
Mientras los países de la región buscan mecanismos y alianzas que les permitan reducir su dependencia total de Estados Unidos en materia de seguridad, o incluso desvincularse por completo de su tutela, con la alianza turco-saudí-paquistaní como un claro ejemplo de esta tendencia, el Líbano oficial avanza en la dirección contraria, hacia una dependencia cada vez mayor de Washington en la mayoría de los asuntos de su política exterior. Esto no se limita a la cuestión de las negociaciones directas libanés-israelíes, que comenzaron en Washington y continúan en Roma, y no en París, por ejemplo, algo que no es casual. Naturalmente, el Líbano no puede comparar su posición, su presencia ni su papel con los de las tres grandes potencias regionales, ni adoptar enfoques similares a los suyos, dadas las capacidades políticas, económicas y militares de las que disponen. Tampoco nadie puede afirmar con certeza si el Líbano es siquiera capaz de distanciarse de Washington o si cuenta con otras opciones que se lo permitan. Nada indica, además, que una medida de ese tipo sea necesaria, dado el importante papel que Estados Unidos sigue desempeñando tanto a nivel internacional como regional. Si algunos consideran que fueron, en la práctica, las negociaciones políticas directas las que pusieron fin a la guerra, algo que sin duda contiene una parte de verdad, el Líbano necesita, no obstante, definir una política exterior más activa y eficaz, que le permita movilizar el apoyo internacional a favor de su justa causa y reclamar de manera insistente la retirada militar israelí completa hasta las fronteras internacionales reconocidas. Estas fueron consagradas por el Acuerdo de Armisticio firmado entre el Líbano e Israel en 1949, pero quedaron completamente relegadas en las últimas negociaciones. Es cierto que Washington no aceptará que nadie compita con el papel que ha recuperado en el Líbano y que pretende conservar el monopolio de la escena libanesa para utilizarla como vía de acceso a algún logro político a escala regional, sobre todo a la luz del estancamiento del expediente iraní, atrapado entre los bombardeos y la negociación, sin que ninguna de las dos vías haya logrado imponer un desenlace decisivo. Pero también es cierto que apoyarse exclusivamente en una sola potencia internacional, por fuerte que sea, no necesariamente produce los resultados esperados. Quizás el ejemplo más claro sea la marginación del papel francés, reducido a su mínima expresión, algo poco habitual en el marco de las relaciones «históricas» entre el Líbano y Francia. Aun reconociendo el carácter inevitable del papel estadounidense dadas las circunstancias actuales y la correlación de fuerzas generada por las guerras que han asolado la región durante los últimos dos años, cabe esperar, naturalmente, que Washington ejerza una mayor presión sobre su aliada privilegiada para lograr la retirada y contener el apetito desenfrenado de Israel por el territorio del sur del Líbano, visible, entre otras cosas, en la publicación de mapas sospechosos, la apertura de caminos y el establecimiento de posiciones militares en las zonas ocupadas. Mientras Estados Unidos no se convenza de que la construcción del Estado en el Líbano favorece la estabilidad interna y regional, y mientras esa convicción no se traduzca en posiciones concretas que produzcan resultados tangibles en el sur del Líbano, la situación seguirá girando en el mismo círculo vicioso: ¿las armas antes de la retirada o la retirada antes que las armas? Por cierto, esta opción, la construcción del Estado en el Líbano, no necesariamente favorece los intereses de Israel. Lo más probable es que no sea así, porque la debilidad del Estado le permite descargar su hostilidad histórica contra un Líbano plural, que contradice su identidad unívoca, cada vez más radicalizada. La construcción del Estado en el Líbano, cuyo punto de partida es garantizar al Estado el monopolio de las armas, y no proceder al desarme, constituye la única vía correcta para salir de la realidad en la que vivimos. Esto permitiría a los habitantes del Sur confiar en la existencia de un Estado capaz de protegerlos, acogerlos y garantizarles las condiciones de una vida digna, lejos de los discursos sobre marginación y abandono, reforzados por retóricas sectarias detestables, envueltas en consignas malsanas y cargadas de un odio que podría sentar las bases de conflictos civiles que la mayoría de los libaneses creía definitivamente superados. En una sociedad plural y diversa como la libanesa, el Estado no puede construirse sobre la base del gobierno por la espada, aunque un exceso de debilidad también puede resultar fatal para el proyecto estatal. Debe construirse a partir de espacios de interés común encarnados por el Estado, que ninguna parte, por poderosa que sea, puede sustituir. Eso es precisamente lo que han demostrado los acontecimientos en el Líbano a lo largo de los años, después de que el exceso de poder fuera pasando sucesivamente de una comunidad a otra. Corresponde, por tanto, al Estado libanés dar por sí mismo los pasos necesarios para construirse y no excluir el diálogo con nadie, dentro ni fuera del país, con el objetivo de alcanzar esa meta, incluso si ello exige abrir canales con actores que apoyan a determinadas fuerzas en el Líbano en lugar de apoyar al propio Estado. ¿Por qué el Estado no habría de buscar entendimientos regionales bajo cobertura internacional que le permitan traducir en hechos su proyecto en el Líbano: el proyecto del Estado? ¿Está esto por encima de sus capacidades? Tal vez. Pero hay que intentarlo. Por último, si llamar a un diálogo en el exterior parece necesario para salir del actual cuello de botella, la necesidad de un diálogo interno no es menos urgente. No puede tratarse de un diálogo meramente folclórico, cuyos resultados se limiten a entendimientos verbales que nunca lleguen a aplicarse, sino de un diálogo que busque seriamente establecer los parámetros necesarios en el plano interno: ningún retroceso en el proyecto de construcción del Estado, cuyo punto de partida es garantizar al Estado el monopolio de las armas, y sin alimentar sentimientos de marginación y abandono entre un sector de los libaneses. Entre ambos imperativos, será necesario crear algún espacio común, por grandes que sean las dificultades.









