
El relato del CENTCOM sobre la guerra contra Irán es impresionante. Los vacíos que deja son los que realmente importarán. El 14 de mayo de 2026, el comandante del Comando Central de Estados Unidos compareció ante el Comité de Servicios Armados del Senado y describió una guerra que, según sus palabras, “revirtió 40 años de inversión militar iraní” en 38 días. El relato del almirante Charles Bradford Cooper II sobre la Operación Furia Épica resulta impresionante desde cualquier parámetro: 85 por ciento de la base industrial iraní de misiles balísticos, drones y defensa naval dañada o destruida; 82 por ciento de sus sistemas de defensa aérea inutilizados; más del 90 por ciento de sus reservas de minas navales eliminadas; 161 embarcaciones hundidas de 16 clases distintas; 1450 ataques contra instalaciones armamentísticas y otros 2000 contra nodos de mando y control. “Irán ya no puede proyectar poder en toda la región”, concluyó. Desde el punto de vista táctico, la afirmación es defendible. Estratégicamente, es una historia con omisiones importantes. El testimonio ofrece una autopsia de la derrota convencional iraní con admirable precisión, pero dice mucho menos sobre el conjunto de herramientas asimétricas que impulsaron la expansión regional de Teherán durante cuatro décadas, y aún menos sobre cómo Washington pretende neutralizar la influencia desestabilizadora de Irán en Medio Oriente. En su declaración, Cooper reconoce que “debemos esperar que Irán intente reconstituir lo que pueda, tan rápido como pueda”. La historia justifica la advertencia. Tras la “guerra de 12 días” de junio de 2025, fuentes estadounidenses e israelíes ya estimaban que la mitad del arsenal iraní de misiles superficie-superficie y dos tercios de sus lanzadores habían sido destruidos, además de daños críticos en Natanz, Fordow e Isfahán. Para febrero de 2026, Irán ya era nuevamente capaz de lanzar ataques en oleadas, lo que significa que gran parte de lo contabilizado como “destruido” en 2025 había sido ocultado previamente o reconstruido en menos de nueve meses. La autosuficiencia misilística iraní se basa en trasladar la producción, y no solo las reservas, hacia infraestructura oculta. La cifra del 85 por ciento no nos dice cuánto corresponde a capacidades irremplazables y cuánto a instalaciones de uso dual que pueden reconstruirse. Evaluaciones militares israelíes sugieren que Irán podría volver a su ritmo de producción de misiles previo a la guerra en un plazo de entre doce y veinticuatro meses una vez que cesen los bombardeos. El manual asimétrico sigue intacto Si el daño convencional es reversible, el manual de guerra asimétrica iraní apenas ha sido tocado. Cooper afirma que “la cadena de suministro desde Teherán hacia los proxies ha sido rota”, para luego reconocer inmediatamente que Irán “mantiene capacidades de hostigamiento mediante ataques de bajo nivel con drones y cohetes, además de apoyo residual a proxies”. Hezbolá es el caso de prueba. A principios de este año, evaluaciones israelíes calculaban que la organización conservaba alrededor del 15 por ciento de su arsenal previo a la guerra, estimado en unos 150,000 proyectiles. Aun así, reanudó ataques directos contra el norte de Israel el 2 de marzo de 2026, dos días después de los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán. Hasta diciembre de 2025, el Comité de Supervisión del Cese de Hostilidades presidido por Estados Unidos, también conocido como “el Mecanismo”, consideraba que alrededor del 85 por ciento de las tareas de desarme al sur del río Litani habían sido completadas. Los acontecimientos posteriores al 2 de marzo sugieren que el rearme avanza más rápido que el desarme. Hezbolá reubicó varios cientos de operativos de élite en la zona en cuestión de días, mientras que misiles antitanque, MANPADS y lanzacohetes habían sido preposicionados dentro de infraestructura civil precisamente para este escenario. A esto se suma el creciente uso de drones FPV por parte de Hezbolá: pequeños, de vuelo bajo, difíciles de detectar por radar y ensamblados con piezas comerciales por unos cientos o miles de dólares. Estas herramientas de guerra moderna pueden inutilizar tanques, atacar posiciones fortificadas y apuntar contra soldados o civiles individuales desde cualquier punto situado a pocos kilómetros. Eliminarlos por completo es prácticamente imposible. Un Hezbolá “degradado” sigue conservando capacidad para ejercer una guerra de desgaste continua y de bajo costo, además de representar una amenaza de seguridad para el norte de Israel. La misma lógica se aplica al propio Irán. Desde marzo de 2026, Teherán ha lanzado misiles y drones contra infraestructura de hidrocarburos en los países del Consejo de Cooperación del Golfo y contra embarcaciones comerciales en el estrecho de Ormuz. Evitar esto requeriría una campaña sostenida e integrada de coerción militar y económica liderada por Washington junto con socios regionales y extrarregionales, una configuración difícilmente alcanzable hoy. Resulta llamativo que el marco político se haya reducido para adaptarse a la realidad militar. Hasta 2025, funcionarios estadounidenses identificaban tres amenazas iraníes: el programa nuclear, los misiles balísticos y las fuerzas proxy. Las exigencias actuales de la Administración hacia Teherán se han reducido al programa nuclear y a la reapertura del estrecho de Ormuz, un punto crítico que se convirtió en foco de tensión como consecuencia de la guerra, no como su causa. El CENTCOM conserva discretamente la vieja tríada en su testimonio. La divergencia entre la agenda negociadora en Islamabad y la evaluación de amenazas del mando militar constituye, en sí misma, una contradicción preocupante. Las tres prioridades declaradas del CENTCOM, defender el territorio nacional, disuadir a Irán y preservar la ventaja frente a China, están organizadas en torno a una transferencia de cargas, mediante herramientas como la reforma de las Ventas Militares al Extranjero, la red de Defensa Aérea de Medio Oriente (MEAD) y las iniciativas antiprones lideradas por socios regionales. La declaración no transmite apetito por una guerra posterior. Transmite una postura diseñada para absorber una confrontación prolongada y de baja intensidad. Los detonantes de una nueva escalada son identificables: una ruptura nuclear, un ataque contra fuerzas estadounidenses o interferencias en la navegación marítima. Pero ninguno aborda el comportamiento regional desestabilizador de Irán, un silencio que, en la práctica, le concede margen de maniobra continuo a través de sus proxies. Esto significa que la carga de enfrentar la capacidad de hostigamiento iraní recae, por defecto, sobre Israel. Una doctrina esencialmente idéntica es aplicada actualmente por Israel en Gaza, el sur de Siria y el sur del Líbano. Se aparta de las fallidas zonas de amortiguamiento administradas por Israel entre 1985 y 2000, pero mantiene zonas de muerte en países fronterizos, libertad permanente de acción militar en toda la región y ataques aéreos indefinidos de “cortar el césped” contra objetivos más profundos en Irán o en territorios controlados por sus proxies. La contención como horizonte por defecto La otra gran suposición del CENTCOM es que el MEAD, operacionalizado durante la Operación Furia Épica, marca el comienzo de una arquitectura regional de seguridad multilateral integrada y duradera, y no simplemente una iniciativa coyuntural de tiempo de guerra. En el testimonio del CENTCOM, las métricas de desempeño del actual MEAD fueron genuinamente históricas: más de 6000 drones de ataque y 1500 misiles balísticos interceptados. Según Cooper, esto constituiría “el mayor paraguas integrado de defensa aérea jamás desplegado en la Tierra”. Sin embargo, todos los marcos regionales de seguridad anteriores colapsaron por las mismas razones estructurales, ninguna de las cuales ha sido resuelta: rivalidades dentro del CCG, orientaciones divergentes de política exterior y recalibración de percepciones de amenaza tras acercamientos diplomáticos con Teherán. A esto se suma la erosión de la confianza en la disposición estadounidense a asumir riesgos en nombre de sus aliados. El referente de 1990-1991, una coalición de 35 Estados y medio millón de soldados desplegados en pocos meses tras la invasión iraquí de Kuwait, ya no es el punto de referencia en las capitales del Golfo. En su lugar, observan la tibia respuesta estadounidense a los ataques de 2019 contra Saudi Aramco, el abandono de los aliados kurdos, la retirada de Afganistán en 2021 y la propia admisión del CENTCOM de que “la mayoría de los países han rechazado participar en la reapertura del estrecho de Ormuz”. El resultado es una estrategia de cobertura que el testimonio no reconoce. Varios Estados del CCG han desarrollado asociaciones paralelas e integrales con Pekín para adquirir misiles balísticos chinos, drones armados e infraestructura de comunicaciones, lo que impone límites concretos de interoperabilidad e intercambio de inteligencia al propio MEAD. Estados Unidos e Israel han demostrado que pueden desmantelar gran parte del aparato militar convencional iraní con una velocidad y coordinación notables. Pero el mismo éxito de esa operación expone los límites de la fuerza frente a un adversario cuyo poder nunca dependió de la paridad tecnológica o de fuego, sino del engaño, la negación plausible y la capacidad de transformar recursos limitados en presión política y psicológica persistente. Una postura de contención combinada con transferencia de cargas indica una transición desde la resolución de problemas hacia la gestión de riesgos. Eso implica una etapa de inestabilidad crónica en la que los adversarios no son derrotados, sino administrados de forma continua, y donde la disuasión opera permanentemente por debajo del umbral de una confrontación decisiva. La tecnología puede alinear sensores e interceptores, pero no puede reconciliar percepciones divergentes de amenaza, instintos de cobertura estratégica ni la disminución de la confianza en garantías externas, incluso cuando quien convoca es Estados Unidos. El principal desafío residual, cómo enfrentar las formas resilientes, descentralizadas y de bajo costo de poder que siguen sosteniendo la estrategia desestabilizadora de Irán, es precisamente el punto que el testimonio del CENTCOM no aborda.





