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Perspectiva

Irán: importantes revelaciones sobre el programa nuclear y el impacto del bloqueo naval (1/2)

El Líbano y la región se encuentran prácticamente en una “pausa”. El presidente Donald Trump indicó al inicio del fin de semana que había concedido a Irán una prórroga de una semana como gesto de buena voluntad durante el funeral del exlíder supremo de la República, Ali Khamenei, quien murió en el masivo bombardeo estadounidense-israelí que desencadenó la guerra lanzada contra el régimen iraní el 28 de febrero. La pausa concluirá el 11 de julio, fecha anunciada el sábado para la reanudación de las conversaciones entre Washington y Teherán, que se celebrarán en Islamabad. En la agenda figuran las sanciones, los activos iraníes congelados y el expediente nuclear. La reactivación de estas negociaciones se produce mientras varias señales alimentan la incertidumbre sobre si el proceso de “negociación” iniciado por el memorando de entendimiento firmado entre Estados Unidos y la República Islámica puede conducir a algún resultado constructivo. Entre esas señales, que podrían jugar en contra del régimen iraní, figuran los acontecimientos relacionados con el Líbano y el estrecho de Ormuz y, sobre todo, la aparición en el Líbano, Siria e Irak de un discurso oficial convergente que tiende a confirmar que toda la región está entrando en una nueva etapa de su historia, completamente opuesta al proyecto ideológico jomeinista. En primer lugar, respecto al escenario libanés, informaciones del diario libanés Nidaa el-Watan (cercano a los círculos soberanistas) indican que Estados Unidos decidió disolver el “mecanismo”, es decir, el comité de supervisión del alto el fuego creado tras el acuerdo de cese de hostilidades de noviembre de 2024, para reemplazarlo por un comité de seguridad tripartito integrado por Líbano, Estados Unidos e Israel. Este nuevo comité estará presidido por un alto oficial estadounidense, el general Joseph Clearfield, antiguo responsable del mecanismo, quien ya inició su misión con reuniones esta semana con dirigentes israelíes para examinar los aspectos prácticos del despliegue del ejército libanés en las dos “zonas piloto” previstas en el acuerdo marco firmado entre Líbano e Israel en Washington bajo los auspicios del secretario de Estado Marco Rubio. La puesta en marcha de la dinámica prevista en este acuerdo marco servirá, sin duda, para frustrar los esfuerzos desesperados de la República Islámica por aferrarse a la carta libanesa. Revelaciones sobre el impacto del bloqueo marítimo estadounidense En cuanto al estrecho de Ormuz, las ambiciones hegemónicas de la Guardia Revolucionaria, especialmente su insistencia en imponer el control sobre esta vía marítima, se están viendo debilitadas por la convergencia de las posiciones de Estados Unidos y Europa sobre este asunto. En términos más generales, la comunidad internacional se niega a aceptar la imposición de cualquier peaje o derecho de paso a los buques que transitan por el estrecho. El sábado, los líderes de Francia y el Reino Unido reafirmaron su disposición a establecer una fuerza multinacional para garantizar la libertad de navegación en Ormuz. En este contexto, un alto funcionario británico rindió homenaje a la posición del Sultanato de Omán, que declaró estar dispuesto a garantizar la seguridad de los buques a lo largo del corredor marítimo paralelo a su litoral. Desde el inicio de esta guerra, la República Islámica ha intentado aprovechar su capacidad para perturbar el tránsito en el estrecho de Ormuz con el fin de demostrar que puede mantener a la economía mundial como rehén si no se toma en consideración su aspiración de ejercer un control total sobre la zona. Sin embargo, informaciones publicadas al final de esta semana por The New York Times indican que las amenazas de los Pasdarán de cerrar el estrecho de Ormuz tienen límites en el contexto actual. Citando a cuatro altos funcionarios iraníes, el diario estadounidense informó que el presidente iraní y el gobernador del Banco Central de Irán comunicaron al líder supremo, antes de la firma del memorando de entendimiento con Washington, que el bloqueo marítimo estadounidense había paralizado en gran medida toda la economía iraní. También habrían advertido que las reservas nacionales de alimentos esenciales y medicamentos se agotarían a finales de agosto debido al bloqueo. Según esas fuentes, el presidente iraní amenazó con renunciar si el régimen no daba luz verde a un acuerdo con Estados Unidos, subrayando que la prolongación de la crisis económica provocada por el bloqueo “amenazaba la estabilidad del país” y que, en consecuencia, “el Gobierno ya no está en condiciones de gestionar la situación”. Fue tras esta iniciativa urgente impulsada conjuntamente por el presidente y el gobernador del Banco Central cuando el líder supremo habría dado finalmente su visto bueno al proceso de negociación con Washington. Cabe señalar, en este contexto, que la eficacia demostrada del bloqueo marítimo impuesto por la administración Trump y la grave amenaza que este podría representar para la economía iraní a corto plazo compensan y neutralizan, en cierta medida, la influencia que la Guardia Revolucionaria pretende ejercer mediante su dominio del estrecho de Ormuz. La carta del control de esta ruta marítima, que los Pasdarán aún afirman conservar, corre así el riesgo de volverse en contra del propio régimen. Informe alarmante sobre la actividad nuclear iraní Junto con la amenaza de un restablecimiento del bloqueo marítimo, al que Washington podría recurrir nuevamente si las negociaciones bilaterales se estancan, el régimen iraní podría enfrentarse pronto a otra fuente de tensión y conflicto relacionada con el expediente nuclear. El medio digital libanés Al-Janoubiya (cercano a la oposición chiita y hostil al proyecto jomeinista) informa que un prestigioso centro de investigación estadounidense con sede en Washington, que sigue de cerca la evolución del programa nuclear de Teherán, el Institute for Science and International Security (ISIS), detectó una actividad preocupante y persistente en un importante emplazamiento nuclear subterráneo construido en el interior de una montaña rocosa. Este sitio clandestino, altamente protegido y que albergaría importantes instalaciones e infraestructura subterráneas, incluidas capacidades para el enriquecimiento de uranio, nunca ha sido inspeccionado por los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Conocido como “Pickaxe Mountain”, fue construido en las profundidades de la cordillera de los Zagros, a casi un kilómetro de la instalación de enriquecimiento de uranio de Natanz. La cadena estadounidense Fox News subraya que la continuidad de las actividades en ese emplazamiento “plantea serias dudas sobre el cumplimiento por parte de Irán de los compromisos asumidos” en el memorando de entendimiento firmado con Washington. Una de las cláusulas de ese documento establece la congelación de toda actividad nuclear durante el período de negociación de 60 días. Si se confirma que los trabajos continúan efectivamente en la instalación de “Pickaxe Mountain”, como sostiene uno de los expertos del ISIS, ello constituiría una grave violación del memorando de entendimiento y, sobre todo, una clara muestra de la falta de seriedad y credibilidad de los compromisos asumidos por el régimen de los mulás. Próximo artículo: Tres discursos para un mismo paradigma

Engaño y cortina de humo…
Por
Michel Touma
Publicado
may 26, 2026 - 08:54

“Aunque se alcance un acuerdo preliminar, eso no cambiará la visión que Irán tiene de Estados Unidos”… Con pocas palabras, la agencia iraní Tasnim, que refleja las posturas de los Guardianes de la Revolución Islámica, aludió indirectamente a la raíz del mal que alimenta la crisis existencial que desestabiliza a los países del Levante y amenaza a algunos Estados del Golfo desde hace décadas. Esta breve frase ilustra, en efecto, un grave problema de fondo: la dimensión ideológica divina que dicta la línea de conducta del régimen de los mulás y que constantemente es ocultada o, a veces, ignorada por ciertos dirigentes occidentales. En la práctica, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán dejó perfectamente en evidencia, a comienzos de esta semana, una de las manifestaciones de este problema estructural: la estrategia de dilatar, maniobrar y ganar tiempo para permitir que la República Islámica se dote de los instrumentos estratégicos militares, de seguridad, políticos, institucionales, económicos y financieros que le permitan preparar adecuadamente su batalla contra las potencias occidentales. Más de un responsable del poder en Teherán ha subrayado en las últimas semanas que el régimen lleva más de quince años preparándose para esta guerra contra Estados Unidos e Israel. Así se entiende mejor la posición expresada por el portavoz de la diplomacia iraní, quien afirmó el lunes 25 de mayo: “Negociamos para poner fin a la guerra y actualmente no estamos discutiendo cuestiones nucleares (...); Irán se reserva el derecho de elegir el momento de su respuesta al ‘ enemigo’ .” Todo está dicho… Esta precisión, particularmente explícita, nos remite a lo que el presidente Donald Trump señaló acertadamente hace algunos días: “Desde hace 47 años (desde la llegada de Jomeini al poder en 1979), el régimen iraní nos engaña, nos hace esperar, mata a nuestra gente (...), reprime brutalmente los levantamientos populares (...)”. No se trata en absoluto de una acusación infundada. El expediente nuclear y el enriquecimiento de uranio han sido objeto de preocupación por parte de la comunidad internacional, y no solo de Estados Unidos, desde comienzos de los años 2000. El 31 de julio de 2006, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la resolución 1696 en la que se exige “la suspensión inmediata del enriquecimiento de uranio”. Esta resolución fue aprobada con el aval, sin veto, de Rusia y China. El régimen iraní, evidentemente, no tomó en cuenta la exigencia de la ONU, de modo que el 23 de diciembre de 2006 el Consejo de Seguridad adoptó la resolución 1737, imponiendo una primera serie de sanciones contra la República Islámica. En vano… Por ello, el Consejo de Seguridad adoptó posteriormente, también sin veto de Rusia y China, otras tres resoluciones sucesivas imponiendo sanciones cada vez más severas a Irán: las resoluciones 1747 del 24 de marzo de 2007, 1803 del 3 de marzo de 2008 y 1929 del 9 de junio de 2010. Casi veinte años después, seguimos en el mismo punto y hoy el portavoz iraní de Relaciones Exteriores nos informa que las “conversaciones” sobre este mismo expediente nuclear, discutido desde 2006 e incluso antes, deben aplazarse porque la prioridad debe ser el cese de las hostilidades… Esta estrategia de maniobra no debería sorprender, sobre todo porque durante años ha estado acompañada de una actitud beligerante permanente hacia varios países árabes y occidentales, particularmente Estados Unidos, como lo ilustran las numerosas acciones terroristas patrocinadas por este régimen, comenzando por la ocupación y la toma de rehenes en la embajada estadounidense en Teherán durante 444 días, en 1979. A ello siguió una larga serie de actos hostiles desde comienzos de los años 80: el atentado con camión bomba que destruyó el edificio de la embajada estadounidense en Ain Mreissé en abril de 1983; el doble atentado mortal de octubre de 1983 en Beirut contra el cuartel general de los Marines estadounidenses y contra el destacamento de paracaidistas franceses de la Fuerza Multinacional; el atentado contra el centro judío en Buenos Aires en julio de 1994; la implantación de células subversivas en Chipre, Bulgaria, Alemania, Reino Unido, Kuwait, Baréin, Emiratos y Siria… Estos son solo algunos ejemplos, a los que se suman, por supuesto, el asesinato de Rafic Hariri, los asesinatos políticos durante la Revolución del Cedro, las guerras impuestas al Líbano y, sobre todo, la represión salvaje de los movimientos de protesta encabezados por el pueblo iraní. Un comportamiento de este tipo, sostenido en el tiempo y que no toma en cuenta ni el espacio ni el contexto histórico, responde a una lógica muy particular: la de la ideología divina, la misión mesiánica de la que se creen investidos los Guardianes de la Revolución. Es precisamente esta dimensión mesiánica, completamente irracional en todos sus aspectos, la que lamentablemente es ignorada por ciertos dirigentes, y la que hace que cualquier intento de encontrar una salida a la crisis actual a partir de un enfoque puramente cartesiano, falsamente “diplomático”, basado únicamente en intereses económicos coyunturales o en reflejos nacionalistas reduccionistas, no hará más que aplazar el problema y sembrar las semillas de una nueva guerra, de una nueva crisis existencial aún más grave que las anteriores. Negociar una “solución” con una facción cuyo comportamiento ideológico “divino” está basado en la irracionalidad, y cuya acción permanente no se detiene ante ninguna consideración moral, ética o humanitaria, constituye un enorme engaño, un enfoque profundamente tramposo. En una situación así, se vuelve imperativo atacar la raíz del mal y arrancar de manera radical sus profundas raíces. Cualquier otra salida a la crisis equivaldría a lanzar peligrosamente una cortina de humo…

Espera, camino equivocado…
Por
Michel Touma
Publicado
may 22, 2026 - 00:07

En el actual conflicto que presumiblemente decidirá el destino de la República Islámica de Irán, se vuelve más vital que nunca actuar con transparencia y decir las cosas tal como son, sin condescendencia ni evasivas: son numerosos los altos responsables políticos, expertos, académicos y periodistas que se equivocan en su percepción del verdadero desafío de esta crisis existencial que sacude toda la región y que repercute, por efecto dominó, en el mercado internacional. Lo más grave sería, en el contexto actual, equivocarse de batalla. El adversario a combatir hoy no es en absoluto el presidente Donald Trump, cualquiera que sean los reproches que pudieran hacérsele sobre su comportamiento, su actitud altanera, sus arrebatos verbales o sus relaciones con los dirigentes que deberían ser sus aliados. ¿Acaso es necesario recordar, a este respecto, para ilustrar nuestro argumento, que los mismos defectos le fueron reprochados a Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial, pero el general De Gaulle, en pleno conflicto con el régimen nazi, no concentró todo su combate en sus desavenencias y diferencias con el antiguo Primer Ministro británico…? Si numerosos responsables y expertos políticos se equivocan hoy en su percepción del conflicto iraní es esencialmente porque se niegan a reconocer que los verdaderos desafíos de este conflicto no se limitan únicamente a la libre circulación marítima en el Estrecho de Ormuz y a la preservación de la economía mundial. El desafío no trata en absoluto de frenar la escalada y las operaciones militares para favorecer «la vía diplomática» y la búsqueda de una «solución negociada aceptable para ambas partes»… Tales objetivos habrían sido concebibles y comprensibles si nos encontráramos ante facciones, aunque rivales, con una línea de conducta conforme a las normas racionales consuetudinarias. Esto dista mucho de ser el caso de los dirigentes de la República Islámica de Irán, más precisamente de su columna vertebral, la Guardia Revolucionaria. Los abanderados de la «vía diplomática» y detractores del método contundente implementado por el presidente Trump ocultan, por cálculo egocéntrico o por un angelismo mal entendido, cuál debería ser el verdadero desafío de este conflicto: la erradicación del régimen iraní, o al menos de su ala dura belicosa, representada por los Pasdaran. No se trata en absoluto de un simple conflicto de poder o de la imposición de algún equilibrio de fuerzas, sino de un desafío fundamentalmente existencial cuya dimensión ideológica sería peligroso descuidar divina… En efecto, ya es hora de admitir una realidad innegable, confirmada por hechos tangibles: los Estados Unidos, la Unión Europea, el mundo occidental en general, los Estados del Golfo, los países del Levante se enfrentan desde hace décadas a los estragos y agresiones de un poder teocrático, dictatorial y sanguinario iraní, que se cree investido de una misión mesiánica y que se ha fijado una línea de conducta basada en una visión oscurantista y retrógrada del mundo, de la sociedad, de la vida y de la muerte, del lugar del Hombre y la Mujer en su entorno… Este proyecto de sociedad jomeinista (puesto que hay que llamarlo por su nombre) se construye sobre prácticas, costumbres, un modo de vida, reglas sociales de otra época. Ha sido sostenido a brazo partido por el ala radical del régimen de Teherán desde la llegada al poder de Jomeiní en 1979. Desde el principio, los Pasdaran adoptaron la consigna de la exportación de la Revolución Islámica y la pusieron en práctica estableciendo milicias vasallas en el Líbano, Irak, Yemen, Siria, Gaza, dedicándose a una política expansionista y desestabilizadora en numerosas zonas de la región, particularmente en varios países del Golfo. Para preservar su poder y el régimen jomeinista en su conjunto, los «guardianes del templo» —los Pasdaran— no retroceden ante nada ni se dejan obstaculizar por consideración humanitaria alguna. El último ejemplo: las ejecuciones en masa de adolescentes, de jóvenes en la flor de la vida, de estudiantes universitarios, de ejecutivos, acusados de haber participado en manifestaciones pacíficas (600 ejecuciones desde principios de año y más de 2100 en 2025, sin que los «intelectuales» y los «bienpensantes» se inmuten demasiado). ¿Cómo olvidar que durante las últimas manifestaciones masivas en la mayoría de las regiones iraníes, el aparato represivo del régimen masacró en dos días, los 8 y 9 de enero de 2026, ¡más de 40 000 civiles! ¿Es necesario recordar el levantamiento de 2009 (el «Movimiento Verde») provocado por la reelección fraudulenta de Ahmadineyad y brutalmente reprimido por los Pasdaran, o el «Noviembre sangriento» de 2019 que dejó no menos de 300 muertos, y sobre todo la vasta contestación «Mujer, vida, libertad» de 2022, desencadenada por la muerte en detención de la joven de origen kurdo Mahsa Amini y que fue reprimida con sangre mediante disparos a quemarropa, miles de arrestos y casos de tortura indecibles… ¡Pero la culminación de la atrocidad se alcanzó durante la guerra contra Irak, cuando el régimen envió a cientos de niños a morir en campos de minas para abrir paso a las fuerzas regulares! A pesar de este siniestro pasado, sobre el cual es posible extenderse largamente exponiendo numerosos detalles sobre las represiones y crímenes del régimen, muchos países occidentales y Estados árabes continúan propugnando el «diálogo» y una solución «diplomática» para poner fin al presente conflicto armado y encontrar una salida al problema del programa nuclear iraní y al enriquecimiento de uranio. Estos países fingen así olvidar que hace más de… veinte años (!), desde principios de los años 2000, que los dossiers del nuclear y del enriquecimiento de uranio se discuten, negocian, debaten, examinan, escrutinizan, se renegocian múltiples veces a lo largo de los años, amplia y extensamente. Más de veinte años de discusiones estériles que permitieron al régimen de los ayatolás ganar tiempo para desarrollar continuamente su programa nuclear y acelerar el enriquecimiento de su uranio, hasta alcanzar el umbral del 60 por ciento y más. El presidente Trump señaló recientemente la llaga al destacar, con toda razón, lo que otros líderes se obstinan en no reconocer: «Durante 47 años (desde 1979), el régimen iraní nos engaña; nos hace esperar, mata a nuestros hombres mediante artefactos explosivos improvisados plantados al borde de la carretera, reprime brutalmente los levantamientos populares y recientemente aún ha masacrado 42 000 manifestantes inocentes e indefensos» (…). Ante este cuadro desolador y esta realidad repugnante, ¿qué queda aún por negociar con un régimen asesino semejante, impulsado por el culto al martirio, por una ideología divina retrógrada que no tiene consideración alguna por la persona humana, por el individuo como valor absoluto? ¿Habría sido concebible, a título de comparación, propugnar en 1944-1945 el «diálogo» con Hitler para llegar a una «solución diplomática» con el régimen nazi?

Los olvidados de la guerra de Irán
Por
Michel Touma
Publicado
abr 7, 2026 - 10:32

Se llamaba Amirhossein Hatami, era músico, guitarrista talentoso, según sus allegados; tenía 18 años; fue ahorcado en el patio de la prisión iraní de Ghezel Hesar, en los suburbios de Teherán... Había sido acusado de «enemistad contra Dios»… Mohammed Amin Beighari, de 19 años, fue autorizado la semana pasada por sus carceleros a contactar por teléfono con su padre para informarle (colmo del sadismo y la crueldad por parte del poder…) que sería ahorcado a la mañana siguiente; la ejecución tuvo lugar como estaba previsto. Su «crimen»: haber participado en las últimas manifestaciones contra el régimen de los mulás… Se llamaba Saleh Mohammadi, luchador profesional, había participado en competiciones de lucha bajo la bandera de Irán; tenía 19 años; fue ahorcado hace unos días por oponerse a la dictadura en el poder… Se trata de tres casos, tomados al azar, de una larga lista –una larguísima y siniestra lista– de miles de adolescentes y jóvenes iraníes en la flor de la vida , o al comienzo de su vida profesional, que han sido ahorcados o que esperan su ejecución, sufriendo todo tipo de vejaciones en su lugar de detención. Estos «niños de la guerra» –la guerra librada por el régimen de los mulás contra el pueblo iraní libre– son los olvidados de este conflicto armado que sacude todo el Medio Oriente y el Golfo desde hace más de cinco semanas. Los servicios represivos de la República Islámica aprovechan manifiestamente la atención de la comunidad internacional centrada en las operaciones militares y sus repercusiones para llevar a cabo ahorcamientos masivos de jóvenes. Su espantosa tarea está lejos de verse perturbada por el trágico destino sufrido por Irán como consecuencia directa de la estrategia suicida y belicosa seguida por el poder jomeinista durante décadas. Estas interminables series de condenas a muerte y ejecuciones sumarias se inscriben desde hace años en la «tradición» del poder judicial iraní y son el resultado de simulacros de «juicios» expeditivos denunciados por todas las organizaciones internacionales. Ilustran una sombría realidad, en este caso la naturaleza fundamentalmente salvaje, sanguinaria y desprovista de toda humanidad del ala radical del régimen de los mulás. Desafortunadamente, esta corriente extremista e intransigente en su pulso con Estados Unidos, y el mundo occidental en general, parece ahora, por sí sola, tener las riendas del poder en Irán, aprovechando la eliminación, seguida de la evidente marginación, del Guía Supremo y su sucesor. Esta sombría situación es deliberadamente ocultada por los «bienpensantes» y los pseudo-islamo-izquierdistas que se obstinan en no percibir el profundo y real peligro que representa, no solo para los pueblos de la región sino también para las sociedades liberales, el mantenimiento en el poder de los supervivientes del régimen de los mulás. Cuando una planta se marchita, de poco serviría, si se desea eliminarla, contentarse con podar el tallo y las ramas conservando las raíces, porque no tardaría en resurgir de nuevo, más fuerte aún que antes. Del mismo modo, aceptar la idea de un «arreglo» o un compromiso con los restos del régimen de los mulás equivaldría a permitir el renacimiento a corto plazo, y con más rabia, de un poder dictatorial que ha elaborado durante más de veinte años un programa de enriquecimiento de uranio con fines claramente militares, que ha construido a lo largo de los años miles de misiles balísticos capaces de alcanzar potencialmente las principales capitales europeas, que ha masacrado a sangre fría, en dos días, a casi 40.000 jóvenes manifestantes pacíficos, que no duda en disparar con munición real contra manifestaciones masivas, que no tiene ningún escrúpulo en ahorcar a cientos, incluso miles, de adolescentes y jóvenes, que ha emprendido durante años la financiación y el desarrollo del terrorismo internacional, que ha desestabilizado varios países de Oriente Medio para saciar sus ambiciones hegemónicas calcando su comportamiento en las funestas prácticas nazis, que ha creado milicias supeditadas en varias capitales de la región, que ha formado células subversivas en el Golfo y en algunos países europeos, que se ha asociado a redes mundiales de tráfico de estupefacientes y de tramas mafiosas… También aquí, la lista es larga… La tragedia que viven hoy la población iraní y los pueblos de la región es la culminación directa del incalificable laxismo observado, durante más de 45 años, por ciertos dirigentes y círculos occidentales ante la estrategia belicosa y expansionista pacientemente implementada por los Guardianes de la Revolución Islámica. Querer «negociar» con los supervivientes de un poder que sigue impregnado de una ideología teocrática de otra época y querer relanzar el laxismo frente a tal poder equivaldría a traicionar los valores humanistas y universales propugnados y defendidos por Occidente. Durante la última fase de la Segunda Guerra Mundial, no podía haber cuestión, bajo pretexto de detener las hostilidades, de considerar un «arreglo» con los supervivientes del régimen nazi. Era imperativo erradicar totalmente todo ese régimen en su conjunto para impedir que resurgiera de nuevo. De la misma manera, mantener las raíces del proyecto jomeinista equivaldría a concederle una nueva vida y a condenar a los países de la región a sufrir una vez más, no mucho tiempo después, los tormentos de otra guerra destructiva con repercusiones económicas que, sin duda alguna, superarían el estrecho marco de la sola zona de Oriente Medio.

Frente al tirano, al «nuevo Hitler» del Oriente Medio
Por
Michel Touma
Publicado
mar 28, 2026 - 10:58

En una reciente entrevista concedida a una cadena de televisión anglófona, el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman, no anduvo con rodeos al calificar al difunto ayatolá Ali Jamenei —y, por ende, al régimen de los mulás en general— de «nuevo Hitler de Oriente Medio»… Ofreciendo una lectura particularmente lúcida del contexto geopolítico del conflicto actual, el príncipe heredero señaló sin ambages que el poder iraní adopta con claridad una postura expansionista y busca extender «su propio proyecto en Oriente Medio, de la misma manera en que Hitler lo había hecho» en Europa. «Varios países no se dieron cuenta de lo peligroso que era Hitler hasta que fue demasiado tarde», subrayó MBS, quien añadió, poniendo el dedo en la llaga: «No quisiera que eso ocurriera aquí». Simplificando al extremo, el paralelo con Hitler presenta efectivamente algunas similitudes, pero únicamente a nivel de la forma, del comportamiento, perceptible en más de un plano: una estrategia expansionista regional que apunta a imponer a otras poblaciones una hegemonía basada en una ideología fascistizante —teocrática en el caso iraní, además—; la extensión de la «ocupación», indirecta , de territorios en varios países mediante el control de poderes locales subordinados a la potencia colonizadora; el establecimiento en cada país de organizaciones milicianas vasallas (similares a la Gestapo) encargadas de reprimir cualquier contestación y de mantener sin tregua un clima de terror y de opresión. Pero mucho más allá de estas manifestaciones de imperialismo de carácter sectario y de las prácticas milicianas fascistas a las que se entregan quienes convencionalmente se denominan los proxies iraníes, el proyecto jomeinista que padece Oriente Medio entraña un peligro de una dimensión completamente distinta. Constituye una amenaza de naturaleza fundamentalmente existencial que se cierne no solo sobre el Líbano, sino sobre el conjunto de los países de la región, incluidos los Estados del Golfo. Este proyecto político, transnacional por esencia, preconiza la edificación de una sociedad guerrera —permanentemente «guerrera»— cuyos fundamentos son valores, una cultura, una estructura de pensamiento, costumbres sociales, un modo de vida, enteramente ajenos a las poblaciones de la región. Peor aún: un lavado de cerebro se practica dentro de este marco ideológico obtuso desde la más tierna infancia, como ilustra el programa escolar aplicado en las escuelas partidistas del Hezbolá, a partir del ciclo primario. El currículo impuesto a los alumnos de estos establecimientos está calcado de la ideología jomeinista, que «enseña» a los niños pequeños el culto al martirio. Nada tiene de sorprendente, pues —por citar solo este ejemplo— que los Guardianes de la Revolución en Teherán hayan fijado hace apenas unos días la edad de reclutamiento en sus filas en… ¡12 años! En este tipo de situación, sin embargo, la ideología autocrática que subyace a una política expansionista va acompañada de la edificación de un aparato militar que apenas disimula una postura belicosa hacia los países o las poblaciones clasificados en la categoría de «enemigos», por no compartir los mismos valores ni los mismos fundamentos civilizacionales que la potencia «madre». A modo de ilustración, las operaciones militares que se vienen desarrollando desde el 28 de febrero han puesto al descubierto el alcance real del arsenal nuclear y balístico que el régimen de los mulás ha desarrollado con perseverancia durante décadas enteras. La obstinación enfermiza por enriquecer el uranio por encima del 60 por ciento, construir misiles balísticos con un alcance de 4.000 kilómetros —capaces de alcanzar las capitales europeas—, verter inversiones monumentales para desestabilizar los países de la región a través de milicias paraestatales subordinadas a los Pasdaran, solo puede explicarse por la voluntad de aplicar una estrategia de conquista, no solo en el plano geopolítico, sino sobre todo en el plano sociocultural y de imposición de valores «divinos» que son en todos los aspectos reduccionistas, oscurantistas y retrógrados. El presidente Donald Trump calificó el viernes por la noche al régimen de los mulás de «tirano de Oriente Medio». Un «nuevo Hitler», un tirano sanguinario que siembra el terror en la región, bajo ninguna circunstancia debería beneficiarse de actitud alguna de complacencia o conciliación. Hay que eliminarlo de la escena de manera imperativa. Cualquier medida a medias en este contexto constituiría un grave error estratégico. Abstenerse de llevar hasta el final, hasta sus últimas consecuencias, una operación de erradicación radical y total del tirano regional solo sembraría los gérmenes de un nuevo conflicto armado en un plazo breve. Al final de la Segunda Guerra Mundial, de no haberse borrado total y definitivamente el régimen hitleriano del mapa, el espectro del nazismo habría reaparecido sin demora. En semejantes circunstancias, cualquier angelismo primario exhibido por los «bienpensantes» o los wokistas de pseudoizquierda equivaldría a un vasto e incalificable crimen contra pueblos en peligro.

El objetivo: no oponerse a “los libaneses”, sino al proyecto jomeinista
Por
Michel Touma
Publicado
mar 15, 2026 - 14:27

Durante mucho tiempo, sobre todo antes de la guerra, se habló del “milagro libanés”, del Líbano comparado con el ave fénix que renace de sus cenizas. Una imagen hermosa. Sin embargo, después de renacer de sus cenizas, casi sin interrupción durante más de medio siglo, el país del Cedro está hoy al borde del agotamiento. Y más aún cuando se ve socavado desde dentro por un partido que no muestra la menor preocupación por “el interés del Líbano ni por la supervivencia de su pueblo”, como subrayó oportunamente el presidente Joseph Aoun en su intervención en línea ante los dirigentes de la Unión Europea. El jefe de Estado no dudó en señalar directamente el problema al acusar abiertamente a Hezbolá de haber reactivado el frente del sur del Líbano para “servir los intereses iraníes”, afirmando que el objetivo de la organización aliada con los Pasdarán es provocar “la caída del Estado libanés” para presentarse después como la única capaz de enfrentarse a Israel. Ese es, en esencia, el verdadero problema existencial al que se enfrenta el Líbano. Se trata de una obviedad para los partidos y polos de influencia soberanistas. Pero cuando el propio presidente de la República, a quien algunos sectores acusan de mostrarse demasiado complaciente con Hezbolá, llega a denunciar los desvíos del partido proiraní ante instancias internacionales, es porque el peligro ha alcanzado un nivel particularmente crítico. Y con razón. El comportamiento irracional, incluso “irresponsable”, de Hezbolá, como lo señaló el miércoles el embajador de Francia ante la ONU, ha superado toda comprensión. Es precisamente este peligro el que el comandante del ejército, el general Rodolphe Haykal, ocultó al dirigirse hace unos días a los oficiales de la Grande Muette. En un intento por justificar la pasividad de las tropas frente al despliegue miliciano de la organización proiraní, en abierta violación de las resoluciones del Consejo de Ministros sobre el tema, sostuvo que el ejército “debe mantenerse a la misma distancia de los libaneses”. En otras palabras, según esta lógica, el mando militar debería abstenerse de imponer las decisiones del gobierno para evitar una confrontación con una parte de la población. Pero se trata de un falso problema, o bien de una forma de plantearlo de manera completamente distorsionada. Lo que se requiere no es en absoluto enfrentar a una parte de los libaneses. Lo que se pide es hacer frente a un proyecto político cuyo fundamento ideológico, teocrático, transnacional, es la negación de la idea misma del Líbano , de un Líbano pluralista, liberal, abierto al mundo, respetuoso de las especificidades de cada uno de sus componentes sociales. El proyecto jomeinista, porque de eso se trata, se sitúa ideológicamente en las antípodas de la razón de ser de la entidad libanesa. De hecho, ni siquiera reconoce su existencia y la percibe únicamente como un simple escenario de confrontación con el mundo occidental y como una primera línea de “defensa” frente a Israel. La reapertura del frente del sur el 2 de marzo, para vengar la muerte del líder supremo iraní, con todas las consecuencias que ello implica para el Líbano, ¿no constituye la prueba más evidente del desprecio total que los Guardianes de la Revolución, y con ellos Hezbolá, sienten por la legalidad libanesa, por los intereses más elementales del país y por la voluntad de supervivencia de su población? Algunos podrían responder que un enfrentamiento directo entre el ejército y la milicia proiraní sería extremadamente costoso en términos de vidas humanas y de estabilidad interna. Pero ¿son menos costosas las consecuencias humanas de esta quinta guerra contra Israel en el sur, desencadenada el 2 de marzo por Hezbolá a petición del Cuerpo de Guardianes de la Revolución? Más de ochocientos muertos en dos semanas, al menos 600 mil habitantes del sur y de los suburbios obligados a desplazarse, nuevos pueblos arrasados por el ejército israelí, cientos de bombardeos aéreos selectivos con su saldo de destrucción y víctimas y, sobre todo, una nueva ocupación que parece asomarse en el horizonte. Y esta vez, con toda probabilidad, el Estado de Israel no aceptará retirarse antes de imponer un acuerdo que hará lamentar a Hezbolá y a sus aliados tanto el acuerdo del 17 de mayo como los términos del alto el fuego de noviembre de 2024. Pero poco importa. ¿Acaso lo esencial no es la supervivencia de los Guardianes de la Revolución y del régimen tiránico y sanguinario de los mulás en Teherán? A la luz de estas realidades tangibles, mostrar complacencia o laxitud frente a un partido cuya ideología teocrática, acción miliciana, papel regional e incluso su propia existencia constituyen la negación de los fundamentos del país del Cedro equivaldría a una violación de la Constitución y a un golpe directo contra el Líbano.

La crisis del régimen iraní: arrancar de raíz en lugar de podar…
Por
Michel Touma
Publicado
feb 19, 2026 - 14:58

En tiempos de guerra abierta o de crisis existencial aguda, cuando el destino de toda una población pende de un hilo, las medias tintas dejan de ser aceptables. Cuando una nación enfrenta los designios expansionistas y hegemónicos de un poder sin ataduras legales ni principios, y cuando un régimen tiránico, empapado de sangre, comete masacres a gran escala con total impunidad, atacando indiscriminadamente a civiles, jóvenes y adolescentes, esas circunstancias extremas exigen claridad. Exigen una postura firme e inequívoca, muy lejos de la ambigüedad cínica o las maniobras evasivas. Esa es, sin lugar a duda, como el lector habrá supuesto, la situación del régimen actualmente en el poder en Irán. La más reciente ronda de negociaciones, una más en una saga que se extiende por décadas, entre enviados estadounidenses e iraníes no es más que un espejismo. Esto se ha convertido en un lugar común, como lo demuestran innumerables experiencias previas: los dirigentes de la República Islámica han perfeccionado el arte del “diálogo” estéril, creando la ilusión de apertura a la negociación y al compromiso. En la práctica, su estrategia rara vez va más allá de ganar tiempo, maniobrar, cubrirse y esperar a que los vientos geopolíticos soplen a su favor. Los mulás en Teherán apuestan por la alternancia inevitable del poder en las democracias occidentales para explotar cualquier debilitamiento o cambio de gobierno en un país que les “incomoda”. Esta táctica conocida les permite rebotar y escalar su campaña beligerante contra la parte contraria. Mientras tanto, en su juego favorito de la “negociación”, persiguen un supuesto “acuerdo” que no tienen intención de cumplir, y esos mismos mulás orquestan masacres impensables y detenciones masivas, dirigidas en particular contra jóvenes y estudiantes. En una revelación contundente, un miembro de la Comisión de Educación del Parlamento iraní informó recientemente que el 28 por ciento de los encarcelados tras el levantamiento de enero pasado tiene menos de 20 años. Aún más estremecedor: una asociación iraní publicó una lista con los nombres de 200 niños asesinados en las protestas más recientes. La magnitud del derramamiento de sangre llevó al analista político libanés-estadounidense, cercano a círculos republicanos, Walid Phares, a instar a los líderes de Washington a que, si insisten en mantener el “diálogo” con Teherán, exijan el cese efectivo e inmediato de las ejecuciones y de las detenciones masivas, así como la liberación de los detenidos desde enero, como condición previa innegociable para cualquier conversación con el régimen iraní. El presidente Donald Trump no se equivocó en este punto al señalar, durante uno de sus viajes, que durante 47 años los altos funcionarios de la República Islámica han dado sistemáticamente la impresión de querer “dialogar” con Occidente cuando están bajo presión, mientras al mismo tiempo llevan a cabo masacres intermitentes y atrocidades indescriptibles que han costado la vida a miles de presos políticos en detención. La naturaleza esencialmente estéril de cualquier negociación con un régimen como el de los mulás fue subrayada con precisión por el secretario de Estado Marco Rubio, quien destacó que Irán está gobernado por clérigos chiíes radicales cuyas decisiones y opciones estratégicas están guiadas exclusivamente por consideraciones teológicas, muy alejadas de cualquier sentido de realismo geopolítico. Pero fueron las recientes declaraciones del canciller iraní Abbas Araghchi las que dejaron al descubierto con mayor claridad la inclinación engañosa del régimen de los mulás por las discusiones interminables y su descarada habilidad para eludir compromisos escritos. Poco después de la última reunión en Ginebra con la delegación estadounidense, reconoció sin rodeos que sería “difícil redactar el texto final de un posible acuerdo con Estados Unidos”. En otras palabras, Teherán reduce cualquier acuerdo con Washington a un mero ejercicio estilístico: una retórica plagada de trampas lingüísticas, deliberadamente ambigua, diseñada para dejar la puerta abierta a múltiples interpretaciones y permitir así al régimen evadir de forma encubierta las obligaciones concretas que un acuerdo de ese tipo implicaría. La situación en la que hoy se encuentra la República Islámica puede compararse con una planta en avanzado estado de descomposición. Podarla simplemente, cortar los tallos y ramas marchitas mientras se dejan intactas las raíces, no lograría nada. Esas raíces, al no ser tocadas, inevitablemente harán que la planta vuelva a crecer, y en poco tiempo, más fuerte que antes. Lo mismo ocurriría con cualquier acuerdo defectuoso y lleno de trampas firmado con el régimen de los mulás si no se arrancan por completo las raíces profundas, aquellas que, de forma paciente y meticulosa, operan en las sombras para revivir lo que alguna vez estuvo podrido.

Cuidado con la banalización de las masacres en Irán
Por
Michel Touma
Publicado
feb 6, 2026 - 13:14

El Secretario de Estado Marco Rubio puso el dedo en la llaga, sin andarse con rodeos. Mostrándose para la ocasión paradójicamente poco «diplomático», hizo gala de una magnífica franqueza al resumir en pocas palabras, en una pequeña frase lacónica, el fundamento de la crisis iraní desde el ángulo de las tensas relaciones entre Washington y la República Islámica. «El liderazgo en Irán no es en absoluto un reflejo de la población iraní (…). No estoy seguro de que podamos llegar a un acuerdo con esa gente»…  Declaraciones que coinciden con las realizadas en el mismo tono por el ex ministro francés de Asuntos Exteriores y Defensa, Jean-Yves Le Drian, quien conoce bien los centros de poder en Teherán por haber tratado con ellos. «Son muy hábiles en el arte de engañar (…), subrayó en una entrevista televisiva. Su única preocupación es ganar tiempo y (asegurar) la perennidad del régimen». Todo está dicho… Pero, no obstante, parece vital, más particularmente en el contexto actual, tener constantemente en mente la dimensión ideológica, las bases profundamente (y peligrosamente) teocráticas del régimen de los mulás, especialmente del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (los Pasdaran). Es siendo plenamente consciente de esta dimensión doctrinaria, en todos los aspectos oscurantista, que se hace posible percibir hasta qué punto las «conversaciones» estadounidense-iraníes previstas para este viernes 6 de febrero, en Omán, corren el riesgo de no ser más que una vasta superchería… O, peor aún, un grave error estratégico e histórico, e incluso moral. Después de las masacres a gran escala perpetradas en el espacio de pocos días por los aparatos de seguridad del régimen de los mulás, solo se podrá estigmatizar cualquier «acuerdo» que se concluya en Omán y que sea sumamente políticamente amoral . Representaría, de hecho, una rehabilitación vergonzosa, una reafirmación de la supuesta legitimidad de un poder que ha matado a sangre fría, en 48 horas (el 8 y 9 de enero), no menos de 30.000 jóvenes y adolescentes en la flor de la vida (muchos más, incluso, según diversas fuentes), algunos de los cuales fueron ahorcados de una grúa, otros liquidados a quemarropa en su cama de hospital después de haber sido heridos por disparos de bala real, y otros más fríamente envenenados con mercurio… Sin contar las detenciones de médicos acusados de haber tratado a manifestantes (!), y los estudiantes secuestrados en pleno campus universitario. Banalizar, bajo el pretexto de una cínica realpolitik , las inmundas atrocidades de las que se ha hecho culpable el régimen de los mulás, con total impunidad, tendría indiscutiblemente como efecto –si tal postura complaciente se confirma– arrojar un fuerte descrédito sobre aquellos que se erigen en abanderados de los valores democráticos en el mundo y que ya son calificados, amargamente, de «cobardes» por muchos iraníes. Paralelamente a esta vertiente moral, una rehabilitación del poder en funciones a través de un supuesto acuerdo, incluso global, no dejará de reforzar y envalentonar al ala radical de los Pasdaran, con todas las consecuencias políticas desestabilizadoras (a nivel regional) y destructivas (a nivel de seguridad) que acarrearía un acuerdo manifiestamente engañoso… Nadie ignora, a este respecto, que los líderes de la República Islámica han erigido la mentira y la takiya (la disimulación de los verdaderos designios políticos) en un sistema de gobernanza basado en una ideología teocrática, la cual impone, debido a su carácter divino, asegurar la perennidad del poder por todos los medios posibles. Desde esta perspectiva, la violencia ciega, las matanzas masivas, los baños de sangre, la represión salvaje, las torturas, las condenas a muerte, las ejecuciones sumarias se vuelven «legítimas» e incluso constituyen un deber religioso. El engaño y la takiya, combinados con el poder político absoluto atribuido al Guía Supremo (el walih el-faqih ), el imán Jamenei, en su calidad de representante divino del desaparecido imán el-Mahdi, explican que el régimen de los mulás finge, sin cesar, discutir el expediente nuclear con la comunidad internacional, y más particularmente con las potencias occidentales. ¡Salvo que estas negociaciones duran desde hace casi… 25 años! Y, cuando se llega a un acuerdo, Teherán no tiene ningún escrúpulo en no respetar descaradamente sus compromisos. En cada fase difícil que atraviesa la República Islámica, el Guía Supremo da la impresión, engañosa, de que desea «dialogar»; sin embargo, el objetivo real buscado es ganar tiempo, a la espera de un cambio de poder en un país decisorio o de una evolución hacia una coyuntura más favorable que permita relanzar con mayor ímpetu la política hegemónica y expansionista iniciada, desde 1979, por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria. Hace un año, casi día por día, el 9 de febrero de 2025, el presidente Donald Trump declaraba que esperaba que Irán modificara su línea de conducta, subrayando que deseaba llegar a un acuerdo con Teherán en lugar de emprender la vía militar. Eso fue hace un año… Conocemos el desenlace. La reunión en Omán se celebra hoy mientras el régimen de los mulás no ha modificado ni un ápice, desde… 1979, su línea de conducta antioccidental y fundamentalmente antiamericana exhibida sin descanso durante 47 años, como ilustra, por cierto, la reciente gesticulación mediática de los diputados iraníes que, disfrazados de milicianos de los Pasdaran, coreaban a coro hace unos días, en pleno Parlamento, «¡Muerte a América!», mientras quemaban alegremente una bandera estadounidense…

Irán: ante el terrorismo de Estado, alto a la complacencia
Por
Michel Touma
Publicado
ene 28, 2026 - 13:14

Así, después de la «brillante» actuación militar (!) de la «guerra de apoyo» a Hamás y Gaza, el jeque Naïm Kassem nos promete una nueva «guerra de apoyo», pero esta vez con el objetivo de ir en ayuda de un actor regional aún más lejano: el ayatolá Jamenei y la República Islámica Iraní. El líder de Hezbolá ha decidido, o más bien ha anunciado (ya que no es él quien decide en la materia…), que los libaneses deben mostrar una abnegación ciega, sin límite alguno, hasta el sacrificio último, para «defender» (?) una fuerza extranjera… Para todos aquellos que aún tenían alguna duda al respecto, o que se negaban a reconocer la verdad, el jeque Naïm Kassem acaba de confirmar con brillantez lo que ya era – para los observadores informados – una obviedad: Hezbolá no es un partido libanés. Sus miembros son ciertamente libaneses, pero su decisión política, su línea de conducta, su proyecto político, son de orden transnacional y no tienen en cuenta en absoluto las realidades locales ni los intereses superiores del país del Cedro. De hecho, desde su formación a mediados de los años 80, el partido indicó muy claramente en su carta política que para todas las decisiones de carácter estratégico, incluida la decisión de guerra y paz, presta juramento de lealtad al Guía Supremo de la revolución islámica, en su calidad de representante divino, directo, del duodécimo imán chiita oculto, el imán al-Mahdi. Hezbolá dedica así al Guía iraní, el walih el-faqih, una «obediencia religiosa» total que no se preocupa en exceso por las contingencias de este mundo, de carácter nacional, estatal o socioeconómico. Desde la perspectiva de esta doctrina que otorga al walih el-faqih un poder absoluto ejercido en nombre del imán oculto, la existencia de una República Islámica sobre la base de estos fundamentos definidos en 1979 por el ayatolá Jomeini, así como la perennidad de una «resistencia armada – al servicio de este proyecto – se convierten en un deber profundamente religioso, tanto más dogmático cuanto que busca, como un catalizador, allanar el camino para el regreso del imán oculto. Para ceñirse, cualesquiera que sean las circunstancias, al carácter sagrado de este edificio doctrinal, se permiten los comportamientos más irracionales, en este caso, a modo de ejemplo: la represión, incluso con sangre y a gran escala, de toda oposición, presentada como un «ataque a Dios» (lo que proporciona el pretexto para los veredictos sumarios pronunciados por los tribunales islámicos iraníes contra los manifestantes); la obstrucción sistemática a todo intento de edificación de un Estado central fuerte y soberano, como ilustran especialmente el caso iraquí y la actitud actual de Hezbolá, que se opone de plano a la entrega de su arsenal militar al ejército; la desestabilización manu militari de los países del Levante mediante la exportación de la revolución islámica, iniciada en 1979 por el Cuerpo de Guardianes de la Revolución. Con el fin de crear progresiva y minuciosamente las condiciones favorables para el éxito de este proyecto jomeinista transnacional, el régimen de los mulás juega con el factor «tiempo»… La deconstrucción del orden establecido solo puede hacerse lenta y gradualmente, al tiempo que se provocan bloqueos y se extienden tentáculos a los diferentes niveles del poder y de los sectores económicos. Cuando las circunstancias del momento o el equilibrio de fuerzas no son favorables a este proyecto teocrático, la estrategia seguida es clara: dar la impresión de querer «dialogar» y «negociar» un acuerdo con la parte adversa. Pero esto no es más que una percepción engañosa, siendo el verdadero objetivo ganar tiempo, tergiversar, a la espera de que la coyuntura desfavorable cambie o evolucione. Esto explica la noción de «paciencia estratégica», propugnada por Jamenei y que no es más que una versión diplomática de la taqiyya, la cual consiste en disimular sus verdaderos propósitos a la espera de días mejores. Desafortunadamente, algunos altos funcionarios, libaneses y occidentales, se dejan engañar ingenuamente por este juego. ¡Las negociaciones sobre el programa nuclear iraní duran más de veinte años! El poder en Teherán mostraba durante todo este período la percepción de que buscaba un acuerdo sobre este asunto, pero al mismo tiempo el enriquecimiento de uranio continuaba de forma ininterrumpida, lejos de los focos. También es sobre la base de este mismo enfoque pernicioso que Hezbolá no deja de subrayar que está dispuesto a «discutir» su desarme. ¡Salvo que esta «discusión» dura, de forma episódica, desde… 2006, cuando el presidente de la Cámara Nabih Berry organizó una conferencia de diálogo que había abordado largamente la cuestión! ¿Se acuerdan los libaneses, en este sentido, del número de veces que la supuesta «política de defensa» ha sido, desde Taëf, el centro de los debates y las «discusiones» en las más altas esferas del poder? Los dramáticos acontecimientos de los últimos meses, tanto en Gaza como en Líbano, y muy recientemente en Irán –con el verdadero baño de sangre del que ha sido víctima la población civil– ilustran la imperiosa necesidad de poner fin de una vez por todas a la ingenuidad, o quizás a la hipocresía política, de la que hacen gala algunos dirigentes a la sombra de las maniobras perniciosas y asesinas de los ideólogos que se aferran a métodos medievales, y sobre todo inhumanos, en el ejercicio del poder. La debilidad, la complacencia y los comportamientos cobardes frente al chantaje de las milicias y las campañas de intimidación de carácter mafioso solo pueden tener como consecuencia, en definitiva, la transposición del terrorismo de Estado a las sociedades occidentales, como demuestran las amenazas frontales proferidas el martes pasado por el ministerio iraní de Asuntos Exteriores contra los países de la Unión Europea, a los que «se ordenó» sin escrúpulos que no incluyeran a los Pasdarán en la lista de organizaciones terroristas.

Para un retorno al legado político de Mohammed Mehdi Chamseddine
Por
Michel Touma
Publicado
ene 19, 2026 - 13:42

Líbano, y en particular la comunidad chiita, conmemoró recientemente el 25 aniversario de la muerte, el 10 de enero de 2001, del expresidente del Consejo Superior Chiita, el imán Mohammed Mehdi Chamseddine. Durante más de dos décadas fue el líder espiritual de la comunidad chiita libanesa, sucediendo al imán Moussa Sadr, quien desapareció misteriosamente durante una visita a Libia en 1978. Dejó tras de sí un “testamento” político cuya existencia y verdadero alcance siguen siendo desconocidos, o deliberadamente ocultados, para muchos libaneses y extranjeros, especialmente en los círculos académicos y periodísticos. La dimensión histórica y profundamente existencial de este legado queda hoy resaltada por los dramáticos acontecimientos que sacuden al Líbano y a la región. Más que nunca, el Líbano y el Levante necesitan la contribución a la vida pública de una figura que, como el imán Shams al-Din, combine autoridad moral, apertura intelectual y una lectura lúcida de las realidades sociopolíticas contemporáneas. Hacia el final de su vida, y a pesar de estar debilitado por la enfermedad, grabó en casetes sus memorias y recomendaciones sobre el rumbo que debían adoptar los chiitas en el Líbano y en la región. En particular, exhortó a sus correligionarios a no tener un “proyecto político específico para los chiitas” y a luchar por sus derechos “integrándose en la sociedad en la que viven”. En términos claros, rechazaba de manera apenas velada el principio de exportar la Revolución Islámica iraní, impulsada por los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria (Pasdarán) tras la llegada al poder de Jomeini en 1979. Cuestionaba especialmente el sistema instaurado por Jomeini, basado en la autoridad del walih al-faqih , es decir, del Líder Supremo de la Revolución Islámica iraní, en ese entonces él mismo y luego sus sucesores, quien, como supuesto descendiente directo del Profeta, concentraba un poder absoluto y definitivo sobre las decisiones estratégicas, incluidas las de guerra y paz. Al establecer este sistema político, el ayatolá Jomeini sembró las semillas de una desestabilización regional crónica, producto de un régimen autocrático que ha sumido a todo Medio Oriente en el caos durante más de cuatro décadas. No es casualidad. La wilayat al-faqih fue concebida como una autoridad absoluta no solo para los iraníes, sino para todos los chiitas. En la práctica religiosa, cada grupo o individuo chiita debe elegir a su referente espiritual. Sin embargo, al atribuirse un poder basado en una “legitimidad” divina, y por lo tanto incuestionable, el nuevo Líder de la República Islámica, primero Jomeini y luego Jamenei, se colocó por encima de todas las demás autoridades religiosas, al servicio además de un proyecto político transnacional, expansionista, hegemónico y represivo que sacraliza la violencia como método de acción. Este “injerto” jomeinista en el cuerpo sociopolítico y religioso chiita no podía sino convertirse en una fuente de tensiones y conflictos en el mundo árabe, bajo el peso de la exportación de la Revolución Islámica y del poder divino atribuido al Guía Supremo. Verdadero visionario, el jeque Mohammed Mehdi Chamseddine supo percibir el peligro que se perfilaba en el horizonte y tomó distancia de los fundamentos de la wilayat al-faqih y de las ambiciones expansionistas de los Pasdarán. Su postura se asemejaba a la del líder espiritual de la comunidad chiita en Irak, el ayatolá Sistani, así como a la del imán Moussa Sadr e incluso a la del jeque Mohammed Hussein Fadlallah, a quien muchos observadores occidentales etiquetaron erróneamente como el “guía espiritual de Hezbolá”, cuando en realidad cuestionaba la autoridad divina del walih al-faqih y, en consecuencia, expresaba reservas sobre la línea de acción de Hezbolá en el Líbano. Más de veinticinco años después, los acontecimientos han confirmado el carácter visionario del legado político del jeque Chamseddine. De hecho, es en nombre de ese “proyecto transnacional específico de los chiitas”, denunciado por el expresidente del Consejo Superior Chiita, que el régimen iraní recurrió hace pocos días a milicias provenientes de países árabes para reprimir brutalmente a su propia población. La consigna “Ni Gaza ni Hezbolá, damos la vida por Irán”, coreada por manifestantes iraníes, resume por sí sola toda la dimensión histórica y existencial de la visión expresada por el imán Shams al-Din. Refleja además el profundo resentimiento hacia las poblaciones árabes presente en un amplio sector de la opinión pública iraní, que no logra comprender cómo el ala radical del régimen ha podido gastar decenas de miles de millones de dólares en sostener fuerzas aliadas en países árabes, mientras Irán atraviesa una crisis socioeconómica grave y sin precedentes. Sobre esta misma base del “proyecto transnacional específico de los chiitas”, el secretario general de Hezbolá, el jeque Naim Qassem, sigue priorizando los intereses del régimen iraní por encima de la construcción de un Estado libanés fuerte y soberano. Incluso ha llegado a amenazar al ministro de Relaciones Exteriores, Joe Raggi, considerado excesivamente soberanista, y no ha dudado en agitar el fantasma de disturbios internos si el gobierno avanza en su decisión de desarmar a Hezbolá. En uno de sus discursos recientes, el presidente Joseph Aoun llamó a Hezbolá a “actuar con sensatez”, lo que provocó el abierto malestar de Naim Qassem, para quien los intereses del Irán de los mulás siguen siendo prioritarios. Para frenar esta deriva suicida del grupo proiraní, se impone con urgencia un paso fundamental: alinearse con las recomendaciones y con el legado político, casi profético, de Mohammed Mehdi Chamseddine. Aunque ello implique inevitablemente, y algún día deberán reconocerlo, una verdadera “revolución cultural” que reconfigure su doctrina política forjada a mediados de la década de 1980.

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