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Sociedad

Acoso, intimidaciones: las mujeres, blancos preferidos de la IA
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Vanessa Kallas
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ago 17, 2026 - 00:59

Imágenes manipuladas, sexualización, campañas de desprestigio y acusaciones de traición: en el Líbano, la inteligencia artificial ofrece nuevas herramientas para el acoso dirigido a mujeres con presencia pública. El caso de una ministra y los testimonios de dos periodistas ilustran un fenómeno mundial que avanza más rápido que los mecanismos jurídicos y técnicos destinados a frenarlo. Un diablo rojo con cuernos y tridente, pero con un rostro conocido: gafas, cabello corto decolorado y pendientes circulares. No se trataba de una simple caricatura, sino de una de las decenas de imágenes generadas con inteligencia artificial que inundaron las plataformas con la ministra de Educación y Enseñanza Superior, Rima Karamé, como blanco. Su firme insistencia en mantener los exámenes oficiales pese al tenso clima de seguridad que acompañaba a la guerra había desatado una amplia ola de indignación. Quienes estaban indignados no debatieron la decisión educativa con argumentos pedagógicos. En cambio, surgieron cuentas con versiones distorsionadas y burlonas de su nombre, así como páginas de odio creadas expresamente contra la ministra. Las imágenes que la representaban como un demonio, una bruja o una «villana» se multiplicaron. Una de ellas le injertaba el rostro sobre el cuerpo de Gargamel, el famoso villano de la serie animada Los Pitufos. Al someterlas a la herramienta de detección Hive Moderation , ambas imágenes obtuvieron una probabilidad del 99,9 % de haber sido generadas por inteligencia artificial. La herramienta estimó, con un grado de certeza notablemente inferior —el 75,7 %— que el modelo utilizado podría ser Gemini 3. Segunda imagen difundida: el análisis de Hive Moderation estimó en un 99,9 % la probabilidad de que hubiera sido generada por inteligencia artificial. Cabe recordar que los detectores de contenido generado por IA son herramientas probabilísticas que pueden producir tanto falsos positivos como falsos negativos. El mismo patrón se repitió con mujeres que contaban con una protección mucho menor que la de una ministra. Maya*, joven periodista libanesa, publicó durante la guerra un vídeo grabado sobre el terreno que tuvo una amplia difusión. Según su testimonio a la autora de esta investigación, su única «recompensa» fue la aparición de una cuenta anónima que difundía imágenes sexuales falsas de ella, generadas por inteligencia artificial y acompañadas de frases como «Israel quiere a Maya». Un doble intento de atentar contra su integridad y de poner en duda su lealtad. Este episodio no ha podido, sin embargo, ser corroborado hasta la fecha por una fuente independiente. La periodista Lynn*, por su parte, descubrió que una fotografía suya tomada durante un reportaje sobre el terreno había sido manipulada para hacerla aparecer entre dos soldados israelíes apuntándole con sus armas. La imagen había sido publicada por una cuenta extranjera seguida por decenas de miles de personas. Tras sufrir una agresión física mientras filmaba en Beirut, ella misma contabilizó 148 comentarios bajo una publicación que relataba el ataque: críticas a su apariencia, insinuaciones sexuales y acusaciones de colaboración con el enemigo. «Los comentarios me hicieron más daño que la propia agresión. Con la persona que me atacó, me enfrenté y ahí quedó todo. Pero esas cosas que leía, escritas por personas escondidas detrás de cuentas falsas, eran mucho más duras», relata. La versión del ministerio: una campaña organizada, no un debate educativo Una fuente cercana a la ministra de Educación asegura que ella y su ministerio tuvieron conocimiento de la campaña desde su inicio, y que esta fue escalando progresivamente desde la difusión de información falsa hasta los ataques personales, hasta convertirse en una auténtica «tendencia» en las redes sociales. Según esta fuente, el ministerio intentó, al mismo tiempo, explicar su postura y publicar estudios y cifras sobre el número de alumnos y desplazados, así como sobre el programa escolar. «Pero estos mensajes no llegaban, o tenían un alcance mucho menor que la campaña dirigida contra ella.» La fuente describe una campaña «violenta, en la que se utilizaron todos los medios posibles», entre ataques personales e insultos. Algunos días, el teléfono de la ministra recibía entre 700 y 1.000 mensajes en períodos cortos de tiempo, provenientes de lo que ella califica como «trolls electrónicos organizados», que usaban números ficticios y, en ocasiones, reales, algunos de los cuales pertenecían a estudiantes. La campaña se convirtió también, según esta fuente, en una manera de ganar visibilidad: «Todos los que querían hacerse notar, despertar simpatía o ponerse en primer plano comenzaron a publicar contenidos sobre la ministra, hasta que el debate sobre los exámenes y la educación desapareció en favor de ataques contra su persona: unas veces su cabello, otras sus accesorios, otras el color de su falda.» A pesar de ello, la ministra no presentó ninguna denuncia judicial, una actitud que la fuente explica por su deseo de «no personalizar el asunto». «Hablaba apoyándose en la ciencia y en los datos; por eso no emprendió acciones legales personales contra nadie.» En cuanto a las soluciones, la fuente menciona un plan de «cohesión social» en el que trabaja el ministerio dentro del marco de los programas escolares, en coordinación con los ministerios de Cultura, Información y Juventud y Deportes. La regulación jurídica de los comportamientos en las redes sociales sigue, por su parte, siendo estudiada por el ministerio de Información. Más allá del acoso: una ciberintimidación sistemática Lo que une el caso de la ministra con el de las dos periodistas va más allá del simple «acoso digital» en sentido estricto. Se trata de un ciberacoso sistemático dirigido específicamente contra las mujeres presentes en el espacio público: manipulación de su imagen, demonización, burla y cuestionamiento de su competencia, sin que una sola de sus decisiones o ideas sea realmente debatida. Las cifras internacionales demuestran que lo que ocurre en el Líbano se enmarca en un fenómeno mundial en plena agravación. Según la encuesta Tipping Point , publicada en diciembre de 2025 por ONU Mujeres y la Comisión Europea, en cooperación con la UNESCO y el ICFJ, y con la participación de investigadores de City St George's, University of London, en 119 países, el 70 % de las mujeres que trabajan en la esfera pública han sufrido violencia digital en el ejercicio de su actividad. El 41 % declaró haber sufrido también daños en el mundo real relacionados con dicha violencia, mientras que esta proporción alcanza el 75 % entre las periodistas. En el Líbano, las últimas estadísticas de las Fuerzas de Seguridad Interior, citadas por ONU Mujeres, indican que el 80 % de las víctimas de violencia digital denunciada son mujeres. Cuando la inteligencia artificial entra en juego, las cifras se vuelven aún más alarmantes. Según el estudio State of Deepfakes , publicado en 2023, el 98 % de los vídeos deepfake disponibles en línea son de naturaleza pornográfica y el 99 % de sus víctimas son mujeres. El estudio también señalaba un aumento del 550 % en el número de estos vídeos entre 2019 y 2023. La segunda parte de Tipping Point , publicada en abril de 2026, revela además que el 6 % de las mujeres presentes en la esfera pública ya han sido víctimas de deepfakes, mientras que el 12 % han sufrido la difusión de imágenes íntimas sin su consentimiento. Una de cada cuatro mujeres ha sido diagnosticada con ansiedad o depresión relacionada con la violencia digital, mientras que el 41 % practica alguna forma de autocensura en sus publicaciones para evitar los ataques. ¿Cómo se fabrica este tipo de contenido y cómo detectarlo? Producir este tipo de contenido ya no requiere conocimientos técnicos especiales. Una sola fotografía disponible públicamente es suficiente para generar, en cuestión de minutos, decenas de versiones degradantes mediante modelos de generación de imágenes. Y, como señala Lynn, «diez segundos de tu voz bastan para fabricar una conversación entera que nunca tuviste». Por el contrario, herramientas de detección como Hive permiten estimar la probabilidad de que un contenido haya sido generado artificialmente e intentar identificar el modelo utilizado. Esta herramienta fue la que se empleó en el marco de esta investigación para examinar las imágenes y vídeos dirigidos contra la ministra Karamé. Sin embargo, la detección sigue siendo más lenta que la propagación. Cuando el resultado del análisis está disponible, la imagen ya ha llegado en ocasiones a miles de pantallas. Y dado que estos contenidos están «elaborados de forma profesional», explica la periodista, «la gente los creerá, porque ya casi nadie es capaz de distinguirlos». El problema radica en la sociedad antes que en la herramienta «Con el desarrollo de la inteligencia artificial, el acoso digital ha cambiado no solo de intensidad, sino también de naturaleza. Ahora vemos desinformación fabricada a partir de imágenes y vídeos, y es siempre más peligrosa para las mujeres que para los hombres», explica Abed Qataya, director de contenido digital de SMEX, una organización especializada en derechos digitales. Qataya observa que las campañas se intensifican en los momentos políticos clave: cuando una mujer se postula como candidata o cuando toma una decisión polémica, como ocurrió con la ministra Karamé. «El insulto se utiliza frecuentemente contra las mujeres que trabajan en la esfera pública, y se vuelve personal; ni siquiera intentan debatir sobre política o sobre hechos concretos», explica. Y añade: «El peligro no proviene únicamente de las herramientas de inteligencia artificial ahora disponibles, sino también de la forma en que la sociedad piensa y concibe a las mujeres». En el plano jurídico, el Líbano parece ir a la zaga de la rapidez con que evoluciona la amenaza. Qataya explica: «En el Líbano no contamos con leyes específicamente dedicadas al ámbito digital. Tenemos el Código Penal, la ley de 2018 sobre transacciones electrónicas y datos personales y la ley de 2020 que tipifica el acoso como delito», pero ningún texto aborda de manera específica los contenidos falsificados ni la violencia digital de género. «No tenemos un plan nacional, ni siquiera una comisión nacional dedicada a esta cuestión», añade. Lynn comparte esta valoración desde su propia experiencia: «Lo primero que necesitamos son leyes reales que permitan exigir responsabilidades de verdad. ¿A quién voy a denunciar? ¿A X?» También considera que las propias autoridades no toman suficientemente en serio la violencia digital: «Piensan que no es violencia de verdad. Para ellas, la violencia real es cuando alguien viene y te golpea». De la legislación a las plataformas: cuatro niveles de acción Los tres casos examinados en esta investigación —una ministra demonizada por una decisión educativa, una periodista cuyas imágenes sexuales falsas fueron fabricadas y una tercera colocada digitalmente entre las armas de dos soldados israelíes— exigen una acción en cuatro niveles que ya no puede postergarse. Los legisladores deben adoptar un marco jurídico que criminalice explícitamente la producción y difusión de contenidos falsificados de carácter malicioso, endurecer las sanciones contra el chantaje sexual y económico, y crear la comisión nacional reclamada por los defensores de los derechos digitales. Los medios de comunicación y las instituciones públicas deben adoptar protocolos de protección claros, que abarquen desde la gestión de comentarios abusivos hasta la asistencia jurídica y psicológica, en lugar de dejar que las mujeres afectadas enfrenten solas cientos de mensajes hostiles. Las plataformas digitales deben agilizar el procesamiento de denuncias y mejorar la detección de contenidos generados por inteligencia artificial. En cuanto a las mujeres presentes en el espacio público y sus equipos, Qataya les recomienda invertir en competencias de seguridad digital, tanto en el plano técnico como en el psicológico. Mientras tanto, la primera línea de defensa sigue estando en manos del propio público: antes de compartir una imagen «comprometedora» o «impactante» de una mujer de la vida pública, debería plantearse una pregunta antes que cualquier otra: ¿quién la fabricó y con qué propósito? * «Maya» y «Lynn» son seudónimos utilizados, a petición de ellas, para proteger la identidad de ambas periodistas. Este reportaje fue realizado con el apoyo de la Unión Europea y del Gobierno de los Países Bajos, en el marco de la beca dedicada a la inteligencia artificial en los medios de comunicación para la región de Oriente Medio y Norte de África. Su contenido no refleja necesariamente los puntos de vista de la Unión Europea ni del Gobierno de los Países Bajos. Se utilizaron herramientas de inteligencia artificial generativa —Claude de Anthropic y ChatGPT de OpenAI— para la búsqueda y estructuración de fuentes durante la preparación de este trabajo. La herramienta Hive, por su parte, se empleó exclusivamente para verificar contenidos sospechosos de haber sido generados por IA, y no para producir contenido. Todo el contenido fue revisado y se verificó la exactitud de cada dato y fuente mencionados antes de su publicación. Asimismo, se realizaron todos los esfuerzos posibles para eliminar cualquier sesgo en los resultados, ya sea en el lenguaje, la presentación de los hechos o la selección de fuentes. La responsabilidad editorial íntegra de este trabajo recae en su autor.

El centro Philippe Chebaya para niños con necesidades específicas: un faro sobre el Valle Sagrado

Quizás sea solo un pequeño proyecto de montaña, pero la colocación de la primera piedra, el sábado 8 de agosto, de un centro de acogida para niños con necesidades específicas en Bécharré (24.000 habitantes), no es menos un «gran proyecto» para quienes lo han emprendido con medios limitados, pero con una profunda conciencia de su necesidad. El centro es la obra principal de la Fundación Mons. Philippe Chebaya, que lleva el nombre de un sacerdote que durante cuarenta años fue director de la escuela pública de Bécharré, antes de ser ordenado obispo tardíamente. Un sacerdote al frente de una escuela pública: el caso es único en el Líbano. Esta anomalía se debe a la distancia que separa Bécharré de Beirut, pero sobre todo al hecho de que el padre Philippe siempre se negó a recibir remuneración por su labor como director; y que en los momentos más críticos de la guerra y la ocupación siria, había convertido la escuela en su monasterio, durmiendo y comiendo allí mismo. Pensándolo bien, no es de extrañar que sea venerado como un santo por generaciones de vecinos que le deben su educación y su promoción social. De hecho, todo Bécharré está impregnado del recuerdo de este hombre que sabía ser estricto, pero cuya bondad final y su sonrisa borraban rápidamente el recuerdo de los ceños fruncidos que un director de escuela debe mostrar a veces. La modestia del proyecto no contradice su generosidad. Con «el óbolo de la viuda», el propio Jesús nos lo enseña. León XIV acaba de elogiar aquello que, por pequeño que sea, une las buenas voluntades y contribuye a la unidad de la comunidad humana. Henri de Lubac habló de los «santos desconocidos» a quienes la Iglesia no rendirá culto, pero cuya existencia «contribuye a que nuestro mundo no sea un infierno». El «Gran Líbano» cuyo nacimiento se acaba de evocar con motivo de la ceremonia de beatificación del patriarca Howayek, es él mismo uno de los países más pequeños del mundo. El proyecto enriquecerá un «bastión maronita» situado en el corazón de la parte norte de la cadena del Monte Líbano. Una pequeña ciudad conocida por albergar un bosque de cedros milenarios y por ser el lugar de nacimiento del poeta Gibrán Jalil Gibrán; un lugar elegido también por las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa para sembrar algunas semillas de santidad. El proyecto está financiado por el gobierno alemán y la asociación Kindermissionswerk «Die Sternsinger». El patriarca maronita Béchara Rahi tuvo la amabilidad de desplazarse, a pesar de su edad, para bendecir con agua santa el suelo y los muros en construcción, y para enterrar en una de sus futuras salas una preciosa reliquia de san Charbel —cuyo pueblo natal, Bkaa Kafra, se divisa desde sus ventanas—, así como los cuatro volúmenes de un catecismo que el padre Philippe redactó para sus alumnos, la única riqueza que dejó en herencia. «Esta tierra es santa.» Caminando por un sendero de tierra que atraviesa un huerto de árboles frutales, reduje el paso para ponerme al nivel de la mujer que acababa de pronunciar esas palabras. Nos dirigíamos en fila hacia un espacio abierto cubierto de césped, donde las sillas estaban cuidadosamente dispuestas y donde se pronunciarían los discursos. «Esta brisa también es la brisa del padre Philippe», añadió la mujer. En su intervención, el patriarca Rahi habló del padre Philippe, con quien le unía una amistad, como de un santo. Lo hizo a la manera de una época anterior a la existencia del dicasterio para la causa de los santos, cuando el sensus fidelium era suficiente para reconocer como tal a una persona santa fallecida. El patriarca también habló con ternura de los pequeños «verbos de Dios», los niños con síndrome de Down, quienes viven en su propia carne, a lo largo de toda su existencia, los sufrimientos redentores del Salvador. El centro podrá acoger a unos cincuenta niños. Joseph Chebaya, sobrino del padre Philippe y director de la fundación, se encargará de terminarlo gracias a las donaciones que irá recaudando aquí y allá. La Fundación Philippe Chebaya espera que sirva de faro para todos los pueblos que rodean el magnífico Valle Sagrado, el Kadisha, sobre el que se asoma. El sol se pone y las cimas de las montañas que rodean Bcharré se tiñen de púrpura, malva y rosa. En su intervención, la encargada de negocios de la embajada alemana, Yasmine Raya, expresó amablemente su deseo de volver al lugar una vez que el edificio comience a acoger a quienes justifican su existencia. Una forma elegante de asegurar a sus fundadores que el apoyo de su país continuará hasta la finalización de las obras y más allá.

Mundial de fútbol: emociones colectivas e identificaciones en el Líbano
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Nayla Assaf
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jul 12, 2026 - 19:14

La Copa del Mundo de fútbol va mucho más allá del deporte. Como evento planetario, interrumpe el curso habitual de la vida y reúne, durante el tiempo que dura el torneo, a millones de personas en torno a un mismo relato colectivo. En el Líbano, esta competición adquiere una dimensión especial. En un país marcado por crisis sucesivas, por la movilidad y las fracturas sociales, la Copa del Mundo otorga a los momentos de celebración un valor precioso, casi inusual. “Para la psicóloga clínica Sandra Khawam, apoyar a determinadas selecciones forma parte, ante todo, de una historia familiar, marcada con frecuencia por la emigración. “El factor familiar juega un papel muy importante. A causa de las guerras, las crisis y las sucesivas olas migratorias, muchas familias libanesas se han dispersado por todo el mundo”, explica. Esta dispersión ha generado una cartografía afectiva particular. Comunidades libanesas se han asentado en Brasil, Argentina, Alemania, Francia y otros países, manteniendo, sin embargo, lazos sólidos con el país de origen: no solo geográficos o administrativos, sino también emocionales. Vínculos que afloran en los relatos familiares, los recuerdos, las costumbres y, a veces, las lealtades simbólicas. Durante la Copa del Mundo, estos lazos pueden influir en las formas de identificación deportiva. Apoyar a una selección extranjera puede significar, de manera indirecta, respaldar una parte de la propia historia familiar, de la memoria o del recorrido migratorio. El fútbol como necesidad universal de identificación Más allá del caso libanés, la señora Khawam insiste en un mecanismo más amplio y universal. El fútbol, según ella, responde a una necesidad de identificarse con referentes percibidos como estables, visibles y valorados. “Cuando un equipo encarna la estabilidad, el éxito, el rendimiento y figuras emblemáticas, se convierte de forma natural en un objeto de identificación”, subraya. Los aficionados no siguen únicamente un resultado deportivo, sino una narrativa. Rastrean la progresión, la posible victoria, la superación personal. Esta identificación funciona como un espejo simbólico en el que cada uno proyecta aspiraciones personales o colectivas. En el contexto libanés, esta dinámica adquiere un matiz particular. La señora Khawam recuerda que la sociedad libanesa está atravesada por divisiones identitarias y comunitarias que también estructuran las formas de pertenencia. El fútbol puede convertirse entonces en un espacio de proyección de esas divisiones. El apoyo a una selección no responde únicamente a consideraciones deportivas; en ocasiones puede reflejar una afiliación simbólica o identitaria. “Los individuos se identifican de manera diferente, apoyando a una selección en lugar de otra”, explica. El terreno de juego se convierte así en un espacio de desplazamiento de las pertenencias, donde tensiones sociales latentes pueden reescenificarse de forma simbólica y codificada. Un paréntesis emocional La psicóloga insiste en otra dimensión esencial: la de una válvula de escape colectiva. En un país marcado por crisis económicas, políticas y sociales como el Líbano, la Copa del Mundo actúa como un paréntesis en el que la cotidianidad queda suspendida durante el tiempo que dura un partido. “Las personas se reencuentran, comparten un sentimiento de unidad, de alegría, de orgullo y de emoción colectiva”, comenta. Si ese paréntesis resulta tan significativo, es porque abre un espacio de expresión emocional al que rara vez se accede en la vida diaria. El fútbol permite transformar realidades opresivas en una experiencia de ligereza colectiva, en la que la victoria de un equipo se convierte en una victoria compartida, casi simbólica. Esta intensidad colectiva también se explica por mecanismos de grupo. En las concentraciones de personas, las emociones no se limitan a una expresión individual: se refuerzan mutuamente. La Sra. Khawam describe este fenómeno como un efecto de masa, en el que la alegría, la emoción y, en ocasiones, la frustración se ven amplificadas por la dinámica colectiva. Sin embargo, insiste en un punto importante: los excesos siguen siendo minoritarios. No representan la norma, sino una excepción que se hace visible. El efecto de grupo puede, no obstante, modificar los comportamientos individuales. El anonimato relativo, la fuerza del colectivo y la intensidad emocional del momento pueden llevar a algunos a actuar de manera diferente a como lo harían habitualmente. En ciertos casos, esto puede derivar en gestos desmedidos o incluso violentos. Un violento enfrentamiento entre hinchas degeneró así en una pelea y luego en un intercambio de disparos durante un partido entre Brasil y Japón en Wadi Jilo, en el caza de Tiro (Líbano del Sur). Seis personas resultaron heridas. Bajo esta lógica, el fútbol puede funcionar como una caja de resonancia de las tensiones sociales y políticas. Algunos conflictos pueden manifestarse a través de las rivalidades deportivas, y los equipos se convierten en soportes simbólicos sobre los que se proyectan pertenencias, oposiciones o frustraciones más profundas. Sin embargo, para la Sra. Khawam, es importante no reducir el fenómeno a esta única lectura, ya que dichas proyecciones coexisten con una dimensión festiva y cohesionadora igualmente central. La pasión entre convivencia y desbordamiento Sergio, de 22 años, oriundo de Jbeil, ilustra esta ambivalencia a una escala más íntima. “Apoyo al equipo de Alemania, ante todo porque el Líbano no participa en el Mundial. Además, porque aprecio profundamente el estilo de juego de esa selección, a la que estoy unido desde la infancia”, confiesa. Los partidos se viven a menudo entre amigos, lo que no excluye las tensiones. “Empezamos con bromas, pero los intercambios pueden volverse más acalorados. A veces hasta nos empujamos. Aunque siempre terminamos calmándonos”, cuenta. La pasión por el fútbol, a pesar de sus excesos, vuelve entonces a su función primera: un espacio de convivencia. Jad, de 28 años, beirutí que apoya a la selección francesa, ilustra esta dimensión festiva. “Francia forma parte de mi historia desde la escuela, especialmente con Mbappé hoy en día. Es un equipo que seguí con mi hermano y se ha convertido en un ritual familiar”, explica. Durante este Mundial 2026, las victorias generan festejos. Para él, estos momentos van más allá del deporte: “Durante algunas horas, olvidamos el día a día”. En Jounieh, Maya, de 32 años, fanática del equipo argentino, confiesa un apego heredado. “Es una pasión que me transmitió mi padre en la época de Maradona y que he mantenido con Messi”, cuenta. Aunque no participa en las concentraciones de hinchas, vive el Mundial en el espacio íntimo familiar. “Mi hermana vive en Buenos Aires y durante los partidos nos enviamos videos como si estuviéramos en el mismo salón”. Karim, de 24 años, hincha de Brasil en Trípoli, evoca una experiencia más ambivalente. “El juego, la samba, el color amarillo… son una pasión muy fuerte”, dice. Pero también reconoce el aumento de las tensiones: “La derrota exacerba a veces las emociones. Las discusiones en las redes, las rivalidades… todo se intensifica”. Describe escenas de tensión: “Fui testigo de intercambios de insultos y mesas volcadas en restaurantes. Preferí irme”. En definitiva, el Mundial se revela como un fenómeno profundamente ambivalente. En el Líbano, esta ambivalencia resulta especialmente visible. En un país que lleva décadas buscándose a sí mismo, a veces es más fácil vibrar con los colores de otro país que con los de la propia nación.

Formación, desarrollo digital e IA: la Francofonía en acción en Oriente Medio

La Organización Internacional de la Francofonía (OIF), que reúne a 93 Estados y gobiernos, desarrolla su labor en el Líbano y en la región mediante programas estructurados en torno a la promoción de la lengua francesa, la educación, la igualdad de género y el desarrollo. En Beirut, esta labor es coordinada por Lévon Amirjanyan, representante de la OIF para Oriente Medio, quien dirige la oficina regional inaugurada a finales de 2022. Esta oficina abarca cuatro países: el Líbano y Egipto, miembros plenos, así como Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, miembros asociados, con el Líbano como centro operativo de las acciones regionales. El Líbano sigue siendo un país clave para la Francofonía. Miembro de la OIF desde 1973, celebró en 2023 el quincuagésimo aniversario de su adhesión, confirmando un profundo arraigo histórico. En continuidad con este papel, el país también ha contribuido a la Francofonía institucional al albergar los Juegos de la Francofonía en 2009, mientras que la oficina regional de la Agencia Universitaria de la Francofonía está establecida allí desde hace más de treinta años. Desde 2022, se han movilizado más de cuatro millones de euros para el Líbano en el marco de programas de cooperación y apoyo. Sin embargo, esta presencia histórica no se limita al plano simbólico, sino que se traduce en programas concretos sobre el terreno. Según Amirjanyan, “la acción de la OIF en el Líbano se basa en un plan firmado en 2021, estructurado en torno a la lengua francesa, la educación y la formación, así como al empoderamiento de las mujeres”. Frente a las sucesivas crisis, en 2024 también se puso en marcha un plan de emergencia dotado con un millón de euros. En el ámbito educativo, la organización apoya al Ministerio de Educación mediante la producción de recursos pedagógicos digitales, el desarrollo de la enseñanza a distancia y la capacitación de docentes. En cuanto al empoderamiento de las mujeres, el fondo “La Francofonía con Ellas”, creado en 2020, ha permitido movilizar cerca de 1,5 millones de euros en el Líbano para financiar 24 proyectos, una cifra superior al promedio regional. La OIF también respalda a la juventud y las iniciativas locales. Más allá de sus acciones en educación y empoderamiento femenino, la OIF también interviene en el ámbito de la información. Amirjanyan destaca que “la organización lleva adelante, en asociación con el Ministerio de Información y la Unesco, acciones para combatir la desinformación, brindar apoyo técnico y material al ministerio y desarrollar una campaña nacional de sensibilización acompañada de contenidos audiovisuales”. Paralelamente, la organización busca fortalecer las oportunidades económicas dentro del espacio francófono. Según Amirjanyan, “la OIF apoya al sector privado mediante misiones económicas: la realizada en 2023 reunió entre 60 y 70 empresas de 25 países francófonos, mientras que una misión de seguimiento organizada en 2025 culminó con la firma de 18 memorandos de entendimiento”. Medios, cultura y proyección de la Francofonía Como complemento de estas acciones institucionales y económicas, la OIF también invierte esfuerzos en el ámbito de los medios de comunicación. “La OIF apoya a los medios francófonos en el Líbano, especialmente mediante su respaldo al relanzamiento en 2025 del noticiero en francés de Télé-Liban, transmitido diariamente y considerado una herramienta esencial para preservar la lengua francesa en el sistema audiovisual público”, explica Amirjanyan. Esta labor también se refleja en el apoyo a estructuras culturales de proximidad. La acción cultural de la organización se sustenta en los doce Centros de Lectura y Animación Cultural (CLAC) presentes en el Líbano, que Amirjanyan califica como una “verdadera joya” de la Francofonía por su papel en el acceso a la cultura, el conocimiento y la información, incluso en regiones alejadas de las infraestructuras culturales. Más que simples bibliotecas, estos centros constituyen espacios de vida cultural y comunitaria que favorecen la cohesión social, el diálogo y la convivencia. Integrados en una red de más de 300 centros distribuidos en el espacio francófono y presentes en el Líbano desde 2001, los CLAC atraviesan actualmente un proceso de modernización. Amirjanyan señala que “una reciente misión de evaluación permitió consultar a usuarios y responsables locales para identificar las adaptaciones necesarias frente a la evolución digital y las nuevas expectativas culturales, preservando al mismo tiempo su papel de proximidad”. Una dinámica regional en expansión Si bien el Líbano constituye el principal punto de apoyo de la organización en la región, su acción se extiende mucho más allá de sus fronteras. A escala regional, Amirjanyan destaca una labor que abarca Egipto, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, con programas adaptados a los contextos nacionales. En Egipto, la cooperación incluye proyectos con importantes instituciones de la Francofonía, entre ellas la Universidad Senghor de Alejandría. Esta institución desempeña un papel central en la formación de profesionales del desarrollo en África y recibe estudiantes y especialistas procedentes de numerosos países francófonos. En este país, la OIF también implementa programas de formación para diplomáticos y docentes, especialmente en los ámbitos del desarrollo digital y la inteligencia artificial, con un énfasis particular en el fortalecimiento de las capacidades de las administraciones públicas. En otro ámbito, la OIF también desarrolla alianzas específicas en los países del Golfo. En Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, la acción de la OIF se concentra en fortalecer la enseñanza del francés y su integración en los sistemas educativos, en coordinación con las autoridades locales. Esta dinámica va acompañada de un creciente interés por la lengua francesa y de un entusiasmo cada vez más visible por la Francofonía en estos países, impulsado especialmente por los sistemas educativos y la cooperación cultural. Según Amirjanyan, este enfoque permite “adaptar los programas a las prioridades de cada país, manteniendo al mismo tiempo una coherencia regional, en un espacio donde la Francofonía experimenta una dinámica de crecimiento y un interés cada vez mayor”. Una Francofonía orientada hacia el futuro Más allá de los proyectos ya emprendidos, la organización prepara ahora las próximas etapas de su acción regional. Amirjanyan insiste en que las prioridades futuras de la OIF son la juventud, la igualdad de género, el desarrollo digital y la inteligencia artificial. Ya están en marcha programas de formación en francés profesional para funcionarios y diplomáticos libaneses, que continuarán con el objetivo de fortalecer las competencias y modernizar la administración pública. En definitiva, ya sea en educación, cultura, medios de comunicación, igualdad o cooperación económica, la ambición sigue siendo la misma: hacer de la Francofonía un espacio de intercambio y oportunidades adaptado a los desafíos contemporáneos. Tanto en el Líbano como en el resto de la región, la Francofonía mantiene un notable dinamismo, impulsado por el interés constante por la lengua francesa y por sistemas educativos plurilingües. Para concluir, Amirjanyan considera que esta realidad confirma que la Francofonía va más allá de la dimensión lingüística: constituye un espacio de cooperación, formación y oportunidades económicas y sociales orientado hacia el futuro.

Estudiar en condiciones deterioradas: cuando la inestabilidad se vuelve norma
بقلم
Nanette Ziadé-Ritter
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may 12, 2026 - 11:15

Está la guerra y el terror que impone. Y luego está el entretiempo. Ese estado de ni guerra ni paz, menos espectacular pero más insidioso, que instala una tensión constante e impide cualquier proyección hacia el futuro. Es ahí donde aparece el desgaste: la motivación se erosiona, los recursos se agotan, el sentido vacila. Y el aprendizaje no escapa a ello. Formatos híbridos impuestos, continuidad pedagógica inestable, compromiso fluctuante: en un Líbano atravesado por turbulencias, la universidad parece mantenerse en pie, pero al precio de un debilitamiento silencioso. Lo que antes pertenecía a la excepción —pasar de un formato a otro— terminó imponiéndose poco a poco como norma. Ahí ocurre el primer quiebre: cuando lo imprevisible se vuelve estructural, ya no solo desorganiza los estudios, sino que redefine sus propias reglas. La continuidad pedagógica, entonces, se fragmenta. Las clases oscilan entre la presencialidad y la virtualidad, a veces suspendidas, casi siempre dictadas más por las circunstancias que por una decisión académica. Sin embargo, aprender supone una estabilidad mínima, una progresión sostenida en el tiempo. Cuando esa estabilidad se desintegra, el conocimiento no se interrumpe: se disuelve. La universidad ya no solo transmite saberes, también administra la inestabilidad. A esto se suma un factor agravante: cada episodio de guerra profundiza la crisis económica. Para algunos estudiantes, eso significa abandonar por completo sus estudios; para otros, un repliegue forzado hacia instituciones más económicas, muchas veces menos exigentes. El recorrido académico deja entonces de ser una elección para convertirse en un ajuste. Pero el efecto más profundo está en otra parte. Es mental. Estudiar en un entorno inestable impone una vigilancia difusa y permanente. Nadie se compromete por completo con un marco que sabe que puede derrumbarse en cualquier momento. Esa inestabilidad absorbe una parte considerable de los recursos cognitivos: hay que adaptarse constantemente a los formatos, las herramientas y los ritmos. La mente pasa entonces de una lógica de aprendizaje a una lógica de gestión. La concentración se fragmenta y el conocimiento se vuelve secundario. De esa tensión surge una erosión progresiva de la motivación. Estudiar implica creer en una continuidad: la de los esfuerzos, los aprendizajes y un recorrido coherente. Cuando esa continuidad se reconfigura sin cesar, el esfuerzo pierde claridad. El paso repetido de un modo a otro impide cualquier anclaje duradero. El desapego que resulta de ello suele ser una respuesta racional frente a un entorno que se volvió ilegible. Los efectos sobre el nivel académico son concretos. Un formato híbrido impuesto introduce rupturas: en la atención, en la interacción e incluso en la manera de recibir los contenidos. Algunos abandonan más fácilmente a distancia; otros tienen dificultades para readaptarse a la presencialidad. Ese desequilibrio revela otra fractura: el aumento de las desigualdades. No todos cuentan con las mismas condiciones para navegar entre estos formatos: conexión, espacio de trabajo, autonomía. Es en esa grieta donde se instala una zona más ambigua. Porque si bien las limitaciones son reales, también pueden convertirse en argumentos. La falta de claridad del sistema vuelve más difícil evaluar el compromiso. Algunos estudiantes se apoyan en ello para justificar ausencias o deficiencias. Pero esa deriva no es únicamente oportunista: también refleja un distanciamiento progresivo, posibilitado e incluso facilitado por un marco que, en sí mismo, es inestable. Las instituciones, por su parte, avanzan sobre una línea estrecha. La hibridación se presenta como una solución; aquí funciona más bien como un paliativo. De tanto adaptarse, el sistema corre el riesgo de erosionar sus propias exigencias. Nadie ignora que en la base de todo Estado-nación está la educación. Se hablará de resiliencia. Pero de tanto invocarla, termina ocultando otra realidad: la de una reducción progresiva de los estándares. La pregunta se vuelve entonces más radical: ¿qué queda del aprendizaje cuando las condiciones ya no permiten sostenerlo en el tiempo? El problema, por lo tanto, no se limita al acceso a las clases, sino también a su forma y al compromiso que todavía logran generar. Estudiar en la incertidumbre es navegar permanentemente entre formatos inestables, mantener una atención dispersa y reconstruir sin descanso un marco que ya no se sostiene por sí solo. Y, de fondo, aparece una pregunta más brutal: ¿para qué, cuando las vidas están amenazadas tanto como el futuro que deberían abrir? En este contexto, quizá el riesgo más profundo no sea el fracaso. Sino la instalación duradera de un modo degradado, de un nivel rebajado que, con el tiempo, termina convirtiéndose en la norma.

Lanzamiento de una cooperación mediática entre "Levant Time" y el sitio "European Security"

En el marco de su estrategia para ampliar sus horizontes y su capacidad de análisis sobre los grandes temas geopolíticos que se plantean a escala internacional, Levant Time acordó una estrecha cooperación, bajo la forma de intercambio de contenidos, con el sitio informativo “ European Security ”. Creada por un grupo de expertos y académicos de reconocido prestigio, esta plataforma europea, que no depende de ningún organismo estatal, está especializada principalmente en asuntos de defensa y seguridad en Europa y Estados Unidos. Se ha fijado como objetivo ofrecer a responsables civiles y militares, así como a investigadores, periodistas e industriales, textos de referencia, análisis, estudios y artículos centrados en los desafíos actuales en materia de defensa y seguridad. La publicación, dirigida por Joël-François Dumont, también busca crear vínculos y promover el debate con todos aquellos interesados en este ámbito. Levant Time considera precisamente que esta cooperación con European Security permitirá a su audiencia levantina y a sus seguidores dentro de la amplia diáspora de los países de Medio Oriente beneficiarse del contenido abundante y de muy alta calidad del sitio europeo, lo que sin duda aportará una nueva perspectiva y un complemento a los temas de interés que caracterizan a nuestra plataforma. Esta cooperación bilateral tendrá como base los principios que definen la misión informativa de European Security , que subraya al respecto que el fin de la Guerra Fría “ha mantenido durante la última década en Occidente la ilusión de un mundo más seguro”. “En realidad, precisa el sitio europeo, si bien la amenaza directa de un enfrentamiento armado Este-Oeste desapareció, la situación sigue siendo alarmante, o al menos preocupante, en varias regiones del mundo (…)”. Otras amenazas desestabilizadoras, aún mal percibidas por la opinión pública, parecen instalarse. Llevan en sí el germen destructivo de la democracia bipartidista tal como la practicamos”. El sitio añade en este contexto que “la miseria endémica que afecta a ciertos países tiene repercusiones en nuestras naciones donde prevalece la democracia”. “La toma en cuenta de estos problemas es, por lo tanto, una necesidad para todos aquellos que buscan aportar respuestas a los desafíos planteados, informando a los responsables de decisión o a la opinión pública (…). De ahí el interés de crear este nuevo vínculo entre instituciones especializadas y personas comprometidas con estas cuestiones, cuyos trabajos pueden aportar elementos útiles de reflexión”. Con esa perspectiva, European Security publicó hace algunos días en su plataforma un extenso artículo sobre la situación actual en el Líbano, evocando en ese marco su nueva relación con Levant Time , al que presenta como un “puente intelectual entre Oriente y Occidente”, una “joya del actual espacio mediático” y una “ventana abierta al alma del Líbano”. Para leer el artículo y la presentación de Levant Time , haga clic en el siguiente enlace: El Líbano en el corazón del mundo: Cuando Levant Time ilumina el horizonte - European Security

El Líbano, guardián de la esperanza
بقلم
Fady Noun
نُشر
abr 15, 2026 - 10:00

Atrapado entre dos Estados parias, el Líbano no tiene otra opción que contemporizar con el que le es más cercano geográficamente, el que se encuentra en su frontera. Es el arte de la paz según el sentido común. No hace falta ser Sun Tzu para entenderlo. Tampoco para comprender que el Líbano forma parte del mundo árabe, y no del mundo islámico, y que puede contar, para avanzar en esa dirección, con una solidaridad árabe que no tiene equivalente en el islam militante iraní. Sin duda, la causa palestina es sagrada y el despojo de Palestina seguirá siendo la vergüenza del mundo árabe. Pero eso no justifica sacrificar otra causa sagrada, la del Líbano, esta magnífica joya geográfica y cultural, esta promesa de libertad religiosa ofrecida por la historia a la Iglesia maronita y, a través de ella, a todas las comunidades libanesas, cuya pérdida sería un sacrilegio o, según Juan Pablo II, “uno de los remordimientos del mundo”. El Líbano es “más grande que sí mismo”, dijo Emmanuel Macron en marzo pasado en el Instituto del Mundo Árabe. En efecto, el Líbano es una genialidad de la historia que lo convirtió en el crisol de un arte de vivir en buena convivencia entre dos grandes creencias religiosas en muchos aspectos antagónicas, pero cuyo acercamiento, tal como finalmente ocurrió en el Líbano, ha logrado ser “modelo de libertad y de pluralismo para Oriente y Occidente”, siempre según Juan Pablo II. Parte de la francosfera El principal activo del que aún dispone el Líbano es, además, que forma parte de la francosfera y, por ello, de un conjunto abierto a Francia y a Occidente, al tiempo que sigue siendo profundamente religioso, profundamente pacífico, profundamente arraigado en Oriente. Por lo demás, con un territorio tan pequeño, ¿cómo podría ser de otro modo? Será necesario, entonces, lograr que, al salir de las duras pruebas que atravesamos, el Gran Líbano prevalezca sobre los pequeños Líbano que aún intentan imponerse “en pensamiento o en palabra”; y en particular sobre la utopía jomeinista cuyo objetivo es extender al Líbano la autoridad de Teherán, permitir a Irán situarse en las fronteras de Israel y a orillas del Mediterráneo, y destruir a Israel al término de una empresa en la que lo religioso desemboca directamente en lo escatológico y en el fin de los tiempos, es decir, en lo irracional. Estas aspiraciones no podían sino desencadenar, en las demás comunidades libanesas, reflejos de autodefensa. Una de las razones por las que el Líbano seguirá siendo refractario a esta colonización ideológica de la comunidad chiita es que, frente a su “asabiyya”, existe otra “asabiyya”, esta vez maronita, que se aferra con firmeza a su autonomía de pensamiento y de acción, así como a la porción de tierra que le correspondió tras siglos de gestación y sufrimientos; una tierra por la que ha pagado el precio de sangre a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI, y que sigue pagando en este mismo momento a través de las aldeas fronterizas. La lección del Gran Líbano Decimos esto convencidos de que los maronitas han asimilado inteligentemente, a un alto costo, a lo largo del siglo pasado, la principal lección del Gran Líbano de 1920: dejar de aspirar a un Líbano en el que serían plenamente autónomos y libres, para ponerse al servicio de ese país una vez logrado. Al pasar de un germen de nación al Gran Líbano, los maronitas pasaron, no sin dificultades, retrocesos, vacilaciones y graves errores, de la adolescencia a la madurez, de una comunidad que aspiraba a ser nación, a una nación que asume sus responsabilidades frente a todas las comunidades que se integraron a su proyecto. Para mantenerse fiel a sí misma, la “asabiyya” maronita, cuyo resurgimiento se percibe en este momento, debe recordar que está al servicio exclusivo de la gran civilización libanesa, de la convivencia, de una modernidad creyente, de una laicidad positiva, de la fraternidad religiosa, del rechazo a toda instrumentalización de lo religioso, de una visión geopolítica elevada, de la libertad y del pluralismo, y que se sitúa en las antípodas de cualquier aislamiento. En apoyo de lo anterior, cabe citar este pasaje de un discurso pronunciado en febrero de 2011 por el presidente de la Fundación Maronita en el Mundo, Michel Eddé, de grata memoria, durante la ceremonia de inauguración de la estatua de san Marón en el exterior de la basílica de San Pedro del Vaticano: “Este Líbano (…) los maronitas fueron los primeros en forjar en él una patria y luego un Estado moderno. No quisieron convertirlo en una nación maronita o cristiana, ni en un Estado para maronitas o cristianos, aunque eso estuvo a su alcance en su momento. Lo concibieron como un espacio de convivencia entre musulmanes y cristianos, un espacio fundado en el reconocimiento del derecho a la diferencia, en el respeto al otro, en su aceptación de su diferencia. Es decir, en la libertad y la democracia”. Afinidades Dicho esto, y en respaldo de la opción por un acomodo pacífico con el Estado en nuestra frontera, conviene saber que el Líbano cristiano no carece de afinidades culturales y religiosas con el Israel religioso. La Iglesia y la Sinagoga rezan y suplican en el mismo Libro de los Salmos y beben de los grandes relatos bíblicos. La Iglesia oriental maronita también tiene la lucidez de saber que, si la Iglesia universal alimentó el antisemitismo al independizarse de la Sinagoga, no tiene por qué cargar con los extravíos del pasado. Puede, por tanto, adherirse libremente y sin reservas a las disposiciones de la Declaración conciliar Nostra aetate , que afirma: “Aunque las autoridades judías, con sus partidarios, impulsaron la muerte de Cristo, lo ocurrido durante su Pasión no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que vivían entonces, ni a los judíos de nuestro tiempo. Si bien es cierto que la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, los judíos no deben ser presentados como rechazados por Dios ni como malditos, como si ello se desprendiera de la Sagrada Escritura”. Tampoco olvida mirar “con estima a los musulmanes, que adoran al Dios único, vivo y subsistente, misericordioso y todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a los hombres”. En este ámbito, incluso podría ir más allá, siendo el Líbano el lugar por excelencia del diálogo de vida islamo-cristiano. La misión del Líbano Por último, si la Sinagoga es su antecesora histórica, la Iglesia no puede olvidar que Dios la ha hecho guardiana de la esperanza de que un día “todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán bajo un mismo yugo” (So 3, 9), y que debe guiarlos a través de la historia, mediante los “lazos suaves” del Espíritu Santo, hacia la plenitud de la revelación que ella misma ha recibido. En ningún momento el Líbano, heredero de los altos valores transmitidos por sus comunidades, debe perder de vista la grandeza de su misión. Así, tiene la obligación moral, en el caso particular de Palestina, de empuñar las armas del espíritu y advertir a su vecino del sur que, por más traumatizado que esté por el 7 de octubre de 2023 y su estela de atrocidades, corre el riesgo de perder su alma al ejercer sobre los palestinos la violencia genocida que se ha visto. Al deshumanizar a los palestinos y apagar en su corazón toda empatía hacia ese pueblo, los israelíes se deshumanizan a sí mismos, se estiman sus historiadores. ¿Será Israel salvado por la guerra? No. Solo dándoles a los palestinos un futuro podrá vivir en paz. Porque una paz impuesta, que no se sustenta en la justicia sino en la fuerza, puede desmoronarse de un día para otro. La verdadera paz es la que se basa en los derechos inalienables de toda persona y de toda colectividad humana, tal como los ha desarrollado dos milenios de civilización judeocristiana; y hacia ella deben tender todas las naciones que aspiran a ser justas ante Dios, como lo pretenden los dos actores nacionales del drama en Tierra Santa. Hay otra razón, quizá más circunstancial, para acomodarse a una paz con Israel: la apertura de las fronteras hacia los lugares santos que ello permitiría. Por supuesto, en Sidón y Tiro, el Líbano posee valiosas reliquias del paso de Jesucristo por su tierra. También cuenta, en sus cumbres y en la profundidad de sus valles, con importantes santuarios hacia donde dirigir la mirada. Pero nada de esto basta para olvidar las piedras de Jerusalén, ni para apartar la mirada de Belén y Nazaret, que siguen siendo, para todo cristiano, testimonios insustituibles de la vida de Jesús. No a una descentralización que aísle Una advertencia antes de concluir: cualquiera que sea el precio a pagar por la paz con Israel, será necesario evitar toda forma de descentralización que aísle a las comunidades libanesas entre sí. El Líbano profundo tiene el deber de mantenerse abierto y cercano a todos aquellos que lo han construido o lo siguen construyendo, fiel a compartir con todos las penas y las alegrías, los duelos y las celebraciones. Por último, la prosperidad económica en el Líbano no debe lograrse a costa de su misión espiritual. Antes de ser un casino, un hospital, una estación de esquí o un destino turístico, que no son más que medios de subsistencia, el Líbano debe aspirar a ser el corazón intelectual de Medio Oriente, un espacio de libertad, creatividad y pluralismo, el laboratorio de la "civilización del amor" promovida por Pablo VI. Y para ello, sus universidades y sus institutos de educación superior tienen un papel de primer orden. La búsqueda de sentido deberá figurar entre las "especialidades libanesas", al mismo nivel que los "mezze".

Una guerra implacable deja vidas sin voz
بقلم
Nanette Ziadé-Ritter
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abr 1, 2026 - 14:19

Toda guerra deja tras de sí a sus olvidados. Sin embargo, hay un grupo del que rara vez se habla o que se comprende mal: los animales. En un Líbano donde el abandono ya es generalizado, la guerra no ha hecho más que profundizar una crisis agravada durante años por la debacle económica. Al sufrimiento humano se suma así una angustia silenciosa e invisible, que pocas veces encuentra lugar en el relato colectivo. Este fenómeno también revela una fractura más profunda. Abandonar a un animal en tiempos de guerra no siempre es un acto deliberado de crueldad, sino a veces el resultado del colapso. Cuando todo escasea, como alimentos, medicamentos o refugio, la jerarquía de las necesidades se impone con una fuerza brutal. En esas circunstancias, el animal puede llegar a percibirse como una carga adicional. Para muchos, los animales siguen siendo secundarios: compañeros adoptados a veces por impulso, como objetos que pueden descartarse con la misma facilidad. Y cuando la urgencia obliga a huir, algunos emprenden el camino dejando atrás aquello que de pronto parece haber perdido todo valor. Perros y gatos, pero también aves y animales más exóticos, quedan librados a su suerte, indefensos en entornos que se han vuelto hostiles. Esta realidad no surge en el vacío. Se inscribe en un contexto donde la protección animal, aunque consagrada en la ley, sigue siendo en gran medida ineficaz. Ante la falta de voluntad política y de recursos adecuados, las infracciones se multiplican: tráfico de fauna silvestre, maltrato, matanza masiva de aves migratorias, incluso pesca con explosivos. Es toda una cadena de violencia normalizada, a menudo relegada a los márgenes, como si importara menos por no afectar directamente a los seres humanos. Sin embargo, es precisamente esa cadena la que sostiene el equilibrio del que depende la propia supervivencia humana. Rescates complejos En este panorama deteriorado, son los más vulnerables quienes pagan el precio más alto. Las asociaciones, ya debilitadas por la crisis financiera, luchan por mantener sus actividades. Como Beta y Animals Lebanon, junto con numerosos colectivos de base y voluntarios anónimos, continúan su labor, a menudo al límite de sus recursos. Su trabajo es, en ocasiones, de absoluta urgencia: intervenir entre los escombros, responder a llamados de auxilio, arriesgar la vida para rescatar animales atrapados, heridos u olvidados. Sin embargo, los obstáculos son numerosos y siguen acumulándose. Los rescates se vuelven cada vez más complejos en un contexto de inseguridad permanente. Las adopciones internacionales, que durante mucho tiempo representaron una posible solución, son ahora menos frecuentes. Los costos de transporte se han disparado, especialmente desde que Middle East Airlines se ha convertido en la única aerolínea que opera en el Aeropuerto Internacional Rafic Hariri, lo que hace que cada traslado sea prácticamente inaccesible. A ello se suma un agotamiento generalizado: el de los voluntarios, los donantes y un sistema que opera bajo una presión constante. Existe también otra realidad, más matizada y a menudo ignorada: la de quienes se niegan a abandonar a sus animales. Familias desplazadas se hacinan en apartamentos ya de por sí reducidos, a veces con varias generaciones bajo un mismo techo, y aun así intentan mantener a sus animales con ellas. Pero esta convivencia forzada no está exenta de tensiones. El espacio limitado, el miedo y, en ocasiones, las reticencias ligadas a creencias religiosas, especialmente en relación con los perros, convierten la presencia de animales en una fuente adicional de presión en una vida cotidiana ya desbordada. Ciertamente, circulan algunas imágenes que, a primera vista, resultan casi tranquilizadoras: un gato en una jaula bajo una tienda improvisada, un perro acurrucado junto a su dueño sobre un colchón tendido directamente en el suelo. Hablan de un apego real, de una negativa a abandonar a toda costa. Pero, por conmovedoras que sean, no deben ocultar la magnitud del fenómeno. Por cada animal rescatado o protegido, ¿cuántos quedan al borde del camino, vagando, hambrientos, condenados a sobrevivir en la indiferencia? Abandonar animales en tiempos de guerra no es un simple daño colateral. Por el contrario, revela nuestra relación con los seres vivos, con la responsabilidad y con aquello que decidimos considerar esencial, o no, cuando todo se desmorona. Quizá sea ahí donde se pone a prueba lo fundamental: en la capacidad, incluso en medio del caos, de no renunciar por completo a lo que nos vincula con el resto del mundo vivo. Entre Italia, que concede permisos remunerados para cuidar a un animal enfermo o herido, y España, que ha aprobado una ley que reconoce a las mascotas como seres sintientes y no como meros objetos o propiedades, es decir, como miembros de la familia, y Francia, que supuestamente avanza en este ámbito, pero continúa promoviendo campañas publicitarias que fomentan la caza, resulta evidente que la brecha es amplia. Líbano, sin embargo, puede encontrar cierto consuelo en los pequeños pasos que está dando.

Sur del Líbano: cristianos en pueblos fronterizos resisten pese a la guerra
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Nayla Assaf
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mar 25, 2026 - 13:35

A lo largo de la línea del frente en la frontera sur del Líbano con Israel, varios pueblos cristianos se encuentran directamente en la trayectoria de los combates. A medida que la violencia se intensifica en esta zona, la Santa Sede no ha permanecido indiferente ante la precariedad de la presencia cristiana en las condiciones actuales. El papa León XIV, profundamente conmovido por la situación de los civiles atrapados bajo la sombra de la guerra, se refirió solemnemente a la muerte del sacerdote maronita Pierre Rai, de Qlayaa, símbolo de una tragedia que golpea sin distinción. Según el general retirado Khalil Gemayel, excomandante del sector sur del Litani, las localidades cristianas fronterizas incluyen Alma el-Chaab (distrito de Tiro), Rmeich, Aïn Ebel, Debel, Qowzah y Yaroun (distrito de Bint Jbeil), así como Bourj el-Moulouk, Qlayaa, Jdeidet Marjeyoun, Ibl el-Saqi y Deir Mimas (distrito de Marjeyoun). En el distrito de Hasbaya también se encuentran Rachaya el-Foukhar, Kawkaba, Abou Qamha y Mazraat Serda. Desde allí, estas zonas fronterizas, particularmente expuestas, siguen siendo vulnerables tanto a ataques aéreos como a posibles enfrentamientos terrestres. “La mayoría de estos pueblos están en primera línea y enfrentan acciones militares diarias que han provocado la muerte de muchos residentes”, señala el general Gemayel. En este contexto, añade que “las actividades militares en curso de Israel y Hezbolá mantienen estas zonas bajo una amenaza constante”. Describe una situación de seguridad frágil, marcada por una “gran preocupación” y que requiere medidas de protección reforzadas. Permanecer pese a todo En este clima de tensión constante, los reportes desde el terreno subrayan tanto la intensidad de la presión como la determinación de los habitantes de no ceder al éxodo. Según Fouad Abou Nader, presidente de la ONG Nawraj, “no menos de 17 950 residentes cristianos permanecen actualmente en los pueblos cristianos del sur del Líbano, de los 70 000 que vivían allí antes del estallido de la guerra de marzo de 2026”. Añade que “estos habitantes, en primera línea, han decidido quedarse en sus hogares y en su tierra, negándose a abandonarlos pese a la extremadamente difícil situación de seguridad”. Desde esta perspectiva, Abou Nader subraya un punto central: la necesidad de una presencia estatal efectiva. Destaca “el papel de las Fuerzas de Seguridad Interna que, ante la ausencia de un despliegue militar completo, deben mantener una presencia activa en el terreno y en las comisarías”. Según él, “esa presencia preservaría un vínculo vital entre los habitantes y la patria”. Además, esta presencia se considera “crucial” para evitar que “las poblaciones recurran a Israel para abastecerse”, lo que podría interpretarse erróneamente como un acto de traición. Al mismo tiempo, las necesidades más urgentes se vuelven cada vez más claras. Incluyen principalmente medicamentos, servicios de salud y generación de empleo, todos ellos elementos esenciales para permitir que los residentes permanezcan y mantengan un nivel de vida digno. A esto se suman el acceso a combustible, suministros básicos y el funcionamiento continuo de las escuelas, factores clave para evitar un éxodo hacia Beirut u otras ciudades. En un plano más amplio, Abou Nader advierte sobre un giro estratégico en el conflicto. Según él, “la situación actual difiere de la guerra anterior”; ahora Israel sigue “una estrategia de tierra arrasada destinada a vaciar el sur de sus habitantes para crear una zona de amortiguamiento”. Movilización local e internacional Frente a esta realidad, la respuesta no se ha hecho esperar. Varias asociaciones civiles y comunitarias han coordinado sus esfuerzos para apoyar a los pueblos cristianos fronterizos. En el terreno, esta movilización se traduce en el suministro de combustible, alimentos, medicamentos y materiales de reconstrucción. “Estas iniciativas buscan rehabilitar infraestructuras, reforzar la presencia legítima del Estado y fortalecer el papel diplomático del Líbano”, explica Abou Nader, quien subraya que benefician a todas las comunidades del sur, cristianas, drusas, suníes y chiíes, sin distinción. En el mismo espíritu, enfatiza la importancia de la convivencia entre los distintos componentes de la sociedad libanesa. Nawraj desarrolla proyectos, entre ellos el programa “SAWA”, destinado a fomentar la coexistencia y reforzar el arraigo de los habitantes a su tierra. A nivel internacional, los esfuerzos continúan. La ONG se centra en la recaudación de fondos y la implementación de proyectos a largo plazo orientados a estabilizar los pueblos del sur y evitar su despoblación. Finalmente, Abou Nader insta al Estado libanés a “asumir plenamente sus responsabilidades poniendo fin a las luchas internas de poder que han debilitado al país y permitido injerencias externas, en particular de Irán”. Aunque considera que “el éxodo actual es temporal”, advierte que “Israel podría crear una zona de amortiguamiento en el sur”. Una respuesta humanitaria en marcha A partir de estas iniciativas, las instituciones eclesiales también han organizado su respuesta. Michel Constantine, director regional de la misión pontificia CNEWA (Asociación Católica de Bienestar para Oriente Medio), señala que se han celebrado varias reuniones, en particular en Bkerké y en Cáritas, para evaluar las necesidades y mapear la ayuda disponible. En este contexto, se ha establecido un comité de crisis para coordinar el trabajo de las distintas organizaciones y evitar duplicidades. Mediante reuniones periódicas y un sistema de seguimiento compartido, se centraliza la información sobre los fondos, su uso y los beneficiarios, y se actualiza en función de la evolución de la situación. Una vez consolidados estos datos, se enviará un convoy humanitario al sur del Líbano para evaluar las condiciones en el terreno. Incluirá representantes de Cáritas y otras organizaciones eclesiales, bajo la coordinación de la APEC (Asamblea de Patriarcas y Obispos Católicos del Líbano), representada por su secretario general, el padre Jean Younes. Quedarse o irse: un equilibrio frágil Sobre el terreno, la situación sigue siendo precaria. Según Constantine, cerca de 4 530 familias aún viven en los pueblos del sur, con presencia cristiana en 15 localidades. Al mismo tiempo, 960 familias han abandonado estos pueblos. De ellas, 200 se han refugiado en Rmeich y Deir Mimas, mientras que cerca de 750 se han instalado en otros lugares, principalmente con familiares, en particular en Beirut. El desafío es claro: permitir que los habitantes permanezcan. La misión pontificia centra su ayuda en necesidades esenciales como alimentos, combustible y medicamentos, así como en herramientas de comunicación, cruciales en caso de cierre de carreteras. En este marco, se contempla la implementación de un sistema de vales o tarjetas de supermercado para las familias desplazadas, que les permita adquirir directamente los bienes necesarios. Cabe destacar que esta ayuda trasciende las afiliaciones religiosas. Algunas familias musulmanas se han refugiado en estos pueblos, especialmente en Rmeich, y también están recibiendo asistencia. La Iglesia en primera línea Junto a los esfuerzos humanitarios, se multiplican las iniciativas religiosas y diplomáticas. El nuncio apostólico Paolo Borgia ha visitado varios pueblos cristianos, elogiando la resiliencia de sus habitantes y reafirmando el apoyo de la Iglesia. En la misma línea, el patriarca maronita Bechara Raï describió a los cristianos del sur como un “baluarte en las fronteras”, al tiempo que anunció que el obispo de Tiro, Charbel Abdallah, se establecerá en Rmeich para representarlo. En el plano diplomático, el ministro de Asuntos Exteriores, Joe Raggi, solicitó la intervención de la Santa Sede. En conversaciones con el arzobispo Paul Richard Gallagher, este aseguró que “el Vaticano continúa sus esfuerzos para frenar la escalada y evitar el desplazamiento de poblaciones”. ¿Hacia un sur despoblado? Más allá de la emergencia humanitaria, surge una preocupación estratégica. Para el general Khalil Gemayel, “la posibilidad de crear una zona de amortiguamiento en el sur del Líbano es hoy una de las principales amenazas”. Afirma que Israel persigue un objetivo no declarado orientado a establecer un área vaciada de sus habitantes a lo largo de la frontera. Este escenario explicaría tanto la intensidad de los ataques como el éxodo progresivo de la población. Durante la guerra anterior, “la presencia del ejército libanés ofrecía cierto nivel de seguridad”, en contraste con la situación actual. Desde esta perspectiva, varias condiciones parecen necesarias para permitir que los habitantes se queden o regresen: garantías de seguridad mediante la presencia del ejército libanés y la FINUL, rehabilitación de infraestructuras, apoyo económico sostenible, así como garantías internacionales, en particular del Vaticano. De lo contrario, concluye, “el riesgo de ver estos pueblos vaciarse progresivamente de sus habitantes sigue siendo muy real”.

Cuando todo se desplaza, excepto el Estado
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Nanette Ziadé-Ritter
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mar 23, 2026 - 17:32

Casi tres semanas de guerra y prácticamente un millón de desplazados. El veredicto ha caído. Desplazados que han elegido esencialmente la capital, ya asfixiada en un Líbano económicamente exangüe y, sobre todo, desprovisto de voluntad política para cambiar un statu quo que se ha vuelto totalmente obsoleto. Un estado de cosas que no solo frena el progreso, sino que es, digámoslo sin ambigüedad, responsable de todos nuestros males. Ningún país en el mundo, sin un Estado fuerte o al menos respetado, puede existir. Hoy, son esencialmente los chiitas quienes están desplazados. Esos mismos a quienes Hezbolá pretende proteger. Y lo más aterrador es que, desamparados bajo las tiendas y la lluvia, muchos continúan jurando lealtad a este partido que no tiene otro dios que sí mismo. Podemos interrogarnos sobre la eficacia del adoctrinamiento ejercido por esta milicia, pero esto revela sobre todo un hecho político: la entidad militar y la entidad política se nutren mutuamente y recuperan fuerzas en un contexto en el que el Estado, incapaz de hacer respetar su soberanía, se encuentra impotente para regular o integrar a una comunidad entera. En el Líbano, el desplazamiento nunca es un simple problema logístico. No se trata solo de alojar, alimentar, curar. Se trata de contener. Contener tensiones antiguas, miedos latentes, fracturas que se han acostumbrado a eludir en lugar de resolver. Y como a menudo, lo que se pospone acaba volviendo, pero peor. Nadie ha erradicado nunca a nadie. No se trata, pues, de excluir a los chiitas de la ecuación, sino de saber cómo integrar esta comunidad y su ideología dentro de una geografía actualmente fluctuante. Porque más allá de la acogida humanitaria, existe una sospecha tangible —que no ha surgido de la nada— y el temor de hacer espacio a alguien cuya actividad se desconoce, y que, al ser un objetivo, podría provocar lo que trivialmente llamamos daños colaterales. Este clima de desconfianza solo puede suscitar sedición y cerrar puertas. Sin embargo, el espíritu de solidaridad de los libaneses nunca ha fallado. Lo vimos en 2006, y luego después del 7 de octubre. Pero hoy, se encuentra con un obstáculo inédito: el miedo a ser expuesto. Además, aunque el Líbano exhiba una coexistencia frágil, nunca se ha desprendido realmente de las divisiones generadas por la guerra civil. Ciertamente, técnicamente, ya no hay Este ni Oeste, pero en las mentes, sí. Y estas divisiones se arraigan en un sistema de dieciocho comunidades que intentan cohabitar, cada una con sus culturas, sus relatos y sus ideologías a veces diametralmente opuestas. Estas divisiones nunca se han integrado realmente en el tejido estatal. Se han gestionado, remendado, acomodado, pero siguen siendo una herencia que cada crisis reabre. También está la necesidad de supervivencia inmediata, de salvar lo que queda de los muebles de una vida demasiado acortada por expectativas que apenas asoman. A menudo se evoca, con razón, la ausencia de ciudadanía en el Líbano, complicada por este sistema comunitario. Pero lo que este millón de desplazados pone de manifiesto es que esta ausencia de ciudadanía tiene consecuencias concretas: una incapacidad para integrar segmentos de la población, un Estado paralizado por su inercia, incluso ineptitud. Un millón de desplazados que ubicar en infraestructuras vetustas y precarias: una catástrofe humanitaria y sanitaria ya en marcha. Y los eslóganes, las lealtades, los rumores y el conspiracionismo, todo ello agrava el problema, pero también sirve para exonerar al Estado de lo que no quiere emprender. No se trata de despertarse y, por arte de magia, ejecutar una decisión. Se trata de empezar a mostrar un acto de buena voluntad, incluso si terminara en fracaso. Toda guerra termina alrededor de una mesa de negociaciones. ¿Verá la de 2026 el doloroso nacimiento de un esbozo de Estado? Porque a fuerza de gestionar en la urgencia, de aplazar las decisiones, de transigir con lo inaceptable, no solo se gestiona mal. Uno se acostumbra a la idea de que no hay alternativa. Y eso, quizás, es lo más peligroso. Porque a este ritmo, pronto no quedará mucho que desplazar. Ni que salvar. Cualquier ministro, por bien intencionado que sea, no puede llevar su estrategia a buen puerto si se ve frenado por la jerarquía de su ministerio. La gran limpieza sistemática de las instituciones nunca ha comenzado realmente, y sin embargo es la clave de la solución: un Estado sólido, que sancione cuando sea necesario, que regule el buen funcionamiento del país. Porque, quiérase o no, debemos aceptarnos mutuamente para mantener este país... a menos que ya hayamos decidido perderlo.

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