Logotipo de Levant Time

Crónicas del umbral

Una letra tras otra
Por
Zeina Ziadeh
Publicado
jul 13, 2026 - 23:35

“¿Por qué dejaste de escribir?” Esa es una pregunta que varias personas me han hecho recientemente. Tomé mi teléfono y le pregunté a Michel: “¿Cómo se escribe cuando el alma está sumida en el letargo?” “Una letra después de otra”, me respondió. Entonces las letras comenzaron a dispersarse en mi imaginación. Las veía nacer y luego negarse a convertirse en palabras. Se acumulaban, sin encontrar nunca su lugar. ¿Saben cuántas palabras nacen de una letra tras otra? Pues aquí están, escribiéndose y leyéndose en este preciso instante. Usted y yo damos vida a las mismas palabras. Solo el tiempo nos separa. Nacen y mueren en un mismo aliento. Entre quien escribe y quien lee, quizá solo exista ese instante en el que ambos se encuentran en una misma palabra. Pero ¿cómo escribir aquello que no muere? Aquello que permanece grabado en la memoria, en una época en la que las palabras se precipitan unas sobre otras hasta quedarse sin aire. Cada día vemos pasar cientos de ellas. Desfilan ante nuestros ojos como desfilan los rostros sonrientes en nuestras pantallas, y luego se desvanecen. Muy pocas permanecen: aquellas que nos han conmovido con sinceridad, que han despertado nuestros sentidos, sacudido nuestra conciencia o nos han hecho detenernos, aunque solo sea por un instante. Después llega la sequía. Esa que nadie ve. A veces se cree que el escritor deja de escribir porque ya no tiene ganas de hacerlo. En realidad, lo que ocurre es que deja de encontrar el camino hacia su imaginación. Se sienta frente a la página como quien se sienta ante una puerta cuya llave ha perdido. La escritura es un don. El trabajo la perfecciona. Y ese trabajo exige una disciplina cotidiana: volver a la página, incluso en los días en que ninguna idea viene a visitarnos, incluso cuando dudamos de cada frase que escribimos. Porque la inspiración, pese a toda la devoción que se le profesa, no basta por sí sola. Solo la disciplina devuelve, día tras día, al escritor a su escritorio. Pero ¿cómo mantenerse fiel a esa disciplina en un país donde ningún día se parece al anterior? En un país que despierta cada mañana con una nueva crisis, una nueva preocupación o un nuevo miedo; donde la atención se ha convertido en un bien escaso; donde lograr recomponerse a uno mismo ya es una victoria, incluso antes de reunir las propias ideas. Nos dejamos absorber, o quizá somos absorbidos a pesar de nosotros mismos, por todo aquello que nos agota. Los días nos engullen. Corremos detrás de los detalles, las obligaciones, las urgencias. Simplemente tratamos de atravesar la jornada con la menor cantidad de heridas posible. Entonces, reencontrarse con la propia imaginación se convierte en un viaje más largo que la escritura misma. No porque la imaginación nos haya abandonado, sino porque el camino que conduce hasta ella se ha llenado de todo aquello que nos aleja de nosotros mismos. Quizá no temamos tanto al silencio como a terminar acostumbrándonos a él. A que la agitación se convierta en nuestro estado natural y la escritura no sea más que una promesa postergada una y otra vez, suspendida a la espera de una calma que nunca llegará. Ojalá las palabras supieran encontrar el camino de regreso hacia nosotros cada vez que somos nosotros quienes perdemos el que conduce hasta ellas. Y, sin embargo, cada vez que creo que me han abandonado, descubro que nunca estuvieron demasiado lejos. Solo esperaban a que el estruendo se apagara. A que yo también recuperara el silencio necesario para escuchar la voz de la primera letra. Tal vez nunca dejé de escribir. Tal vez simplemente estaba buscando esa primera letra que merecía que otra viniera a unirse a ella.

El escenario como salvación
Por
Zeina Ziadeh
Publicado
may 11, 2026 - 18:29

Entre Furn el-Chebbak y Monot, tuve la suerte de ver dos obras de teatro en el espacio de una semana. No voy a analizar nada aquí ni a debatir lo que vi. No soy crítica, y lo que atravesé durante esas funciones me pertenece de una manera demasiado íntima. Pero algo despertó en mí. Un deseo imperioso de hablar, no para juzgar, sino para dar testimonio. El teatro. La luz. El encuentro directo con el otro. Ese otro que se revela ante mí en su cuerpo y en su voz, en su sudor y en su respiración viva. Y yo voy sola, como si entre el teatro y yo existiera una cita amorosa. Me preparo para ese encuentro, elijo mi ropa con cuidado, camino hacia él con una ligereza que se parece a la nostalgia, y me siento en la oscuridad, esperando. Yo, la actriz, la espectadora, fui ellos entre el verano de 2024 y el invierno de 2025, cuando la ciudad temblaba y yo corría hacia el teatro, no lejos de allí. Durante ese período, el teatro se convirtió en un acto de resistencia personal, una forma de decir que mi vida todavía no había terminado y que el miedo no proclamaría su victoria sobre mi pasión. Ese día, ni siquiera estábamos seguros de que la función pudiera realizarse. La obra había sido aplazada al ritmo de los bombardeos que seguían cayendo, y cada jornada traía consigo la posibilidad de un nuevo retraso, de una cancelación o de algo peor. Y aun así, yo anhelaba ese día. Anhelaba que la gente viniera a sentarse allí donde el polvo descansaba sobre las butacas de cuero negro, que el teatro se llenara con la respiración de los cuerpos en lugar del silencio, que los aplausos regresaran más fuertes que los ruidos del exterior. Pero tampoco habría sufrido si ese día nunca llegaba. Le decía a mi compañero, una y otra vez: “Prefiero morirme ensayando que morirme viendo las noticias tirada en el sofá”. Y él siempre respondía, con una calma inmutable: “Sí, ve; ese es tu lugar”. Sí, ese era “mi lugar”. Prefería vivir y morir allí, bajo el calor de un reflector carcomido por el óxido, bajo el techo de un viejo cine en Bourj Hammoud, antes de dejar que me robaran la vida mientras todavía seguía respirando. Ese escenario era mi salvación. Sin él, yo no habría existido. Cuando algunos tuvieron miedo, cuando otros se agotaron y encontraron su salvación en otros países, yo la encontré allí, entre bastidores húmedos y olor a polvo, y un telón suspendido que ni se abre ni se cierra, y bajo una lámpara cuya luz ilumina el universo. Allí estaba mi espacio para respirar, allí empujábamos el derrumbe… nuestro derrumbe. Escribíamos textos mientras la ciudad se borraba, y reorganizábamos escenas mientras todo se deshacía afuera. Nos deteníamos con cada ruido repentino, escuchábamos durante unos segundos, y luego volvíamos al ensayo como si estuviéramos reparando el mundo frase por frase. Lo que entregué en esa obra había esperado veinte años, veinte años de memoria acumulada, de palabras que había escondido en mis textos, de rostros que me atravesaron sin abandonarme jamás, y de un miedo que no sabía dónde dejar salvo sobre el escenario, con todo el valor que eso exigía. Entre la verdad y la interpretación estaba mi actuación, decir sin terminar de confesar, esconderme detrás del personaje mientras me desnudaba por completo. Le robaba palabras a mi propia vida, a mis decepciones un lenguaje corporal, a mi soledad un color de voz. Y mientras más se acercaba el escenario a mí, más aplaudía la gente, y esos aplausos eran… mi pulso. El teatro no era un lujo. No era ni un pasatiempo, ni un espacio de escape o de terapia, sino una declaración de existencia. La declaración de que nuestros cuerpos todavía no se habían convertido en cifras, y de que nuestras voces… todavía llegaban a destino. Y hoy, cuando me siento sola en la oscuridad y veo a un actor realizarse bajo la luz, siento que alguien vuelve a sobrevivir. Y siento que yo también me reencuentro, esa mujer que un día corrió hacia un viejo teatro para sobrevivir al mundo sobre un escenario.

En el séptimo día
Por
Zeina Ziadeh
Publicado
abr 23, 2026 - 13:02

¿Al séptimo día descansamos? No. Esperamos. Seguimos viviendo en el umbral de la espera. Revisamos, a cada instante de estas veinticuatro horas, un artículo por aquí, una declaración o un tuit por allá, para trazar los contornos de nuestro día. Aquí no hay hoja de ruta, salvo la que dibujan para nosotros quienes no hablan nuestra lengua. Y nosotros, soportamos. Soportamos... y deconstruimos. Leemos entre líneas mucho más que las líneas mismas. Analizamos el silencio y dudamos de todo lo que parece natural. Porque lo natural ya no es natural. Y la calma, en nuestro país, no es descanso... sino una tregua para quien no eligió combatir. Al séptimo día, algunos comercios entreabren sus puertas tímidamente. Media puerta levantada, media decisión. Las sillas vuelven a las aceras, el café se enciende otra vez, y las conversaciones giran en torno a cosas pequeñas: los precios, la electricidad, el agua y los proyectos postergados. Todo el mundo observa, vigilan. Los rostros son los mismos... pero los rasgos están tensos y aún no terminan de temblar. Y, en el giro de cada frase, aparece la sombra de otra: "¿Y si vuelve a empezar...?" ¿Si vuelve a empezar? Pero no ha terminado como para volver a empezar. A apenas unos kilómetros, la tierra ha sido arrasada, y la sangre corre sobre ella y debajo de ella. La calma aquí no es una ausencia... sino una distancia. Y en esta calma inquieta, se eleva otro rumor. Un estruendo que no se escucha... pero se piensa. Lo analizamos todo: los rostros de los políticos, sus dedos levantados, el tono de voz, la hora del comunicado. Escudriñamos el cielo no por su claridad, sino para medir su silencio. Un avión lejano, una moto que pasa, una puerta que se azota, tantas posibilidades. Contamos los días. El séptimo día. La calma aquí no es la paz. No es más que un intersticio entre dos bombardeos. Y en ese intersticio, intentamos vivir. Un poco. Reímos... sin convicción. Planeamos... sin certeza. Dormimos... medio conscientes. Una parte de nosotros permanece despierta, como un vigilante invisible. Despertamos con el sonido de la alarma, no de los bombardeos, y eso nos sorprendió. Preparamos el café lentamente, como si estuviéramos aprendiendo de nuevo a hacerlo. Abrimos los canales de información antes que las ventanas. Escribimos: "¿Cómo estás?" Y la respuesta llega: "Bien... por ahora". Salimos a la calle. Nos miramos unos a otros, como si buscáramos una serenidad perdida. Hasta el saludo se volvió rápido, breve, sin espacio para prolongarse. No solo tememos a la guerra, también tememos acostumbrarnos a ella. Que se vuelva parte de nuestra vida cotidiana, de nuestras conversaciones, de nuestras bromas. A veces reímos... y luego callamos de golpe. Como si la risa misma se hubiera arrepentido. Al séptimo día, una pregunta se desliza en silencio: ¿qué hacer con todo este cansancio? Quizá los proyectiles se detienen, pero sus huellas, no. Un cansancio en el cuerpo, en los ojos, en el corazón que aprendió a sobresaltarse ante el menor ruido. No confiamos lo suficiente en la calma como para entregarnos a ella. Vivimos en alerta de descanso. Un descanso postergado, condicional, revocable. Ordenamos nuestras cosas de otra manera. Cargamos más los teléfonos de lo que los usamos. Calculamos el tiempo... para cualquier eventualidad. Y dentro de nosotros, un deseo muy simple: la calma... solamente. Una calma que no haya que interpretar, ni vigilar, ni temer. Pero no sabemos cómo creer en ella. Entonces volvemos a la espera. Observamos, analizamos, leemos, y luego releemos. Organizamos nuestro día sobre probabilidades, no sobre certezas. Decimos: "Ya veremos". Como si toda nuestra vida fuera una frase suspendida. Y al séptimo día, no proclamamos la victoria, no lloramos la derrota. Nos mantenemos en medio. Entre guerra y paz, entre miedo y serenidad, entre ruido y silencio. Ese medio... se ha convertido en nuestro lugar. Nuestro temor a esta calma no es una debilidad, sino una memoria. Una memoria que aprendió que la calma puede ser una advertencia. Y, sin embargo... seguimos. Hacemos nuestro café, abrimos nuestras ventanas, escudriñamos el cielo, respondemos mensajes, reímos cuando podemos, y callamos cuando no podemos. Compramos el pan, pasamos por la gasolinera, postergamos proyectos, y disimulamos una angustia. Y tratamos, pese a todo, de vivir un día ordinario... Aunque ese "ordinario" descanse sobre el umbral de la espera.

Noticia de última hora: ¡ha comenzado la guerra!
Por
Zeina Ziadeh
Publicado
mar 8, 2026 - 02:20

Nada nuevo en la frase. Pero esta vez su peso es distinto — el ritmo de su cadencia me desgarra con su estrépito. Nos llamamos todos para tranquilizarnos. Las respuestas llegan como un ritual diario: Estamos bien, ¿y ustedes? ¡Bien! Como si la palabra fuera un conjuro detrás del que nos guarecemos. Mi madre — bien. Mi hermano mayor y su familia — bien. Mi hermano menor, en su destino del Golfo — bien. Mi hermana y su familia, aquí — bien. Los que guarda mi corazón y los que amo — bien. ¡Bien! Lo escribimos, lo repetimos hasta que se le va el filo. Mis familiares que vinieron de Francia a pasar una semana en la tierra de los cedros — y entre ellos algunos a quienes conocíamos por primera vez, sobre todo los niños — vuelven a su país en pocas horas. Las maletas están en la puerta. Dos niños preguntan: ¿no vamos al aeropuerto? Una madre que intenta sonreír para que su desasosiego no pase a los rostros de los pequeños. Padres que fingen estar enteros. El vuelo de las tres — cancelado. La puerta del regreso directo — cerrada. Vi en sus ojos esa inquietud que nosotros, los hijos de esta tierra, hemos aprendido: una inquietud que no grita. Que calcula. Nos reunimos, decidimos rápido — porque el tiempo en las crisis no concede el lujo de dudar. Tras llamadas en cascata y una búsqueda entre lo que queda disponible, se consiguen asientos desde Beirut a las nueve y media de la noche hacia Estambul, luego Bélgica, luego Lille. Diez horas de viaje y tránsitos entre varios aeropuertos valían más que quedarse en una ciudad a cuyos cielos y costas las llamas de la región iban acercándose. Beirut, que yo recorría aún hace unos días como turista, buscando en sus piedras algún rastro del pasado, me parecía ahora erguida de puntillas. La ciudad que sabe caer y levantarse recomponía su aliento, una vez más. Comprendí entonces: la seguridad no se posee. Se toma prestada. Su avión despegó. Aterrizaron en Estambul. Un mensaje corto: estamos bien. Una foto — están en el suelo, o en las sillas de una sala de espera. Los niños sonríen a pesar del cansancio. Luego el camino a Lille. Respiro. No por mucho. Las noticias de última hora se suceden. Leo, no lo creo, vuelvo a leer: la región arde. Capitales árabes son bombardeadas. Los míos están allá — mi madre, mis hermanos, la mitad de mi familia. Tomo el teléfono. Vacilo. No quiero transmitirles lo que tiembla en mí. Y vuelvo a la misma pregunta, ritual, familiar: ¿Están bien? Pero ¿qué bien se mide por el número de aeropuertos cruzados en paz? ¿Y qué tranquilidad necesita confirmarse cada pocas horas? Bien — porque el avión despegó y aterrizó. Bien — porque el cielo permaneció abierto antes de que cayeran los proyectiles y temblara la tierra. Bien — porque el peligro siguió siendo una probabilidad. Por unos minutos más. Pienso en ese momento en la plaza, escuchándome explicar Beirut a mis familiares. No sabía que unos días después viviría una nueva lección sobre la fragilidad de la geografía. La ciudad cuya historia conté en mi francés salpicado de inglés vuelve a recordarme: sus capítulos se escriben mientras los atravesamos. ¿Estamos realmente bien? ¿Bien cómo? ¿Qué país es este? ¿Qué región? ¿Qué paz? ¿Qué vida? Somos una generación que sigue los movimientos aéreos y los mapas de las zonas por bombardear y la trayectoria de los misiles — como otros siguen el tiempo. Dominamos el arte de los planes alternativos antes de atrevernos a soñar con un plan. Vivimos de un cansancio crónico. Cargamos una oscura capacidad de espera. Amamos, temblamos, e intentamos sobrevivir cada día — a todo. Esa tarde la región comenzó a arder… Y al amanecer del lunes, ardió el Líbano. Y yo — sigo aferrada a una pequeña frase: Déjenme ver sus rostros. Bien.

Pasajera en la Plaza
Por
Zeina Ziadeh
Publicado
mar 3, 2026 - 08:54

Pisé la plaza de la Estrella como una hija que regresa a reconocer los rasgos de un rostro largamente oculto tras candados oxidados, alambres de espino y decisiones que pesaban sobre el corazón de la gente. La visito por segunda vez, desde que me fue cerrada en la cara —desde que nos fue cerrada, durante años, a quienes una vez creímos que las plazas habían sido creadas para pertenecernos, y que las ciudades sólo se cierran en los libros antiguos cuando los historiadores escriben sobre sitios o guerras. Durante largos años, la plaza de la Estrella fue un nombre que pronunciábamos con cautela, que señalábamos como quien señala una herida que no ha cicatrizado. Fue cerrada por quienes creyeron poseer sus llaves y las llaves de quienes la habitaban; nuestros pasos fueron confiscados, y se aplazó indefinidamente nuestro reencuentro con sus rincones, que conocen el eco de nuestras pisadas mejor que los «guardianes». La visito como turista —yo, hija de esta tierra que eligió quedarse cuando marcharse era más fácil que explicar por qué uno se queda. Elegí permanecer, no por heroísmo ni por desafío, sino porque mis raíces eran demasiado profundas para ser arrancadas por una noticia de última hora o por un largo apagón. Camino hoy entre sus edificios elegantes junto a parientes a cuyo padre el exilio llevó a los brazos de «la madre bondadosa», donde ellos nacieron. La letra ghain domina su acento. Nunca pronunciaron la lengua del dâd como nosotros la pronunciamos, y su memoria no se formó al ritmo de los generadores ni de los pregones de los vendedores ambulantes. Miraban a su alrededor con el asombro del turista, mientras yo miraba con el asombro de quien ve su propia ciudad desde fuera. Vagamos juntos, paso a paso, y un monumento, algunas piedras que permanecen testigos de edades y civilizaciones que pasaron por esta tierra, nos detienen a veces. Les explico cómo los nombres se sucedieron sobre la ciudad como se suceden las estaciones, cómo Beirut fue una vez un puerto de libros, otra una arena de cañones, y otra aún un escenario para sueños más grandes que su pequeña extensión. En mi francés salpicado de algunas palabras de inglés, intento encontrar las palabras que resumirían una historia que no se resume. Busco en mi memoria frases neutras, un relato que no hiera a nadie y no traicione a nadie, y me encuentro tropezando entre la nostalgia y la rabia. Beirut estaba vacía de un modo que inquieta el corazón. No vacía de gente, sino vacía del ruido que antes la colmaba de sentido. Sus callejuelas, que antes bullían de voces, parecían contener el aliento, y las fachadas relucientes reflejaban un cielo gris sin fondo. Está vacía, salvo de lo que permanece en mi memoria: de nuestras reiteradas revueltas con las que llenábamos las calles de clamor y esperanza, hasta la explosión del 4 de agosto cuyo estruendo sigue presente en los edificios, en las vidrieras de las iglesias y en los comercios ceñidos por puertas de hierro a medio cerrar. Cada rincón lleva aquí una huella invisible: una pequeña grieta en una pared, o la sombra de una ventana cuyo cristal ya no es lo que era. Caminaba y veía al mismo tiempo dos imágenes superpuestas: la imagen de la ciudad tal como está ante mí, y su imagen tal como vivía dentro de mí. En mi memoria, estaba coronada de risas que desafiaban el cansancio de los días. La voz de la música se colaba por balcones estrechos, mezclándose a veces con el sonido de disparos reales, y no sabíamos si era celebración o advertencia. El gas lacrimógeno era parte de nuestro vocabulario, así como el amor era parte de nuestra pequeña valentía. Fui testigo en sus escalinatas de encuentros fugaces, de confesiones susurradas y de despedidas hechas a toda prisa por miedo a una noticia de última hora. ¿Cómo describirles lo que Beirut significa para sus hijos? ¿Cómo explicar una dualidad evidente: un exilio pesado y una nostalgia que no se apacigua? Nosotros, que vivimos en ella y nos sentimos a veces extranjeros en ella, como si fuera una ciudad gobernada desde detrás de un cristal grueso que no alcanzamos. Y al mismo tiempo, no soportamos la idea de alejarnos de ella, porque nos habita como la sal del mar. Les digo que Beirut no son sólo edificios elegantes y una plaza empedrada, sino una memoria viva y una herida abierta. En aquellos momentos, sentí que era yo la verdadera turista. Descubría mi ciudad como si la conociera de nuevo. Cada rincón me empujaba a la pregunta: ¿es ésta la ciudad que conocí, o es una versión más silenciosa, menos bulliciosa, más cansada? Buscaba en los rostros una huella de lo que fue, un brillo semejante al brillo que había conocido cuando creíamos que el mañana era posible. Recordé un día lejano en que había creído que estábamos tan cerca como jamás lo estaríamos de poseer este lugar. Luego llegaron los años en que las puertas se cerraron y la plaza se convirtió en una imagen distante. Hoy, al atravesarla sin obstáculos, comprendí que el lugar no se posee, sino que se vive. Y que las ciudades no regresan tal como eran. Sentí que esta ciudad, a pesar de todo lo que había atravesado, no había perdido su capacidad de espera. No les expliqué todo esto. Me contenté con caminar con ellos como turista que ve una ciudad que no carece de belleza y que aguarda para revivir. Sonreía cuando tomaban fotografías, y señalaba los pequeños detalles que el transeúnte distraído no advierte. Y en mi interior, esperaba volver una tercera vez, no como turista, sino como una mujer reconciliada con su ciudad, por larga que sea la espera. Dejamos la plaza. Me volví hacia ella como quien se vuelve hacia una vieja casa en la que ha vivido mucho tiempo. No me despedí de ella, porque la despedida evoca el final —y comprendí que Beirut es un comienzo que se repite, que domina el arte de caer y de levantarse, y que deja a sus hijos la tarea de amarla o de abandonarla.