
Seguimos hablando de “globalización” como si la palabra aún tuviera un significado compartido. Ya no lo tiene. O mejor dicho: todo lo que queda de ella es su cáscara económica —la globalización como tal: flujos de capital, cadenas de suministro, plataformas digitales— mientras su alma se ha desvanecido. La globalización como apertura, como la promesa de un mundo más habitable para todos, como la búsqueda de un lenguaje compartido entre culturas, está en proceso de morir. Y sin embargo, esa forma de globalización nunca fue meramente una realidad material; fue un horizonte moral. Se basaba en una idea simple, casi ingenua: que el contacto repetido entre pueblos, culturas, imaginarios desarmaría eventualmente la tentación de la guerra. Distancias reducidas por la tecnología, por el transporte, por la abolición de las fronteras aduaneras… La gente se encontraría en universidades, festivales, ONG, instituciones internacionales; construirían compromisos, tratados, programas de intercambio. Aprenderían a vivir juntos, a falta de una mejor opción.














