas de sus propios errores tácticos y estratégicos en nombre de la fatalidad inexorable… Demasiado cómodo. Netanyahu y su confesión cartográfica Si hay una característica que le es propia a Benjamin Netanyahu, es su capacidad de pasar sin ningún tipo de complejo de la ideología a la práctica, no sin cierta euforia de la ostentación. El hombre y los ministros de su gobierno antes citados están muy lejos de practicar el arte de la sutileza retórica, la diplomacia o incluso la duplicidad. Su pasión por los mapas geográficos está documentada desde 1990, y cabe apostar que, lejos de ser accidental, está muy calculada — una suerte de modo de gobierno simbólico, por la imagen. El 22 de septiembre de 2023, dos semanas antes del ataque de Hamás, Netanyahu había presentado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas un mapa titulado “El Nuevo Oriente Medio”, que no incluía ni Cisjordania, ni Jerusalén Oriental, ni Gaza, incorporando de facto estos territorios al cuerpo de Israel. Antes en el mismo discurso, había mostrado también un mapa de Israel en 1948 que incluía los territorios palestinos en el nuevo Estado. Si hubo indignación, fue de muy corta duración… y el ataque tramado por Sinwar y los suyos vino a borrar el insulto monumental infligido al derecho internacional ante la Asamblea General. Y resulta sorprendente que, en un momento en que ciertos países europeos hacen gala de un celo excesivo en la restricción de las libertades públicas con proposiciones de ley como la llamada “ley Yadan”, todo el mundo haya pasado por alto el despliegue de Bibi, que había borrado Palestina de un golpe de mapa, conectando así “el río con el mar.” Semejante despliegue no fue ciertamente ningún accidente diplomático. Antes de su partida hacia Washington a principios de 2025, Netanyahu ya había prometido, en una declaración, “redibujar” el mapa de Oriente Medio, en referencia al plan de su gobierno de crear un “Gran Israel” que englobase la totalidad de los territorios palestinos e importantes porciones de los Estados vecinos. En este gobierno, la fracción más explícita está representada por Smotrich y Ben Gvir. El 23 de marzo de 2026, Smotrich se presentó ante su bloque parlamentario en la Knéset e invocó explícitamente el Litani como la línea que delimita una esfera norte de expansión israelí, en espejo de los desarrollos en Gaza y Siria. ¿Obedece la desaparición completa de pueblos enteros del Líbano meridional — borrados quizás para siempre del mapa desde la perspectiva israelí — únicamente a consideraciones de seguridad? La pregunta debe plantearse con agudeza y ser necesariamente suscitada en el marco de las negociaciones por un Estado libanés empeñado en preservar su soberanía e integridad territorial y en defender sus derechos frente a la ocupación. Los Altos del Golán como laboratorio de la anexión permanente Es sin duda la trayectoria de los Altos del Golán la que ofrece el precedente más consumado e instructivo del proceso de anexión progresiva que caracteriza el método israelí. Ocupados en 1967, anexados unilateralmente en 1981 en un gesto que la comunidad internacional se negó a reconocer durante décadas — y que Assad concedió de muy buen grado a su aliado tácito a cambio de su permanencia indefinida en el poder en Damasco —, los Altos del Golán vieron su soberanía israelí reconocida de facto por Donald Trump en 2019, primer acto de una serie de reconfiguraciones normativas cuyos efectos continúan desplegándose. Desde el derrumbe del régimen de Assad en diciembre de 2024, Israel ha extendido su presencia militar en territorio sirio más allá de la zona de amortiguación establecida en 1974, creando nuevos hechos consumados sobre el terreno. Este modelo, que obedece al esquema ocupación asentamiento hecho consumado reconocimiento diferido, es precisamente el que la línea amarilla en el Líbano meridional parece querer reproducir, con las adaptaciones que imponen un contexto diferente y una resistencia de naturaleza distinta. La lógica de los “umbrales”: del mito fundador al programa político Es preciso introducir aquí, una vez más, un matiz indispensable para el análisis — so pena de caer en el escollo de la conspiración donde debería leerse la tensión estructural entre mito fundador y decisión política. El término Eretz Israel HaShlemah no entró en el uso político corriente hasta después de la guerra de 1967. Durante la era del Mandato (1920–1948), el campo sionista estaba dividido. Algunos apoyaban al militante Ze’ev Jabotinsky, que sostenía que ambas orillas del Jordán habían sido prometidas a los judíos en la Declaración Balfour. Otros, con Ben Gurión, aceptaban el marco del Mandato Británico sobre la Palestina occidental. Con el ascenso del Likud, heredero de la corriente revisionista jabotinsquiana, el término Eretz Israel HaShlemah se hizo más popular y el proyecto de anexión completa se convirtió en el objetivo central de la coalición gobernante. Si los sueños territoriales de la derecha sionista parecían antaño no ser más que fantasías coloniales sin porvenir, los acontecimientos actuales en Gaza, el Líbano y Siria muestran que las esperanzas de una extrema derecha israelí en pleno ascenso están más próximas a materializarse que nunca. La frontera entre el mito y la realidad no ha sido nunca tan borrosa. Probablemente conviene situar esta resurgencia epidérmica del “Gran Israel” en el contexto de ese viento de “nostalgia de una edad de oro mítica” que despierta todas las vocaciones imperiales — como señalaba Samir Frangieh en una entrevista poco antes de su muerte. De Putin con Ucrania y los países bálticos, a Trump con Venezuela y Cuba, pasando por China y Taiwán, o la Turquía de Erdoğan y los demonios del Imperio otomano, sin olvidar el imperio teocrático del faquih de Darío III que expira actualmente bajo las bombas israelí-estadounidenses… un vendaval de megalomanía azota el mundo entero. El mito imperialista constituye en este marco un horizonte de deseo que estructura el pensamiento estratégico de una parte significativa del establishment israelí, modulando sus ambiciones según las oportunidades que ofrece la correlación de fuerzas regional e internacional en cada momento. La nueva carta no es ciertamente la del Éufrates al Nilo. Pero bien podría constituir una etapa hacia ella. Y Ben Gurión advirtió, en 1937, que las etapas eran precisamente lo que importaba. No mentía. Y hoy, Netanyahu no fanfarronea. En algún momento habrá que salir de las fanfarronadas locales adversas, que siguen creyendo que Israel es una potencia agotada, al borde del colapso, moribunda. Tel Aviv lleva tres años en guerra, y, tan cerca de su objetivo, ¿por qué habría de renunciar a él, sobre todo cuando nunca ha gozado de un apoyo tan incondicional por parte de su aliado americano? Lo que la “línea amarilla” podría anunciar Al término de toda esta exposición, conviene responder a la pregunta de si la “línea amarilla” es únicamente de naturaleza securitaria, vinculada al principio primordial de garantizar la perdurabilidad del norte israelí frente a posibles ataques. Si bien es naturalmente imposible responder a esta pregunta con plena certeza, no es menos cierto que la retórica y los comportamientos de Netanyahu y sus ministros son manifiestos y casi transparentes al respecto. ¿Por qué no escucharlos? Por lo demás, si Tel Aviv posee ahora argumentos de oro — el pretexto de las represalias graciosamente brindado por Hezbolá a través de su voluntad de vengar a Jamenéi —, así como una impunidad total y una alineación de astros políticos sin precedentes para realizar su proyecto, ¿por qué no lo haría, y más aún en un contexto regional y mundial totalmente desestabilizado, en el que la ONU y el derecho internacional apenas cuentan? La oportunidad podría ser única. La anexión de facto del Líbano meridional constituye sin duda un intento de solidificación de un hecho territorial consumado a falta de cualquier marco jurídico internacional reconocido, apoyándose en el precedente gazatí y en el respaldo político de la administración Trump. El enviado estadounidense Tom Barrack ha llegado incluso a evocar, por su parte, la creación de una “zona económica libanesa” que reemplazaría los milenarios pueblos fronterizos. Como en Gaza. La formalización del despojo en todo su esplendor, haciendo destellar las delicias del progreso y el desarrollo que se derivarían de ello. Extraña propaganda “positiva” fundada sobre la miseria humana. La destrucción de viviendas, la demolición de infraestructuras, la prohibición del retorno de las poblaciones… todo ello no deja de trazar la silueta de un proyecto que supera las preocupaciones de seguridad y afecta de manera evidente — pruebas en mano — a la demografía, a la geografía humana y a la modificación duradera del espacio fronterizo. De la Conferencia de paz de 1919 a los debates internos de los años cincuenta, del plan Yinon a los discursos de la coalición actual, la frontera norte de Israel nunca ha sido considerada como definitivamente trazada. Ciertos apetitos israelíes voraces fantasean su placer anexionista hasta Tiro. Otros, aún más lejos quizás. ¿Quién sabe? En un mundo implosionado que deliberadamente mira para otro lado, el imaginario y el delirio no tienen límites. Lo que la “línea amarilla” podría bien revelar, en suma, es que el sueño del “Gran Israel” — en sus diversas formas e iteraciones variables — se vive actualmente en tiempo presente. Al igual, por cierto, que los sueños de los demás imperios caídos. El Líbano, en 2026, es sin duda — como lo fue Gaza en 2025–2026 — el escenario más inmediato y doloroso de todo ello. Con el riesgo de sufrir progresivamente el mismo destino. Acabar con un mito libanés Sin embargo — y parece necesario concluir con esta precisión ineludible —, nada de lo anterior podría justificar la retórica actual defendida por los heraldos de la mou’manaa, a saber, que la codicia de Israel prueba que la guerra habría tenido lugar de todos modos, y que es preciso dejar de hacer asumir a Hezbolá la responsabilidad de lo que ocurre. Ha llegado el momento de acabar con esta llave maestra de la argumentación que pretende justificar todo lo que hace el Hezbolá— y, paradoja grotesca, también todo lo que hace Israel — mediante una pseudoley de la fatalidad. Esta lectura pasa por alto, por ignorancia o mala fe, toda una serie de factores. Sin querer entrar en todas las argucias estériles desarrolladas para justificar la guerra de Hezbolá, conviene detenerse en una sola: si la “resistencia” es legítima frente a un Estado que sigue codiciando el territorio de sus vecinos, su decisión no puede pertenecer sino al Estado libanés, no a un grupo paramilitar subordinado a Irán que desde hace veinticinco años dicta lo que desea — no sólo la guerra y la paz, sino también lo que es lícito decir y hacer, y quién merece vivir o morir — a los demás componentes de la sociedad libanesa, sobre la base de un proyecto político imperialista en el que el Líbano no es sino una provincia y los libaneses mera carne de cañón. Y si el Estado no ha sido capaz, hasta ahora, de desempeñar este papel soberano, es precisamente porque, desde dentro, el caballo de Troya iraní no quería restituirle esta prerrogativa, por ciega fidelidad a la voluntad hegemónica iraní. La experiencia de la “resistencia islámica” de Hezbolá ha sido una catástrofe nacional en todos los niveles — y no ha terminado. La “Gran Persia”, de la que Hezbolá no es sino una excrecencia, nunca ha recibido mandato del pueblo libanés para enfrentarse al proyecto del Gran Israel. Sólo el Gran Líbano puede hacerlo — simbólica y prácticamente, por todos los medios legítimos, empezando por la diplomacia. Así pues, frente al Gran Israel, el Gran Líbano. Solo eso.

De Persépolis a Teherán, un mismo arte de la guerra
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
abr 22, 2026 - 09:34

NOTA DE LA REDACCIÓN: El estudio que sigue, dedicado a un análisis pormenorizado de la lógica de la guerra en el espíritu y la práctica persa-iraní a la luz del conflicto actual con los Estados Unidos, no debe leerse de una sola vez, sino por segmentos; el soporte digital no se presta, sin duda, a la extensión del texto. Es más recomendable imprimir el artículo y leerlo en papel. El autor pide disculpas de antemano al lector por esta inconveniencia, pero el método académico seguido no admite una división en varios artículos ni un resumen que debilitaría su sustancia y sus matices. Mea maxima culpa. El martes 21 de abril de 2026, al final de la noche, Teherán informó que no participaría en las negociaciones de Islamabad previstas con Washington al día siguiente, invocando "condiciones inaceptables" planteadas por los estadounidenses. El alto el fuego, concluido el 8 de abril tras cincuenta días de guerra abierta, acababa de expirar, y Donald Trump se vio obligado a prorrogarlo para dar aún más tiempo a la República Islámica para alcanzar un acuerdo. El estrecho de Ormuz había sido declarado plenamente abierto al tráfico comercial el viernes, provocando una caída de más del 10 % en los precios del petróleo, antes de que Irán lo volviera a cerrar desde el sábado, luego de que Washington se negara a levantar su bloqueo naval. Donald Trump había calificado el alto el fuego de caduco "el miércoles por la noche, hora de Washington", al tiempo que enviaba a dos negociadores a Pakistán. Teherán, según la agencia oficial IRNA, calificó las declaraciones estadounidenses como un "juego mediático" destinado a ejercer presión mediante un "juego de la culpa", mientras mantenía abierto el canal pakistaní hasta la noche del martes, hora del giro inesperado. Y el giro inesperado es este: Teherán rechazó el alto el fuego de Trump, declaró caduco el acuerdo del 8 de abril y reabrió formalmente la vía para la reanudación de las hostilidades... Toda esta confusión diplomática que se despliega ante el mundo entero, como un peligroso coqueteo de baja categoría imposible de entender, no es en realidad nada de eso. Teherán aplica una doctrina. Es reinterpretado con los instrumentos del siglo XXI (misiles balísticos, drones FPV, bloqueo petrolero, comunicados de agencias oficiosas), el mismo patrón estratégico que un observador atento habría podido describir después de Maratón, Salamina o la paz de Calias (cuya existencia real todavía discuten los historiadores). Desde hace veinticinco siglos, las constantes del poder persa en una situación de máxima presión no han cambiado. Entre ellas figura un arte sutil y dominado de alternar el calor y el frío, de negar lo que se hace mientras se hace, o de mantener la línea entre la guerra y la paz en un estado deliberadamente indeterminado. El Irán contemporáneo, involucrado desde el 28 de febrero de 2026 en el conflicto más existencialmente peligroso de la historia de la República Islámica, reproduce así modelos de confrontación que ni la conquista de Alejandro, ni el islam árabe, ni la revolución jomeinista lograron borrar. Esta recurrencia procede de factores geopolíticos y, por lo tanto, invariables a través de los siglos: geografía interior del poder, lógica de la meseta frente al mar, pero también del centro frente a la periferia. Estos factores han estructurado buena parte de la historia militar de esta civilización. Siete invariantes polémológicos atraviesan este continuo. I — La guerra del tiempo, o la soberanía “en el umbral” La primera de estas constantes es, sin duda, la menos evidente para un observador no familiarizado con las costumbres de Persia y su historia. Sin embargo, constituye el elemento más profundo y, paradójicamente, el menos visible de la estrategia meda: la doctrina de la temporalidad como arma. Lo que comúnmente se llama la "duplicidad" iraní en las negociaciones no es la astucia diplomática ordinaria, en el sentido de una mentira puntual destinada a engañar a un adversario sobre un punto preciso. No es el caballo de Troya de Ulises. Se trata de una duplicidad estructural, constitutiva de la propia doctrina, que consiste en la capacidad de mantener simultáneamente dos discursos contradictorios sin que la contradicción sea vivida como una incoherencia interna... porque se vive como la gestión normal de una temporalidad que no es la del adversario occidental. Este pensamiento esotérico preasocrático, que Occidente no comprende cuando se trata de dialogar y negociar con Teherán, se parece a la tesis monista dinámica que defendía Heráclito de Éfeso (y más tarde Ibn Arabi) antes del surgimiento del dualismo ontológico platónico. Según Heráclito, la oposición no es una contradicción, sino una tensión entre dos extremos del mismo principio que tiran en sentidos contrarios. En sentido persa, esta dualidad existe entre el zâhir, lo manifiesto, lo exotérico, y el bâtin, lo oculto, lo esotérico. Ambos registros coexisten porque pertenecen a planos distintos de la realidad. Lo Uno contiene ambos polos, de los que son dos manifestaciones. La disimulación, la taqiyya, no es entonces una mentira en el sentido occidental del término, sino el reconocimiento de esos dos estados que son órdenes separados que existen simultáneamente sin contradecirse. Sostener un doble lenguaje, considerar que todo conocimiento no se define por sí mismo sino en virtud de la falta de conocimiento que aún queda por conquistar, es decir, por la negación de lo existente, pertenece por lo tanto a un proceso sano y legítimo, signo de sabiduría ontológica. La oscilación iraní entre guerra y paz es, entonces, la posición buscada por Irán. No hay otra. Los opuestos cohabitan y por eso son coherentes. Algo capaz de volver locos a los occidentales, que buscan la verdad detrás de la máscara, cuando no hay máscara. Solo dos "posiciones variables" de una misma postura que nunca buscó una unidad "lógica". El testimonio de Heródoto Fue Heródoto quien documentó involuntariamente por primera vez la traducción mecánica más antigua de esta idea en la historia. Después de la batalla de Maratón (490 a. C.), Darío no capitula, no negocia, no hace nada legible que pueda entenderse racionalmente. Un poco como Sauron en El Señor de los Anillos , espera y se prepara en silencio, acumulando durante diez años la maquinaria de la segunda invasión. Después de la batalla de Salamina (480), Jerjes se retira pero deja a Mardonio con un ejército entero en Tesalia. Ni paz ni guerra, por tanto, sino un estado suspendido de indeterminación estratégica que agota a las ciudades griegas política y económicamente, mucho más eficazmente de lo que habría podido hacerlo una nueva batalla. La paz de Calias (449 a. C., cuya existencia real todavía discuten los historiadores, lo que ya es revelador) habría puesto fin formalmente a las guerras médicas. Pero los persas siguieron financiando simultáneamente a Esparta contra Atenas, luego a Atenas contra Esparta, convirtiendo la guerra del Peloponeso en instrumento de su política sin aparecer nunca oficialmente en ella. Ahí están los orígenes de la guerra iraní actual por procuración financiera, la corrupción de élites y el mantenimiento deliberado del caos en el adversario. Todo ello sin línea de frente, mediante un juego invisible sobre las contradicciones ajenas. Lo que los griegos no comprendían era que los persas simplemente no tenían la misma relación ontológica con el tiempo. Allí donde la ciudad griega pensaba en términos de agôn, de choque decisivo, de batalla reglada, de desenlace tajante, el imperio iraní reflexionaba en términos de duración, paciencia, acumulación lenta e inversión diferida. Este patrón encuentra su traducción incluso en la jurisprudencia islámica, a través del concepto de hudna, la tregua temporal que no es la paz. Un contrato suspendido que permite una pausa para rearmarse y reposicionarse antes de que la batalla se reanude. Lejos de percibirse como una rendición, la hudna es un paréntesis táctico en una guerra cuyo horizonte sigue estratégicamente intacto. Ciro y sus sucesores, por supuesto, estaban lejos de poseer ese concepto teológico-jurídico... pero ya habían desarrollado su práctica intuitiva absoluta... La ambigüedad como postura estratégica La estrategia nuclear iraní desde 2003, pero también la de Hezbolá en Líbano, que proclama la victoria en medio de los escombros apenas calla el cañón enemigo, constituye el caso de estudio moderno de esta doctrina. Más de veinte años de negociaciones, concesiones parciales, violaciones calculadas, regresos a la mesa, umbrales de enriquecimiento superados y luego congelados, firmas de acuerdos cuya tinta aún no se secaba cuando las ambigüedades de aplicación ya eran instrumentalizadas... Para Teherán, el JCPOA de 2015 no era un acto de desarme, sino un acto de gestión temporal. A través del acuerdo, Teherán compraba tiempo bajo máxima presión, mientras mantenía el threshold, el umbral, al alcance de un rápido redespliegue. Y es la misma lógica que opera actualmente: negar las conversaciones mientras envía delegados, abrir el estrecho el viernes para volver a cerrarlo el sábado, llamar al diálogo estadounidense "juego mediático" mientras mantiene activo el canal pakistaní... Irán nunca recurre a la ambigüedad por accidente. Lo hace porque esa es su posición estratégica natural, el medio en el que respira desde hace veinticinco siglos y que, lo sabe perfectamente, desgasta a sus adversarios, anclados en el tiempo histórico diacrónico hegeliano. Lo que Occidente se obstina en no querer comprender es que el sentido de la Historia, para los neopersas, opera también en sentido inverso... pero también en trascendencia, en ese zaman el-latif definido por Sohravardi, ese tiempo entre los tiempos que nada tiene que ver con las contingencias del tiempo histórico diacrónico (véase al respecto el artículo publicado en este sitio el 7 de marzo de 2026 bajo el título "El fin de una utopía"). II — La defensa avanzada o la guerra más allá de la meseta El segundo patrón estructural es lo que los estrategas aqueménidas practicaban sin nombrarlo y que la República Islámica teorizó bajo el vocablo defa' pishgin, la defensa avanzada. Los aqueménidas habían comprendido que la vulnerabilidad del imperio residía en su superficie. Demasiado vasto para ser defendido desde el interior, era necesario multiplicar los glacis periféricos y transformar las satrapías en zonas tampón militarizadas, para combatir lo más lejos posible del corazón persa. Así, no fue por deseo de conquista gratuita que Darío I lanzó sus ejércitos sobre Tracia y Macedonia. Su objetivo era mantener las amenazas alejadas de la meseta iraní. Y esa misma razón llevó a Jerjes a cruzar el Helesponto, el actual estrecho de los Dardanelos, para enfrentarse después a los 300 espartanos de Leónidas en las Termópilas. El Irán de los mulás reprodujo exactamente la misma lógica. Desde 1982, los Guardianes de la Revolución Islámica desplegaron a sus asesores, entre ellos los famosos cuatro "diplomáticos" secuestrados más tarde por las Fuerzas Libanesas de Elie Hobeika, en el valle de la Becá para organizar lo que se convertiría en Hezbolá, primera experimentación exitosa de la defensa avanzada moderna, primera exportación de la llamada "revolución islámica". Como los sátrapas aqueménidas que levantaban sus propios ejércitos en nombre del "Rey de Reyes", las milicias del eje de la resistencia, Hezbolá, Hamás, los hutíes y las Facciones de la Movilización Popular iraquí, constituían otras tantas satrapías militarizadas vasallas de Teherán sin ser formalmente su brazo. El principio planteado por Teherán era que las guerras debían desarrollarse fuera de las fronteras iraníes sin que el suelo persa fuera jamás escenario de ellas... Pero este principio siempre tuvo su reverso interno, que la historia aqueménida como la historia islámica confirman regularmente: cuanto más proyecta el imperio su poder hacia la periferia, más debe comprimir y cerrar su propio centro. Las revueltas satrápicas que jalonan la historia aqueménida, Egipto, Lidia, Babilonia, etcétera, son el simétrico interno de cada gran campaña exterior. No es una casualidad de calendario que la República Islámica masacrara a sus propios manifestantes en enero de 2026, pocas semanas antes de lanzar la guerra en febrero. Es la misma lógica de compresión la que está en marcha, el mismo reflejo imperial que exige que lo interno sea aplastado para que lo externo pueda ser atacado. En ese sentido, la defensa avanzada es siempre, en el fondo, una tiranía interior. III — La guerra compuesta o el arte de las coaliciones vasallas El ejército aqueménida era una mosaico étnico constitutivo, compuesto de manera heterogénea por medos, bactrianos, lidios, indios, etíopes, egipcios, etcétera. Cada satrapía aportaba sus contingentes según un sistema de tributo militar graduado: los pueblos más cercanos a Persia pagaban menos impuestos, pero servían más bajo las armas. Heródoto, en sus listas de los ejércitos de Jerjes, traza involuntariamente el retrato de una potencia que nunca combate sola y siempre guerreaba a través de sus intermediarios. El Irán contemporáneo reprodujo exactamente esta arquitectura. Hezbolá, Hamás, las milicias iraquíes y los hutíes constituían una red regional capaz de operar por debajo del umbral nuclear potencial, imponiendo costos difusos a sus adversarios sin desencadenar una respuesta masiva contra el propio territorio iraní. Incluso se encuentra un vínculo de mando similar entre persas y mulás. Los sátrapas eran gobernadores nombrados y controlados, los "ojos y oídos del rey" que supervisaban su lealtad. Las milicias del eje de la resistencia dependen igualmente del control financiero y de la supervisión militar de Teherán, bajo el mando político y religioso del wali al-faqih, cuya doctrina chiita transnacional une el cuerpo imperial pese a las particularidades de cada uno de los cuerpos paramilitares y de sus entornos. Cabe señalar, por lo demás, que la adhesión a la wilayat al-faqih terminó por desbordar el marco chiita: sectores de otras comunidades, en Líbano por ejemplo, fueron "convertidos", adoctrinados sutil y subversivamente al servicio del proyecto, bajo el amparo de una izquierda universalista antiestadounidense y antiisraelí, la lucha por los oprimidos contra "el Gran Satán imperialista y su satélite regional, el proyecto sionista", de una causa palestina abandonada por los países árabes, o también de la ideología de la alianza de las minorías y su protección... IV — El dominio de los estrechos o la geopolítica del cuello de botella Jerjes no se limitó a cruzar el Helesponto en 480 a. C. Se dedicó a dominarlo, haciendo construir un puente de barcos para significar simbólica y materialmente su dominio sobre el paso entre dos mundos. La marina aqueménida era fundamentalmente un instrumento de control de las vías de paso, costas jónicas, Mediterráneo oriental y golfo Pérsico. Ahora bien, en geopolítica, quien controla el cuello de botella controla el mundo. Es el axioma más antiguo y más constante del pensamiento estratégico iraní. En 2026, Irán apuntó contra las infraestructuras petroleras de la región, en particular los buques en el estrecho de Ormuz, por donde transita el 20 % del petróleo mundial. La amenaza de cierre total, formulada con creciente insistencia, reactiva esta doctrina milenaria. El éxito táctico de la saturación marítima mediante drones FPV en marzo de 2026, que recreó el escenario del Millennium Challenge 2002 con mejoras tecnológicas considerables, obligó a la flota estadounidense a una crisis de desgaste en municiones de intercepción. Los iraníes demostraron así que la guerra de enjambres es la reencarnación tecnológica de la guerra de hostigamiento naval que ya practicaban los persas contra los trirremes griegos. Lo que ocurrió el sábado 19 de abril en el estrecho, concretamente la apertura, el cierre y los buques tomados bajo fuego a mitad del paso, constituyó la misma secuencia coreografiada... con dos milenios y medio de distancia... V — La guerra asimétrica, o el rechazo ontológico del choque frontal Desde la batalla de Maratón, los persas apostaron por la saturación mediante lluvia de flechas, el arma a distancia, la que desgasta antes del enfrentamiento, más que por el choque falángico. La caballería aqueménida era una fuerza de hostigamiento, envolvimiento y ruptura de flancos, evitando a toda costa el choque central. No debe verse ninguna cobardía en ese rechazo del cuerpo a cuerpo, sino una doctrina orientada a la victoria por desgaste. Allí donde el guerrero griego buscaba ser decisivo, el estratega persa buscaba la duración... Una prueba de que el pensamiento filosófico termina impregnando inevitablemente las formas de hacer la guerra... La estrategia iraní de largo plazo ha consistido, en efecto, en evitar la confrontación directa con fuerzas militarmente superiores, extendiendo su influencia por medios indirectos. En 2026, Teherán adoptó una postura deliberadamente asimétrica: cientos de drones y misiles balísticos para saturar las defensas adversarias, ataques contra infraestructuras energéticas para elevar políticamente el costo de la guerra para Washington y Tel Aviv, y una negativa obstinada al combate terrestre que expondría la vulnerabilidad convencional del ejército iraní. La distancia como arma, antes el arco, hoy el misil balístico y el dron FPV, sigue siendo la firma polémológica invariable del guerrero iraní. A ello se suma la voluntad de crear varios frentes de batalla simultáneos, lo que defendía Che Guevara al querer generar "varios Vietnam" para agotar al "imperialismo yanqui". La Persia aqueménida utilizaba la misma estratagema para desgastar a sus adversarios y enfrentarlos entre sí. VI — La decapitación y la fragilidad del centro El sexto invariante es quizá el más trágico. La vulnerabilidad absoluta del centro de mando, cuando la estrategia de defensa avanzada se derrumba y la guerra regresa hacia la meseta, representa el talón de Aquiles de todo imperio de este tipo. Alejandro comprendió en 330 a. C. que el imperio aqueménida, pese a su inmensidad, descansaba estructuralmente en la figura del Gran Rey. Obligar a Darío III a huir en Gaugamela equivalía a decapitar simultáneamente la legitimidad política y el mando militar de toda la maquinaria imperial. Por ello, los generales macedonios nunca buscaron tomar cada satrapía una por una. Apuntaron al nudo simbólico y práctico del imperio. La apertura de la operación Epic Fury, el 28 de febrero de 2026, eliminó el corazón y la cabeza del régimen iraní al apuntar contra Ali Jamenei, sumiendo simultáneamente a la dirigencia iraní en una profunda desorientación decisional. Mojtaba Jamenei fue elegido el 8 de marzo para reemplazar a su padre, pero la elección precipitada de un sucesor, además víctima él mismo de un ataque militar y cuyo destino sigue incierto, no reconstruyó la legitimidad acumulada durante cuarenta y cinco años de poder simbólico. The New York Times describió a fines de marzo una dirección paralizada, con un proceso de toma de decisiones gravemente perturbado. Veinticinco siglos separan ciertamente la tienda de Darío III huyendo de Gaugamela de los búnkeres del IRGC tras Epic Fury, pero la lógica estructural es rigurosamente idéntica. Un imperio construido sobre la voluntad de un soberano único, ya sea rey de reyes o guía de la revolución islámica, puede ser fulminado por la eliminación de ese nudo central. La diferencia, quizá, es que Alejandro tuvo la nobleza de llorar sobre el cuerpo de su enemigo y adoptar a su madre como propia. Trump, en cambio... Algunos argumentarán sin duda que Darío III merecía un trato noble dentro de la lógica política caballeresca de respeto entre amigo y enemigo y del código moral que la acompaña, mientras que Jamenei... Esta parálisis del centro iraní produjo otra consecuencia, menos visible pero estructuralmente pesada. La desaparición del guía supremo abrió un espacio de rivalidad entre los pasdaran, guardianes de la revolución armada cuya lógica es la de la guerra total y el rechazo de toda concesión, y la opción política encarnada por los negociadores y parte del gobierno de Pezeshkian, más sensibles a los costos económicos y humanos del conflicto. Esta fractura no es nueva. Ya atravesaba sordamente a la República Islámica desde hacía años, pero el asesinato de Jamenei la volvió evidente. Allí donde el wali arbitraba, absorbía contradicciones en el Uno de su persona divina y podía manipular la escena a voluntad, elevando y rebajando, maquiavelismo mediante, a halcones y palomas según las oportunidades políticas, el vacío arbitra ahora por defecto en favor de los más duros. Y con razón: en un régimen cuya legitimidad descansa en la resistencia y la lógica revolucionaria, ningún actor político puede permitirse aparecer como quien capitula. Es precisamente ese mecanismo, el de la decapitación que radicaliza al cuerpo decapitado, el que los macedonios no tuvieron que enfrentar tras Gaugamela, por falta de un cuerpo ideológico lo suficientemente estructurado como para sobrevivir a la huida y asesinato del rey. VII — La guerra de legitimidad o el relato como armamento Lejos de ser únicamente un conflicto de ejércitos, la guerra iraní siempre ha sido simultáneamente una batalla por definir quién tiene derecho a hacer la guerra y en nombre de qué. La legitimidad ideológica y la guerra psicológica forman las dos caras de un mismo patrón: el relato como prolongación de la violencia militar y la violencia militar como confirmación del relato. Se encuentra aquí esa ausencia ontológica del dualismo persa: el zâhir y el bâtin como registros simultáneamente verdaderos de una misma realidad. Persia inventó un singular instrumento de conquista blanda mucho antes de la estrategia del "entrismo" trotskista: el Cilindro de Ciro, guerra narrativa destinada a hacer entrar Babilonia sin combatir, presentándose como libertador más que como invasor, como restaurador de los dioses locales más que como iconoclasta imperial. El Cilindro de Ciro Redactado en acadio cuneiforme, probablemente en 539 a. C., inmediatamente después de la toma de Babilonia, el Cilindro es un texto dictado por Ciro, o en su nombre, en el que se presenta como un "libertador" enviado por Marduk, dios supremo babilonio, para restablecer el orden que el rey anterior Nabónido había perturbado. Anuncia el retorno de los pueblos deportados a sus tierras, la restauración de los templos y la libertad de los cultos locales. Sobre este texto descansa la tradición, popularizada en el siglo XX especialmente por la ONU, que reprodujo el cilindro en 1971, según la cual Ciro habría proclamado la primera carta de los derechos humanos. En el plano polémológico, el Cilindro constituye una operación de guerra psicológica de una sofisticación que el siglo XX no superó. Mediante este proceso mefistofélico, Ciro vuelve la legitimidad del enemigo contra sí mismo al presentarse en nombre de Marduk, el dios babilonio, del que pretende ser servidor elegido, y no en nombre de los dioses persas. Una colonización simbólica previa a la colonización territorial. Antes de que el ejército persa entrara en Babilonia, el relato persa ya había ocupado el panteón babilonio. Nabónido queda deslegitimado por el propio dios de Babilonia. Ciro no sería más que su expresión... Con ello, Ciro vuelve también indistinguible la conquista de la liberación. Babilonia es "devuelta a sí misma". No cae. Esta manipulación semántica neutraliza toda resistencia legítima: resistir a Ciro equivale a resistir a Marduk y a su propio orden restaurado. Es el zâhir de la tolerancia como arma del bâtin de la anexión... ¿Hezbolá libera el territorio o conquista en su nombre el poder en Beirut...? La ambigüedad del gesto de Ciro no es accidental. Los historiadores todavía debaten si el Cilindro refleja convicciones reales o una pura estrategia de manipulación. Una vez más, la pregunta está mal planteada. En la doctrina de las "posiciones variables", no hay una verdad oculta detrás del texto. El zâhir es política, y el bâtin también es política, en dos registros simultáneamente verdaderos. ¿Creía Ciro en Marduk? La pregunta no tiene respuesta binaria allí donde lo binario mismo no existe. Actuaba como si creyera, y su desempeño era a la vez sincero y estratégico... exactamente como la República Islámica actúa como si su misión regional estuviera teológicamente mandatada y fuera justa, sin que ello excluya el cálculo de poder más frío... y el sacrificio del hogar revolucionario, territorios y seres humanos. Los aqueménidas practicaban así la coerción blanda antes incluso de que existiera la categoría. Embajadas intimidantes, ofertas honorables de rendición, puesta en escena de la clemencia real... tantas modalidades de una guerra psicológica orientada a desmoralizar al adversario antes del primer choque. Allí donde Ciro descentralizaba la legitimidad respetando los cultos locales, la República Islámica la centralizó en la figura única del guía, fragilizando por ello mismo todo el dispositivo en cuanto ese nudo fue eliminado. El paralelo con la wilayat el-faqih El imán Jomeini no inventó la guerra de legitimidad por el relato. Simplemente la islamizó y la teologizó. Allí donde Ciro había tomado prestado el dios del enemigo para legitimarse, Jomeini construyó, utilizando el chiismo, una doctrina jurídico-teológica, el vicariato del teólogo-jurista, que transforma cada milicia, cada proxy y cada intervención regional en acto de devoción. En la lógica neopersa, Hezbolá es más que el brazo armado de Teherán. Es el zâhir del relato, una comunidad de fe en la resistencia. Y poco importa que esa performance narrativa sea "verdadera". Lo esencial es que la daawa, la retórica, sea operacional en el plano estratégico. Aquí, el fin justifica los medios, y no hay tiempo que perder entre lo "verdadero" y lo "falso", la "mentira" y la "verdad", la "realidad" y la "fantasía". Todo ello existe en binomios unitarios, en nombre de una "coherencia" llamada "sabiduría" y justificada por el principio último de la victoria. La wilayat al-faqih desempeña, por tanto, exactamente el mismo papel estructural que la propaganda aqueménida de la tolerancia. Transforma la expansión regional iraní en misión de tutela divina, en mandato teológico sobre la comunidad oprimida. Pero allí donde Ciro jugaba con la clemencia, la doctrina iraní contemporánea desarrolló lo que puede llamarse martiropatía, el sacrificio como doctrina operacional que transforma la muerte en victoria narrativa, vuelve toda derrota militar legible como elevación espiritual y cohesiona a los combatientes frente a la superioridad convencional adversaria... al tiempo que vuelve al régimen estructuralmente incapaz de negociar la derrota sin autodestruirse simbólicamente. Es una guerra psicológica vuelta contra sí mismo tanto como contra el enemigo: su fuerza última es también su límite absoluto. ¿Qué solución? ¿Cómo tratar con un adversario así? Esa es la pregunta que se plantearon Temístocles, Alejandro, Henry Kissinger y Mike Pompeo, todos con respuestas radicalmente distintas y éxitos desiguales. Es también la que Trump vuelve a plantearse en esta primavera de 2026, sin haber encontrado todavía una respuesta coherente. El primer error, y el más constante, es intentar fijar a un adversario de posiciones variables, obligarlo a un estado definido mediante un ultimátum. Cada plazo anunciado ("abran el estrecho o atacamos", "última oportunidad para negociar") le ofrece precisamente una nueva ocasión para producir una respuesta que es simultáneamente ambas cosas, hasta el punto de agotar a quien formula la pregunta y revelar su rigidez mental. La presión máxima, fundada en la hipótesis de que a cierto nivel de dolor el adversario debe elegir entre capitular o combatir, tropieza con el mismo obstáculo. El adversario de posiciones variables no tiene estructuralmente que elegir, porque sufrir, negociar, resistir y esperar no son para él estados excluyentes, sino registros que puede habitar al mismo tiempo. Una vez más, lo que la doctrina estadounidense interpreta como irracionalidad es en realidad una racionalidad de otro orden, que opera sobre un eje temporal que las democracias electorales, condenadas al tiempo corto del ciclo político, son constitucionalmente incapaces de sostener. Lo que funciona parcialmente, de manera imperfecta, pero documentado por la historia, es adoptar uno mismo una parte de esa temporalidad, sin convertirla en absoluto. Si Alejandro venció a los persas, no fue forzándolos a combatir según las reglas griegas. Combatió con su velocidad y movilidad, mientras conservaba la superioridad de choque en el momento decisivo que solo él elegía. Kissinger, frente a Hanói, otro adversario de posiciones variables y otra civilización "del umbral", terminó comprendiendo que había que negociar en dos registros: la mesa oficial para el zâhir, y los canales secretos para el bâtin, sin exigir jamás que ambos coincidieran. Trascender el dualismo En términos concretos, esto implica no formular nunca preguntas que exijan una respuesta binaria, sino preguntas procesuales: "¿cuál es el siguiente paso?" en lugar de "¿están de acuerdo?", porque un paso se cumple allí donde un acuerdo puede seguir simultáneamente aceptado y rechazado. Por lo tanto, hay que sostener el propio umbral sin anunciarlo. En ese sentido, la disuasión eficaz frente a este actor es la disuasión opaca, aquella cuya existencia el adversario conoce sin saber cuál será su detonante. De hecho, eso es lo que Israel, pese a todo, ha comprendido mejor que Washington en este conflicto. Pero quizá la verdad más difícil de formular sea que no habrá un tratado definitivo con Irán, sino una sucesión de hudna, de equilibrios inestables mantenidos y de "posiciones variables" administradas en el tiempo. La paz con un adversario así es una práctica continua. No se obtiene de una sola vez, salvo mediante medios realmente devastadores como los que derrotaron a Japón y pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial. La única victoria total sobre este tipo de adversario, y Alejandro lo había comprendido al proclamarse heredero de Ciro, es decir, al jugar el zâhir persa mejor que los propios persas, exige una profundidad cultural y una paciencia estratégica que ningún actor contemporáneo está en condiciones de desplegar. Eso deja a los demás en la única posición realista: aprender a coexistir con la oscilación, administrar el umbral en vez de suprimirlo... y no confundir jamás un alto el fuego firmado con el final de la guerra. El boomerang como ley estructural Más allá de todo lo anterior, existe, sin embargo, una ley más profunda que la simple recurrencia de patrones. Esa ley, que ni Ciro ni Jomeini supieron conjurar, establece que cada estrategia iraní lleva en sí, estructuralmente, el mecanismo de su propia inversión. La defensa avanzada crea, en la periferia que busca controlar, las condiciones de una coalición adversaria que termina golpeando el centro. La guerra compuesta engendra proxies cuya autonomía parcial escapa al mando central en el momento decisivo. El dominio del cuello de botella transforma el estrecho en objetivo de bloqueo en cuanto el adversario decide dejar de tolerar el chantaje. La doctrina del umbral y del entre-dos, finalmente, provoca con el tiempo el ataque preventivo que precisamente estaba destinado a impedir, porque un adversario lo bastante paciente termina concluyendo que la ambigüedad sostenida es más peligrosa que la guerra abierta. El imperio aqueménida lo experimentó con Alejandro. La República Islámica acaba de repetirlo en 2026. Ese boomerang constituye la consecuencia trágica y necesaria, inscrita en la lógica misma de ese imperio desde el primer día. Lleva en sí, en alguna parte, sus propios límites e incluso los gérmenes de su caída. La tragedia de la continuidad Lo llamativo, al término de este recorrido polémológico a través de veinticinco siglos de historia militar iraní, es ciertamente la semejanza de las formas de guerra, pero sobre todo la persistencia de una misma contradicción fundamental. La estrategia de proyección iraní siempre creó, en la periferia que pretendía controlar, las condiciones de su propia reversión. La defensa avanzada produjo el boomerang estratégico. La guerra compuesta engendró la coalición adversaria. El dominio del cuello de botella transformó el estrecho en objetivo de bloqueo. La doctrina del entre-dos, esa soberanía "sobre el umbral" que constituye el invariante más profundo del poder iraní, no puede funcionar indefinidamente. Supone un adversario incapaz de soportar la ambigüedad en el tiempo, y Washington, al atacar el 28 de febrero de 2026, señaló que esa paciencia tenía un límite. En este 21 de abril, el alto el fuego acaba de expirar. Teherán dio un portazo a Islamabad invocando condiciones inaceptables. Irán niega enviar delegados mientras los envió hasta esta misma noche. Reabrió el estrecho el viernes para volver a cerrarlo el sábado. Declaró muertas las negociaciones mientras mantenía vivo el canal pakistaní, hasta el giro inesperado de esta noche. Ciro había dicho, según Heródoto, que los pueblos blandos provienen de tierras blandas. Creía que la meseta iraní forjaba hombres duros. Lo que enseña la larga historia del poder persa es, más bien, que la meseta iraní forja imperios cuya grandeza es inseparable de su fragilidad. Imperios de la periferia controlada, del umbral sostenido, que se derrumban cuando la periferia se vuelve contra el centro, cuando el tiempo del adversario termina por alcanzar el suyo y cuando el entre-dos en el que prosperaron durante tanto tiempo se cierra brutalmente como una tenaza. Allí donde algunos siguen viendo en la postura iraní alguna clase de "victoria", convendrá evitar ese deslizamiento peligroso que comienzan a ensayar en un mundo ahistórico, parecido al de las sectas desconectadas de la realidad. Teherán no puede seguir mordiéndose la cola indefinidamente frente al poder de fuego estadounidense y ante un adversario tan brutal como el que enfrenta actualmente, por primera vez desde Saddam Hussein, y al que tampoco le importan ni el tiempo histórico ni los principios democráticos, y frente al cual dualismo, pensamiento esotérico y otros soft powers chocan inevitablemente con una mezcla brutal de realpolitik nihilista, paciencia astuta de hombre de negocios, cesarismo sangriento y populista, mesianismo providencialista que también se cree mandatado por Dios y por América, y belicismo exaltado, todos llevados a su paroxismo... Quien tira demasiado tiempo del bigote del tigre termina, inevitablemente, devorado.

“El Imperio iraní”: Israel y la alianza de las minorías, una estabilidad paradójica (5/5)

Parece necesario detenerse un momento en el juego insidioso que ha desplegado Israel, actuando como un maestro titiritero, dentro del marco de las ambiciones geoestratégicas de la República Islámica de Irán. Durante medio siglo, Tel Aviv encontró en la llamada “alianza de las minorías” (alauitas, cristianos, drusos, chiitas libaneses y kurdos) un colchón geopolítico frente al hinterland suní. La doctrina israelí de la “periferia” (décadas de 1950 a 1970) se basaba, en efecto, en un único axioma: aliarse con las minorías para romper el cerco suní. En este contexto, los regímenes alauitas de Damasco, primero Hafez y luego Bashar al Assad, fueron declarados enemigos, pero enemigos previsibles: ideológicamente estables, obsesionados con su propia supervivencia interna y perfectamente disuasorios. Israel prefería a un Assad cínico y racional antes que a una Siria suní nacionalista o islamista. Y el mundo occidental, tanto Estados Unidos como los países europeos, siguió la línea del Estado hebreo por puro utilitarismo. Los matones del régimen de Assad prestaron tantos y tan leales servicios a las agencias de inteligencia europeas durante las últimas cuatro décadas… ¿por qué deshacerse de un enemigo tan complaciente? Y, para colmo del absurdo, varias décadas después de las masacres de Homs y Hama, es recién hoy cuando estos países celebran la caída de un régimen inhumano que legitimaron de manera constante. Incluso en 2011, cuando reprimió sin miramientos a la oposición civil y facilitó la expansión de Daesh al amnistiar a islamistas, optaron por mirar hacia otro lado, solo para después alzar la voz de alarma con mayor estridencia. Hezbolá, en el Líbano, eliminó desde la década de 1980 a todos los cuadros del Frente de Resistencia Nacional contra Israel, formado por la izquierda. Lo que el Estado hebreo no hizo, lo completó el partido proiraní, hasta convertirse en un guardián fronterizo perfecto, que impidió cualquier arraigo palestino en el sur del Líbano. A cambio, Israel hizo la vista gorda ante la toma siria del Líbano en 1990 y frente a la conquista del Estado libanés por parte de Hezbolá a partir de 2006. Del mismo modo, aprovechó la disputa entre Hamas y Fatah para debilitar el frente interno palestino. Sostener la rivalidad mimética Con la caída de Assad y la llegada de Ahmed al Chareh, Israel se enfrenta a una paradoja geoestratégica. A corto plazo, Irán, cuya embriaguez imperial excesiva era momento de frenar según la lógica sionista, pierde su puente levantino. A mediano plazo, reaparece una Siria suní reconstituida, con todas las incógnitas doctrinales, tribales-militares y regionales que ello implica. Es necesario entender que Israel ha buscado de forma constante sostener la rivalidad mimética que ya existe entre las comunidades levantinas, sobre un trasfondo de ansiedades existenciales. Así, enfrenta a cristianos contra suníes, a suníes contra chiitas, a alauitas contra suníes, siguiendo una lógica puramente maquiavélica, mientras restablece equilibrios cada vez que amenazan con colapsar. La función de esta estrategia es evidente: garantizar la supervivencia del Estado hebreo explotando las debilidades, los miedos y las contradicciones ajenas, así como la fragilidad del pluralismo en las sociedades levantinas. Y, en consecuencia, eliminar cualquier posibilidad de que emerja una resistencia palestina creíble y de que nazca un Estado palestino viable y soberano, dotado de legitimidad internacional. Ciertamente, el régimen de Chareh rompe por completo la influencia iraní, cierra las rutas de armas hacia Hezbolá, se acerca a Riad y a Washington, intenta una “normalización conservadora” para exorcizar su pasado yihadista y representa una oportunidad para extender los Acuerdos de Abraham a Siria con legitimidad suní. Pero para Israel, esta recomposición sigue siendo ambigua: un antiguo grupo yihadista convertido en poder estatal resulta menos legible que una dictadura alauita estable, y una autoridad suní puede funcionar como auxiliar de la causa palestina. Si bien el diálogo con este nuevo poder es necesario para empujarlo hacia la paz, la presión sobre el régimen debe mantenerse para conservarlo en un estado de fragilidad y dependencia, ya sea neutralizando sus capacidades militares, agitando facciones dentro de las comunidades minoritarias o creando una zona de amortiguamiento dentro del territorio sirio. Para Israel, todo el dilema reside ahí: el Imperio iraní se derrumba, pero con él se va la lógica cómoda de la “alianza de las minorías”. Tel Aviv pierde a un “enemigo íntimo”, cuya caída retrasó todo lo posible, encarnado en Bashar, “un viejo par de calcetines”, según las palabras de un funcionario israelí en 2011 al referirse al presidente sirio, a cambio de un vecino imprevisible, aunque potencialmente capaz de garantizar una paz duradera, siempre y cuando se mantenga bajo un estricto control político-económico occidental y bajo la supervisión militar israelí. El imperio en fragmentos Lo que le queda a Irán, a finales de 2025, ya no es un eje, sino los restos de una estrella implosionada: Bab el Mandeb y los hutíes; Gaza en ruinas y Hamas; un Hezbolá aislado que lucha por reconstituirse; un Irak bajo control, pero atravesado por tensiones internas; y una Siria definitivamente perdida. Incluso el corazón del imperio gime hoy bajo el peso de las sanciones y la escasez. La estrategia imperial de Teherán no ha desaparecido; ha quedado reducida a pedazos, en parte víctima de su propia desmesura imperial, al intentar superar a potencias más fuertes que ella. Como Saddam tras la invasión de Kuwait. “Si se humilla, lo alabo; si se jacta, lo humillo”, aconsejaba Maquiavelo. La rana que quiso ser tan grande como el buey, escribió La Fontaine. Darío III fue asesinado por los suyos tras su derrota frente a Alejandro y la caída del imperio. ¿Correrá el actual directorio iraní la misma suerte? Tal vez. Con una diferencia: Alejandro lloró por Darío III. Nadie, absolutamente nadie, derramará lágrimas por las ruinas del vilayat-e faqih . Artículos relacionados “El Imperio iraní”: Anatomía de una caída (1/5) “El Imperio iraní”: En Yemen, la apuesta hutí (2/5) “El Imperio iraní”: El corredor terrestre y la ambición del imperio levantino (3/5) “El Imperio iraní”: Irak, una herida abierta; Gaza, profundidad palestina (4/5)

“El Imperio iraní”: Irak, una herida abierta; Gaza, profundidad estratégica palestina (4/5)

Durante mucho tiempo, Irak fue la piedra angular de las maniobras y ambiciones geoestratégicas de la República Islámica de Irán. Sin Irak, nada se sostiene: ni el corredor terrestre hacia Siria, ni la economía destinada a eludir sanciones, ni la red de milicias que proporcionaba a Irán profundidad estratégica en el Golfo. Poderosas milicias chiitas, las Fuerzas de Movilización Popular (PMF), financiadas, entrenadas y supervisadas por la Guardia Revolucionaria, controlaron durante años las zonas fronterizas de al-Qaim y Bukamal, por donde transitaban armas, combatientes y tecnologías con destino a Siria y Líbano. El gobierno iraquí, vacilante, osciló de manera constante entre Washington y Teherán, aunque la influencia iraní siguió siendo considerable. Hoy, Irak se ha convertido en un campo de contradicciones. Aumenta la presión de Estados Unidos para sancionar a las redes proiraníes y las milicias se han debilitado por la desorganización del frente sirio. La reciente disputa interna sobre la clasificación de Hezbolá y los hutíes, incluidos y retirados de las listas terroristas en cuestión de días, revela una profunda confusión, mientras toma forma un nacionalismo iraquí que rechaza tanto la injerencia iraní como la dominación estadounidense. Bagdad camina ahora por la cuerda floja entre Washington, Teherán y Riad. Teherán conserva allí una influencia real y significativa, pero ya no el “corredor” que hacía de Irak una extensión natural de su arquitectura defensiva. El vínculo iraquí sigue existiendo, pero ya no estructura el espacio regional. Gaza, o la profundidad palestina del eje iraní Queda Gaza. ¿Por qué este apego geopolítico a la carta palestina, más allá del activo político que ha representado desde 2006, es decir, una extensión sunita de Irán y una ficha de negociación con Occidente en torno al expediente nuclear, como herramienta de presión sobre Israel? Para comprender a Gaza dentro del sistema iraní, hay que desmontar el mito: Hamás no es una creación iraní. Hamás es la rama palestina de los Hermanos Musulmanes, y su establecimiento fue claramente facilitado por Israel para crear un contrapeso a Fatah y a la Autoridad Palestina, dividir las filas palestinas y justificar la continuidad del conflicto israelí-palestino bajo el argumento de la existencia de un actor terrorista extremista. Entre 1990 y 2000, Hamás se fue acercando gradualmente a Irán y a Hezbolá, en el contexto de su rechazo a los Acuerdos de Oslo. En 2007, la toma de Gaza a expensas de Fatah incrementó su creciente dependencia del apoyo iraní en todos los niveles. Desde luego, Hamás no es Hezbolá, sino que es una emanación directa de los Pasdaran a través de intermediarios libaneses. Conserva autonomía ideológica y táctica, pero está plenamente integrado en la estrategia de Irán. Para Teherán, Gaza cumple tres funciones. Primero, constituye un frente interno permanente contra Israel. La Franja de Gaza es ineludible para Tel Aviv: cerrada y explosiva, resulta imposible neutralizar políticamente sin un costo humano y militar, colosal. La destrucción sistemática del enclave y la eliminación metódica de su población desde octubre de 2023 no han logrado aplastar a Hamás. El conflicto inmoviliza, aparte del ejército israelí, impide que Israel proyecte libremente su poder en la región y abre una brecha permanente en su seguridad interna, pero, de manera paradójica, permite a Benjamin Netanyahu mantenerse en el poder pese a las acusaciones de corrupción en su contra. Segundo, Gaza aporta legitimidad palestina al relato iraní, una función que también cumple el discurso de Hezbolá. Sin Gaza, Irán no puede presentarse como el campeón de la causa palestina. Con Gaza, la narrativa de la “resistencia” adquiere sustancia, y los cohetes lanzados contra Tel Aviv y Ashkelon proporcionan la imaginería necesaria para la grandilocuencia iraní. Es la distracción perfecta, que desvía a las poblaciones árabes de lo que más importa: el control del vilayat-e faqih sobre Medio Oriente, en nombre de la restauración de una mítica edad dorada imperial. Siguiente artículo: Israel y la alianza de las minorías: una estabilidad paradójica Artículos relacionados: “El Imperio iraní”: Anatomía de un colapso (1/5) “El Imperio iraní”: La apuesta hutí en Yemen (2/5) “El Imperio iraní”: El corredor terrestre y la ambición de un imperio levantino (3/5)

«El Imperio iraní»: El corredor terrestre y la ambición del Imperio levantino (3/5)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
dic 21, 2025 - 12:56

La estrategia iraní no es únicamente marítima. Se ha construido, con una paciencia casi romana, alrededor de un arco terrestre : Teherán – Bagdad – Damasco – Beirut. Durante veinte años, Teherán ha construido pacientemente una «media luna chiita» que conecta Irán con el Mediterráneo, bajo el control del vilayet e-faqih , el guía espiritual iraní. Así, ha santuarizado las milicias chiitas y tomado el control de las zonas fronterizas en Irak; ha tomado un ascendente decisional, a partir de 2012, en su asociación con el régimen de Asad, con la intervención de los Pasdaran y de Hezbolá para proteger al régimen de Asad (compartido luego con Moscú durante la intervención rusa a partir de septiembre de 2015; y, sobre todo, con el apogeo, a partir de 2008, de Hezbolá en Líbano como fuerza expedicionaria y herramienta de proyección estratégica). Este eje tenía una doble función. Primero, crear una profundidad estratégica frente a Israel. Hezbolá, con decenas de miles de cohetes, convirtió el sur del Líbano en una plataforma de disuasión avanzada. Siria, por su parte, servía de matriz logística: depósitos, bases, corredores de armas, pasos fronterizos que permitían transferir misiles y tecnologías. Luego, proyectar una presencia iraní hasta el Mediterráneo, ese viejo sueño de los imperios persa y otomano: disponer de salidas marítimas, controlar las rutas hacia Europa e integrar los puertos sirios (Tartús, Latakia) en una geopolítica de infraestructuras. Irán no buscaba convertirse en una potencia naval mediterránea en el sentido clásico del término, sino prohibir el Mediterráneo a sus adversarios, en este caso Israel y Estados Unidos, a través de un sistema de proxies. Esto, Europa lo comprendió demasiado tarde. Beirut ya estaba exangüe, y los revolucionarios sirios de 2011, abandonados a su suerte, fueron literalmente pulverizados por Asad, en la total indiferencia del mundo occidental. Obama no hizo más que poner en 2015 el último clavo en el ataúd del Levante. En resumen, completamente santuarizada, la ruta Teherán–Bagdad–Damasco–Beirut permitirá así a Irán, durante dos décadas, asegurar la transferencia de armas y tecnologías hacia Hezbolá; proyectar la potencia iraní hasta la orilla oriental del Mediterráneo; sortear el dispositivo estadounidense; y constituir una amenaza permanente sobre Israel desde el norte. Todo esto se derrumbó como un castillo de naipes entre finales de 2024 y mediados de 2025. Hamás arrastra a Hezbolá a la espiral suicida y, como consecuencia del considerable debilitamiento de la milicia chiita, convertida en guardia pretoriana del régimen de Asad, Damasco cae en manos de Ahmad el-Chareh, procedente del ex-HTS. Teherán se eclipsa en favor de un nuevo poder anclado en Ankara y Riad, deseoso de legitimarse internacionalmente, obsesionado por la liquidación completa de la influencia iraní en Siria y lo suficientemente pragmático para normalizar las relaciones con Israel. Asad, como minoría, no podía otorgar legitimidad a un acuerdo formal con Tel Aviv. Un viejo arreglo ancestral convertía, cínicamente, al régimen en una especie de Hagana del Estado hebreo – invasión del Líbano, control del poder en Beirut, sometimiento de los palestinos, containment de Hezbolá en el sur del Líbano bajo su tutela, y, sobre todo, cierre del frente del Golán sirio desde 1973… El advenimiento de Chareh en Damasco tiene otra consecuencia desastrosa para Teherán: los depósitos iraníes son incautados, los pasos fronterizos bloqueados, las redes de milicias cortadas de su logística. Luego, en junio de 2025, las infraestructuras militares iraníes son golpeadas en profundidad por la aviación israelí. El aparato estratégico se ve sacudido. Tejido pacientemente, hilo por hilo, como una telaraña gigantesca o una alfombra persa, el Imperio iraní se desmorona. Hezbolá, cuyos responsables militares son diezmados diariamente por la aviación israelí, sobrevive, pero aislado, privado de su columna vertebral siria. Y sus bravuconadas se dirigen sobre todo –persigue lo natural, vuelve al galope– contra el Estado libanés y su voluntad de recuperar el monopolio de la violencia legítima y de evitar, negociando con Israel, aún más suicidio estratégico interno, con su cuota de destrucciones y víctimas inocentes. Resultado práctico: el sueño iraní del continuo territorial hacia el Mediterráneo, ese Levante persa de Darío III fantaseado por Jamenei – se acabó. Próximo artículo - Irak: columna vertebral y herida abierta Leer sobre el mismo tema «El Imperio iraní»: anatomía de una caída (1/5) «El Imperio iraní»: En Yemen, la apuesta hutí (2/5)

« El imperio iraní »: en Yemen, la apuesta hutí (2/5)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
dic 20, 2025 - 10:37

Durante los últimos veinticinco años, la política regional de Teherán ha seguido una lógica clara: establecerse en los cuellos de botella y corredores de Oriente Medio, transformar estrechos, rutas terrestres y enclaves en instrumentos de chantaje estratégico, y construir una defensa en torno a Irán compuesta por milicias y regímenes subordinados. Yemen y los hutíes han desempeñado un papel central en esta política. Yemen, fragmentado y fracasado, proporcionó el terreno ideal para que la República Islámica de Irán estableciera este “gemelo occidental”. El movimiento hutí, arraigado en la tradición zaidí y con una retórica antiimperialista flexible, ofreció a Teherán un aliado capaz de: mantener la capital, Saná; controlar gran parte de la costa del Mar Rojo; y amenazar a Bab el-Mandeb con misiles, drones y barcos con trampas explosivas. Bab el-Mandeb se convierte así en una palanca estratégica, una variable que Irán puede activar en función de las presiones a las que se enfrenta: sanciones, escalada israelí, tensiones con Riad, confrontación con Washington. El mensaje de Teherán es el mismo e inmutable: si atacas a Irán, sufrirás las consecuencias en términos de tu comercio global. En este sentido, los ataques hutíes de 2023-2024, reactivados en 2025 con el pretexto de Gaza, no fueron ni mucho menos actos aislados: reflejaron la doctrina iraní de que Bab el-Mandeb es la extensión marítima de su sistema de disuasión. El punto de inflexión a favor de Teherán fue, sin duda, el asesinato de Ali Abdullah Saleh en 2017, cuando los hutíes eliminaron fríamente al expresidente que se disponía a restablecer relaciones con Riad. Su muerte cerró la puerta a una solución política nacional. Benefició en gran medida a los hutíes —y, por ende, a Irán— a corto plazo, al igual que el asesinato de Rafik Hariri, la ejecución de Saddam Hussein y la muerte de Yasser Arafat. La muerte de Saleh arruinó la posibilidad de un Yemen unificado y atrapó a Teherán en una alianza con un movimiento radical y caótico —incluso casi caricaturizado—, imposible de integrar en un acuerdo regional. Pero el frente antihutí se ha fragmentado con el ascenso del Consejo de Transición del Sur, apoyado por Abu Dabi; la retirada militar saudí tras su desastrosa ofensiva de 2015; y el inicio de un diálogo con Teherán. El colapso de la ficción de un estado unificado; y el aumento de la presión internacional sobre los hutíes, en particular mediante ataques aéreos israelíes y estadounidenses y sanciones internacionales. Sin embargo… Aunque conmocionados, los aliados de Teherán siguen en pie: el norte del país permanece bajo su control, su aparato de seguridad funciona, su capacidad de disrupción permanece intacta y, retóricamente, siguen siendo un vínculo entre Irán y el Mar Rojo. Sin embargo, el gobierno reconocido internacionalmente se reduce a una ficción. El acuerdo de 2023 entre Irán y Arabia Saudí, negociado bajo los auspicios de China, puso fin a siete años de desavenencia. Su objetivo no era tanto reconciliar a dos potencias existencialmente rivales, sino congelar un frente que ninguna era capaz de ganar. Riad quería salir del atolladero yemení, reducir los ataques con drones contra su infraestructura y proteger la Visión 2030 de Mohammed bin Salman. Teherán quería un reconocimiento implícito de sus logros en Yemen e Irak, reducir su aislamiento y evitar una escalada estadounidense. Pero la tregua no resolvió nada. Contiene la amenaza hutí sin acabar con ella, limita las ambiciones iraníes sin desarmarlas y crea un equilibrio inestable. Sobre todo, protege a Arabia Saudita de las represalias iraníes en su territorio en el contexto de un conflicto entre Israel y Irán. Además, Riad no tiene ningún interés en reavivar una guerra en Yemen de la que salió exhausto, e Irán, debilitado por los ataques israelíes, carece de los medios para intensificar el conflicto. Yemen se convierte así en una zona de tensión controlada, útil pero contenida, que ambas capitales prefieren mantener a baja intensidad. Siguiente artículo: El Corredor Terrestre y la Ambición del Imperio Levantino Artículo relacionado “El Imperio Iraní”: Anatomía de una Caída

«El Imperio iraní»: anatomía de una caída (1/5)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
dic 19, 2025 - 11:45

El año 2025 fue un año crucial en Oriente Medio, ya que hizo añicos un proyecto en gestación desde principios de los años 1980 – incluyendo al partido al-Daawa en Irak, Hezbolá en Líbano y el régimen de Assad en Siria – Michel Seurat fue uno de los primeros en hablar de ello en sus artículos. Más tarde, en los años 2000, Hamás en Gaza y los hutíes en Yemen se unieron a esta dinámica, que también intentó establecerse en Bahréin durante la Primavera Árabe de 2011. Fue de hecho en 2005-2006, después del derrocamiento de Saddam Hussein en Irak, el asesinato de Rafic Hariri, la guerra de julio de 2006 y el sometimiento progresivo de Fatah por parte de Hamás en Gaza, que el proyecto del «creciente chií» iraní se estableció verdaderamente en la realidad… antes de recibir una legitimidad de facto en 2015 a través del Plan de Acción Integral Conjunto sobre el programa nuclear iraní, un «regalo» de oro de Barack Obama que benefició los objetivos imperialistas de los mulás. Desde hace un cuarto de siglo, la política regional de Teherán ha obedecido a una lógica clara como el agua: instalarse en los cuellos de botella y los corredores de Oriente Medio, transformar los estrechos, las rutas terrestres y los enclaves en instrumentos de chantaje estratégico, y construir alrededor de Irán una profundidad defensiva hecha de milicias, regímenes cautivos y pedazos de Estados. Por un lado, los estrechos: Ormuz al este, Bab el-Mandeb al sur del mar Rojo, y, por el otro, los corredores terrestres: Teherán – Bagdad – Damasco – Beirut. Luego un tercer nivel, largamente subestimado: Gaza, punto de presión interno sobre Israel, pero también sobre Egipto. Finalmente, una tectónica poco comprendida porque nunca suficientemente explicada: la «alianza de las minorías» que estructuró el Levante durante medio siglo — y con la que Israel se conformó mientras garantizara un orden previsible. Y luego… el 7 de octubre de 2024, en un gesto suicida, un tal Yahya Senouar precipitó este proyecto al abismo, llevándose consigo a los altos mandos de Hezbolá y Hamás. Y, en diciembre de 2024, el Imperio iraní se despertó con el golpe de gracia: la caída de Damasco, con la huida de Bashar el-Assad, abandonado por sus soldados y sus aliados. El colapso del eje llevó naturalmente a que el corazón del imperio fuera atacado, el alto mando de los Pasdarán fuera erradicado por Israel y el programa nuclear laminado. Regreso al proyecto imperialista iraní, ahora desmenuzado, pero aún capaz de causar daño, a través de un enfoque geopolítico. Bab el-Mandeb: la otra garganta del mundo Los análisis eruditos suelen comenzar con el estrecho de Ormuz, vía de acceso y parte más oriental del golfo Pérsico. Ormuz constituye de hecho un punto estratégico vital, ya que representa una vía comercial esencial del tráfico internacional, utilizada por más del 30% del comercio mundial de petróleo. Además de Omán, los Emiratos Árabes Unidos e Irán, el estrecho controla el acceso a otros países productores de hidrocarburos tan importantes como Irak, Kuwait, Arabia Saudita, Baréin y Catar. No menos de 2.400 petroleros transitan por allí cada año, con un volumen de aproximadamente 17 millones de barriles de petróleo al día. Es, por tanto, un corredor de intercambios fundamental, como única vía de salida satisfactoria para el petróleo saudí, iraní y emiratí (es decir, una cuarta parte de la producción mundial de petróleo crudo). Las opciones para exportar petróleo evitando el estrecho son limitadas y estas exportaciones solo pueden ser en cantidad limitada. Irán, fronterizo con el estrecho, puede bloquear el acceso. No es casualidad que, el 29 de junio de 2008, el comandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, Mohammad Ali Jafari, afirmara que si Irán fuera atacado por Israel o Estados Unidos, cerraría el estrecho. Sin embargo, la focalización en Ormuz oculta un poco el hecho de que el sistema funciona de alguna manera como un reloj de arena: Ormuz al noreste, Bab el-Mandeb al suroeste. Bab el-Mandeb es un estrecho del mar Rojo que conecta este con el golfo de Adén, y separa Yibuti y Eritrea, en África, de Yemen, en la península Arábiga. El estrecho es también un importante cerrojo estratégico y uno de los corredores de navegación más transitados del mundo, en la medida en que se encuentra en la ruta que utiliza el mar Rojo y el canal de Suez. Concentra más del 10% del tráfico marítimo mundial, incluyendo el 75% de las exportaciones europeas; constituye un corredor energético entre el Golfo, Europa y Asia, y el punto donde se unen las rutas petroleras, los flujos de cereales y la logística de contenedores. Para el comercio entre el norte de Europa y Asia, la alternativa pasa por… el cabo de Buena Esperanza, ¡lo que supone un desvío de 6.500 km! Por lo tanto, cuando Bab el-Mandeb se cierra… Suez deja de existir. Para Irán, la ecuación es clara: si existe un segundo Ormuz, es Bab el-Mandeb. Próximo artículo: En Yemen, la apuesta hutí