
La fe es, ante todo, la adhesión plena del ser humano a un ideal que lo trasciende. Se basa en la confianza. En palabras de San Pablo, es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb 11:1). La fe se presenta así como perseverancia y esperanza, fundadas en el sacrificio de Cristo y en la certeza de realidades invisibles. Es la facultad de esperar y de creer en la veracidad de lo que no se ve. Estas realidades invisibles se transmiten a través de la tradición, de la que obtienen su legitimidad. Solo se puede ejercer la fe en Cristo cuando se tiene la certeza de su existencia, se conoce su persona y se es consciente de su mensaje y de su voluntad. Este conocimiento pasa por la historia, por la comprensión de sus enseñanzas y por la asimilación de su Pasión y de su victoria sobre la muerte. Ahora bien, nada de esto se ve directamente, sino que se transmite. La fe y la tradición están, por tanto, íntima y estructuralmente ligadas.















