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Análisis

El Hezb o la hegemonía a través de la censura y la sanción

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Por Mona Fayad
Publicado jun 11, 2026 - 11:36

Entre 1984 de George Orwell y El extranjero de Albert Camus existe un hilo común en la descripción de los mecanismos de control, o más bien del marco general de dominación, que guarda una singular relación con lo que ha ocurrido en Líbano durante los últimos años, desde que el poder se consolidó en manos de Hezbolá y bajo su dirección.

Existe una extraña convergencia entre los universos de Orwell y Camus, aunque a primera vista parezcan completamente distintos: el mundo de la opresión externa en Orwell y el mundo del absurdo y el desapego existencial en Camus.

En Orwell, el individuo está sometido a una vigilancia externa absoluta. El Gran Hermano no solo supervisa los comportamientos, sino que intenta apropiarse de la propia conciencia. El objetivo no se limita a la obediencia, sino que busca borrar cualquier posibilidad de disidencia interior. La libertad está amenazada desde el exterior y el individuo, Winston, intenta recuperar su propia esencia mediante la rebelión.

En Camus, la situación es casi la inversa. Ninguna autoridad totalitaria visible vigila al protagonista, Meursault. El problema no es una supervisión externa, sino un vacío interior. Meursault no se rebela porque simplemente no ve nada que merezca oposición. Sin embargo, la sociedad no tolera esa neutralidad: lo juzga no solo por su crimen, sino también por su falta de conformidad emocional, por no haber llorado en el funeral de su madre.

En 1984, la sociedad impone una vigilancia total y el individuo intenta escapar de ella para recuperar su humanidad. En El extranjero, el individuo no se somete espontáneamente a las normas establecidas y la sociedad ejerce sobre él una vigilancia retrospectiva para devolverlo al “comportamiento adecuado”.

En otras palabras, Orwell describe una sociedad que previene la disidencia antes de que ocurra, mientras que Camus describe una sociedad que la castiga una vez que se ha manifestado. La opresión en Orwell es política e institucional; en Camus es moral y social.

En el universo de Orwell, el individuo no puede apartarse de la norma porque la vigilancia es preventiva y total. Y si aun así se desvía, como ocurre con Winston, será completamente reformateado y obligado a amar al propio poder. Esta “restitución” resulta aún más aterradora porque no consiste en un regreso a un comportamiento ordinario, sino en una recreación del ser humano desde su interior.

En ambas obras, la sociedad no tolera el alejamiento del “modelo” y ejerce una vigilancia cuyo objetivo final es devolver al individuo a la norma, ya sea mediante la persuasión coercitiva, en Camus, o mediante una reprogramación completa, en Orwell.

En Camus, la norma es moral y social, y lo que se exige es sentir correctamente. En Orwell, la norma es política e ideológica, y lo que se exige es pensar correctamente. Ambos universos plantean algo profundamente inquietante: el problema no radica únicamente en la conducta, sino en el hecho de que la sociedad aspira a unificar la propia interioridad humana, ya sean los sentimientos o los pensamientos. Meursault es condenado porque no siente como debería; Winston es destruido porque no piensa como debería.

Si ahora reemplazamos la palabra “sociedad” por “Hezbolá”, ¿no descubrimos acaso que este partido ha llevado a cabo una forma de opresión semejante a la descrita por Orwell en 1984, mientras trata a sus partidarios y defensores del mismo modo en que la “sociedad” trata a Meursault en la novela de Camus?

Aplicada a Hezbolá, esta lectura revela que el partido ha llevado a cabo una recomposición de la conciencia colectiva, mediante la persuasión, la identidad y el relato, en un registro cercano al “Orwell simbólico”, recurriendo al mismo tiempo al castigo directo frente al rechazo, algo más próximo al “Camus concreto”. Incluso añadió a su sistema de vigilancia una dimensión religiosa, mediante acusaciones de apostasía y de ruptura con la fe. Su supervisión de los comportamientos sociomorales se asemeja también a la que aparece en Camus: llega incluso a prohibir la expresión de ciertas formas de duelo, puesto que “el mártir ha ascendido a los cielos con alegría”.

Lo que resulta más temible que la muerte es ser reformateado hasta el punto de dejar de percibirse como alguien distinto del poder o de la comunidad.

Es precisamente ahí donde Orwell y Camus convergen en el método que Hezbolá ha practicado: el primero al expresar la fractura de la interioridad, el segundo al expresar el castigo de quienes se niegan a encajar en “el marco establecido” mediante la cultura del sahsouh (N. del T.: castigo impuesto a quien se atreve a expresar una opinión contraria a las fuerzas dominantes).

Se entiende entonces que la dominación de Hezbolá sobre una gran parte de la comunidad chiita y sobre resortes fundamentales del Estado libanés no ha sido el resultado de un único factor simple, ni puede explicarse únicamente por la fuerza militar o por la legitimidad popular. Lo ocurrido es el producto de una acumulación histórica compleja que combina violencia, control identitario y una profunda reconfiguración interna de la sociedad.

Para comprender este proceso es necesario analizar tres mecanismos estrechamente articulados entre sí.

I. La coerción: fundación del poder e imposición de los hechos consumados

Durante la década de 1980, en el contexto de la guerra civil libanesa, la confrontación no era únicamente política: era una lucha por la existencia y la hegemonía dentro de la propia comunidad. Este período estuvo marcado por la eliminación o marginación de corrientes intelectuales y militantes, entre ellas las representadas por Hassan Hamdane, Hussein Mroué y otros, incluidos miembros de la resistencia con afiliaciones comunistas, izquierdistas o liberales. También hubo enfrentamientos entre Hezbolá y otras fuerzas chiitas, especialmente el movimiento Amal, en lo que se conoció como la “guerra entre hermanos”. Hezbolá recurrió a la violencia, los secuestros y la disuasión directa tanto contra el entorno libanés como contra actores extranjeros: atentados contra embajadas, toma de rehenes, entre otros. Asimismo, impuso determinados comportamientos mediante la fuerza o la amenaza en distintas comunidades.

Esto significa que Hezbolá no surgió en un entorno de “adhesión libre”, sino en uno parcialmente reconfigurado por la coerción. Nos encontramos aquí ante lo que podría denominarse la fase fundacional orwelliana, aquella en la que primero se imponen las fronteras y después se construye la legitimidad.

II. El control social o la transformación de la coerción en “comportamiento natural”

Tras la consolidación de la hegemonía, se produjo la transformación más decisiva: ya no se trataba únicamente de controlar, sino de reconfigurar la sociedad desde dentro.

Este proceso se llevó a cabo mediante la imposición de normas de conducta religiosas, sociales y culturales; mediante intentos de imponer el uso del velo a través de amenazas de desfiguración con ácido y posteriormente mediante incentivos económicos, entregando sumas de dinero a cambio de llevarlo. Luego se construyó una rígida dicotomía entre “resistente” y “traidor”, entre “conforme” y “desviado”, mientras una intensa presión social recaía sobre los disidentes, desde ataques a su reputación hasta el aislamiento y las acusaciones de traición.

En esta etapa, la opresión ya no era siempre directa: se había vuelto difusa e integrada en el propio tejido social. La sociedad había comenzado a vigilar a sus propios miembros. Aquí reaparece la lógica camusiana: el individuo no es castigado únicamente por lo que hace, sino por negarse a ajustarse al modelo colectivo.

III. La construcción del marco que produce convicción e identidad

La etapa más decisiva para el éxito de este modelo fue la construcción de un relato poderoso capaz de dar sentido a todo lo anterior.

Este relato se apoyó en la idea de la resistencia y la dignidad, en la protección de la comunidad frente a amenazas externas, en la exaltación del sacrificio, el sufrimiento y el martirio, así como en la fusión de lo religioso con lo político y lo identitario. Paralelamente, se desarrollaron redes de servicios sociales, instituciones educativas, sanitarias y culturales, junto con una arquitectura de solidaridad interna visible en la multiplicación de celebraciones religiosas y la creación de rituales y costumbres importados en gran medida de Irán.

Fue entonces cuando se produjo la transformación decisiva: el paso de una sociedad sometida a una sociedad convencida, al menos en parte. Es en la obra de Erich Fromm donde encontramos una explicación para este comportamiento: el ser humano no solo huye de la opresión, sino que a veces elige la conformidad porque le proporciona una sensación de seguridad y pertenencia a la comunidad.

IV. El recurso a la coerción y la represión política

A pesar del éxito del control social y de la construcción de un cuerpo de creencias compartidas, la coerción política siguió presente en los momentos de crisis. Se manifestó a través de acontecimientos internos decisivos como los de 2008, mediante un clima de asesinatos y disuasión política que se extiende desde el asesinato de Rafic Hariri hasta el de Lokman Slim, y mediante la consolidación de líneas rojas infranqueables: los Acuerdos de Doha, el tercio de bloqueo y las camisas negras.

Estos episodios cumplen una función fundamental: recordar permanentemente que la fuerza sigue presente. De este modo se mantiene un equilibrio entre la convicción por un lado y el miedo por el otro.

V. ¿Cómo se constituyó el “consentimiento aparente”?

Lo que parece ser un “consentimiento” dentro de este entorno no puede simplificarse: es el resultado de una compleja combinación de factores. Convicción genuina en una parte de la población, adaptación en otra, miedo o silencio en otros sectores, junto con la ausencia de alternativas creíbles que completen el panorama. El “consentimiento” es, en realidad, una estructura compuesta y no una posición uniforme.

Al final de este largo recorrido, nos encontramos en una situación en la que el partido ya no domina únicamente mediante la fuerza, sino también a través de la identidad y del marco mediante el cual el individuo se comprende a sí mismo, interpreta su sufrimiento y justifica sus decisiones, percibiéndolas como lógicas, legítimas y dotadas de sentido. La propia sociedad participa entonces, al menos parcialmente, en la reproducción de esta hegemonía. El control deja de ser exclusivamente externo para convertirse también en interno.

¿Qué ocurre hoy?

Sin embargo, las transformaciones recientes, bajo la presión de los acontecimientos regionales y de la violencia externa, han generado una brecha entre el relato y la realidad, así como cuestionamientos internos que permanecen en gran medida silenciosos y procesos de reevaluación que rara vez se expresan públicamente. Al mismo tiempo, la amenaza exterior sigue reforzando la cohesión interna y la presión social impide una explosión abierta de esas tensiones.

Por ello, hoy atravesamos una etapa de sacudida silenciosa, sin que se vislumbre todavía una transformación clara ni definitiva en el horizonte.

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