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Análisis

Entre la disciplina, la resistencia silenciosa y el inicio de una rebelión

Una lectura de los entornos del Hezbolá

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Por Mona Fayad
Publicado jun 1, 2026 - 05:58

La publicación de dos llamados impulsados por activistas de Tiro y Nabatiyeh, dirigidos al Estado libanés para que proteja estas dos ciudades históricas frente a la amenaza israelí de borrarlas del mapa, despliegue allí al ejército y a las fuerzas de seguridad, y las convierta en ciudades abiertas y desmilitarizadas, constituyó el primer acto de resistencia pública y organizada en el entorno chiita. Un entorno en el que, en los últimos tiempos, se han multiplicado las voces que llaman a superar el miedo y a elevar el tono de la protesta contra quienes han confiscado su historia, su presente y su futuro para vengar a Khamenei. Sin embargo, estos activistas fueron objeto de una campaña de amenazas, difamación y ataques a su honor que llevó a algunos de ellos a retractarse.

Había comenzado a escribir este artículo antes de la aparición de estos dos llamados, con el propósito de comprender los mecanismos de control del Hezbolá y su capacidad para ejercer su dominación, así como para entender la resistencia silenciosa presente en este entorno y los mecanismos de influencia que ejerce sobre él.

Si nos limitáramos a comprender el poder en los entornos partidarios únicamente a través de las herramientas de la represión directa, pasaríamos por alto aquello que constituye su dimensión más efectiva. Como señala Michel Foucault, el poder moderno no se basa solamente en la prohibición y el castigo, sino en la producción de individuos que se vigilan a sí mismos y reconfiguran su comportamiento de acuerdo con las normas que les son impuestas. Sin embargo, esto no significa que la dominación se realice plenamente o que logre estabilizarse. Es precisamente ahí donde entra en juego la contribución de James Scott, quien revela su otra cara: incluso en los entornos más disciplinados, la resistencia no desaparece; adopta formas subterráneas, cotidianas y no declaradas.

Esta superposición se manifiesta con especial claridad en el control que Hezbolá ejerce sobre todo el espacio social y cultural de su entorno. Por un lado, existe un sistema disciplinario integrado que no funciona únicamente a través de los aparatos o del discurso oficial, sino mediante la interiorización de las normas del Hezbolá en el propio entorno social, que luego las reproduce. Por otro lado, también pueden observarse pequeñas prácticas cotidianas que revelan una distancia silenciosa entre los individuos y esas normas, una distancia que se ha profundizado desde la guerra actual que el grupo provocó.

Según Foucault, la vigilancia no es eficaz porque sea omnipresente, sino porque es interiorizada. Al observarse a sí mismo, el individuo aprende a elegir sus palabras, controlar su tono y reconsiderar aquello que podría ser comprendido o malinterpretado. Con el tiempo, esta autocensura se convierte en un componente de su formación social, sin necesidad de ninguna intervención externa. Se transforma en algo parecido a una “segunda naturaleza”, donde la conformidad parece una elección personal más que el resultado de una presión exterior.

Es precisamente aquí donde aparece la paradoja señalada por Scott. Cuando las personas se ven obligadas a mostrarse conformes en público, eso no significa en absoluto que se adhieran internamente. Entonces surge lo que él denomina el “discurso oculto”: un conjunto de actitudes y sentimientos que no encuentran espacio en la esfera pública, pero que circulan en círculos reducidos o se expresan mediante formas indirectas.

En este contexto, la política deja de limitarse a los discursos o a las manifestaciones y se traslada a los detalles de la vida cotidiana. El silencio, por ejemplo, no siempre es señal de consentimiento; puede ser una estrategia de abstención. El lenguaje insinuante no es una incapacidad para expresarse, sino una forma de evitar el costo de la palabra directa. Incluso la decisión de no participar puede interpretarse como un acto político y no como una ausencia de acción.

Lo que aporta la combinación de las perspectivas de Foucault y Scott es una comprensión de la relación entre estos dos niveles. El sistema que logra producir individuos disciplinados es precisamente el que crea las condiciones para una “resistencia mediante la astucia”. Cuanto mayor es el costo de expresarse, más intensa se vuelve la necesidad de recurrir a formas indirectas de rechazo. Cuanto más profunda es la vigilancia, más significado adquiere el silencio.

En el entorno que analizamos, bajo la presión de la guerra y de la continua escalada israelí, el comportamiento del llamado “entorno de apoyo” revela una transformación profunda en la imagen que se proyecta en el espacio público, algo que va mucho más allá del simple deterioro económico o del agotamiento social. Estamos ante una mutación en la propia relación entre la gente y el discurso político que pretende representarla. Es ahí donde se hace visible la interacción entre interiorización y resistencia. Una persona puede ajustarse al discurso público, adoptar su vocabulario y exhibir su pertenencia, mientras conserva internamente una distancia crítica. Esa distancia no se muestra abiertamente, pero aparece en momentos concretos: en una broma pasajera, en un comentario ambiguo, en la ausencia de entusiasmo o en la falta de respuesta a un llamado a la movilización.

Y es precisamente ahí donde reside la forma más temible de resistencia: no la que se exhibe, sino la que pasa desapercibida.

Sin embargo, esta resistencia, pese a su discreción, no implica necesariamente una ruptura radical ni una separación total respecto del poder dominante. La mayoría de las veces permanece dentro de los límites del sistema, adaptándose a él al mismo tiempo que se le opone. Eso es lo que la convierte simultáneamente en un signo de debilidad y de fuerza: debilidad porque no se traduce en una acción colectiva visible; fuerza porque revela los límites de la dominación.

Foucault también recuerda que el poder no se ve afectado únicamente por la oposición directa, sino también por la erosión interna. Cuando la conformidad se vuelve puramente formal, cuando la obediencia se reduce a una representación, el poder pierde parte de su eficacia. Puede lograr regular el comportamiento visible, pero fracasa en producir una adhesión auténtica.

En este marco, fenómenos como la falta de respuesta a los llamados a la movilización o la expansión de la indiferencia pueden entenderse no como una ausencia de política, sino como una transformación de sus formas. La gente no sale a las calles, pero tampoco se compromete. No protesta, pero tampoco responde.

En última instancia, esta dinámica no puede reducirse a una simple oposición entre dominación y resistencia. Lo que observamos es una interacción constante entre ambas, donde el poder genera sus propias formas de rechazo y donde la resistencia se adapta a las condiciones impuestas por el poder en lugar de enfrentarlo directamente. En esta zona gris, donde el silencio no equivale a consentimiento y la abstención no significa neutralidad, es donde se configura la verdadera política, lejos del discurso oficial.

Así puede entenderse cómo un entorno que, en apariencia, parece disciplinado y cohesionado puede albergar múltiples capas de duda, distanciamiento y resistencia silenciosa, imperceptibles a primera vista, pero cuya huella se profundiza con el paso del tiempo.

Desde esta perspectiva debe interpretarse la falta de respuesta a los llamados de Naïm Qassem para salir a las calles, no como una muestra de neutralidad, sino como una forma de rechazo silencioso. La gente no proclama su oposición, pero tampoco otorga legitimidad real mediante su participación. Se trata de un estado intermedio entre la obediencia y la rebelión, un estado de suspensión, espera y quizás de reevaluación.

En ese sentido, puede afirmarse que lo que observamos hoy es un desplazamiento gradual del “entorno de apoyo” hacia el “entorno agotado”. El entorno de apoyo responde, se moviliza y participa. El entorno agotado, en cambio, resiste, guarda silencio, pero ya no se involucra. Este desplazamiento, aunque siga siendo parcial o incompleto, tiene un profundo significado político: el desgaste de la capacidad de movilización.

En cuanto a los dos llamados recientes que solicitaron la intervención del Estado y la retirada de las armas de Tiro y Nabatiyeh, marcan con claridad y valentía el inicio de una ruptura de la barrera del miedo dentro del propio entorno del Hezbolá.

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