
La búsqueda de cobertura cristiana por parte de Hezbolá para sus armas y para su rechazo a las negociaciones directas con Israel da la medida de la profundidad de la crisis que atraviesa un partido que, en esencia, no es más que una milicia confesional al servicio de la Guardia Revolucionaria iraní. El Hezbolá que conocimos, con todo su poder, su arsenal y sus recursos financieros, pertenece ya al pasado. En realidad, un partido que se creía capaz de desempeñar papeles mucho más allá del Líbano, en Siria, Yemen y, en cierto momento, Bahréin, por citar sólo algunos ejemplos, está en bancarrota. Nada ilustra mejor esa bancarrota que la reapertura de viejos libros de cuentas, empezando por el de su relación con la Corriente Aounista y con Michel Aoun, cuya única ambición era llegar a la presidencia de la República al precio que fuera. Sólo un comerciante en bancarrota vuelve a revisar sus antiguos registros convencido de que todavía le quedan deudas por cobrar. Hezbolá parece no darse cuenta de que la Corriente Aounista, encabezada actualmente por el diputado Gebran Bassil, está tan en bancarrota como él. A Bassil y a quienes se le parecen les queda poco más que tratar de reflotarse tomando distancia de las armas de Hezbolá, tanto para satisfacer lo que aún queda de su base cristiana como para insistir en que el Ejército libanés debe ser el único que tenga el monopolio de las armas. ¿Desde cuándo la Corriente Aounista muestra tanta preocupación por el Ejército libanés? Durante diez años, a partir de la firma del documento de Mar Mikhaël con Hassan Nasrallah en febrero de 2006, Michel Aoun fue sometido a una larga serie de pruebas impuestas por Hezbolá. Las aprobó todas. Entre ellas, justificar la muerte, a manos de un miembro de Hezbolá, del oficial piloto Samer Hanna, simplemente porque había volado en helicóptero hacia una zona del sur del Líbano controlada por el partido. Aoun llegó incluso a justificar la muerte de un oficial libanés que sobrevolaba territorio libanés preguntando: «¿Qué fue a hacer allí?». Hoy se pide a una fuerza en bancarrota que dé cobertura a otra igualmente quebrada. Una reunión entre una delegación de Hezbolá y una delegación aounista no cambiará nada. Tampoco servirá de mucho la gira de una delegación del partido entre otras fuerzas políticas para justificar la conservación de un arsenal que no es más que un instrumento al servicio de Irán y de su proyecto expansionista en la región. Ese proyecto se derrumbó en Siria antes de empezar a tambalearse en el propio Irán, hoy embarcado en una guerra en la que está en juego el futuro de su régimen, el de la República Islámica. El régimen iraní parece haber perdido contacto con las transformaciones que han reconfigurado al mundo y a la región desde el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás lanzó la operación «Diluvio de Al-Aqsa» contra localidades israelíes en torno a Gaza. Después del 7 de octubre, Israel cambió. La región cambió. Irán se negó a cambiar. Lo sorprendente es que Hezbolá siga buscando cobertura para sus armas mientras el sur del Líbano vive una verdadera tragedia. Esa tragedia ha significado el regreso de una ocupación que había terminado en 2000, con la destrucción por parte de Israel de alrededor de setenta aldeas y el desplazamiento de más de un millón de ciudadanos. Nada de esto parece importar al partido. Su principal preocupación es encontrar una justificación interna para conservar sus armas. Un partido subordinado a Irán considera que preservar su arsenal es más importante que poner fin a la ocupación. Sabe que su propia existencia depende de esas armas, que nunca han sido otra cosa que un instrumento destinado a someter al ciudadano libanés y al Estado libanés y a colocar a ambos bajo tutela iraní. ¿Quién en el Líbano está todavía dispuesto a dar cobertura a unas armas milicianas y confesionales cuya consecuencia más inmediata es la perpetuación de la ocupación israelí? La Corriente Aounista ya no es el interlocutor adecuado para ofrecer esa cobertura. Ya obtuvo de Hezbolá y de sus armas lo que buscaba: la llegada de Michel Aoun al palacio de Baabda. A Hezbolá le queda una sola carta: el presidente del Parlamento, Nabih Berri. Cabría haber esperado de él una manera distinta de recordar la desaparición del imán Musa al-Sadr, en lugar de pronunciar un discurso completamente desconectado de las realidades políticas del Líbano y de la región. Berri habló como si el país siguiera viviendo en los años ochenta. En 1983, el régimen sirio de Hafez al-Assad desempeñó un papel decisivo en hacer fracasar el Acuerdo del 17 de mayo. Sin embargo, con la actual correlación de fuerzas, difícilmente podrá el Líbano obtener algo mejor. Aun así, no conviene subestimar la posición de Nabih Berri. Parece tener sus propias razones para negarse a afrontar la realidad libanesa, ignorar lo que ocurre efectivamente sobre el terreno en el sur del Líbano y contemporizar con Irán hasta el límite. ¿Comprende el líder del movimiento Amal, que proporciona a Hezbolá una cobertura política sustancial, las consecuencias de lo que está haciendo, cuando podría afrontar la realidad del Líbano y la del sur del Líbano en lugar de evadirlas? Entre una Corriente Aounista reducida a una cobertura ya muy debilitada y Nabih Berri, que intenta proyectar la imagen de una comunidad chiita cohesionada y mostrar que no existe una diferencia real entre Amal y Hezbolá, permanece una pregunta fundamental: ¿quién pondrá fin a la ocupación israelí y a qué precio? Una cosa es segura: las armas de Hezbolá amenazan ahora al propio sur del Líbano y quizá al Líbano entero, cualquiera que sea la cobertura que el partido todavía consiga de fuerzas que, a su vez, necesitan que alguien las cubra.







