
Nota de la redacción: El siguiente estudio no debe leerse de una sola vez, sino por segmentos; y probablemente sería preferible imprimirlo en lugar de leerlo en un dispositivo digital, especialmente en el teléfono móvil. El autor pide disculpas de antemano al lector, pero el enfoque académico seguido no permitiría una división en varios artículos o un resumen que debilitaría su contenido y sus matices. Mea maxima culpa, por lo tanto. A principios de abril de 2026, Israel hizo circular un “nuevo” mapa del Líbano meridional, en el que se destaca una zona de aproximadamente diez kilómetros al norte de la frontera dentro del territorio libanés, coloreada en amarillo, representativa del espacio geográfico que su ejército ocupa desde el inicio de su ofensiva militar en marzo. Esta línea de demarcación, que por defecto ha tomado el nombre de “línea amarilla”, es presentada por los responsables israelíes como una realidad sobre el terreno bajo control de Tsahal, acompañada de la prohibición de regreso impuesta a los habitantes de cincuenta y cinco localidades libanesas. El modelo, según reconocen los propios oficiales militares israelíes, es el ya aplicado en Gaza. La experiencia lo avala: Israel no improvisa tácticamente. Simbólicamente, el mapa no deja de cristalizar la resurgencia de un imaginario territorial que atraviesa la historia del sionismo desde sus orígenes, y que la coyuntura de 2024–2026 — con el derrumbe de Hezbolá como fuerza militar de primer rango, la disolución del imperio iraní y esta simbiosis paroxística entre Donald Trump y Tel Aviv — reactiva con una audacia inédita desde 1967. Ya en vísperas de la tregua de noviembre de 2024, Israel estaba a punto de consolidar una línea de amortiguación horizontal desde Naqoura hasta Kfarshuba, de unos cien kilómetros de anchura y entre siete y diez kilómetros de profundidad, lo que supone unos 452 kilómetros cuadrados de territorio libanés bajo control israelí efectivo. Más allá de este primer cordón, los planificadores militares israelíes desarrollaban un segundo perímetro defensivo entre el Litani y el Awali, designado internamente como “zona de caza y persecución”. El propio Netanyahu declaraba: “Cada posición terrorista — y hay muchas — es simplemente arrasada”, precisando que el ejército israelí había “amplido su presencia en el Líbano más allá de las cinco posiciones establecidas en 2024” para constituir, en sus propias palabras, “una zona de seguridad sólida y más profunda.” Y es evidente, a juzgar por las declaraciones de los dirigentes israelíes, que no tienen ninguna intención de retirarse de dicha zona en los meses, ni siquiera en los años venideros. La demolición sistemática de pueblos enteros es prueba irrefutable de ello. Es un vacío demográfico lo que Tel Aviv está fabricando, y ello no sorprende en absoluto. Israel lleva dominando esta práctica desde 1948… Más allá de una simple ocupación estratégica con fines de seguridad, la “línea amarilla” no deja de despertar el temor a una anexión lisa y llana en el marco de un viejo proyecto imperialista más vasto. La geografía del deseo Para comprender esta aprensión legítima y la percepción que la acompaña de la lógica israelí que subyace a estas operaciones, es preciso remontarse a la matriz ideológica del propio proyecto sionista. La ambición territorial israelí ha variado sin duda según las corrientes y las épocas, pero siempre ha estado presente, y resulta sin duda necesario, a los efectos del presente estudio, intentar trazar su genealogía. Eretz Yisrael HaShlema — la “Tierra de Israel en su totalidad” — es, en efecto, una expresión de significados bíblicos y políticos múltiples y cambiantes. En el flujo de los movimientos nacionalistas o sionistas, las obsesiones territoriales han variado a lo largo de los períodos y las corrientes — sionismo laborista, sionismo revisionista, sionismo religioso —, pero es posible identificar dos definiciones primarias: una, más estrecha, que designa a Israel junto con los Altos del Golán, Cisjordania y Gaza; otra, maximalista, que designa la vasta región que se extiende desde el Nilo hasta el Éufrates. Theodor Herzl, padre fundador del sionismo político, trazaba él mismo esta perspectiva en una conversación con Max Bodenheimer, anotando en su diario que el Estado judío debería extenderse “desde el arroyo de Egipto hasta el Éufrates.” Desde entonces, la formulación reaparece regularmente en la literatura política israelí y en las declaraciones de responsables — incluida, en 2024, la activista Daniella Weiss, quien afirmaba: “Sabemos, por la Biblia, que las verdaderas fronteras del Gran Israel se extienden desde el Éufrates hasta el Nilo.” Pero es entre estos dos polos — maximalismo bíblico por un lado, pragmatismo de las etapas por el otro — donde se ha construido la estrategia real del Estado hebreo. Y nunca esta dialéctica fue formulada con tanta claridad como en la célebre carta que David Ben Gurión escribió a su hijo Amos el 5 de octubre de 1937, a raíz de la Comisión Peel. Solo “el comienzo” Enviada tras el estallido de la Gran Revuelta Árabe en 1936, la Comisión Real Británica sobre Palestina, encargada de proponer modificaciones al Mandato Británico sobre Palestina, había propuesto en 1937 la abolición del Mandato y la partición de Palestina en dos Estados — un Estado árabe al sur y un Estado judío al norte. Ben Gurión, para sorpresa de muchos de sus camaradas partidarios del “Gran Israel”, lo aceptó. Sin embargo, esta aceptación respondía más al pragmatismo táctico que a una renuncia a la ideología sionista. En su carta al hijo, Ben Gurión escribe así: “Mi hipótesis — y por eso soy un ardiente defensor de un Estado, aunque esté vinculado a la partición — es que un Estado judío en sólo una parte del país no es el fin sino el comienzo”. (…) Porque este aumento de posesión importa no sólo en sí mismo, sino porque a través de él aumentamos nuestra fuerza, y cada aumento de fuerza ayuda a la posesión del conjunto del país. La creación de un Estado, aunque sea sólo en una porción del país, es el reforzamiento máximo de nuestra fuerza en este momento y un poderoso impulso a nuestros esfuerzos históricos por liberar la totalidad del país.” Esta fría lógica que consiste en aceptar hoy lo que se puede obtener para preparar mañana lo que se desea constituye la clave de bóveda de la estrategia sionista desde sus orígenes. Explica, por tanto, por qué cada gesto — sea alto el fuego, acuerdo, retirada parcial u otro — ha sido siempre presentado como provisional por los defensores del Gran Israel. El tiempo no es el estático de la ofuscación, sino el de un relato continuo, en elaboración constante. En 1954, los diarios de Moshe Sharett revelan que Ben Gurión describía al Líbano como el “eslabón débil” de la Liga Árabe, proponiendo la creación de una entidad política separada y la anexión del Sur hasta el Litani. Moshe Dayán, por su parte, preconizaba explotar las divisiones internas libanesas para facilitar una intervención y un eventual control — intento que fue llevado a cabo, con el relativo éxito que la historia registra, sirviéndose tanto de actores afines al proyecto (el Frente Libanés de los años setenta y ochenta, luego Saad Haddad) como de los ostensiblemente hostiles (Hezbolá…). Pero fue Assad quien dominaría la técnica a la perfección. Desde principios de la década de 1960, Yitzhak Rabin identificaba a su vez el Litani como la frontera norte ideal. En cuanto a Netanyahu, basta con escuchar las declaraciones de sus ministros — Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, por ejemplo — para comprender que en el imaginario político israelí, al menos una parte del Líbano le pertenece a Israel. La obsesión con el Litani Al revisar la literatura sobre la postura israelí frente al territorio libanés, queda claro que la cuestión del Litani es una de las obsesiones más antiguas y constantes de la geopolítica israelí, que se remonta a la Conferencia de Paz de París de 1919. Así, Chaïm Weizmann y David Ben Gurión habían presentado, en esa Conferencia, un mapa de las fronteras deseadas para el futuro Estado judío que incluía el Litani. Pero el Tratado Sykes-Picot de 1915, por el que Gran Bretaña y Francia habían fijado ya la frontera entre el Líbano y Palestina, echó por tierra sus planes. A instancias de París, el Litani permaneció, pues, libanés. La reivindicación israelí, sin embargo, no desapareció. Ben Gurión seguiría afirmando: “Es necesario que las fuentes de agua de las que depende el futuro del país no se encuentren fuera de las fronteras de la futura patria judía. Por ello siempre hemos exigido que la Tierra de Israel incluya las riberas meridionales del Litani, los nacimientos del Jordán y la región del Haurán.” En 1978, Israel denominó a su invasión del Líbano meridional “Operación Litani”, siendo el objetivo declarado llegar al río. Y desde 2025, un movimiento de colonos israelíes denominado Uri Tzafon lleva una campaña abierta por la anexión del Líbano meridional hasta el Litani, afirmando que “el Líbano meridional es simplemente la Galilea septentrional.” La dimensión hidráulica del proyecto no es anecótica. El agua es un recurso estratégico en una región árida, y tras la guerra de 1967, el ministro de Defensa Moshe Dayán declaraba que Israel había alcanzado “fronteras provisionalmente satisfactorias, con excepción de la del Líbano.” Es decir, el Litani — al alcance de la mano, pero siempre fuera de ella. Ya no. Huelga decir que el descubrimiento de gas en alta mar al sur del Litani no ha calmado los apetitos israelíes. Todo lo contrario… El plan Yinon y la doctrina de la fragmentación La carta de Ben Gurión de 1954 constituía una suerte de declaración de intenciones y un plan estructural progresivo por etapas. El célebre documento publicado en 1982 por Oded Yinon en la revista hebrea Kivunim representa su traducción estratégica más explícita y sistemática. Presunto exasesor de Ariel Sharon y exfuncionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, Yinon publicó en febrero de 1982 un artículo titulado “Una estrategia para Israel en los años ochenta”, en el que analiza las debilidades de los Estados árabes y concluye que Israel debe trabajar por la fragmentación del mundo árabe en un mosaico de agrupaciones étnicas y confesionales. “Toda forma de confrontación interárabe”, sostenía, sería a corto plazo ventajosa para Israel. El plan opera sobre dos premisas fundamentales: para sobrevivir, Israel debe convertirse en una potencia regional imperial y debe provocar la división de la región en pequeños Estados mediante la disolución de todos los Estados árabes existentes, siendo el tamaño de estas entidades función de la composición étnica o sectaria de cada territorio. El Líbano ocupa un lugar particular en este plan: Yinon veía precisamente los acontecimientos contemporáneos en el Líbano como el presagio de desarrollos futuros en el conjunto del mundo árabe, cuyas convulsiones constituirían un precedente para orientar las estrategias israelíes a corto y largo plazo. Parece, cuanto menos, haber sido ampliamente escuchado… El plan Yinon ha suscitado naturalmente múltiples relecturas desde 1982, con ciertos analistas estimando que describiría de manera profética o programática lo que efectivamente ha sucedido en Oriente Medio a lo largo de los últimos cuarenta años — entre ello el establecimiento de zonas de amortiguación en el interior del Líbano, la anexión de territorios sirios más allá del Golán, el apoyo al régimen alauíta en Siria frente a la mayoría suníta, el fortalecimiento del régimen iraní en el Próximo Oriente para desestabilizar los regímenes árabes, la caída del dique representado por Saddam Hussein en Irak, el apoyo a grupos drusos y kurdos favorables a una Siria fragmentada, los bombardeos sobre Irak y Yemen, e incluso la emergencia de Hamás para debilitar a Fatah… Todos estos acontecimientos habrían articulado, según diversos analistas, una nueva versión de Sykes-Picot centrada en el plan Yinon. El problema, evidentemente, sería caer en una lógica conspirativa que confunda la capacidad del Estado hebreo para orientar los acontecimientos políticos en el sentido que conviene a sus intereses con un gran esquema urdido medio siglo por adelantado — algo parecido al famoso plan Kissinger para el Líbano, cuya función latente es la de exonerar a los protagonistas de sus propios errores tácticos y estratégicos en nombre de la fatalidad inexorable… Demasiado cómodo. Netanyahu y su confesión cartográfica Si hay una característica que le es propia a Benjamin Netanyahu, es su capacidad de pasar sin ningún tipo de complejo de la ideología a la práctica, no sin cierta euforia de la ostentación. El hombre y los ministros de su gobierno antes citados están muy lejos de practicar el arte de la sutileza retórica, la diplomacia o incluso la duplicidad. Su pasión por los mapas geográficos está documentada desde 1990, y cabe apostar que, lejos de ser accidental, está muy calculada — una suerte de modo de gobierno simbólico, por la imagen. El 22 de septiembre de 2023, dos semanas antes del ataque de Hamás, Netanyahu había presentado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas un mapa titulado “El Nuevo Oriente Medio”, que no incluía ni Cisjordania, ni Jerusalén Oriental, ni Gaza, incorporando de facto estos territorios al cuerpo de Israel. Antes en el mismo discurso, había mostrado también un mapa de Israel en 1948 que incluía los territorios palestinos en el nuevo Estado. Si hubo indignación, fue de muy corta duración… y el ataque tramado por Sinwar y los suyos vino a borrar el insulto monumental infligido al derecho internacional ante la Asamblea General. Y resulta sorprendente que, en un momento en que ciertos países europeos hacen gala de un celo excesivo en la restricción de las libertades públicas con proposiciones de ley como la llamada “ley Yadan”, todo el mundo haya pasado por alto el despliegue de Bibi, que había borrado Palestina de un golpe de mapa, conectando así “el río con el mar.” Semejante despliegue no fue ciertamente ningún accidente diplomático. Antes de su partida hacia Washington a principios de 2025, Netanyahu ya había prometido, en una declaración, “redibujar” el mapa de Oriente Medio, en referencia al plan de su gobierno de crear un “Gran Israel” que englobase la totalidad de los territorios palestinos e importantes porciones de los Estados vecinos. En este gobierno, la fracción más explícita está representada por Smotrich y Ben Gvir. El 23 de marzo de 2026, Smotrich se presentó ante su bloque parlamentario en la Knéset e invocó explícitamente el Litani como la línea que delimita una esfera norte de expansión israelí, en espejo de los desarrollos en Gaza y Siria. ¿Obedece la desaparición completa de pueblos enteros del Líbano meridional — borrados quizás para siempre del mapa desde la perspectiva israelí — únicamente a consideraciones de seguridad? La pregunta debe plantearse con agudeza y ser necesariamente suscitada en el marco de las negociaciones por un Estado libanés empeñado en preservar su soberanía e integridad territorial y en defender sus derechos frente a la ocupación. Los Altos del Golán como laboratorio de la anexión permanente Es sin duda la trayectoria de los Altos del Golán la que ofrece el precedente más consumado e instructivo del proceso de anexión progresiva que caracteriza el método israelí. Ocupados en 1967, anexados unilateralmente en 1981 en un gesto que la comunidad internacional se negó a reconocer durante décadas — y que Assad concedió de muy buen grado a su aliado tácito a cambio de su permanencia indefinida en el poder en Damasco —, los Altos del Golán vieron su soberanía israelí reconocida de facto por Donald Trump en 2019, primer acto de una serie de reconfiguraciones normativas cuyos efectos continúan desplegándose. Desde el derrumbe del régimen de Assad en diciembre de 2024, Israel ha extendido su presencia militar en territorio sirio más allá de la zona de amortiguación establecida en 1974, creando nuevos hechos consumados sobre el terreno. Este modelo, que obedece al esquema ocupación asentamiento hecho consumado reconocimiento diferido, es precisamente el que la línea amarilla en el Líbano meridional parece querer reproducir, con las adaptaciones que imponen un contexto diferente y una resistencia de naturaleza distinta. La lógica de los “umbrales”: del mito fundador al programa político Es preciso introducir aquí, una vez más, un matiz indispensable para el análisis — so pena de caer en el escollo de la conspiración donde debería leerse la tensión estructural entre mito fundador y decisión política. El término Eretz Israel HaShlemah no entró en el uso político corriente hasta después de la guerra de 1967. Durante la era del Mandato (1920–1948), el campo sionista estaba dividido. Algunos apoyaban al militante Ze’ev Jabotinsky, que sostenía que ambas orillas del Jordán habían sido prometidas a los judíos en la Declaración Balfour. Otros, con Ben Gurión, aceptaban el marco del Mandato Británico sobre la Palestina occidental. Con el ascenso del Likud, heredero de la corriente revisionista jabotinsquiana, el término Eretz Israel HaShlemah se hizo más popular y el proyecto de anexión completa se convirtió en el objetivo central de la coalición gobernante. Si los sueños territoriales de la derecha sionista parecían antaño no ser más que fantasías coloniales sin porvenir, los acontecimientos actuales en Gaza, el Líbano y Siria muestran que las esperanzas de una extrema derecha israelí en pleno ascenso están más próximas a materializarse que nunca. La frontera entre el mito y la realidad no ha sido nunca tan borrosa. Probablemente conviene situar esta resurgencia epidérmica del “Gran Israel” en el contexto de ese viento de “nostalgia de una edad de oro mítica” que despierta todas las vocaciones imperiales — como señalaba Samir Frangieh en una entrevista poco antes de su muerte. De Putin con Ucrania y los países bálticos, a Trump con Venezuela y Cuba, pasando por China y Taiwán, o la Turquía de Erdoğan y los demonios del Imperio otomano, sin olvidar el imperio teocrático del faquih de Darío III que expira actualmente bajo las bombas israelí-estadounidenses… un vendaval de megalomanía azota el mundo entero. El mito imperialista constituye en este marco un horizonte de deseo que estructura el pensamiento estratégico de una parte significativa del establishment israelí, modulando sus ambiciones según las oportunidades que ofrece la correlación de fuerzas regional e internacional en cada momento. La nueva carta no es ciertamente la del Éufrates al Nilo. Pero bien podría constituir una etapa hacia ella. Y Ben Gurión advirtió, en 1937, que las etapas eran precisamente lo que importaba. No mentía. Y hoy, Netanyahu no fanfarronea. En algún momento habrá que salir de las fanfarronadas locales adversas, que siguen creyendo que Israel es una potencia agotada, al borde del colapso, moribunda. Tel Aviv lleva tres años en guerra, y, tan cerca de su objetivo, ¿por qué habría de renunciar a él, sobre todo cuando nunca ha gozado de un apoyo tan incondicional por parte de su aliado americano? Lo que la “línea amarilla” podría anunciar Al término de toda esta exposición, conviene responder a la pregunta de si la “línea amarilla” es únicamente de naturaleza securitaria, vinculada al principio primordial de garantizar la perdurabilidad del norte israelí frente a posibles ataques. Si bien es naturalmente imposible responder a esta pregunta con plena certeza, no es menos cierto que la retórica y los comportamientos de Netanyahu y sus ministros son manifiestos y casi transparentes al respecto. ¿Por qué no escucharlos? Por lo demás, si Tel Aviv posee ahora argumentos de oro — el pretexto de las represalias graciosamente brindado por Hezbolá a través de su voluntad de vengar a Jamenéi —, así como una impunidad total y una alineación de astros políticos sin precedentes para realizar su proyecto, ¿por qué no lo haría, y más aún en un contexto regional y mundial totalmente desestabilizado, en el que la ONU y el derecho internacional apenas cuentan? La oportunidad podría ser única. La anexión de facto del Líbano meridional constituye sin duda un intento de solidificación de un hecho territorial consumado a falta de cualquier marco jurídico internacional reconocido, apoyándose en el precedente gazatí y en el respaldo político de la administración Trump. El enviado estadounidense Tom Barrack ha llegado incluso a evocar, por su parte, la creación de una “zona económica libanesa” que reemplazaría los milenarios pueblos fronterizos. Como en Gaza. La formalización del despojo en todo su esplendor, haciendo destellar las delicias del progreso y el desarrollo que se derivarían de ello. Extraña propaganda “positiva” fundada sobre la miseria humana. La destrucción de viviendas, la demolición de infraestructuras, la prohibición del retorno de las poblaciones… todo ello no deja de trazar la silueta de un proyecto que supera las preocupaciones de seguridad y afecta de manera evidente — pruebas en mano — a la demografía, a la geografía humana y a la modificación duradera del espacio fronterizo. De la Conferencia de paz de 1919 a los debates internos de los años cincuenta, del plan Yinon a los discursos de la coalición actual, la frontera norte de Israel nunca ha sido considerada como definitivamente trazada. Ciertos apetitos israelíes voraces fantasean su placer anexionista hasta Tiro. Otros, aún más lejos quizás. ¿Quién sabe? En un mundo implosionado que deliberadamente mira para otro lado, el imaginario y el delirio no tienen límites. Lo que la “línea amarilla” podría bien revelar, en suma, es que el sueño del “Gran Israel” — en sus diversas formas e iteraciones variables — se vive actualmente en tiempo presente. Al igual, por cierto, que los sueños de los demás imperios caídos. El Líbano, en 2026, es sin duda — como lo fue Gaza en 2025–2026 — el escenario más inmediato y doloroso de todo ello. Con el riesgo de sufrir progresivamente el mismo destino. Acabar con un mito libanés Sin embargo — y parece necesario concluir con esta precisión ineludible —, nada de lo anterior podría justificar la retórica actual defendida por los heraldos de la mou’manaa, a saber, que la codicia de Israel prueba que la guerra habría tenido lugar de todos modos, y que es preciso dejar de hacer asumir a Hezbolá la responsabilidad de lo que ocurre. Ha llegado el momento de acabar con esta llave maestra de la argumentación que pretende justificar todo lo que hace el Hezbolá— y, paradoja grotesca, también todo lo que hace Israel — mediante una pseudoley de la fatalidad. Esta lectura pasa por alto, por ignorancia o mala fe, toda una serie de factores. Sin querer entrar en todas las argucias estériles desarrolladas para justificar la guerra de Hezbolá, conviene detenerse en una sola: si la “resistencia” es legítima frente a un Estado que sigue codiciando el territorio de sus vecinos, su decisión no puede pertenecer sino al Estado libanés, no a un grupo paramilitar subordinado a Irán que desde hace veinticinco años dicta lo que desea — no sólo la guerra y la paz, sino también lo que es lícito decir y hacer, y quién merece vivir o morir — a los demás componentes de la sociedad libanesa, sobre la base de un proyecto político imperialista en el que el Líbano no es sino una provincia y los libaneses mera carne de cañón. Y si el Estado no ha sido capaz, hasta ahora, de desempeñar este papel soberano, es precisamente porque, desde dentro, el caballo de Troya iraní no quería restituirle esta prerrogativa, por ciega fidelidad a la voluntad hegemónica iraní. La experiencia de la “resistencia islámica” de Hezbolá ha sido una catástrofe nacional en todos los niveles — y no ha terminado. La “Gran Persia”, de la que Hezbolá no es sino una excrecencia, nunca ha recibido mandato del pueblo libanés para enfrentarse al proyecto del Gran Israel. Sólo el Gran Líbano puede hacerlo — simbólica y prácticamente, por todos los medios legítimos, empezando por la diplomacia. Así pues, frente al Gran Israel, el Gran Líbano. Solo eso.





