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Análisis

León XIV… Líbano y la Tercera Independencia!
Por
Ziad Al-Sayegh
Publicado
mar 8, 2026 - 04:36

La visita del Papa León XIV al Líbano no es una visita común, es un momento histórico que impone su carácter excepcional. En esta patria-mensaje, y en toda la región y el mundo, convergen grandes confrontaciones: la paz frente a la guerra, el diálogo frente a la violencia, la moderación frente al fanatismo, la diversidad frente a la uniformidad, la humanización frente al populismo, la Constitución frente a las leyes de excepción, el derecho frente al caos, la ciudadanía frente al Minoritismo y al Mayoritismo, el Estado frente a la no-estatalidad, la gobernanza frente a la corrupción. El Líbano y el mundo libre viven estas tensiones en un momento en que el país tiene una oportunidad única para demostrar su capacidad de levantarse nuevamente. Durante cinco décadas, la Santa Sede nunca renunció a la idea del Líbano como un “Estado modelo”, a pesar de los colapsos políticos, económicos y soberanos. Un cardenal dijo alguna vez: “Creen que el Líbano histórico está muriendo, pero su resurrección vendrá de su élite, residente y de la diáspora.” Era una señal clara de que la apuesta sigue siendo por los propios libaneses. El Papa Francisco, hoy fallecido, enfrentó esta realidad con claridad espiritual y política. Besó la bandera libanesa y movió la diplomacia vaticana para proteger la identidad civilizacional del país, pero se negó a visitar Beirut en aquel momento, enviando un mensaje inequívoco: no a la alianza de minorías, no a la no-estatalidad, no a la corrupción, no a la confusión entre la Iglesia y el poder político, no a convertir al Líbano en una plataforma de conflictos. Era el diagnóstico de un Estado en erosión y de una fórmula civilizacional amenazada. Hoy, León XIV llega bajo un título unificador: paz. Una paz que no es solo el opuesto de la guerra, sino el opuesto del colapso moral, de la renuncia nacional y de la complicidad en la destrucción del Estado. Es resistencia frente a las armas ilegales, frente a las alianzas que fabrican minorías imaginarias, frente a los fanatismos que socavan la Constitución, paralizan las instituciones y amenazan la convivencia. Viene a afirmar que el Líbano merece la vida, merece la resurrección y merece un Estado a la altura de su mensaje. Viene a reavivar la voluntad de un pueblo agotado y a recordar a una élite vacilante que el mundo todavía ve en el Líbano un espacio de libertad y responsabilidad. La elección del Líbano como primera parada después de Turquía no es casualidad, es un mensaje de que su colapso golpea el corazón del pluralismo en todo Oriente y más allá. Su mensaje a los libaneses es claro: “O salvan su Estado, o pierden su misión.” No hay espacio para medio Estado o media soberanía, ni para mezclar buena gobernanza con manipulación política, ni para ceder al chantaje de las armas bajo el pretexto de la paz civil. La verdadera paz se basa en la ciudadanía, en la Constitución y en la legitimidad internacional. Su mensaje al mundo también es claro: “Salvar al Líbano es defender al ser humano”, defender un pluralismo amenazado, preservar un puente entre Oriente y Occidente. La paz se convierte en un proyecto de liberación: liberar al ser humano del miedo, al Estado de la dependencia, a la política de la corrupción, y a la identidad libanesa de la distorsión. La visita se convierte en una oportunidad para escribir un nuevo capítulo, la tercera independencia: la independencia del Estado frente al caos, de la verdad frente a la falsificación, del ser humano frente a sistemas que destruyen el bien común.

El fin de Irán, oscilando entre el Estado y la Revolución
Por
Mona Fayad
Publicado
mar 4, 2026 - 06:32

Durante mucho tiempo vivimos bajo la sombra del poder imaginario de la propaganda iraní, o, mejor dicho, de la propaganda del llamado eje de la resistencia, que presentaba a Irán como una gran potencia cohesionada e intocable. Los acontecimientos han demostrado que existe un abismo entre el poder real y el poder narrativo. Ya había ocurrido con Hezbolá: muchos creyeron en la imagen de su supremacía absoluta. Irán nos meció con ilusiones, a través de sus partidarios y de su maquinaria mediática, canales de televisión encubiertos, periodistas financiados, influenciadores digitales y otros actores, difundiendo una narrativa ficticia sobre una supuesta superioridad tecnológica y sobre aliados poderosos que la respaldarían, como China y Rusia, forjando así en la opinión pública la idea de un “eje irrompible”. Irán olvidó que, en el sistema internacional, las alianzas no son ideológicas sino utilitarias. Y que China y Rusia actúan según sus propios cálculos, no conforme a los deseos de dirigentes iraníes portadores de una ideología revolucionaria. En el pasado, las políticas iraníes lograron resultados cuando apostaban por ganar tiempo, aplazar plazos, manipular a sus adversarios, eludir responsabilidades por las acciones de sus brazos armados y formular promesas y compromisos que luego eran desmentidos. Irán olvidó que no habría podido sostener esas estrategias si, de alguna manera, no hubieran coincidido con las políticas de Estados Unidos e Israel. La pregunta que se impone es clara: ¿es Irán realmente un Estado? Si se adopta la definición clásica del Estado como monopolio de la violencia, centralización de la decisión, soberanía sobre el territorio, Irán es un Estado con una estructura completa. Pero si se toma la definición del Estado moderno como una institución racional y burocrática, con una decisión central sujeta a la rendición de cuentas y cuya finalidad es garantizar los intereses de sus ciudadanos, el panorama cambia y se vuelve más complejo. Si recurrimos al análisis de Max Weber sobre el monopolio de la violencia legítima, constatamos que Irán, como Estado, monopoliza la violencia, pero la legitimidad está dividida entre instituciones republicanas y una estructura revolucionaria y supraconstitucional, el Guía Supremo, los Guardianes de la Revolución y los Basij. Es decir, el régimen combina dos dimensiones de poder: Estado + Revolución. De esa dualidad surge una tensión permanente entre ambas lógicas Cuando las revoluciones se transforman en Estados, enfrentan un dilema: seguir siendo una revolución permanente o convertirse en un Estado normal. El régimen iraní no ha resuelto esta cuestión desde 1979. Utiliza el discurso del Estado, pero actúa como un movimiento transfronterizo. De allí proviene la similitud entre el comportamiento del régimen y el de su partido: no porque Irán no sea un Estado, sino porque mantiene el elemento doctrinal por encima de la lógica estatal y considera que la preservación del régimen es “el más obligatorio de los deberes”. El Estado afirma ser una entidad soberana; la Revolución sostiene que es un proyecto que trasciende fronteras. Esa dualidad impide una estabilidad plena. Lo que Irán practica en su relación con el entorno y con el mundo es una forma de guerra de guerrillas equipada con misiles balísticos, librada mediante fuerzas subsidiarias desplegadas en países de la región y basada en la lógica de la guerra asimétrica. Esa es la lógica de los movimientos revolucionarios. El Estado clásico responde de manera directa a través de su ejército, dentro de ecuaciones claras. El modelo de fuerzas delegadas, en cambio, genera una opacidad deliberada que permite evadir responsabilidades. Pero la opacidad es un arma de doble filo: cuando se revela, se transforma en confusión en la cadena de mando y en contradicción de los mensajes. A todo ello se suma que Irán ha descuidado su frente interno y sus propias necesidades. Muchos análisis sobre el país se concentran en sus misiles y en sus alianzas ideológicas, olvidando por completo la realidad interna iraní, sus fracturas sociales, la rebelión de las mujeres, las aspiraciones de una generación joven distinta, el desgaste económico y su legitimidad debilitada. Un Estado fuerte no se mide solo por su arsenal, sino por su capacidad de integrar a su sociedad. La narrativa histórica se convirtió en una carga; pasó de ser un recurso a una traba en la que el propio régimen quedó atrapado. Esa narrativa otorgó sentido al régimen, permitió su continuidad y preservó su identidad religiosa confesional mediante una movilización permanente. Pero con el tiempo se transformó en un obstáculo, porque impidió cualquier reevaluación, trató todo retroceso como traición y sacralizó símbolos y políticas colocándolos por encima de la realidad vivida, en lugar de someterlos al debate y a la revisión según las necesidades de la sociedad. Así, la Revolución se ha convertido en un peso que la sociedad iraní ya no puede soportar. Finalmente, se decidió prescindir de los servicios de este régimen.

Crisis libanesa: ¿dónde estamos?
Por
Khalil Helou
Publicado
feb 9, 2026 - 15:46

Los pasos para la reconstrucción del Estado libanés parecen estar congelados, a pesar de algunos progresos en el plano tecnocrático. Al cabo de más de un año de «guerra de apoyo» llevada a cabo por Hezbolá y el debilitamiento de este partido en la escena regional, la elección del presidente de la República había suscitado una ola de euforia desmedida. La formación de un gobierno prometedor había inducido la esperanza de una restauración de la soberanía del Estado. Sin embargo, un año después, esta euforia se transformó en decepción, y la esperanza se disipó. La negativa de Hezbolá, a instancias de Irán, a someterse a la voluntad de la mayoría de los libaneses y a entregar sus armas al Estado, así como su violación de la resolución 1701, han servido y siguen sirviendo de pretexto para el acoso israelí que tiene como objetivo a sus cuadros y su infraestructura. Esta dinámica impide cualquier progreso en la recuperación del Estado libanés. A pesar del debilitamiento de Irán y el apoyo de Washington, los países árabes y la comunidad internacional, una gran parte de los actores a nivel de los poderes ejecutivo y legislativo en Beirut, así como algunos antiguos militares que engañan a los libaneses sobre la capacidad de nuestro ejército, siguen sometiéndose a un Hezbolá arrogante y amenazante. Este fenómeno no es sorprendente, ya que estos responsables, del más alto al más bajo escalón, se han acostumbrado, durante cuatro décadas, a ceder ante esta influencia. No debería sorprendernos ver a estos individuos cambiar de rumbo y alinearse con otro bando si el conflicto entre Teherán y Washington desemboca en una guerra relámpago o total en beneficio de Estados Unidos. Pero en caso de conflicto prolongado o de concesiones por parte de Washington, estos actores se felicitarán de su alineación oportunista. Por el momento, se colocan en situación de espera ( stand-by mode ) para determinar en qué bando se situarán. El problema es que son la fachada del Líbano. Y los grandes tomadores de decisiones de este mundo los desprecian en privado, les halagan y los insultan en público. Hezbolá y su correlato, el movimiento Amal, han utilizado la calle y el control del Parlamento, a través del jefe del poder legislativo para afirmarse. Además, Hezbolá recurrió a las armas, los asesinatos y las amenazas camufladas o públicas, con el mismo fin. Esto resultó eficaz con los polos del poder. Ambos partidos armados continúan maniobrando y evolucionando al mismo tiempo dentro del Estado y a través de su milicia, que orgánicamente depende del cuerpo de los Guardianes de la Revolución iraní. Además, han infiltrado el Estado profundo y las instituciones oficiales a todos los niveles. El saneamiento de estas instituciones es responsabilidad del ejecutivo y del presidente de la República. Ambos partidos no han propuesto nada y no proponen ningún proyecto creíble para edificar el Estado libanés, fuera de una dialéctica de resistencia que ha fracasado y de odios en todas direcciones. Solo la supervivencia de Hezbolá cuenta, y aunque debilitado, este partido persiste en el mismo camino que ha prevalecido durante cuatro décadas. Solo verdaderos hombres de Estado podrían hacer avanzar las cosas. Sin embargo, estos están en gran medida ausentes de las instituciones oficiales, a excepción de algunas raras figuras soberanistas, que se mantienen firmes en sus posiciones. Lo que los expone a los ataques más virulentos y a amenazas físicas por parte de un Hezbolá que se aferra desesperadamente a sus logros. Lo que podría costar muy caro a todo el país. Los indecisos, los corruptos, la gente del bazar, aquellos que padecen ceguera sociopolítica, así como los cobardes, no pueden ni gestionar, ni dirigir, ni tener la estatura de un líder. Líbano rebosa de recursos humanos y capacidades. Estas solo esperan la verdadera oportunidad para iniciar un renacimiento. En este contexto, cabe señalar que la vecina Siria ha batido todos los récords en términos de recuperación de sus instituciones estatales. Sin embargo, le quedan muchísimas lagunas por cubrir. Debe tranquilizar a las minorías, integrarlas. Tiene un sistema que construir… En resumen, todavía le queda un largo camino por recorrer para alcanzar la estabilidad. Por otro lado, lo que se ha logrado es muy prometedor, porque a la cabeza del Estado sirio se encuentra un hombre de Estado, Ahmad el-Chareh, que emerge, mostrando madurez y pragmatismo. Sabe que los ojos de los sirios y del mundo entero están puestos en él, y acepta el desafío. En Líbano, esperamos la emergencia de hombres de Estado.

La justicia internacional entre el mito y la realidad
Por
Mona Fayad
Publicado
ene 7, 2026 - 17:01

El ataque militar estadounidense en Venezuela, seguido del arresto del presidente Nicolás Maduro y su traslado fuera del país, provocó una fuerte conmoción en la política internacional. El arresto generó una amplia condena internacional; numerosos Estados y organizaciones lo consideraron una violación del derecho internacional y un atentado contra la soberanía nacional de Venezuela. Expertos en derecho internacional, incluidos análisis publicados en The Guardian , señalan que la operación estadounidense en Venezuela viola la Carta de las Naciones Unidas, en particular la disposición que prohíbe el uso de la fuerza sin justificación de legítima defensa o autorización del Consejo de Seguridad. Este acontecimiento reescribe algunas de las reglas del juego. No es el arresto en sí lo que altera dichas reglas, sino lo que representa: una transformación profunda en la comprensión de la soberanía, del poder y del tiempo político dentro del sistema internacional. La diversidad de reacciones — desde condenas firmes hasta reservas prudentes e incluso apoyos condicionados — muestra que el mundo se encuentra en una encrucijada decisiva: ¿seguirá siendo el derecho internacional un marco protegido por instituciones y acuerdos, o retrocederá ante la lógica de los hechos consumados? Este episodio no es solo un nuevo capítulo en la historia de Venezuela, sino una prueba para las propias normas internacionales en un momento particularmente sensible de la historia política mundial. Revela una profunda brecha entre el discurso y la práctica en el mundo occidental. Durante mucho tiempo, la justicia internacional ha sido presentada como uno de los pilares del orden mundial moderno y como el fundamento moral de la legitimidad de las instituciones transnacionales, en primer lugar la Corte Penal Internacional. Sin embargo, la trayectoria de esta justicia revela una fisura que ya no puede reducirse únicamente a la doble moral occidental, sino que se ha vuelto más compleja con la entrada del mundo en una fase de multipolaridad y el ascenso de potencias que disputan a Occidente no solo la influencia, sino también la definición misma de los valores. En una primera etapa, la crítica a la justicia internacional se centró en la duplicidad del discurso occidental. Resultaba evidente que la aplicación del derecho internacional nunca estuvo separada de los intereses políticos. Se llevaron a cabo intervenciones militares bajo el argumento de los derechos humanos, mientras se toleraban graves violaciones cuando eran cometidas por aliados estratégicos. Esta selectividad debilitó la credibilidad de la justicia internacional y la convirtió, a ojos de muchos, en un instrumento al servicio de los poderosos más que en un sistema jurídico universal. El problema no residía en los valores proclamados en sí, sino en su instrumentalización selectiva: se invocan cuando sirven a los equilibrios de poder y se ignoran cuando los obstaculizan. No obstante, el giro más significativo hoy no radica solo en la persistencia de este legado, sino en la exposición de los límites del propio sistema liberal a medida que pierde su capacidad de imponer sus reglas. El mundo ya no es unipolar, y Estados Unidos ya no puede, solo o junto a sus aliados, regular el ritmo de la justicia internacional. La irrupción de China y Rusia como actores decisivos ha reconfigurado el panorama: la pregunta ya no es por qué la justicia se aplica de manera selectiva, sino quién posee realmente la capacidad de aplicarla. En este contexto, la justicia internacional parece atrapada entre dos fuerzas opuestas: un Occidente que sostiene un discurso de valores — aplicados de forma selectiva — pero que es incapaz de imponerlos sin consenso internacional, y potencias emergentes que rechazan lo que denominan “justicia politizada”, pero que no ofrecen una alternativa jurídica creíble y se limitan a bloquear el proceso existente. Surge así una paradoja llamativa: la crítica a la justicia selectiva no conduce a una justicia más inclusiva, sino a una parálisis total. Esta parálisis ha permitido la aparición de un discurso de la “resistencia” como respuesta moral alternativa. Sin embargo, puesto a prueba en la práctica, este discurso revela a su vez una duplicidad evidente. La defensa de la soberanía se utiliza para justificar la represión interna, y el rechazo de la injerencia externa no va acompañado de la construcción de instituciones judiciales independientes ni de un respeto efectivo de los derechos humanos. De este modo, se derrumba el mito de la justicia occidental y, al mismo tiempo, el mito de una justicia alternativa reivindicada por sus adversarios. Lo que impide hoy la realización de la justicia internacional no es un solo factor, sino tres obstáculos fundamentales: la ausencia de una autoridad ejecutiva internacional independiente de las relaciones de poder; la erosión del consenso global de valores en un contexto de confrontación entre modelos civilizatorios y políticos opuestos; y el uso de la justicia, por todas las partes, como herramienta retórica más que como compromiso institucional. En este escenario, la Corte Penal Internacional aparece más como un espejo de la crisis que como su causa. Es una corte sin policía, sin ejército y sin un consenso político que respalde la ejecución de sus decisiones. Su capacidad de acción depende de la cooperación de los Estados, una cooperación hoy rehén de la polarización global. El problema no es solo que la justicia internacional sea “injusta”, sino que ya no es capaz de ser justicia en absoluto. Todo ello evidencia una brecha creciente entre el discurso moral occidental y los mecanismos reales de su aplicación. El estancamiento en la apertura de una investigación de la Corte Penal Internacional sobre la “situación en Venezuela”, frente a la relativa rapidez en la persecución de otros dirigentes, debilita la narrativa de una “justicia universal y neutral” y alimenta el discurso de las fuerzas antioccidentales que consideran la justicia internacional como una herramienta selectiva y no como un sistema jurídico integral. Así, no solo se derrumba el “mito de la justicia occidental”, sino que se cruza con el derrumbe del “mito de la resistencia” opuesta, que también pretende monopolizar la superioridad moral mientras actúa según la lógica del poder y la necesidad, y no del derecho. En ambos casos, asistimos a la erosión del marco simbólico de los valores, reemplazado progresivamente por la ley de la fuerza, en una escena que recuerda más al retorno de los imperios que a un orden internacional basado en reglas compartidas. Esta realidad no significa el fin de la necesidad de justicia, sino el fin de la ilusión de que puede separarse de la política sin una reconstrucción profunda del sistema internacional. Desde la perspectiva de Durkheim, vivimos un momento de anomia — no en el sentido de caos, sino de pérdida de normas compartidas. Desde la perspectiva de Lévi-Strauss, es un momento de descomposición del mito, cuando este ya no logra resolver las contradicciones que estaba destinado a encubrir. El derecho, como señalan los sociólogos, no existe en el vacío; es el producto de un equilibrio social y moral. Cuando ese equilibrio se derrumba, el derecho se convierte en un texto sin fuerza. Entre la antigua duplicidad occidental y la duplicidad actual de los “resistentes”, la justicia internacional se pierde entre dos discursos opuestos que, sin embargo, coinciden en un punto esencial: la subordinación de los valores a la lógica del poder. Mientras no se replantee de manera radical la relación entre soberanía, derecho y justicia, esta última seguirá siendo una promesa aplazada, invocada en los discursos… y ausente en los hechos. Sobre el caso Netanyahu El relativo éxito de la Corte Penal Internacional al avanzar en su decisión contra Benjamin Netanyahu — a diferencia de lo ocurrido en casos similares anteriores — se explica más por la convergencia inédita de factores políticos y morales que por una independencia jurídica absoluta. La magnitud de las violaciones cometidas en Gaza, su extensión, su intensidad temporal y su visibilidad mediática dificultaron su contención dentro del discurso tradicional de la “legítima defensa”, que durante mucho tiempo brindó cobertura política a Israel y a sus aliados. Asimismo, el profundo cambio en la opinión pública occidental, especialmente dentro de los propios Estados Unidos, desempeñó un papel decisivo. Las generaciones emergentes muestran una mayor sensibilidad hacia los estándares de derechos humanos y un menor apego a las narrativas geopolíticas tradicionales. Este cambio redujo el margen de maniobra política, incluso para los gobiernos más favorables a Israel. Por último, la intervención jurídica metódica de Sudáfrica marcó un punto de inflexión al trasladar el debate del terreno político al jurídico y otorgar al caso una legitimidad moral procedente de un Estado con un legado histórico ligado al apartheid, lo que dificultó cuestionar sus motivaciones. Así, la decisión de la Corte no fue el resultado de un acto aislado de valentía institucional, sino el fruto de una fractura en el sistema tradicional de protección política y de una exposición inédita de la brecha entre poder y discurso, que hizo que la impunidad resultara más costosa que la rendición de cuentas.

La visita papal y la posibilidad de un ataque israelí: entre el gran simbolismo y las duras realidades

La visita del Papa León XIV al Líbano no fue meramente una escala religiosa o pastoral pasajera; fue un momento profundamente político en una de las fases más sensibles de la región. Una visita que transmitió mensajes tanto a la escena interna del Líbano como hacia el exterior —específicamente a Israel y a las potencias internacionales que manejan los hilos del juego regional. Sin embargo, la pregunta que resonó fuertemente después de la partida del Papa fue esta: ¿Puso fin la visita a la idea de un ataque israelí contra el Líbano? La respuesta no es sencilla. Entre el inmenso valor simbólico de la visita y los fríos cálculos estratégicos a lo largo de la frontera sur, surge una verdad clara: la visita otorgó al Líbano un respiro psicológico y político temporal, pero no eliminó la lógica de la guerra. Aun así, junto con la escalada de la actividad diplomática francesa y la visita del Presidente al Sultanato de Omán, ayudó a crear una nueva red de disuasión política y diplomática, una que podría ralentizar una decisión de guerra y quizás incluso redefinir sus términos. La Visita Papal: Simbolismo Poderoso… pero Límites Claros La llegada del Papa a un país asolado por las crisis envía un mensaje claro: el mundo no ha abandonado por completo al Líbano, y preservar su diversidad y su papel sigue siendo una prioridad internacional. El Papa animó a los libaneses a reconciliarse, a confiar en el estado y a renunciar a la violencia. Pero la importancia de la visita reside no solo en el contenido de su mensaje, sino también en su momento, el más sensible desde el final de la guerra de 2006. Israel ve esos momentos a través de una lente estratégica. La presencia del jefe de la Iglesia Católica en Beirut elevó el costo de cualquier ataque a gran escala durante ese período. Habría sido extremadamente difícil para Israel lanzar una guerra mientras Líbano acogía a una figura religiosa global de esta estatura, con el mundo entero hablando, reaccionando y observando. Esto significa que la visita logró —aunque solo temporalmente— crear un escudo protector mediático y moral. Pero, ¿cambia esta visita el equilibrio de poder? Claro que no. Israel no toma decisiones de guerra basándose en la moral o el simbolismo, sino en cálculos militares y políticos. Por lo tanto, el impacto de la visita es limitado en el tiempo y en el alcance simbólico, e insuficiente para disuadir una decisión de guerra si la dirección israelí tuviera que tomarla más adelante. El Papel Francés: Entre la Mediación y la Presión Diplomática Si la visita del Papa apeló a la emoción y a la conciencia global, el papel francés habla directamente al corazón de las maniobras políticas. Histórica y prácticamente, Francia sigue siendo el país europeo más involucrado en los asuntos del Líbano. Durante las últimas semanas, París ha trabajado en dos vías paralelas: 1. Desescalada a nivel de campo, a través de canales directos e indirectos con Israel. 2. Reactivación del expediente fronterizo y la implementación renovada de la Resolución 1701. No es ningún secreto que la dirección francesa ha estado tratando durante meses de evitar que el sur se deslice hacia una guerra a gran escala. París ha desempeñado durante mucho tiempo el papel de mediador, recordando a Washington que una guerra en el Líbano no serviría a la estabilidad regional que busca la administración estadounidense. Sin embargo, los límites de Francia son claros: • Francia no tiene poder coercitivo sobre Israel. • Su influencia se basa principalmente en la persuasión, no en la compulsión. • La alineación completa con la posición de Washington no siempre está garantizada. Aun así, la presión francesa —especialmente con la aceleración de los movimientos diplomáticos— influye directamente en los cálculos estratégicos de Israel, convirtiéndose en un factor de vacilación. Israel sabe que Francia puede movilizar a Europa política y mediáticamente contra cualquier invasión a gran escala, y este no es un detalle menor en el ámbito de la legitimidad internacional. La Visita del Presidente Libanés a Omán: Una Plataforma Regional para la Desescalada En un momento en que las arenas regionales rebosan tensión, la visita del Presidente al Sultanato de Omán surgió como una astuta inversión en el discreto pero efectivo papel diplomático de Mascate. Omán no es un país de ruido, sino de influencia sutil, manteniendo relaciones equilibradas con todas las partes: • Teherán • Capitales del Golfo • Potencias occidentales • E incluso canales traseros sensibles con ciertos actores internacionales Esto significa que la visita del Presidente no fue ceremonial, sino una plataforma para construir una red de garantías regionales y abrir canales de mediación que podrían ayudar a enfriar el frente sur. Mascate destaca en desempeñar un papel que nadie más puede: la comunicación tranquila entre grandes adversarios sin fanfarria. Y este papel bien podría ser uno de los pilares tácitos para prevenir la escalada militar. Entre Tres Actores — el Papa, Francia y Omán… ¿Qué Ha Cambiado? Al combinar los tres elementos, lo siguiente queda claro: 1. La visita Papal proporcionó al Líbano protección simbólica y moral y restauró la atención global a su difícil situación. 2. El papel francés empuja hacia un acuerdo político y frena la guerra a través de una presión diplomática continua. 3. El compromiso del Presidente en Omán puede allanar el camino para una vía de negociación indirecta entre actores regionales e internacionales con respecto al frente sur. Pero, ¿es todo esto suficiente para prevenir la guerra? La verdad es que la guerra solo se previene cuando su costo supera sus ganancias potenciales para Israel. La visita Papal, la diplomacia francesa y la mediación omaní elevan ese costo, pero ninguna elimina la opción de guerra si Tel Aviv cree que tiene una oportunidad estratégica única. Nos enfrentamos, por tanto, a una congelación temporal de la lógica del ataque, no a su cancelación, un frágil equilibrio entre la presión internacional para la desescalada y una decisión israelí que oscila entre la escalada y las consideraciones políticas internas. En última instancia, la visita del Papa no puso fin a la idea de la guerra, pero la hizo más difícil. La diplomacia francesa creó una red de disuasión política. Y la visita del Presidente a Omán hizo lo que mejor hace la diplomacia silenciosa: abrió puertas que nunca se abren en público. Israel seguirá observando. El Líbano seguirá esperando. Pero la realidad es que la presión internacional sobre Tel Aviv es ahora la más fuerte que ha habido en años. Y eso, por sí solo, no es garantía… pero es, al menos, una oportunidad.

El error en la predicción de Toynbee
Por
Nabil Manuel Younes
Publicado
dic 2, 2025 - 14:20

En 1957, el historiador y filósofo Arnold Toynbee pronunció en el Cénacle Libanais una conferencia titulada “El Líbano, expresión de la Historia” . Tras examinar la complejidad de la historia libanesa y sus interacciones con las civilizaciones vecinas, y después de analizar cómo el país —por su posición geográfica y su carácter multiconfesional— ha sido tanto un punto de encuentro como un campo de batalla para religiones e identidades en competencia. Toynbee cerró su intervención con una advertencia sorprendentemente profética. Él afirmó: “ Si en el Levante la frontera entre los dos imperios globales —el estadounidense y el ruso— llegara a trazarse a lo largo de la cordillera del Anti-Líbano, la República Libanesa correría el riesgo de compartir el destino del Estado de Israel. Como Israel, el Líbano no sería viable si se encontrara en un estado permanente de hostilidad con sus vecinos del Este.” Aquella conferencia tuvo lugar, por supuesto, en la atmósfera sombría de la Guerra Fría, marcada por tensiones geopolíticas y rivalidades ideológicas entre Estados Unidos y la Unión Soviética, junto con sus respectivos bloques. En esos años, el Telón de Acero soviético había caído sobre nueve países europeos, convirtiendo sus fronteras en zonas de represión y hostilidad. Al mismo tiempo, estallaban guerras en la frontera que dividía a las dos Coreas y a lo largo de los cambiantes límites de Indochina. La línea de demarcación entre ambos imperios se establecía, tal como temía Toynbee, en la cima de la cordillera del Anti-Líbano, es decir, en la frontera libanesa-siria. En medio de esta situación tan compleja, el Líbano optó por alinearse firmemente con la órbita estadounidense y declaró el 16 de marzo de 1957 su adhesión a la Doctrina Eisenhower, después de tras haber mostrado un interés pasajero en el Pacto de Bagdad, parte de las alianzas occidentales de la Guerra Fría. Mientras tanto, al otro lado de la frontera que dividía las dos esferas de influencia, Occidente se negó a asistir a los estados árabes, incluida Siria, y Washington brindó un apoyo incondicional a Israel. Esto empujó a Siria, entonces dominada por la izquierda, así como a la República Árabe Unida (RAU) —creada en 1958 con la unión de Egipto y Siria— a volcarse decididamente hacia la Unión Soviética. Los libaneses, confiados en la supremacía global de Estados Unidos y en su superioridad militar frente a la URSS, no tomaron demasiado en serio la advertencia de Toynbee. Así, la frontera libanesa-siria —definida e incluso consagrada en la Constitución libanesa, única en el mundo en fijar una frontera nacional en su propio texto constitucional— dejó de ser una simple línea administrativa o una ficción jurídica. Adquirió una doble naturaleza: frontera entre dos Estados y, a la vez, línea divisoria política, económica e ideológica entre las esferas de influencia estadounidense y soviética. Cuando el presidente Fouad Chehab se reunió con el presidente Gamal Abdel Nasser en una tienda montada sobre la frontera, cada uno permaneciendo en su propio territorio, el simbolismo del lugar subrayaba tanto la importancia nacional como regional de ese límite. Pero la premonición de Toynbee terminó siendo falsa. Esa línea de separación entre ambas esferas de influencia protegió por un tiempo al Líbano de las ambiciones políticas, de seguridad, económicas e ideológicas de la Siria expansionista. Durante más de un cuarto de siglo, esta separación fue una ventaja para el país. La gran desgracia del Líbano llegó cuando Estados Unidos —fiel a su pragmatismo y a su disposición de intercambiar alianzas por “acuerdos”, como el que hizo con la Siria de Assad— comenzó primero a difuminar esa línea. Luego, casi la borró por completo al orquestar la entrada del ejército sirio en el Líbano, en abril de 1976. Mediante maniobras inspiradas por Henry Kissinger, Washington terminó confiando a Damasco una suerte de tutela sobre el país. La eliminación de esa línea de demarcación —resultado de un entendimiento entre Estados Unidos y Siria alcanzado sin ninguna consideración por los libaneses, que aún creían que las alianzas estadounidenses respondían a principios— permitió a Siria imponer su hegemonía sobre el Líbano. La alianza entre Estados Unidos y el Líbano fue, en realidad, apenas un pacto breve y circunstancial dictado por los intereses estadounidenses durante la Guerra Fría. Toynbee también se equivocó en otro punto: la alternativa a fronteras tensas no es necesariamente la paz; puede ser también la dominación.

El Levante en tensión: una paz que no llega (1/3)
Por
Jean-Patrick Dayras
Publicado
dic 1, 2025 - 10:52

El Levante alcanzó un punto de inflexión decisivo el 7 de octubre de 2023, cuando Hamas lanzó un ataque mortal contra territorio israelí desde la Franja de Gaza. Las circunstancias y repercusiones de esta ofensiva rápida y sangrienta sacudieron no solo a Gaza e Israel, sino también a otros centros clave de la región, como Líbano y Siria, y, por extensión, a Irán y Yemen. El impacto devastador del ataque de Hamas sobre Gaza y su población volvió a colocar en primer plano el conflicto israelí-palestino. Algunos esperaban que los hechos del 7 de octubre de 2023 abrieran la puerta a un avance en un conflicto que ha marcado al Medio Oriente por más de siete décadas. Por ahora, al menos en apariencia, esto está lejos de ocurrir. Es especialmente lamentable que la Autoridad Palestina no haya logrado retomar la iniciativa ni encaminar un diálogo rápido y prometedor con Israel. Del otro lado, es válido preguntarse si el primer ministro Benjamin Netanyahu está dispuesto a imaginar y aceptar el fin de estos conflictos recurrentes, aun si eso pudiera detonar sus propios problemas judiciales. Persiste la duda sobre si realmente tiene la voluntad política para hacerlo. Después de una victoria militar, ¿prevé su derrota en el terreno de la comunicación? Todo indica que no. Es cierto que, mientras los palestinos sigan afirmando públicamente que su objetivo es la eliminación del Estado de Israel, Netanyahu y sus aliados continuarán impulsando sus objetivos letales. No hay que evadir la realidad: de un lado, una población que sufre y muere –aunque eligió a Hamas– y, del otro, un pueblo y un Estado cuyos enemigos no buscan una derrota incondicional, como la que enfrentó Alemania en 1945, sino su aniquilación total. Ya no se trata de vengar los actos insoportables del 7 de octubre de 2023. Se trata de sobrevivencia. Aun así, una luz de esperanza asoma en el horizonte. Voces –y no menores– se escuchan dentro de Israel, pidiendo poner fin a la masacre en Gaza. Reconocen que Israel, un país marcado por una historia de deshumanización, no puede perseguir los mismos fines, y que la opinión pública global puede cambiar en cualquier momento y darle la espalda al Estado israelí. En tiempos de redes sociales, la percepción pública puede girar de manera rápida e irreversible. La historia reciente muestra lo imposible que es sostener una guerra sin el respaldo moral de la población y de los aliados fundamentales. Hay ejemplos claros: los franceses en Indochina nunca contaron completamente con el apoyo de su propio país ni de socios clave; más tarde, en Argelia, tampoco tuvieron el respaldo pleno de sus ciudadanos ni de numerosas naciones. Estados Unidos, por su parte, se vio obligado a abandonar al gobierno de Vietnam del Sur y, décadas después, salió de Afganistán de forma humillante, tanto para sí mismo como para los países que lo acompañaron desde el inicio. Su retirada dejó un saldo humano devastador. Netanyahu debe entender que las circunstancias están dadas para cambiar radicalmente su enfoque. Nada es peor que no hablar –o negarse a hablar– con los enemigos. Quizá esto sea incluso más grave para él y para Israel que enfrentar la justicia interna. Pero inevitablemente tendrá que hacerlo, y si persiste en este camino, podría incluso presentarse ante el país como un estadista que salvó a su nación. Alemania hasta abril de 1945, Japón hasta julio de 1945 y otros países en distintas circunstancias se negaron a dialogar con sus adversarios. Hoy, muchos estados siguen evitando ese diálogo, con el resultado de que civiles mueren cada día, alimentando el resentimiento y el odio. En contraste, la conocida Crisis de los Misiles en Cuba demuestra que el diálogo puede evitar enfrentamientos innecesarios y catastróficos. Es cierto que en algunos casos se requirieron negociaciones y concesiones, pero ¿no es un precio menor a cambio de la paz? Israel debe actuar como un Estado normal, incluso si se siente asediado y amenazado. Un país que respete a sus vecinos ganaría un respaldo significativo en el Cercano y Medio Oriente, así como en el mundo occidental y más allá. Esto reduciría la posibilidad de ser destruido por Hamas, que, si no está ya moribundo, al menos se encuentra seriamente debilitado. Esa ruta debe asumirse sin ingenuidad, cuidando que la hidra no despierte. Próximo artículo: El Levante en vilo: perspectivas libanesas y sirias

El Papa en el Líbano: sin paz, el “país-mensaje” no podrá sobrevivir
Por
Ali el-Amine
Publicado
nov 29, 2025 - 13:51

El papa León XIV llega con un mensaje contundente para el Líbano: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. Un llamado a la unidad, con fuerte carga espiritual, que busca resonar entre todas las comunidades religiosas del país y que, al mismo tiempo, lleva un peso político innegable en una nación agotada por décadas de conflicto. Para el Líbano, ha llegado el momento de dejar atrás los túneles de la violencia y avanzar hacia la luz de la paz. Primero: apoyo a la presencia católica y reafirmación de su papel nacional Este mensaje parte de la atención cuidadosa de la Santa Sede a lo que el Líbano ha sufrido y sigue sufriendo, especialmente sus comunidades católicas. Para el Vaticano, el país es el “laboratorio” más sensible de convivencia musulmana cristiana en Medio Oriente y un posible modelo de lo que Juan Pablo II definió hace tres décadas como un “país-mensaje”. En este sentido, la visita del Papa representa un respaldo claro del Vaticano a la presencia católica en el Líbano. Reafirma su papel como autoridad moral que acompaña a la comunidad internamente y que también aboga por ella en la escena internacional. Los católicos libaneses no son una minoría aislada; forman parte de una estructura espiritual y política que se extiende de Oriente a Occidente. La visita subraya que su rol en el Estado libanés no puede relegarse. Pero el mensaje papal va más allá del consuelo. Es un llamado a todas las fuerzas internas a superar el sectarismo y comprometerse con un proyecto verdaderamente nacional. Los católicos, sugiere el Papa, no son solo una comunidad; son portadores de un mensaje humano y universal dentro del país. Segundo: un mensaje para Irán… y para el mundo El llamado del Papa a la paz no es solo una exhortación moral, sino una declaración política abierta. Desde Beirut, el Vaticano envía un mensaje claro a Irán: el Líbano no podrá sobrevivir mientras siga siendo un escenario de conflictos, guerras y rivalidades regionales e internacionales. El lema “Bienaventurados los que trabajan por la paz” no es una consigna teológica. Es un rechazo, sutil pero firme, a la lógica de las armas y la violencia, y un recordatorio de que solo las soluciones diplomáticas y políticas pueden sacar al país de su espiral de deterioro. Tercero: el Líbano, un “país-mensaje” entre el pasado y el presente En 1997, Juan Pablo II entregó al Líbano un documento histórico titulado Líbano, país-mensaje , dirigido sobre todo a sus comunidades internas, con el fin de fortalecer la convivencia y reafirmar el papel pionero del Estado. Hoy, el mensaje del papa León XIV puede entenderse como una prolongación internacional de aquel texto. El Líbano solo podrá ser realmente un “país-mensaje” si recupera la paz, se aleja de los conflictos regionales y reconstruye sus relaciones con sus vecinos, con el mundo y también con sus adversarios. La paz no es únicamente una opción moral; es la condición indispensable para la existencia misma del Estado libanés, la base para reactivar la economía, definir prioridades nacionales y ejercer soberanía en todo su territorio. La paz, en última instancia, es el camino hacia ese “mensaje”. La visita del Papa es mucho más que un acto ceremonial. Es una intervención política de alto nivel, un recordatorio para el pueblo libanés de que el Estado solo podrá levantarse si rompe con los ejes de la guerra, recupera su neutralidad y apuesta por ser un actor de paz en lugar de un campo de batalla. El Líbano, ese “país-mensaje”, solo puede nacer a partir de un Líbano en paz.

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