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Strategia

Pacto de La Meca: una respuesta a los desafíos regionales (1/4)
Por
Khalil Helou
Publicado
sep 3, 2026 - 11:39

Este primer artículo de una serie de cuatro dedicada al Pacto de La Meca explica cómo Arabia Saudita, Turquía y Pakistán recorrieron un largo camino hasta cruzar un umbral estratégico decisivo al firmar dicho pacto el 7 de agosto de 2026. Nacido de la creciente tensión regional y del debilitamiento de las garantías de seguridad estadounidenses, este acuerdo de defensa colectiva podría consolidar la emergencia de una nueva arquitectura autónoma en el corazón del mundo sunita. La Meca es, sin duda, un escenario de profundo simbolismo para la firma de un pacto. El 7 de agosto de 2026, el palacio de Al-Safa se convirtió en el escenario de un acontecimiento histórico cuyas repercusiones están redibujando la geopolítica regional y asiática. Bajo los techos de esta residencia que domina la Kaaba, el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman (MBS), el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan y el primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif sellaron una alianza conocida como el Pacto de La Meca. La elección de este lugar sagrado y altamente simbólico va mucho más allá de una simple puesta en escena religiosa. Al unir, en principio, sus capacidades militares en el corazón de la cuna del islam, Ankara, Riad e Islamabad lanzan un mensaje político inequívoco: esta alianza trasciende las distancias geográficas y las divisiones étnicas para erigirse en un nuevo garante de la estabilidad del mundo sunita. Tres semanas después, este tratado de defensa mutua ha demostrado no ser una mera declaración de intenciones diplomáticas ni un acuerdo de cooperación bilateral clásico, como lo evidencia la reciente reunión de las tres partes en Estambul y la creación de una secretaría. Se trata, además, de un mecanismo de defensa colectiva vinculante, calcado sobre el modelo del artículo 5 de la OTAN, que estipula que una agresión armada contra uno de los signatarios constituye un ataque directo contra los tres. Este compromiso nació de la urgencia absoluta de hacer frente a las crisis que no cesan de sacudir el año 2026. Desde febrero, la escalada militar global en la que están implicados Estados Unidos, Israel e Irán ha sumido a Oriente Medio y sus rutas marítimas en una vulnerabilidad crítica, obligando a las potencias regionales a cuestionar sus antiguas doctrinas de seguridad y a confiar cada vez más en sus propias capacidades, en un contexto mundial en plena transformación, especialmente ante la proliferación de nuevas tecnologías militares que ya no son patrimonio exclusivo de las grandes potencias. Pasar a la acción: creación de una secretaría El pasado 31 de agosto se celebró en Estambul una cumbre tripartita entre los ministros de Defensa, los ministros de Asuntos Exteriores y los jefes del Estado Mayor de los ejércitos turco, pakistaní y saudí, la primera desde la firma del Pacto. Durante esta cumbre, los tres países dieron un paso decisivo hacia el carácter operativo de la alianza. Con el objetivo de institucionalizar el acuerdo y de afirmar la voluntad de convertirlo en un pilar de la estabilidad regional, los altos responsables de los tres países formalizaron la creación de una secretaría permanente con sede en Riad. El primer secretario general, de nacionalidad pakistaní, será nombrado por un período de tres años. Tendrá a su cargo la coordinación en tiempo real de las capacidades interoperables de las fuerzas armadas de los tres países, mientras que se activarán protocolos diplomáticos para reafirmar ante las potencias internacionales el carácter estrictamente defensivo de la alianza. Entre las medidas concretas acordadas, los ministros de Asuntos Exteriores, de Defensa y los jefes del Estado Mayor de la alianza respaldaron los mecanismos operativos destinados a reforzar la lucha contra el terrorismo, desarrollar la producción conjunta de armamento y promover la transferencia de tecnología militar y la disuasión mutua colectiva. Primera puesta en común de medios militares Pakistán ha confirmado el despliegue operacional de un contingente militar convencional de 8000 soldados en Arabia Saudita, bajo el amparo del nuevo marco de seguridad colectiva formalizado por el Acuerdo de Defensa de La Meca. A estos 8000 efectivos se suman varios miles de soldados pakistaníes que ya llevan décadas estacionados en el Reino en virtud de antiguos protocolos bilaterales de asistencia y entrenamiento.El número exacto de este contingente histórico permanente está clasificado como confidencial por ambos ministerios de Defensa. Este nuevo despliegue representa una evolución mayor en la postura defensiva del bloque, reforzando la disuasión global frente a las amenazas regionales por medios estrictamente convencionales. Pakistán mantiene el control soberano exclusivo de su arsenal nuclear, quedando excluida del acuerdo cualquier extensión de su paraguas estratégico o la integración de sus fuerzas estratégicas en un mando conjunto. La fuerza pakistaní desplegada incluye un componente de defensa aérea y apoyo táctico. Está integrada por un escuadrón de 16 cazas supersónicas tipo JF-17 Thunder, de fabricación china, desplegados en la base aérea “Rey Abdulaziz” en Dhahran, en el corredor energético más vulnerable del Reino, a pocos minutos de las infraestructuras de Saudi Aramco. Estas aeronaves cumplen misiones de defensa aérea y vigilancia frente a amenazas iraníes u otras de misiles y drones. Además de esta fuerza aérea, Islamabad ha desplegado también en la región de Dhahran dos escuadrones de drones de reconocimiento y ataque, así como una batería de sistemas de misiles superficie-aire de largo y medio alcance tipo HQ-9, financiados por Riad y operados por personal pakistaní. Desde la primavera de 2026, Pakistán ha estacionado en suelo saudita dos escuadrones de drones de vigilancia Shahpar-II y Shahpar-III, interconectados con las baterías de defensa antiaérea HQ-9, así como drones kamikaze de largo alcance, como el D-248. El sistema HQ-9, o “Bandera Roja-9”, desarrollado por China, integra misiles superficie-aire de largo y medio alcance, para alta y baja altitud. Diseñado para interceptar múltiples objetivos aéreos simultáneamente, es el equivalente chino de los sistemas rusos S-300/S-400 y emplea las mismas tecnologías de guiado que los misiles estadounidenses Patriot. Está equipado con varios tipos de radares, entre ellos de vigilancia a alta y baja altitud, de adquisición de objetivos y de guiado de misiles. Estas unidades pakistaníes operan en sinergia con las fuerzas sauditas para vigilar en tiempo real el espacio aéreo saudita y neutralizar amenazas de misiles y drones. A estas capacidades ya compartidas podrían sumarse muchas otras, convirtiendo el Pacto de La Meca en una entidad militar integrada capaz de responder de forma inmediata a cualquier agresión contra sus miembros. Al unificar el capital del Golfo, la pericia tecnológica turca, las industrias militares de los tres países y la potencia de fuego pakistaní, esta coalición redefine radicalmente el equilibrio geopolítico regional, reduciendo drásticamente la dependencia de potencias extrarregionales e instaurando una disuasión creíble frente a las persistentes tensiones en Oriente Medio. Sin embargo, cabe destacar dos puntos: primero, los tres signatarios son aliados de Estados Unidos, país que sigue siendo indispensable para cada uno de ellos; segundo, cada uno se enfrenta a desafíos específicos. Pakistán, por ejemplo, mantiene una importante disputa con India, y ambos países han estado al borde de una guerra total en varias ocasiones. ¿Qué haría, entonces, el Pacto de La Meca si estallara un conflicto entre Islamabad y Nueva Delhi? Turquía, en el contexto actual, está lejos de ser atacada por nadie, pero su apoyo a Hamás, en el que Riad desconfía profundamente, su participación en Asia Central, Chipre y Libia, su prolongado conflicto con Grecia y su presencia naval en Qatar son factores que podrían, algún día, poner en aprietos a alguno de los otros dos miembros de la alianza. (continuará)

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (14)
Por
Khalil Helou
Publicado
ago 5, 2026 - 02:02

El objetivo de esta serie de artículos es comprender mejor la situación actual en el escenario libanés, a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que se alejan de la realidad, dejando al lector sacar las conclusiones pertinentes. Las trece partes anteriores fueron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso al poder de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif hasta la aplicación incompleta de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, en 2006. Desde el final de la guerra de los 33 días de 2006 con Israel, Hezbolá se dedicó a reconstituirse en términos de armamento, reorganización y redespliegue. En pocas palabras, encajó un duro golpe durante esa guerra, pero sorprendió a Israel con sus capacidades militares, y en los dos años siguientes se convirtió en una auténtica fuerza armada de alcance regional, gracias a cuatro factores: la experiencia adquirida sobre el terreno; el apoyo iraní; el puente terrestre sirio (bajo el régimen de Assad) Teherán-Beirut; y el acuerdo entre su secretario general Hassan Nasrallah y el entonces presidente libanés Emile Lahoud. Así, los corredores o rutas de abastecimiento logístico procedentes de Siria se reactivaron, provocando un salto cuantitativo y cualitativo en el arsenal de la milicia proir aní. Algunas estimaciones hablan de que su potencial en cohetes se multiplicó por diez, pasando de aproximadamente 15.000 en 2006 a más de 150.000 proyectiles en 2018, incluyendo no solo cohetes propiamente dichos, sino también nuevos misiles de mayor alcance que no poseía anteriormente, entre ellos misiles de precisión, en particular los Fateh-110 fabricados localmente mediante la transformación de los antiguos modelos Zelzal, añadiéndoles sistemas de guiado en vuelo y convirtiendo sus alerones fijos en alerones móviles, además de la adquisición de misiles antibuque de precisión y largo alcance, como los Silkworm chinos y sus copias iraníes, e incluso los Yakhunt rusos con un alcance de 300 km. A este arsenal se sumaron drones kamikaze, drones lanzadores de misiles, drones de reconocimiento, etc., así como misiles antiaéreos portátiles de tipo MANPAD. En cuanto al redespliegue, la milicia chií trasladó su infraestructura militar al interior del tejido urbano y dentro de las localidades. Las ciudades y pueblos chiíes del sur y los suburbios del sur de Beirut se convirtieron en auténticas fortalezas militaro-urbanas complejas y cuidadosamente camufladas, donde civiles y combatientes se entremezclan en un tejido difícil de deshacer, haciendo imposible trazar la línea de separación entre combatientes y no combatientes. Hezbolá recurrió además cada vez más a organizaciones civiles de cobertura para llevar a cabo patrullas civiles de vigilancia, siendo la más conocida «Verde sin Fronteras», registrada como ONG dedicada a la protección del medio ambiente y la reforestación. Los puestos de avanzada y viveros de esta ONG, situados a lo largo de la línea azul, sirvieron durante mucho tiempo para enmascarar las infraestructuras militares, los depósitos de municiones y los túneles de combate de Hezbolá. Además, con el pretexto de proteger propiedades privadas o zonas de reforestación, sus miembros bloquearon sistemáticamente el acceso de los inspectores de la FPNUL durante las dos décadas posteriores a la guerra de 2006. Por último, los milicianos de Hezbolá mantuvieron una presencia sin uniforme en las entradas de las posiciones camufladas y de los túneles subterráneos. Las limitaciones impuestas a la FPNUL La FPNUL en su nueva versión reforzada por la resolución 1701 no ofrecía, desde el principio, ninguna solución para el desarme de Hezbolá. En efecto, no es una fuerza de combate, ya que actúa bajo el capítulo 6 y no bajo el capítulo 7 de la Carta de las Naciones Unidas. Sus contribuyentes europeos, en particular Francia, Italia, España y Alemania, se negaban a que sus Cascos Azules sustituyeran al Estado en la realización de un desarme coercitivo. Además, el mandato de la ONU no permitía operaciones de registro sistemático. Esta situación llevó a la FINUL a coexistir con Hezbolá, no sin contactos indirectos entre ambas partes a través de los servicios de inteligencia libaneses, y mediante los alcaldes y las ONG afiliadas a Hezbolá, especialmente tras el inicio de la guerra en Siria y con la proliferación de combatientes islamistas a ambos lados de la frontera libanosiria. En este contexto, la FINUL sufrió durante el año 2011 al menos tres atentados que dejaron 16 heridos entre los contingentes italiano y francés, cuyos autores eran milicianos vinculados a Al Qaeda, en particular a las brigadas palestinas Abdallah Azzam, procedentes de los campamentos palestinos del sur del Líbano. Las consecuencias políticas de la guerra de 2006 En el plano político, la presión ejercida por Hezbolá, el movimiento Amal y su aliado del Movimiento Patriótico Libre de Michel Aoun, apenas tres meses después de la guerra de los 33 días, adoptó la forma de un bloqueo institucional destinado a debilitar de manera duradera al ejecutivo. Ya en noviembre de 2006, cinco ministros chiítas pertenecientes a Hezbolá y a Amal, junto con el ministro cristiano Yaacoub Sarraf, cercano al presidente Emile Lahoud, dimitieron denunciando la ausencia de un «tercio de bloqueo»(1) a su favor en el Consejo de Ministros, y proclamaron al gobierno ilegítimo. Esto debilitó la legitimidad del primer ministro Fouad Siniora y lo obligó a gobernar desde una posición de debilidad. A partir de diciembre de 2006, la instalación de una masiva sentada en el centro de Beirut, rodeando el Gran Serrallo, y la decisión de Nabih Berri de no convocar al Parlamento paralizaron la actividad legislativa e impidieron la elección presidencial, prevista para septiembre-octubre de 2007, acentuando así la asfixia política. Paralelamente, la incapacidad del gobierno para neutralizar la red de telecomunicaciones privada de Hezbolá, considerada ilegal, transformó un intento de reafirmación de la soberanía en un casus belli. La decisión gubernamental de deslegitimar dicha red, el 5 de mayo de 2008, provocó una reacción miliciana de Hezbolá el 7 de mayo de 2008. El golpe de fuerza del 7 de mayo Los días 7 y 8 de mayo de 2008, Hezbolá tomó el control de amplios sectores del Beirut Oeste, atacó las oficinas de la Corriente del Futuro y sitió nuevamente al primer ministro Fouad Siniora por la fuerza de las armas en el palacio de gobierno, demostrando que cualquier intento de debilitar militarmente a la milicia priraní conllevaría el colapso del orden público. Ante el espectro de una guerra generalizada y el derrumbe del Estado, Siniora, de acuerdo con los mismos ministros que habían exigido el desmantelamiento de la red clandestina de Hezbolá, anuló los decretos dirigidos contra dicha red y aceptó, bajo el efecto de la mediación de Qatar, el Acuerdo de Doha del 21 de mayo de 2008. El Acuerdo de Doha Tras el golpe de fuerza del 7 de mayo de 2008, Qatar, que se había atribuido una vocación de mediador en los conflictos árabes y de Oriente Medio y afirmaba su poder blando (Soft Power), convocó a los líderes libaneses en Doha. Los esfuerzos de su emir culminaron en el Acuerdo, que impuso la formación de un gobierno de unidad nacional que otorgaba a Hezbolá el «tercio de bloqueo»(1), o derecho de veto en el Consejo de Ministros. El mismo Acuerdo prohibió el uso de las armas para resolver disputas internas, una cláusula que se había reiterado en todos los acuerdos libanolibanos desde 1975 y que se había vuelto meramente «folclórica». Sin embargo, el estatus de las armas del partido priraní quedó blindado bajo el pretexto de «hacer frente a Israel». De este modo, la cuestión se convirtió en un tema tabú. En definitiva, ese «compromiso» no había sido una simple elección táctica, sino la consecuencia de una maraña de imperativos militares y políticos, entre los que figuraban la necesidad de desbloquear la situación constitucional, la estabilidad en materia de seguridad y la preservación (aparente) de una unidad nacional que, en la práctica, era inexistente de facto. Así, el primer gobierno soberanista tras el fin de la ocupación siria se vio obligado a someterse a las realidades, a los hechos consumados sobre el terreno. Y como consecuencia, Hezbolá siguió enarbolando el argumento de la «resistencia» con un único y exclusivo propósito: intimidar a sus adversarios para mantener, al menor costo posible, su control sobre las decisiones políticas en el Líbano. (1) El «tercio de bloqueo» (o tercio de garantía) en el seno del gobierno libanés deriva de una interpretación controvertida de la Constitución libanesa reformada en 1990 por los Acuerdos de Taif. Esta expresión, «tercio de bloqueo», no aparece literalmente en el texto, sino que se sustenta en dos pilares constitucionales fundamentales. Por un lado, el artículo 65 estipula que las decisiones relativas a 14 asuntos «fundamentales», como la ley electoral o la modificación de la Constitución, requieren obligatoriamente una mayoría de dos tercios de los miembros del gobierno, lo que otorga un derecho de veto automático a cualquier coalición integrada por un tercio de los ministros más uno. Por otro lado, el artículo 69 prevé la dimisión automática de todo el ejecutivo si renuncia más de un tercio de sus miembros. Este mecanismo institucional, concebido originalmente para garantizar el pacto de convivencia comunitaria, fue políticamente sacralizado en el Acuerdo de Doha de mayo de 2008, convirtiendo ese cupo matemático en una condición sine qua non para la formación de los gobiernos y otorgando así un derecho de veto a Hezbolá en todos los gobiernos que se sucedieron desde 2008 hasta 2025.

Ankara en el centro del enfoque meridional de la OTAN 3.0: ¿qué hay del Líbano?

La versión OTAN 3.0 que surgió de la cumbre de Ankara, celebrada los pasados 7 y 8 de julio, reforzó la capacidad de la Alianza para gestionar de manera simultánea una amenaza continental en el este, representada por Rusia, y una inestabilidad híbrida, que incluye terrorismo, crisis migratorias y conflictos militares, en su flanco mediterráneo y de Medio Oriente. Para este segundo frente, ahora cuenta con Ankara, que no solo se consolidó como un importante proveedor de armamento para los países miembros, sino también como mediador entre Occidente y el eje Moscú-Teherán. Turquía se niega a romper relaciones con Rusia e Irán, al tiempo que contiene a la primera en el mar Negro y el Cáucaso, y a la segunda en Siria y el Líbano. El Pacto de Riad Tras varios años de tensiones con Riad, especialmente después del caso Khashoggi, Turquía se unió a Arabia Saudita y Pakistán para establecer un Pacto Estratégico de Defensa Mutua, que algunos analistas ya califican como una “OTAN sunita”. Este bloque surge para contrarrestar tanto la influencia residual de Irán en Siria y el Líbano como el poder de Israel. El símbolo más representativo de este acercamiento es el proyecto del ferrocarril del Hiyaz. Esta línea ferroviaria, inaugurada originalmente en 1908 bajo el sultán Abdulhamid II, simbolizaba el poder del Imperio otomano y conectaba Estambul con Medina, hasta que fue destruida por las fuerzas de la Revuelta Árabe encabezadas por el jerife Hussein de La Meca, apoyadas y asesoradas por oficiales británicos. A partir de 1918, esos combatientes dinamitaron sistemáticamente las vías y los puentes para paralizar el abastecimiento de las tropas otomanas. El nuevo proyecto ferroviario, aprobado en junio pasado, conectará Estambul con la península arábiga a través de Siria y Jordania, con una extensión prevista hacia Omán, creando así una ruta comercial que unirá India y el sudeste asiático con Estambul. Se trata de una estrategia económica de gran alcance para eludir, por un lado, el estrecho de Ormuz y reducir el impacto de las presiones iraníes y, por otro, el puerto de Haifa, con el objetivo de disminuir el papel comercial de Israel en la región, en un momento en que las relaciones entre Ankara y Tel Aviv atraviesan su punto más bajo. La nueva Siria: el corazón de la influencia turca El factor más importante en este contexto es la consolidación de la influencia turca en Siria. Tras la caída del régimen de Assad, Ankara respalda activamente a la nueva administración encabezada por el presidente Ahmed al Charaa. Al convertirse en el principal patrocinador sunita de Siria, Turquía cortó los antiguos corredores terrestres proiraníes hacia el Líbano, Jordania y Cisjordania. En el plano militar, Ankara se niega a retirar sus tropas de las provincias del norte de Siria, bajo el argumento de la lucha antiterrorista. Su verdadero objetivo es la eliminación de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS/SDF), dominadas por los kurdos y acusadas de ser una extensión del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), considerado una organización terrorista por Ankara y Washington. Además, Siria participó por primera vez en las maniobras militares conjuntas turcas EFES 2026, la edición más reciente de uno de los mayores ejercicios militares multinacionales con fuego real, organizado cada dos años por las Fuerzas Armadas turcas. El ejercicio se llevó a cabo entre abril y mayo de 2026, principalmente en las regiones de Esmirna y Estambul, y reunió a más de 10.000 soldados de cincuenta países. Más allá de sus aliados tradicionales de la OTAN, como Estados Unidos y Francia, Ankara invitó por primera vez al ejército sirio, un hecho de gran relevancia geopolítica, ya que se trató de la primera participación oficial de Siria en un ejercicio militar en el extranjero desde la caída del régimen de Bashar al Assad. El Líbano y el despertar estratégico de la esfinge turca Turquía, que hoy volvió a consolidarse como el pivote meridional de la OTAN 3.0 y como un actor central en Medio Oriente, además de integrar el pacto de defensa Islamabad-Ankara-Riad, ejerce una gran influencia en Siria. En ese contexto, encuentra afinidades con algunos movimientos islamistas libaneses, como la Jama’a Islamiya. Si el Líbano quiere sobrevivir al caos regional, debe aprender a relacionarse de Estado a Estado con este “pivote turco”, no como un vasallo, sino como un socio estratégico consciente de que el centro de gravedad de Medio Oriente se ha desplazado hacia el norte. Entre 2025 y 2026, Turquía intensificó su retórica hostil contra Israel, llegando incluso a pedir su destrucción. En ese contexto, el presidente Recep Tayyip Erdoğan dejó entrever que el Líbano forma parte de su área de interés estratégico. “La seguridad de Turquía no comienza en sus fronteras, sino en Alepo, Damasco y Beirut”, afirmó después de dejar claro que pretende frenar el expansionismo israelí en el Líbano. Se trata de declaraciones de gran peso en el actual contexto geopolítico, aunque por ahora sean esencialmente discursivas. Sin embargo, tras la cumbre de la OTAN, el ministro turco de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, señaló que una guerra abierta con Israel no era deseable, lo que sugiere la influencia de una política de distensión impulsada por Estados Unidos. El Estado libanés ha comenzado a acercarse a Ankara mediante varias visitas de primeros ministros; la más reciente, la de Nawaf Salam, fue hace apenas unos días. También estaba previsto que el presidente Joseph Aoun viajara a Ankara para consolidar esta política de apertura. No obstante, los vínculos estratégicos entre ambos países siguen estando por debajo del nivel necesario y aún deben fortalecerse. La visita del general Rodolphe Haykal a la feria de defensa SAHA, en Estambul, celebrada del 5 al 7 de mayo de 2026, buscó explorar un posible apoyo logístico turco para el ejército libanés. Sin embargo, una cooperación concreta entre ambas fuerzas armadas dependerá de la aprobación de Estados Unidos y de la capacidad del ejército libanés para asegurar la frontera con Siria. Turquía puede contribuir a contener la inestabilidad procedente de Siria y un eventual resurgimiento de Daesh, un enemigo al que Ankara mantiene bajo estrecha vigilancia. Las relaciones libano-sirias bajo la sombra de Turquía En términos generales, Beirut tiene interés en fortalecer sus vínculos con Damasco, aprovechando el nuevo régimen sirio para construir una relación de confianza mutua, aunque persisten tensiones por la presencia en el Líbano de antiguos altos cargos del régimen de Assad, además de la disputa en torno a Hezbollah en territorio sirio. Asimismo, al Líbano le conviene contribuir a una arquitectura de seguridad compartida entre Ankara, Damasco y Beirut, que contemple garantías recíprocas y preserve la autonomía política libanesa. En este contexto, fuentes diplomáticas aseguran que el Líbano ocupó un lugar prioritario durante la reunión entre el presidente Donald Trump y Ahmad al Chareh, al margen de la cumbre de la OTAN en Ankara. Ambos mandatarios manifestaron su preocupación por las redes clandestinas de abastecimiento de Hezbollah que atraviesan Turquía y Siria con destino al Líbano, y coincidieron en la necesidad de reforzar la coordinación sobre este asunto a lo largo de la frontera entre el Líbano y Siria. La multiplicidad de los ejes regionales e internacionales La seguridad del Líbano se negocia hoy tanto en Ankara como en Washington, Tel Aviv, Riad, París, Damasco y Teherán. Por ello, el país deberá actuar con pragmatismo en este nuevo escenario. Esto exige una estrategia nacional coherente en materia de seguridad, defensa, economía y política exterior, algo que todavía no parece existir. ¿Se diseña esa estrategia en el Consejo de Ministros? ¿En el seno del Consejo Superior de Defensa? ¿En los pasillos del palacio presidencial? ¿Está en manos de expertos, de verdaderos expertos? ¿O simplemente no existe? Si llega a elaborarse, deberá cumplir cuatro objetivos: 1)preservar la soberanía nacional para evitar que el Líbano se convierta en un simple peón de la rivalidad entre Teherán y Tel Aviv, así como entre Ankara y Tel Aviv; 2) contar con un mínimo de credibilidad para no ser abandonado por Washington; 3) prever el creciente papel de Europa en Medio Oriente; y 4) evitar volver a caer bajo la órbita iraní.

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (13)
Por
Khalil Helou
Publicado
jul 27, 2026 - 13:05

Esta serie de artículos tiene como objetivo comprender mejor la situación actual en el escenario libanés a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pasan por alto la realidad, dejando al lector la tarea de sacar sus propias conclusiones. Las doce entregas anteriores abordaron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif hasta la aplicación, gravemente incompleta, de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU en 2006. Dos años antes de la guerra de los 33 días de 2006, y más precisamente el 3 de septiembre de 2004, bajo la presión directa de Siria, gobernada por Bashar al Assad, el Parlamento libanés prorrogó por tres años el mandato del presidente Émile Lahoud. Esta enmienda constitucional fue impuesta en abierto desacato a la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada el día anterior por iniciativa de Francia y Estados Unidos. Dicha resolución exigía el estricto respeto de las normas constitucionales libanesas y la celebración de una elección presidencial libre, justa y sin injerencias extranjeras. Además, la misma resolución exigía el desmantelamiento de las milicias ilegales, incluida la de Hezbolá, así como la retirada de las tropas sirias del Líbano. Para escenificar una aparente legitimidad popular frente a las condenas internacionales, Émile Lahoud convirtió el Palacio de Baabda en un espacio de exhibición de lealtad. Delegaciones pro sirias, funcionarios, militares, oficiales de todos los rangos, simpatizantes civiles y partidarios de Hezbolá desfilaron por el lugar para organizar efusivas felicitaciones, simulando así un amplio consenso nacional en torno a la prórroga impuesta de su mandato, cuando en realidad se encontraba aislado a nivel internacional, regional y dentro del propio país, con excepción de los sectores pro sirios, Hezbolá y el movimiento Amal. Opuesto a la extensión del mandato presidencial y bajo la amenaza directa de Bashar al Assad, el primer ministro Rafic Hariri renunció en octubre de 2004 antes de sumarse a la oposición antisiria. El asesinato de Rafic Hariri y la Revolución del Cedro Este giro político fue considerado por la ONU y, posteriormente, por el Tribunal Especial para el Líbano como el principal motivo de su asesinato, junto con el de sus acompañantes y su escolta, el 14 de febrero de 2005. Este crimen desencadenó directamente la Revolución del Cedro y, posteriormente, la retirada forzada de las tropas sirias del Líbano. El asesinato del 14 de febrero de 2005 fue seguido por una movilización masiva en las calles de Beirut durante tres semanas. Los manifestantes exigían con firmeza el fin de la ocupación siria del Líbano y portaban fotografías de los altos oficiales que dirigían los aparatos de seguridad libaneses, entre ellos los generales Jamil Sayed, Raymond Azar y Ali Hajj, a quienes acusaban de haber sido cómplices del asesinato de Hariri y señalaban como símbolos del aparato de seguridad libanés sirio. El fortalecimiento de los vínculos entre Lahoud y Nasrallah Para respaldar a Lahoud, cada vez más aislado y boicoteado, quien representaba un verdadero escudo legal para Hezbolá, Hassan Nasrallah respondió movilizando a sus seguidores el 8 de marzo de 2005, estableciendo un pacto de supervivencia política. Proteger al presidente fue presentado como una línea roja, y la respuesta a cualquier intento de destituirlo quedó expresada de forma explícita. La supervivencia política de Lahoud quedó asegurada cuando el patriarca maronita Nasrallah Sfeir se opuso a que fuera derrocado mediante la presión de la calle, para evitar crear un precedente en la historia contemporánea del Líbano. Su decisión fue aceptada con amargura por la coalición soberanista de la época, preocupada por preservar los equilibrios confesionales del país. Los soberanistas movilizaron a sus seguidores una semana después, en respuesta a la manifestación del 8 de marzo. Así, el 14 de marzo de 2005, Beirut fue escenario de una concentración histórica que reunió a cientos de miles de simpatizantes del Movimiento Futuro del fallecido Rafic Hariri, las Fuerzas Libanesas, las Kataeb, el Partido Nacional Liberal, los seguidores de Michel Aoun del Movimiento Patriótico Libre, que en ese momento seguía siendo antisirio, el Partido Socialista Progresista, liberales chiitas, sectores de izquierda y otros grupos que exigían la retirada de las tropas sirias, el desmantelamiento del aparato de seguridad libanés sirio y la aplicación de la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU. Tras esa movilización se creó la coalición de las Fuerzas del 14 de marzo de 2005, cuyos principales referentes fueron Samir Frangié, Gebrane Tueni, Samir Kassir, Nayla Moawad, el expresidente Amine Gemayel y otras figuras. Esto fortaleció aún más la alianza entre Lahoud, que ya no tenía otras opciones, y Nasrallah. La cultura favorable a las milicias, en contra del Estado de derecho Desde su etapa como comandante en jefe del Ejército libanés, Émile Lahoud fue instaurando gradualmente, a través de sus actitudes y directrices, una cultura de aceptación de la ocupación siria y una cultura de simpatía hacia Hezbolá, presentado como un movimiento de liberación nacional frente a Israel. Esta línea de conducta se reflejaba en sus discursos y en las órdenes de servicio, que ignoraban deliberadamente la ideología fundamentalista del partido proiraní, incompatible con la razón de ser del Líbano fundado en 1920. Más adelante, ya como presidente de la República, Lahoud continuó difundiendo esa imagen de Hezbolá en todo el país, no solo entre los sectores chiitas que lo respaldaban, sino también entre comunidades cristianas, drusas y sunitas. Esta propaganda fue facilitada y amplificada por dirigentes con ambiciones desmedidas, como el líder del Movimiento Patriótico Libre, Michel Aoun, apenas diez meses después de su regreso del exilio en Francia, así como por numerosos políticos de las distintas comunidades libanesas, entre ellos el líder del Partido Democrático, Talal Arslane, y algunos disidentes de los partidos soberanistas que habían sido captados por los servicios de seguridad de la época. La simpatía hacia las milicias también se abrió paso dentro de las instituciones del Estado. Funcionarios elogiaban la lógica de la “resistencia”, justificaban prácticas ilegales y, poco a poco, se fue instalando una pérdida de la cultura del Estado de derecho. Este reemplazo de la cultura soberanista, fundamento del Estado, por otra basada en la subordinación a una milicia con una ideología religiosa sectaria, se infiltró en nombre de la “resistencia” en los aparatos militares, de seguridad, administrativos y judiciales del Líbano. El país continúa sufriendo las consecuencias hasta hoy, debido a la profundidad de esa transformación cultural. Durante todos esos años, numerosos políticos libaneses se sintieron cómodos bajo la ocupación siria y siguen sintiéndose cómodos bajo la hegemonía de Hezbolá. Estos dirigentes nunca hicieron esfuerzos por defender la dignidad nacional y durante décadas prefirieron concentrarse en sus intereses particulares, mezclando negocios, asuntos de Estado y populismo. Despliegue del Ejército en el sur e incidentes con Hezbolá A pesar del compromiso alcanzado entre la legalidad del Estado y el arsenal de Hezbolá, desde septiembre de 2006 comenzaron a registrarse incidentes durante el despliegue del Ejército libanés en el sur del país, tras la retirada israelí iniciada el 17 de agosto. Estos incidentes se manifestaron, por ejemplo, cuando el Ejército interceptó camiones cargados con municiones procedentes de Siria con destino al valle de la Becá y desde la Becá hacia el sur del Líbano. Los militares responsables de esas incautaciones, comprometidos con su misión y con un fuerte sentido del deber, se veían frustrados por decisiones políticas que los obligaban a devolver las municiones confiscadas o a liberar de inmediato los vehículos detenidos y a los milicianos que los acompañaban. Otro ejemplo de los obstáculos para restaurar la soberanía del Estado fue la delimitación de zonas, a menudo boscosas y fortificadas, cuyo acceso estaba prohibido a las fuerzas legales libanesas, tanto el Ejército como las Fuerzas de Seguridad Interna, por instrucciones del presidente de la República, Émile Lahoud. Estas áreas eran controladas exclusivamente por combatientes de Hezbolá. Cuando los ciudadanos intentaban acercarse, los milicianos se lo impedían, alegando en algunos casos que se trataba de “reservas naturales” o afirmando abiertamente que eran zonas bajo control de la milicia, convertidas de hecho en enclaves excluidos de la autoridad del Estado dentro del área donde estaba desplegado el Ejército en el sur del Líbano. Lea también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (12) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (11) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (10) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (9) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (1)

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (12)
Por
Khalil Helou
Publicado
jul 16, 2026 - 15:49

Esta serie de artículos tiene como objetivo comprender mejor la situación actual en la escena libanesa a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que se alejan de las realidades, dejando al lector la tarea de sacar las conclusiones pertinentes. Las once partes anteriores fueron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso al poder de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif hasta la aplicación gravemente incompleta de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU en 2006. Desde la primera retirada israelí de mayo de 2000, el presidente de la República Libanesa Émile Lahoud (1998-2007) y el secretario general de Hezbolá Hassan Nasrallah sellaron un acuerdo conceptual de gran calado: el Estado legitimaba a Hezbolá y, a cambio, el movimiento se comprometía a respetar formalmente las instituciones nacionales y a abstenerse de utilizar sus armas en las luchas políticas internas. Más tarde quedó demostrado que esa promesa no solo era frágil, ya que se derrumbó el 7 de mayo de 2008, cuando Hezbolá ocupó Beirut por la fuerza de las armas, sino que esas mismas armas ejercían un peso determinante sobre las decisiones nacionales. En el plano militar, el entendimiento Lahoud-Nasrallah se tradujo en una coordinación significativa entre el partido proiraní y los altos mandos del aparato de seguridad libanés, donde hombres de confianza de Lahoud y otros con el visto bueno de Hezbolá y/o de su aliado el movimiento Amal ocupaban los puestos clave. Control del ejército Tras la invasión siria del 13 de octubre de 1990 y la ocupación del palacio presidencial y del Ministerio de Defensa libanés por las fuerzas del régimen de Assad, el ejército libanés fue sometido a una purga metódica y a una represión llevada a cabo por el aparato de seguridad libano-sirio, con el objetivo de quebrar cualquier veleidad de resistencia a la ocupación siria dentro de la institución militar. Ya el mismo día de la invasión, más de un centenar de soldados libaneses fueron ejecutados sumariamente, decenas de otros humillados y capturados, y una veintena de oficiales superiores trasladados a las prisiones sirias. Los años siguientes (1991-1992) estuvieron marcados por una reestructuración forzada del ejército: los oficiales y suboficiales sospechosos de hostilidad hacia Damasco o de lealtad a la oposición soberanista fueron perseguidos, citados ante los servicios de inteligencia libaneses y sirios, atemorizados, jubilados de oficio o llevados ante el Tribunal Militar bajo el cargo de “atentar contra las relaciones con un Estado hermano”. Recluidos en régimen de incomunicación en el Ministerio de Defensa, en Yarzé, o en los centros de detención sirios en el Líbano, como el de Anjar, muchos de estos militares fueron víctimas de torturas sistemáticas y terminaron engrosando la lista de cientos de desaparecidos libaneses en las cárceles sirias. Desde su nombramiento como comandante en jefe del ejército libanés en 1990, y posteriormente con su acceso a la presidencia de la República en 1998, Émile Lahoud mantuvo una influencia determinante dentro del ejército, donde gozaba del apoyo y la lealtad de los oficiales superiores en los puestos clave. Como presidente, tenía la potestad de firmar los decretos de ascenso y conservaba influencia sobre sus traslados a dichos cargos. Además de quienes eran leales a Lahoud, otros estaban bajo la influencia de Nabih Berry, líder del movimiento Amal, presidente del Parlamento y aliado de Hezbolá, o de otros políticos de obediencia siria. Fue entonces cuando la cultura soberanista del ejército, que lo había distinguido desde la independencia, comenzó a deteriorarse y a ser reemplazada por otra que aceptaba compartir la soberanía con el ejército de ocupación sirio, denominado entonces ejército “hermano”, y con Hezbolá. Esta cultura encontró, no obstante, resistencia dentro de las tropas, pero se impuso durante más de dos décadas. Decapitación y marginalización de los soberanistas (1990-2005) Desde 1990, los políticos soberanistas quedaron completamente marginados del proceso político y de los nombramientos en las instituciones del Estado. El sistema electoral vigente desde 1992, impuesto por los sirios, junto con las prácticas de intimidación, los obligaba a someterse o a apartarse. Al mismo tiempo, Hezbolá, tras las legislativas de 1992, accedió al Parlamento con doce escaños, en el que el bloque soberanista estaba totalmente ausente. Una campaña de intimidación había comenzado con el asesinato de Dany Chamoun, líder del Partido Nacional Liberal (PNL), pocos días después de la invasión siria de octubre de 1990, seguido del exilio forzado del general Michel Aoun (1991), quien en aquel momento se oponía a la ocupación siria y a las milicias ilegales, incluida la de Hezbolá, antes de que quince años más tarde se alineara con la milicia proiraní. El expresidente Amine Gemayel (1982-1988) ya se había exiliado voluntariamente en Francia al final de su mandato. Entre 1990 y 2005, la tutela securitaria libano-siria asfixió sistemáticamente a la oposición anti-Siria mediante oleadas de persecuciones, bajo los presidentes Elias Hraoui (1989-1998) y Émile Lahoud (1998-2007). Esta década de plomo se manifestó en varios hechos destacados, entre ellos el secuestro del miembro de la oficina política del partido Kataëb, Boutros Khawand, el 15 de septiembre de 1992, y el atentado nunca esclarecido contra la iglesia Nuestra Señora de la Liberación en Zouk Mikael, el 27 de febrero de 1994 (11 muertos), que sirvió de pretexto inmediato al gobierno prisirio para disolver el partido de las Fuerzas Libanesas y arrestar a su líder, Samir Geagea, el 21 de abril de 1994, quien fue condenado a cadena perpetua y pasó más de once años en prisión. Pocos días después, el 27 de abril de 1994, el terrorismo golpeó la oficina política del partido Kataëb en Saïfi, costando la vida a uno de sus dirigentes, Tony Baaklini. Además, los movimientos estudiantiles de la Corriente Patriótica Libre (CPL, fundada por Michel Aoun), las Fuerzas Libanesas, el Partido Nacional Liberal y los Kataëb sufrieron redadas recurrentes, que alcanzaron su punto culminante el jueves 7 de agosto de 2001, cuando más de 250 militantes soberanistas fueron brutalmente detenidos tras la histórica reconciliación del Chouf entre el patriarca maronita Nasrallah Sfeir, símbolo de la resistencia antiSiria de la época, y Walid Joumblatt, jefe del Partido Socialista Progresista (PSP). Esta estrategia de terror policial también se tradujo en el cierre forzado del canal MTV en 2002 y el acoso a periodistas como Gebran Tueni. Asesinato de Rafic Hariri y retirada siria Tras el asesinato de Rafic Hariri el 14 de febrero de 2005 y la Revolución del Cedro que le siguió, las tropas de Damasco se retiraron el 28 de abril de 2005, lo que permitió el regreso del exilio de Michel Aoun quince días después, el 7 de mayo de 2005, y luego la liberación por amnistía de Samir Geagea en julio de 2005. Por su parte, el expresidente Amine Gemayel había regresado ya en el año 2000. Reparto de soberanía entre el Estado y Hezbolá A pesar de la Revolución del Cedro y la retirada siria de 2005, y luego de la segunda retirada israelí de 2006 en aplicación de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, el presidente Lahoud seguía supervisando el intercambio de inteligencia entre los servicios de seguridad libaneses y la milicia proiraní. El objetivo principal era delimitar las zonas de operaciones del ejército libanés para dejar el campo libre a Hezbolá en el sur del Líbano, en el suburbio sur de Beirut y en el norte del Valle de la Bekaa, así como asegurar las líneas logísticas del partido proiraní desde Siria. Esta coordinación tenía también como fin rastrear las redes de espionaje israelíes. Leer también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (11) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (10) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (9) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (1)

OTAN 3.0: el despertar del gigante otomano en el seno de la Alianza (2/2)
Por
Khalil Helou
Publicado
jul 11, 2026 - 14:31

El 8 de julio de 2026 quedará como una fecha bisagra en la historia de la Alianza Atlántica. La “Declaración de Ankara”, publicada al término de la cumbre de la OTAN celebrada en Turquía, puso de manifiesto una transformación profunda, tanto en el plano tecnológico como en el financiero y el geopolítico. Este tránsito hacia la OTAN 3.0 recentra a la organización en una doctrina de superioridad informacional y defensa territorial de alta intensidad, con la afirmación de Turquía como pivote meridional. Una revolución financiera: el Banco para la Defensa y la Resiliencia Uno de los aspectos más novedosos de la cumbre es la respuesta a los desafíos financieros del rearme.Aunque la Unión Europea creó en 2025 el fondo SAFE (Security Action for Europe) de 150,000 millones de euros para la defensa, del que Canadá y Turquía quedan excluidos, la Alianza Atlántica tuvo que encontrar una solución específica para incluir a estos países. En un contexto en el que los Estados miembros se comprometen a elevar su gasto en armamento hasta el 5 % del PIB, nueve países (entre ellos Turquía y Canadá) anunciaron la creación del Banco para la Defensa, la Seguridad y la Resiliencia . ,Esta institución, con sede en Canadá, contará con una impresionante capacidad de financiación de 134,000 millones de dólares. Su objetivo principal es ofrecer créditos a tipos preferentes para respaldar proyectos de infraestructuras de doble uso (civiles y militares), así como el refuerzo de la ciberdefensa y el rearme directo de los países miembros. La Doctrina informacional: IA y “Combat Cloud” La cumbre de Ankara marca el paso de una visión militar tradicional, centrada en el número de blindados y divisiones, a una doctrina orientada a la superioridad en la toma de decisiones. Para la OTAN, esto significa que sus fuerzas armadas deben comprender una situación, decidir y actuar con mayor rapidez y eficacia que el adversario. Ya no se trata únicamente de superioridad material: el concepto se asienta sobre tres pilares. 1) El dominio de los datos: fusión instantánea de sensores (satélites, drones, radares, fuentes cibernéticas) analizados por inteligencia artificial. 2) La aceleración del ciclo de mando: mediante el wargaming digital, simulaciones estratégicas que enfrentan a equipos humanos con escenarios muy realistas, se prueban los planes sin riesgo real, se identifican las brechas logísticas y tácticas, y la IA analiza cada decisión para proporcionar indicadores útiles a los estados mayores. 3) La protección frente a la guerra cognitiva: medidas para preservar a dirigentes y poblaciones de la manipulación y la desinformación. En este marco, la “Nube de Guerra” (Warfighting Cloud) toma forma: una nube de combate transatlántica e interoperable que conecta en tiempo real todos los sensores aliados. Cazas, buques, radares terrestres y constelaciones de satélites fusionan en ella sus datos para ofrecer una visión instantánea y global del campo de batalla. Esta infraestructura, profundamente integrada con la IA, queda avalada por la declaración final de la cumbre: modelos avanzados de IA serán incorporados en la planificación y la ejecución de las operaciones. El objetivo es claro: acortar el ciclo de decisión para que la OTAN reaccione con mayor rapidez que sus adversarios ante amenazas cada vez más complejas y veloces. Un apartado industrial sin precedentes: AWACS y Drone Edge El aspecto industrial de la cumbre demostró una vitalidad sin precedentes, con más de 50,000 millones de dólares en contratos firmados en un solo día. Dos anuncios destacados ilustran esta voluntad de modernización. Por un lado, la sustitución de la envejecida flota de aviones radar de fabricación estadounidense AWACS. La OTAN ha apostado por el sistema Global Eye del fabricante sueco Saab (foto). Esta elección es de gran calado estratégico: el Global Eye es uno de los pocos sistemas capaces de detectar y seguir las nuevas amenazas de misiles hipersónicos, que se han convertido en una preocupación central para la seguridad europea. Por otro lado, se lanzó la iniciativa “NATO's Drone Edge” con un presupuesto colosal de 40,000 millones de dólares a lo largo de cinco años. Este ambicioso plan tiene como objetivo la adquisición de sistemas autónomos y no tripulados en todos los ámbitos: drones aéreos, drones marítimos y robots terrestres. En este marco, la Alianza ya ha confirmado la compra de drones de reconocimiento de gran altitud “Triton” al fabricante estadounidense Northrop Grumman, reforzando así la vigilancia de las fronteras y las zonas de interés estratégico. El repliegue estadounidense y la autonomía europea El Pentágono ha iniciado un desenganche físico parcial del continente europeo, en línea con la estrategia de seguridad estadounidense anunciada a finales de 2025. Estados Unidos retira uno de sus dos portaaviones asignados a la zona OTAN. También retira uno de cada dos bombarderos estratégicos y reduce en un tercio su flota de cazas F-15 en Europa. Los drones Reaper, fundamentales para la vigilancia, ven igualmente reducida su presencia a la mitad. Esta retirada obliga de facto a los países europeos a tomar el relevo y asumir una parte más importante de su propia defensa. Esta es la esencia misma de la OTAN 3.0: una Alianza en la que los aliados europeos, Canadá y Turquía ya no son simples socios de segundo rango, sino los pilares de la defensa colectiva, especialmente en la gestión de las amenazas convencionales en suelo europeo y de otras amenazas en su flanco meridional. Un comunicado final de alta intensidad La Declaración de Ankara reafirma el Artículo 5 — “un ataque contra un aliado es un ataque contra todos”— haciendo especial hincapié en el apoyo a Ucrania y la preparación para la guerra de alta intensidad. Para 2026, los aliados, principalmente europeos, destinarán 70,000 millones de euros al equipamiento y la formación de las fuerzas ucranianas, con compromiso de renovación en 2027. La declaración también apunta a Irán, afirmando que nunca debe obtener el arma nuclear y exigiendo el respeto a la libre navegación en el estrecho de Ormuz. La OTAN 3.0 recentra a la Alianza en la disuasión y la defensa. Entre innovaciones tecnológicas, instrumentos financieros soberanos y una mayor responsabilidad de los europeos ante el repliegue parcial estadounidense, la OTAN se prepara para enfrentamientos en los que los datos y la autonomía marcarán la diferencia. Turquía, la gran ganadora de la cumbre, pero… Turquía sale de la cumbre como un actor central de la OTAN 3.0, cosechando importantes avances diplomáticos e industriales, aunque sin haber alcanzado todas sus ambiciones. Como país anfitrión de la cumbre, ha reforzado su posición como eje Este-Oeste y se ha unido a los nueve países fundadores del nuevo Banco para la Defensa y la Resiliencia , que gestiona 134,000 millones de dólares, una palanca con gran potencial para su industria de defensa. El énfasis en la iniciativa “Drone Edge” (40,000 millones) y la integración de la inteligencia artificial confirman la pertinencia de su estrategia centrada en los sistemas autónomos (drones, etc.) y sitúan a sus empresas como socios clave. Washington también ha aceptado la venta de motores para el futuro caza turco Kaan, valorada en 700 millones de dólares. Sin embargo, pese a un giro diplomático favorable a un levantamiento progresivo de las restricciones sobre la venta de componentes militares occidentales y de los F-35 estadounidenses, la eliminación del veto del Congreso en Washington sigue siendo indispensable para que estas intenciones se materialicen.

OTAN 3.0: el despertar del gigante otomano, el reequilibrio de las alianzas (1/2)

El 8 de julio de 2026, Ankara se convirtió en el escenario de un giro estratégico para la defensa colectiva europea y transatlántica. Bajo la presidencia de Recep Tayyip Erdogan, la apertura de la cumbre de 48 horas en el Palacio Presidencial de Beştepe marca el lanzamiento oficial de lo que varios funcionarios y analistas ya califican como la “OTAN 3.0”. El evento va mucho más allá del protocolo: reorienta las prioridades institucionales de la Alianza frente a múltiples desafíos, entre ellos la prolongada guerra en Ucrania, una confrontación latente con Irán, el riesgo potencial del terrorismo y la preocupación por las olas migratorias. Todo ello converge en un momento en que la política estadounidense da prioridad al continente americano por encima de Europa y Oriente Medio. En este juego de equilibrios, Turquía emerge como un actor central, con capacidad de mediación, proyección regional y de recalibrar las prioridades de seguridad europeas y transatlánticas. Esta cumbre podría redefinir tanto los medios como los objetivos de la Alianza. OTAN 3.0, una oportunidad para el poder turco La evolución de la Alianza se interpreta ahora a través de tres grandes etapas. La OTAN 1.0 fue la de la Guerra Fría; la OTAN 2.0, la de las intervenciones posteriores al 11 de septiembre. Hoy, la OTAN 3.0, concepto popularizado por el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, redefine las prioridades. Ya no se trata únicamente de mirar hacia el este, hacia las llanuras ucranianas y Rusia, sino de incorporar el flanco sur. Mark Rutte, secretario general de la organización, ha insistido en ello: la Alianza debe ser capaz de gestionar simultáneamente una amenaza continental en el este (Rusia) y una inestabilidad híbrida en el sur (terrorismo y crisis migratorias), especialmente en el mar Negro, Oriente Medio y el norte de África. Se trata de un triunfo diplomático para Erdogan, que logró convencer a sus aliados de que la seguridad de Europa se juega tanto en el Bósforo como en Varsovia. La “vitrina” tecnológica exhibida por Ankara Para Erdogan, esta cumbre representa, ante todo, una demostración del poder de la industria militar turca. Los avances tecnológicos del país han reforzado su peso en el tablero geopolítico regional e internacional. Al incorporar un foro industrial a la cumbre de la OTAN, Erdogan pone en primer plano a las 3500 empresas del sector de defensa de Turquía. Ya no es un país que únicamente solicita equipamiento, como sistemas de defensa antiaérea o cazas de quinta generación. Ahora también exhibe sus drones Bayraktar, que ya demostraron su eficacia en Ucrania, además de vehículos blindados y sistemas de defensa electrónica. Esta “vitrina” pone de relieve una realidad que se venía gestando desde hace dos décadas: el regreso de Turquía como una potencia relevante tras un siglo de eclipse. Sin embargo, la celebración de la cumbre en Ankara también provocó fuertes críticas de organizaciones no gubernamentales por la represión interna. Más de 200 opositores y activistas fueron detenidos de forma preventiva poco antes del encuentro, recordando que la estabilidad turca tiene un elevado costo político. La exigencia turca de eliminar las restricciones Ankara llegó a la cumbre con demandas muy claras. La primera consiste en levantar las restricciones comerciales dentro de la OTAN. Varios países occidentales, entre ellos Estados Unidos, Francia y Alemania, mantienen embargos de facto sobre componentes críticos necesarios para fabricar drones y sistemas de defensa. Estas limitaciones fueron impuestas tras la compra por parte de Turquía de los misiles rusos S-400 y sus operaciones contra las milicias kurdas en Siria, afectando seriamente a la industria de defensa turca. Erdogan considera estas medidas injustas. Grandes empresas como Baykar, fabricante de drones de ataque como el Bayraktar, o Turkish Aerospace Industries, productora de aviones de combate y helicópteros de ataque, dependen de la importación de motores y componentes occidentales específicos para cumplir con sus voluminosas carteras de pedidos y, sobre todo, para culminar el desarrollo del caza de quinta generación Kaan. El pulso industrial: SAFE y el SAMP/T La segunda exigencia turca se refiere al programa europeo SAFE (Security Action for Europe). Dotado de 150,000 millones de euros, este mecanismo financiero de la Unión Europea, creado en mayo de 2025, busca financiar compras conjuntas de armamento y fortalecer la industria militar europea de aquí a 2030. Hasta ahora, Turquía permanece excluida porque no se alinea plenamente con la política exterior europea. Erdogan considera esta exclusión discriminatoria: “Europa no puede repartir la carga de la defensa si excluye del presupuesto tecnológico al segundo ejército más grande de la OTAN”. El tercer asunto es el más complejo: el sistema de misiles franco-italiano SAMP/T (Sistema Tierra Aire de Alcance Medio). Este sistema constituye el equivalente europeo del Patriot estadounidense, cuya venta a Turquía fue restringida por Washington tras la adquisición de los S-400. El SAMP/T es un sistema móvil de defensa antimisiles y antiaérea de medio y largo alcance, altamente automatizado y de última generación. Turquía quiere acceder a esta tecnología para construir su propio escudo antimisiles, denominado “Steel Dome” o “Cúpula de Acero”. Aunque París y Roma han dado un giro estratégico al abrir la puerta a negociaciones para su suministro, el principal obstáculo sigue siendo tecnológico e industrial. Ankara exige transferencia de tecnología y coproducción en territorio turco, no simplemente autorización para comprar el sistema. Francia e Italia mantienen una postura cautelosa y reclaman garantías estrictas sobre la protección de la propiedad intelectual y la ausencia de interferencias con los sistemas rusos S-400. La afinidad entre Trump y Erdoğan frente al bloqueo del Congreso La cumbre también sirve de escenario para la “diplomacia de la amistad” entre Donald Trump y Recep Tayyip Erdogan. El presidente estadounidense no oculta su admiración por el “gran líder” turco. Esta relación personal ha permitido destrabar el expediente de los F-35. El inminente anuncio de Donald Trump sobre la reincorporación de Turquía al programa F-35 representa un importante giro geopolítico. Excluida del programa en 2019 tras adquirir los misiles rusos S-400, Ankara vive actualmente un claro acercamiento diplomático, reflejado también en un proyecto estadounidense para vender motores destinados al caza Kaan, mediante un contrato valorado en 700 millones de dólares. Sin embargo, el Congreso de Estados Unidos mantiene el veto legal que impide la entrega de los F-35, ya pagados y almacenados en territorio estadounidense, mientras Turquía conserve la tecnología rusa de los S-400, considerada una amenaza para las capacidades furtivas del avión. Para superar el estancamiento, Washington estudia revender esos sistemas S-400 a un tercer país neutral, como Corea del Sur. Este acercamiento altera el equilibrio de fuerzas tanto en Oriente Medio como en Europa y ha provocado una fuerte oposición de Israel y Grecia, que presionan a Washington para impedir la operación. El control del mar Negro Ankara, guardiana de los estrechos. Desde 2022, el mar Negro se ha convertido en un escenario de confrontación militar directa, alterando los corredores mundiales de exportación de cereales y energía. Como anfitriona de la cumbre de la OTAN, Turquía reafirma su papel de guardiana soberana de los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos, en virtud de la Convención de Montreux de 1936, aplicando sus disposiciones para restringir el acceso de buques de guerra pertenecientes a países no ribereños. Esta postura obliga a la Alianza a replantear su presencia naval y convierte a Ankara en un actor indispensable para la seguridad de una cuenca estratégica, altamente sensible y de acceso limitado. El MCM y la defensa colectiva en el mar Negro Frente a la creciente militarización de Crimea y al despliegue de sistemas rusos de misiles costeros, la OTAN creó una fuerza trilateral integrada por Turquía, Rumanía y Bulgaria, operativa desde julio de 2024: el MCM (Mine Countermeasures Black Sea Task Group). Su misión principal consiste en asegurar el mar Negro frente a minas a la deriva y posibles actos de sabotaje contra infraestructuras marítimas críticas. Turquía desempeña un papel central mediante rotaciones periódicas destinadas a proteger el flanco oriental de la Alianza, respetando al mismo tiempo la Convención de Montreux, un mecanismo clave para preservar el equilibrio regional y evitar una escalada abierta con Moscú.

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (11)
Por
Khalil Helou
Publicado
jul 5, 2026 - 01:56

Esta serie de artículos tiene como objetivo comprender mejor la situación actual en la escena libanesa a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pasan por alto la realidad, dejando al lector la tarea de sacar las conclusiones que correspondan. Las diez entregas anteriores abordaron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá, desde el Acuerdo de Taif hasta la guerra de 2006 y sus consecuencias. El despliegue del Ejército libanés en el sur del Líbano, conocido internacionalmente como las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL), entonces bajo el mando del general Michel Sleiman, fue ordenado por el gobierno de Fouad Siniora el 16 de agosto de 2006. Este despliegue, el primero desde 1968, comenzó de inmediato al amanecer del 17 de agosto con el cruce del río Litani mediante puentes militares metálicos y otros improvisados, ya que los puentes permanentes habían sido destruidos por los bombardeos israelíes. Aunque las FAL estaban mucho menos equipadas que en la actualidad y contaban con un número considerablemente menor de efectivos, este rápido despliegue marcó un punto de inflexión histórico al restablecer, por primera vez desde 1968, la presencia militar del Estado al sur del Litani, una zona controlada por Hezbolá desde el año 2000. Aprobada por el Consejo de Ministros el 7 de agosto e inscrita en el marco de la resolución 1701, la operación contemplaba un máximo de 15,000 soldados respaldados por la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano (FINUL), que también fue reforzada y aumentó su personal de 4,000 a 15,000 efectivos. Detalles del despliegue Las FAL desplegaron rápidamente un contingente inicial de 9,500 soldados en las primeras semanas al sur del río Litani. Ante la escasez de personal militar, se convocó a 5,000 reservistas para completar los efectivos. Las fuerzas desplegadas estaban integradas por cuatro brigadas de infantería, en particular la 6.ª, la 10.ª, la 11.ª y la 12.ª brigada, reforzadas inicialmente por el Regimiento de Comandos, regimientos independientes y destacamentos del Regimiento de Ingenieros. La fase de maniobra que dio inicio al despliegue incluyó el aseguramiento progresivo de las principales carreteras y de ciudades estratégicas como Marjayoun, Tiro, Nabatieh y Bint Jbeil, siguiendo un cronograma muy ajustado. El cruce del Litani y la ocupación de las primeras posiciones tácticas se ejecutaron el 17 de agosto, mientras que el control gradual de los principales nudos de comunicación continuó hasta finales de ese mes. El despliegue concluyó oficialmente el 1 de octubre de 2006, al mismo tiempo que se produjo la retirada casi total de las fuerzas israelíes, con la excepción del disputado sector de Ghajar, que en realidad es una aldea siria situada en los Altos del Golán ocupados. Sus habitantes son sirios o apátridas sin documentos de identidad y, desde 1975, han ampliado ilegalmente el pueblo hacia territorio libanés. Esta retirada israelí fue la segunda después de la del año 2000. En el plano estructural, el Ejército libanés creó un mando específico para la zona al sur del Litani, inexistente antes de agosto de 2006. Su cuartel general se estableció inicialmente en Tiro y luego fue trasladado al cuartel de Marjayoun, desde donde se coordinaban la planificación táctica, la logística y la cadena de mando local. La cooperación operativa se llevó a cabo en estrecha coordinación con la FINUL. Las FAL ocupaban posiciones específicas conforme los cascos azules certificaban la retirada israelí de esos puntos. Las misiones logísticas y de seguridad fueron intensas. Las unidades de ingenieros instalaron puentes Bailey suministrados por el Reino Unido para cruzar el Litani, realizaron operaciones de desminado en las carreteras, neutralizaron municiones sin explotar y aseguraron las rutas de acceso. Paralelamente, se establecieron decenas de puestos de control fijos y móviles en todos los caminos que conducían al sur para controlar el flujo de vehículos y personas. El objetivo político y operativo era claro: restaurar y afirmar la soberanía del Estado libanés sobre la zona, impedir la existencia de cualquier autoridad paralela y proceder, conforme al mandato, a la incautación de armas ilegales o visibles al sur del Litani. Esta misión despertó grandes expectativas, pero también anticipaba las tensiones que surgirían sobre el terreno en torno al estatus de las armas de Hezbolá y la aplicación efectiva del monopolio estatal sobre el uso de la fuerza. El compromiso entre el Estado y Hezbolá y el papel de Émile Lahoud Desde la década de 1990, primero como comandante en jefe del Ejército y posteriormente como presidente de la República en 2006, Émile Lahoud desempeñó un papel central en la protección del arsenal de Hezbolá, actuando como el principal garante institucional, militar y jurídico de que el movimiento no fuera desarmado. Además, presentó su arsenal ilegal, desde todas las perspectivas, como un complemento de las supuestamente limitadas capacidades de las FAL. Ya en 2004, cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la resolución 1559, que exigía el desarme de todas las milicias libanesas, incluida la milicia proiraní, Émile Lahoud utilizó el aparato institucional para impedir cualquier aplicación de la resolución contra Hezbolá. Aprovechando su mandato presidencial, prorrogado exclusivamente por imposición del régimen sirio, Lahoud, ante la imposibilidad de otorgar un estatus legal a Hezbolá, utilizó su tribuna para afirmar que la resolución no se aplicaba al partido proiraní, al que definió como un “movimiento de liberación nacional” y de “resistencia”, en lugar de una milicia, otorgándole así cierta legitimidad. Esta postura bloqueó los intentos administrativos y militares de registrar o incautar las armas de Hezbolá e impidió cualquier medida coercitiva orientada a su desarme. Durante la guerra de julio de 2006 y las deliberaciones gubernamentales en torno a la resolución 1701, Lahoud se consolidó como el defensor inflexible de los intereses estratégicos de Hezbolá en la cúspide del Estado, pese a que el gobierno de entonces tenía un carácter histórico. Fue el primero formado tras el fin de los 30 años de ocupación siria del Líbano y también el primero en integrar a ministros de Hezbolá junto con ministros contrarios a Siria, en un gobierno de unidad nacional. El primer ministro era Fouad Siniora, perteneciente a la coalición soberanista del 14 de marzo, que contaba con la mayoría de los 24 ministros. El gabinete también incluía a cinco ministros de la coalición formada por Hezbolá y el Movimiento Amal de Nabih Berri, además de otros ministros cercanos a Émile Lahoud. Durante las tensas sesiones del Consejo de Ministros de agosto de 2006, mientras el bloque mayoritario del gobierno buscaba obtener un mandato claro para que el Ejército confiscara las armas al sur del Litani, Lahoud estableció una línea roja absoluta. Bajo su presión, respaldada por los ministros afines a él y por los cinco ministros de la coalición Hezbolá-Amal, el gobierno aprobó un compromiso operativo conocido como la “doctrina de la invisibilidad”. Según esta doctrina, el Ejército podía desplegarse en el sur, pero sin realizar registros sistemáticos en propiedades privadas ni proceder al desarme forzoso mientras las armas no fueran visibles en espacios públicos. En la práctica, esto frustró desde el inicio la aplicación de la resolución 1701 y sembró las semillas del conflicto que vendría después. Como presidente y comandante supremo de las Fuerzas Armadas Libanesas, Lahoud se aseguró de que las órdenes transmitidas al comandante en jefe del Ejército, el general Michel Sleiman, no incluyeran ninguna misión destinada a incautar depósitos de armas, garantizando así que la infraestructura militar de Hezbolá, con frecuencia subterránea u oculta, permaneciera intacta. Respaldado por Siria, cuya influencia seguía siendo considerable en el Líbano pese a la retirada de su ejército del territorio libanés, Émile Lahoud ofreció así a Hezbolá un “paraguas estatal” que incluía no solo protección política, sino también una justificación discursiva. Lahoud utilizó su capacidad de bloqueo institucional para permitir que el partido proiraní preservara inicialmente su arsenal y, durante la década siguiente, lo consolidara y ampliara sin temor a una intervención de los organismos de seguridad libaneses. Esta estrategia tuvo como consecuencia afianzar de forma duradera el papel de Hezbolá bajo el amparo de una retórica de defensa nacional y de preservación de un arsenal ilegal, percibido como un componente aceptado, cuando no legitimado, del panorama estratégico libanés. Leer también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (10) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (9) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (1)

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (10)
Por
Khalil Helou
Publicado
jun 22, 2026 - 15:05

Esta serie de artículos tiene como objetivo arrojar luz sobre la situación actual a través del prisma de la historia, dejando de lado las narrativas apasionadas, ideológicas o romantizadas que se alejan de la realidad y dejando que los lectores saquen sus propias conclusiones. Los nueve capítulos anteriores ofrecieron una revisión de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá al poder, desde el Acuerdo de Taif hasta la retirada israelí del Líbano en mayo de 2000, el establecimiento de una zona controlada por Hezbolá en el sur y la guerra de 2006. Este artículo aborda las lecciones de la guerra de 2006 y sus consecuencias. En la operación "Promesa Verdadera" (el-Wa3ed el-Sadek, nombre dado a la guerra de julio de 2006), Hezbolá empleó tácticas basadas en una guerra híbrida asimétrica, combinando hábilmente técnicas tradicionales de guerrilla, el uso intensivo de misiles antitanque de última generación y de doble propósito, y una defensa en profundidad en toda la zona al sur del río Litani y en partes de su margen norte. Un elemento central de esta estrategia fue la llamada táctica de las "reservas naturales", una compleja red de túneles y búnkeres subterráneos diseñados para permanecer invisibles frente a la superioridad aérea israelí, al tiempo que permitían realizar emboscadas. Este enfoque defensivo se inspiró en las tácticas del Viet Cong y del Ejército de Vietnam del Norte durante su guerra contra Estados Unidos (1964-1973), cuando las fuerzas estadounidenses gozaban de una supremacía aérea indiscutible. El grupo proiraní demostró una extraordinaria capacidad en el uso de misiles antitanque de cuarta generación, como se explicó anteriormente. Al mismo tiempo, mantuvo un hostigamiento constante contra el norte de Israel, que permaneció paralizado durante toda la guerra debido al lanzamiento diario de cohetes Katyusha, aproximadamente 4000 en total, con un promedio de entre 100 y 120 por día, disparados desde plataformas móviles ocultas. Además, los combatientes de la milicia no necesitaban líneas de suministro logístico, ya que las armas, municiones, alimentos y suministros de supervivencia habían sido almacenados en depósitos subterráneos durante seis años, y la guerra solo duró 33 días. Finalmente, Hezbolá libró una agresiva guerra mediática: el canal Al-Manar transmitía los discursos de Hassan Nasrallah, que funcionaban como un arma psicológica destinada a movilizar a sus seguidores y debilitar la moral pública israelí. En este sentido, y como ejemplo revelador, el 14 de julio de 2006, combatientes de Hezbolá atacaron una corbeta israelí frente a la costa de Beirut utilizando un misil antibuque de precisión C-802 Silkworm de fabricación china, suministrado por Irán, tomando completamente por sorpresa a la inteligencia israelí. El ataque provocó la muerte de cuatro marineros. El incidente representó un gran impacto táctico: los sistemas automatizados de defensa del barco no habían sido activados, ya que el mando había considerado inexistente la amenaza de misiles antibuque. En un discurso transmitido en vivo por radio, Hassan Nasrallah invitó a los ciudadanos libaneses a mirar hacia el mar y observar cómo la embarcación ardía, un momento que se convirtió en un punto de inflexión decisivo en la guerra psicológica del conflicto. Resumen de las tácticas israelíes Por su parte, el ejército israelí adoptó una estrategia centrada en la superioridad aérea, la alta tecnología de la época y las operaciones de precisión. Sin embargo, mostró una considerable reticencia a lanzar una ofensiva terrestre a gran escala, aparentemente decidido a repetir el modelo de la Segunda Guerra del Golfo en 1991, cuando las fuerzas de la coalición liderada por Estados Unidos llevaron a cabo una prolongada campaña aérea antes de avanzar por tierra en la Operación Tormenta del Desierto. El jefe del Estado Mayor israelí, Dan Halutz, quien había sido piloto de combate, no logró adaptar su estrategia a las nuevas realidades del terreno libanés impuestas por Hezbolá. La fuerza aérea israelí logró destruir casi todos los misiles de largo alcance de Hezbolá (Fajr y Zelzal) durante las primeras horas del conflicto, junto con una gran cantidad de plataformas de lanzamiento, puestos de mando y depósitos de municiones del grupo. También consiguió aislar el sur del Líbano mediante la destrucción de puentes y carreteras estratégicas. Finalmente, se llevaron a cabo exitosas incursiones profundas de comandos, como la operación en Baalbek, donde una unidad de fuerzas especiales israelí tomó el control de un hospital el 2 de agosto de 2006, matando a 10 combatientes de Hezbolá y a 6 civiles, y capturando a varios civiles que posteriormente fueron liberados. En el frente de las operaciones terrestres, el avance hacia el río Litani solo se logró parcialmente. Las tropas de élite consiguieron penetrar, pero nunca pudieron establecer un control efectivo sobre la ribera sur del río antes de que entrara en vigor el alto el fuego el 14 de agosto. La incapacidad de las unidades de infantería y blindadas para asegurar el terreno frente a los misiles antitanque y detener el lanzamiento de cohetes contra el norte de Israel representó el principal fracaso estratégico. Las pérdidas de equipamiento del ejército, además de los tanques Merkava y la embarcación naval dañada, incluyeron un helicóptero derribado por un misil antitanque, otros dos dañados en una colisión y varios drones. Esta guerra marcó el final de la carrera militar del jefe del Estado Mayor Dan Halutz, quien actualmente (2026) es un firme opositor de Netanyahu y participa con frecuencia en las calles al frente de protestas contra el primer ministro. La guerra de los 33 días: consecuencias Del lado libanés, el número de muertos se estima en 1100 civiles, 43 soldados y policías libaneses, aunque no eran combatientes, 5 soldados de la ONU, entre 250 y 600 combatientes de Hezbolá, 31 milicianos aliados de Hezbolá y 52 civiles extranjeros. Del lado israelí, murieron 165 personas, incluidos 119 soldados. Las pérdidas materiales libanesas incluyeron 30,000 viviendas destruidas total o parcialmente en el sur del Líbano y en los suburbios del sur de Beirut, además de puentes, carreteras e infraestructura. En total, los daños fueron estimados entre 5,000 y 7,000 millones de dólares. El número de desplazados hacia Beirut y el Monte Líbano alcanzó cerca de 685,000 personas, mientras que 200,000 huyeron hacia Siria y entre 300,000 y 500,000 personas fueron desplazadas del norte de Israel. Fin del conflicto: Resolución 1701 El conflicto terminó el 14 de agosto de 2006, tras la adopción de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU. En ese momento, Israel ocupaba una zona de amortiguación de aproximadamente 10 a 30 kilómetros de profundidad desde la Línea Azul. Tan pronto como se anunció el alto el fuego, y pese a las carreteras destruidas, los habitantes desplazados regresaron masivamente a sus pueblos en el sur. Este fue el cuarto retorno de desplazados al sur del Líbano, provocado no por una liberación territorial mediante la fuerza, sino por la presión internacional, en la que Irán y Hezbolá siempre han confiado, como ocurrió en 1993, 1996 y 2000, con el objetivo de estabilizar Oriente Medio mediante acuerdos que invariablemente demostraron ser temporales. La Resolución 1701 buscaba establecer una "zona de seguridad" en el sur del Líbano, entre la Línea Azul y el río Litani, ubicado aproximadamente 30 kilómetros al norte. Sin embargo, su implementación fue selectiva e incompleta, lo que condujo a la situación que prevalece actualmente. Por primera vez en casi treinta años, el ejército libanés desplegó 15.000 soldados a lo largo de la frontera sur, afirmando el principio de autoridad estatal, en contraste con la retórica del entonces presidente Emile Lahoud, quien se había negado sistemáticamente a desplegar al ejército en el sur para mantener la región bajo el control de Hezbolá. También conforme a la Resolución 1701, el ejército israelí se retiró de las zonas que había ocupado durante la ofensiva terrestre, y la FINUL fue reforzada masivamente, pasando de 3000 a cerca de 10,000 cascos azules, con un mandato ampliado para supervisar el cese de hostilidades y ayudar al ejército libanés a implementar la Resolución 1701. Sin embargo, nada de esto ocurrió durante los 17 años siguientes… La Resolución 1701 establecía que ningún grupo armado, excepto el ejército libanés y la FINUL, debía estar presente entre el río Litani y la frontera. Sin embargo, las facciones dominantes dentro del gobierno libanés optaron por la sumisión, sin una visión estratégica y sin aprovechar la presión internacional. Hezbolá, en colaboración con ellas, aceptó retirar a sus combatientes uniformados y sus armas pesadas visibles, pero mantuvo una presencia clandestina completa. Reconstruyó su red de túneles y búnkeres subterráneos y reconstituyó y modernizó masivamente su arsenal, incluyendo decenas de miles de cohetes, justo bajo la supervisión de la FINUL, a través de Siria, que funcionó como un puente terrestre entre Líbano e Irán. Israel, por su parte, continuó violando diariamente el espacio aéreo libanés, argumentando que era necesario para vigilar las actividades de Hezbolá ante la ausencia de una aplicación real de las disposiciones de desmilitarización. La Resolución 1701 logró mantener una estabilidad relativa y evitar una guerra total durante 17 años, hasta octubre de 2023, pero nunca resolvió el problema de fondo: la presencia militar de Hezbolá en el sur del Líbano. Lea también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (9) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (1)

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (9)
Por
Khalil Helou
Publicado
jun 11, 2026 - 16:08

Esta serie de artículos tiene como objetivo comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pasan por alto las realidades y dejan al lector sacar las conclusiones que se imponen. Las ocho entregas anteriores abordaron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso del poder de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif, pasando por la retirada del ejército israelí del Líbano en mayo de 2000, la instauración de un “Hezbolistán” en el sur y la guerra de 2006. El presente artículo explora las consecuencias y el desarrollo posterior de la guerra de 2006. La batalla de Wadi al Houjeyr, también conocida como batalla de Wadi Slouqi, en el sector central de la frontera entre Líbano e Israel, tuvo lugar entre el 11 y el 13 de agosto de 2006. Fue uno de los enfrentamientos más costosos para el ejército israelí. El objetivo de las fuerzas del Estado hebreo era cruzar el valle de Slouqi hacia el norte para alcanzar el río Litani antes de la entrada en vigor del alto el fuego que ya se perfilaba. El valle de Slouqi, conocido también como Wadi al Houjeyr, es un paso escarpado y encajonado. En este lugar, los combatientes de Hezbolá utilizaron masivamente misiles antitanques Kornet, capaces de perforar blindajes dobles, disparados desde posiciones ocultas en las alturas y en las aldeas circundantes. Tan pronto como los tanques Merkava israelíes ingresaron en el paso, quedaron atrapados bajo fuego cruzado de misiles Kornet. La falta de coordinación inicial entre la infantería y las unidades blindadas de los atacantes dejó a estas últimas sin protección frente a los tiradores de misiles emboscados. Se suponía que la infantería debía cubrir el avance de los tanques mediante fuego de mortero para dificultar la acción de los operadores de misiles ocultos, algo que no se realizó de manera eficaz. Esta batalla es citada con frecuencia por los partidarios de Hezbolá como la “masacre de los Merkava”. Las pérdidas israelíes ascendieron a 33 soldados muertos y decenas de heridos, además de una veintena de tanques Merkava alcanzados, dos de ellos destruidos. Del lado de Hezbolá se contabilizaron alrededor de 40 muertos. El ejército israelí logró finalmente cruzar el valle el 13 de agosto; sin embargo, la entrada en vigor del alto el fuego el 14 de agosto de 2006 detuvo cualquier avance posterior. En este eje, las tropas israelíes habían atravesado la localidad de Ghandourieh y detuvieron su progresión al norte de esa población, a pocos kilómetros del Litani, su objetivo inicial. Ataques contra puentes, carreteras e infraestructuras Durante la guerra de 2006, Israel atacó en 33 días 109 puentes y 130 carreteras en todo el Líbano. Uno de los objetivos era el aislamiento táctico del sur del país mediante la destrucción de los puentes sobre el río Litani para cortar las vías de comunicación entre el sur y Beirut. Esta acción buscaba impedir que Hezbolá enviara refuerzos, municiones y equipamiento militar al frente. También perseguía otros dos objetivos. El primero consistía en impedir que Hezbolá desplegara misiles pesados en regiones libanesas distintas al sur del país. Un ejemplo fue la destrucción de un puente que conectaba Baabda con Beirut después del despliegue de un misil que había cruzado por esa vía oculto dentro de un contenedor de 40 pies en la carretera Baabda-Wadi Chahrour. El segundo objetivo era impedir el traslado fuera del país de los dos soldados israelíes capturados al inicio de la guerra, destruyendo los puentes y carreteras que conducían hacia Siria. Los bombardeos contra infraestructuras consideradas “vitales”, entre ellas el Aeropuerto Internacional Rafic Hariri y la central eléctrica de Jiyeh, tenían como propósito paralizar la economía libanesa y presionar al gobierno para que desarmara a Hezbolá. La destrucción de estas vías dificultó gravemente la llegada de ayuda humanitaria, transformando numerosas localidades del sur en zonas aisladas. Esta estrategia se inscribía en el marco de la doctrina Dahiya (o Dahieh), una táctica militar israelí de guerra asimétrica que promueve el uso de una fuerza masiva y desproporcionada contra infraestructuras civiles en zonas que sirven de base a Hezbolá, Hamás y otros grupos armados, como respuesta a ataques contra territorio israelí. Adoptada desde la guerra de 2006 y formulada oficialmente en 2008 por Gadi Eizenkot, entonces jefe del Estado Mayor israelí, esta doctrina considera que las aldeas o barrios desde los cuales se lanzan misiles no son zonas civiles, sino bases militares. Las causas de los fracasos tácticos israelíes Una comisión de investigación del gobierno israelí, presidida por el juez retirado Eliyahu Winograd, fue encargada de examinar los errores políticos y militares de Israel durante la guerra de 2006 contra Hezbolá. El informe final concluyó que Israel había sufrido un fracaso estratégico y militar, señalando deficiencias de mando y preparación. Como consecuencia, el Estado hebreo reformó su doctrina terrestre, aceleró el desarrollo de un sistema de defensa antimisiles de corto alcance conocido como Cúpula de Hierro y generalizó la instalación de un sistema de protección activa denominado Trophy en sus vehículos blindados. Este sistema, que posteriormente fue vendido al ejército estadounidense, consiste en interceptar misiles antitanques antes de que impacten contra el blindaje de los vehículos. Un carro de combate Merkava durante maniobras en el Néguev. (AFP) El informe Winograd reveló además la vulnerabilidad del tanque Merkava frente a los cohetes RPG-29 y los misiles de precisión Kornet y Metis-M utilizados por Hezbolá. Todos ellos emplean cargas en tándem, es decir, dobles cargas explosivas capaces de perforar el Merkava, equipado con blindaje doble interno y externo. El blindaje exterior es reactivo, lo que significa que explota para desviar los misiles antitanque convencionales; sin embargo, las municiones de carga en tándem están diseñadas para superar esa protección y penetrar el vehículo. Durante la guerra de 2006, 52 tanques Merkava fueron alcanzados por este tipo de municiones, causando la muerte de 30 soldados. De esos vehículos, cinco fueron destruidos por completo. Entre los restantes, 24 fueron perforados y 23 sufrieron daños menores. Los 47 tanques no destruidos fueron posteriormente reparados y reincorporados al servicio. Más allá de la eficacia de los cohetes y misiles de carga en tándem, el informe Winograd sostiene que los Merkava fueron alcanzados principalmente debido a errores tácticos sistémicos en su empleo. El documento también critica la falta de cooperación entre la aviación, la infantería y las fuerzas blindadas israelíes, así como la preparación insuficiente de los reservistas, quienes no habían realizado maniobras blindadas durante seis años. Un precedente en la historia militar El uso masivo de cohetes RPG-29 y misiles Kornet y Metis, todos equipados con cargas en tándem, marcó un punto de inflexión en la historia militar. Aunque estas armas ya habían sido empleadas de manera esporádica durante la guerra de Chechenia en los años noventa y durante la guerra de Irak contra las fuerzas estadounidenses en 2003, el conflicto de 2006 demostró por primera vez la eficacia de su uso masivo por parte de una milicia contra tanques equipados con blindaje reactivo. Además, las sofisticadas tácticas de Hezbolá y los preparativos realizados para esta guerra evidenciaron la magnitud de la implicación iraní en el Líbano y constituyeron una importante lección estratégica en materia de guerras asimétricas. Muy probablemente, los ucranianos extrajeron enseñanzas de este conflicto, ya que sus tácticas durante las primeras semanas de la ofensiva rusa de 2022 presentaron numerosas similitudes con las empleadas por Hezbolá. La diferencia radicaba en que sus misiles antitanques de carga en tándem eran de fabricación occidental: el Javelin, equivalente al Kornet, y el NLAW, equivalente al Metis-M. Leer sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (1)

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