Logotipo de Levant Time

In Memoriam

Michel el-Khoury o la nobleza del borramiento
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
ago 27, 2026 - 01:34

¿Cómo hablar de un hombre que detestaba hacer ruido? ¿De alguien que rehuía los golpes de efecto y toda forma de exhibición, aun cuando su brillantez y nobleza, muy a pesar suyo, competían de manera absolutamente desleal con su extrema modestia? La tarea es particularmente ardua. Tanto más cuanto que el propio hombre, poco aficionado a los medios, las entrevistas, los honores o cualquier forma de exposición pública, habría desaprobado este ejercicio, por lo menos arriesgado, al que se entrega el autor de estas líneas. Y sin embargo, precisamente porque el jeque Michel el-Khoury, fallecido el 4 de julio de 2026, poco antes de cumplir cien años, eligió a lo largo de su vida el camino del silencio y la discreción, fiel a su leitmotiv de que “hay que servir, en vez de servirse”, y colocando al Estado y su primacía por encima de cualquier otra consideración, resulta absolutamente necesario hablar hoy de él, en un momento de profunda descomposición para el Líbano. Tanto más cuanto que su visión del país y de su papel sigue siendo más vigente que nunca. Ojalá tenga la indulgencia de perdonar este intento, que es menos el de un periodista que el de un amigo fiel y agradecido, de dar humilde testimonio de lo que fue y de lo que seguirá siendo en la memoria, aunque sea en la de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo y frecuentarlo. Los dos padres, los dos referentes Brillantez. Nobleza. Devoción silenciosa por la cosa pública, el Estado y la patria. Si hubiera que elegir un tríptico para aproximarse a la personalidad inmensamente rica y compleja del jeque Michel, sería éste. Béchara el-Khoury, primer presidente de la República Libanesa soberana, lo había entendido bien cuando dejó escapar un día esta magnífica y lacónica frase: “Mi hijo Michel es un príncipe. Qué digo, un príncipe… ¡un archiduque!” Michel el-Khoury fue, en efecto, un gran señor de la política libanesa, en el sentido más honorable y más noble que pueda encerrar la expresión. Un príncipe al servicio de la República y de la democracia… en tiempos desquiciados, dominados por los mastines y perros de presa de la politiquería libanesa, obsesionados con los honores… y con encontrar tutores. Pero ¿podía ser de otra manera cuando el nombre de su padre, Béchara, se confundía con la independencia del Gran Líbano, y el de su padre espiritual, su tío Michel Chiha, con la Constitución libanesa? Escapar del nombre del padre resultaba imposible. Tanto que, ya pasados los noventa años y pese a una trayectoria pública excepcional y una cultura impresionante, observaba, no sin cierto cansancio, que los medios seguían añadiendo a su nombre el de su padre, como si el suyo todavía no bastara… El destino tenía sentido de la ironía. No había dejado de burlarse del jeque Michel, sin consideración por su edad, su trayectoria ni su experiencia. El itinerario de un rebelde Y sin embargo, desde muy joven había combatido el concepto mismo de herencia política y el nepotismo, lo que naturalmente lo colocó en conflicto con su propia familia. Sentía admiración, respeto y un profundo apego por la figura paterna. Siendo adolescente, lo había visto desafiar, con riesgo de su vida, los fusiles de los soldados senegaleses del Mandato francés cuando, en noviembre de 1943, groseros, insultantes, amenazantes y violentos, llegaron al palacio presidencial de Kantari para conducirlo a la ciudadela de Rashaya. La escena permanecería grabada hasta el final en la memoria del joven Michel, tanto más cuanto que su madre, Laure Chiha, sufrió aquel día una crisis cardíaca de cuyas secuelas moriría algunos años después. Las autoridades del Mandato habían negado atención de urgencia a la primera dama: primero había que asegurarse de que el presidente estuviera detenido… Puede decirse que el jeque Michel perdió así a su madre como víctima colateral de la lucha por la independencia de su tierra materna, el Gran Líbano… Esa misma madre que le había pedido que prometiera no entrar nunca en política, y a quien, precisamente, no prometió nada… Pero cuando el jefe del Estado, cuyo entorno cercano ya había sido tocado por la corrupción y minado por el clientelismo, decidió renovar su mandato, el hijo se rebeló y abandonó el hogar familiar para refugiarse junto a su mentor, Michel Chiha, igualmente opuesto a aquella iniciativa contraria al espíritu republicano del jeque Béchara. Y la disputa no quedó confinada al ámbito familiar. En septiembre de 1950, el jeque Michel tomó la palabra públicamente en el Cenáculo Libanés de Michel Asmar para criticar la iniciativa paterna. Llevar el nombre, sí. Pero no a cualquier precio. He aquí un fragmento de aquella conferencia: “Logramos la independencia. ¿Y después? ¿Qué hizo el Estado de la independencia? ¿Qué hizo para construir el Estado, construir la patria y construir al ciudadano? Nada. Retrocedimos… a los hábitos otomanos y a las prácticas del colonialismo. Volvimos a la corrupción, la negligencia y el declive… Quienes nacieron con la independencia de 1943 crecen y envejecen sin que hayamos hecho el esfuerzo ni cumplido con el deber de reunirlos como verdaderos libaneses… Hay que eliminar los residuos del pasado y esta inercia mortal de métodos obsoletos heredados del Mandato y de etapas anteriores; también hay que hacer desaparecer un obstáculo moral: la mentalidad del ‘divide y vencerás’.” El hijo de la independencia eligió así… la independencia. Y ésa fue una constante, una elección coherente y asumida a lo largo de toda su trayectoria, pese a su prolongada afinidad con el chehabismo. Como cuando, después de la guerra, decidió dimitir durante su segundo mandato como gobernador del Banco del Líbano por su firme oposición a la política de endeudamiento seguida por el primer ministro Rafic Hariri. Hariri insistió en que permaneciera en el cargo, pese a sus diferencias y en nombre de su amistad. La respuesta del jeque Michel fue, como de costumbre, cortante: “Precisamente para que sigamos siendo amigos, me voy…” Aunque presidió durante algún tiempo el Destour, en vísperas de la guerra civil, Michel el-Khoury se negó a convertirlo en un partido tradicional e intentó, sin éxito, modernizarlo. Se atrevió incluso, sacrilegio supremo, a proponer a Raymond Eddé, hijo del archienemigo de su padre, Émile Eddé, una fusión con el Bloque Nacional para contrarrestar el auge de las milicias y el canto de sirena de la violencia… y recibió como respuesta una ducha fría del “Amid”: “¡Jamás el hijo de Émile Eddé pondrá su mano en la del hijo de Béchara el-Khoury!” Raymond Eddé, por mucho estadista que fuera, no era Charles de Gaulle… El General, en cambio, había demostrado mucha más caballerosidad y sensatez cuando Fouad Chéhab, entonces presidente de la República, encargó al jeque Michel una misión ante el Elíseo para frenar la venta de terrenos franceses en el Líbano al banquero palestino Youssef Baidas. De Gaulle, que no se levantaba por nadie, recibió de pie al hijo de su viejo adversario, lo observó desde la altura de su imponente figura y le dijo con tono terminante: “Sé de quién es usted hijo… Un día lamentarán haber expulsado a los franceses del Líbano.” Sea como fuere, el presidente francés facilitó después la misión del joven emisario, que tuvo éxito. A raíz de esa misión, en 1967, Jean Kaplan, del Grupo Suez, encargó a Michel el-Khoury hacerse cargo del Banque Libano-Française, dando inicio a una larga carrera en el sector bancario. El hombre entre bastidores Michel el-Khoury se convirtió así, progresivamente, en el hombre de las misiones políticas y diplomáticas sutiles, llevadas a cabo en la sombra, primero al servicio de Chéhab y luego de Charles Hélou, quien le confió la dirección del estratégico Consejo Nacional de Turismo, organismo que permitía al chehabismo desarrollar discretamente una verdadera diplomacia paralela. Era un papel hecho a su medida, perfectamente acorde con su personalidad de servidor del Estado y hombre entre bastidores, lejos de los reflectores… aunque también fue ministro, entre otros cargos ministro de Defensa antes de la Guerra de los Seis Días. En esa calidad, durante reuniones con sus homólogos y con responsables militares árabes, pudo comprobar, con cifras y proyecciones en la mano, que los ejércitos de la región se encaminaban hacia una derrota aplastante frente a las Fuerzas de Defensa de Israel en caso de confrontación. La brecha entre la realidad de la correlación de fuerzas y la retórica populista de Nasser era preocupante. La derrota y, después, la extraordinaria ola de fervor popular que rodeó al líder egipcio lo marcaron profundamente. Vio en ello de inmediato uno de los males más persistentes de la región: la capacidad de un líder para conservar su dominio sobre el imaginario colectivo incluso después de una catástrofe de semejante magnitud… Esa discreción, unida a su elegancia, hizo también que fuera consultado de manera constante y escuchado con atención por las cancillerías. Guiado por una estructura ética y política cuyo único motor era el servicio a la patria, a su independencia, su soberanía y su continuidad, Michel el-Khoury era sin duda uno de los raros políticos que no pedían nada para sí mismos… y por eso era un hombre digno de confianza. Porque era incorruptible. Una misión oficial ante Ernest Bevin, en la Gran Bretaña de Attlee, le dejó una lección inolvidable a este respecto. En la posguerra, había pensado ofrecer, por pura cortesía, chocolates a sus interlocutores británicos en un momento en que el país seguía sometido a privaciones. Pero el regalo le fue devuelto: en un país todavía sujeto a restricciones y racionamiento, los responsables públicos no aceptaban privilegios de los que estaban privados los ciudadanos comunes. Michel el-Khoury quedó profundamente marcado por aquello. Lo que admiraba no era la austeridad en sí misma, sino la idea casi sagrada de que un servidor público debía estar sometido a las mismas reglas que los demás. Para un hombre que pasaría toda su vida denunciando el clientelismo y la corrupción, aquella anécdota tenía el valor de una lección de civismo. Valores para el Líbano Pero ¿cómo contar entonces la historia de un hombre casi invisible, alguien que, como su gran amigo, compañero de ruta y cómplice Fouad Boutros, quemó antes de morir la totalidad de sus archivos para no dejar rastro? ¿Un hombre que se negó sistemáticamente a escribir sus memorias, pese a las numerosas solicitudes de distintos sectores, incluido el autor de estas líneas? ¿Un hombre que no dejó tras de sí más que una obra meditativa, íntima, introspectiva, angustiada y sublime, Ruptures vespérales , muy evocadora de uno de sus maestros, Emil Cioran… y firmada con un seudónimo, Michel Delescure? Precisamente, a través de los valores que guiaron su acción política y recorren toda su trayectoria. Así, cuando evocaba a Béchara el-Khoury y Michel Chiha, Michel el-Khoury expresaba un rechazo visceral a la idea misma de “tolerancia”, despreciable a sus ojos, e insistía en cambio en la importancia y el sentido de “compartir”, valor común a ambos hombres y que él había heredado de ellos. Esta idea fundacional de “compartir” explica sin duda el apego de los dos padres y referentes de Michel el-Khoury al Gran Líbano, al Pacto Nacional y a la convivencia. Para Chiha, explicaba el jeque Michel, el sistema confesional debía desembocar, a largo plazo, en una ciudadanía inclusiva, no hundirse en un sectarismo tribal. En cuanto a Béchara el-Khoury, según el jeque Michel, habría escrito en el manuscrito del cuarto tomo de sus memorias, destruido durante la guerra en el incendio de la biblioteca de Kantari, que su sucesor en la presidencia de la República debía ser Riad el-Solh, el primer ministro sunita… señal de que el sistema no debía fosilizarse, sino, por el contrario, evolucionar, y de que lo importante era un sentido propiamente libanés de pertenencia, no las lealtades heredadas… Michel el-Khoury defendería esta concepción rectora hasta el final. También explica su rechazo, en el espíritu de Chiha, del Estado de Israel, que consideraba la antítesis del modelo pluralista del Gran Líbano y al que atribuía, desde su creación en 1948, un papel decisivo en el sabotaje del joven Estado libanés y de su desarrollo. De hecho, durante una visita a Estados Unidos en los años sesenta, protagonizó una agria disputa pública con un profesor universitario que, durante una conferencia, defendía abiertamente las ambiciones de Israel sobre los países vecinos… Aquel hombre se convertiría más tarde en el todopoderoso secretario de Estado de la era Nixon. ¿Su nombre? Henry Kissinger… Ello explica también su desprecio por el populismo y por las derivas sectarias de tendencia fascista dentro de las distintas comunidades. Intransigente en materia de independencia y en defensa de una determinada visión del Líbano, y capaz, cuando era necesario, de hacer callar a su adversario con una sola réplica bien dirigida, Michel el-Khoury era ante todo un hombre de mediación, mesura y diálogo, fiel a las enseñanzas de su mentor Chiha. Así, cuando el presidente Élias Sarkis intentó, por medio del jeque Michel, entonces gobernador del Banco Central en su primer mandato, una mediación con los palestinos para preservar la continuidad y el funcionamiento de las instituciones, Bachir Gemayel, el hombre fuerte de la calle cristiana en Beirut Este, amenazó con humillarlo públicamente bajo el pretexto de que traicionaba el espíritu de cuerpo cristiano. Con el mismo espíritu republicano, Michel el-Khoury se opuso firmemente a todas las aventuras paraestatales y antiestatales, desde la ocupación siria hasta las milicias, frente a las cuales llegó un día a interponer físicamente su propio cuerpo para proteger el edificio y a los empleados del Banco del Líbano cuando hombres armados intentaron irrumpir en él, y más tarde a la influencia iraní ejercida a través de Hezbollah. El 6 de febrero de 1984, mientras la insurrección de Amal dividía al ejército y devolvía a la capital a la violencia, observó cómo el país se deshacía y dijo: “El Pacto ha volado en pedazos.” El 14 de marzo de 2005, la violencia hizo renacer cierta esperanza tras el asesinato de Rafic Hariri. La ocupación siria llegó a su fin, para ser sustituida, a sus ojos, por el yugo de Teherán. El jeque Michel, que había participado en el Encuentro de Kornet Chehwan bajo el amparo de su amigo, el patriarca Nasrallah Sfeir, otro convencido seguidor del pensamiento de Chiha, se sumó a las fuerzas del 14 de Marzo… pero volvió a encontrar allí el mismo mal endémico que había combatido toda su vida: las luchas por el poder, el repliegue sectario e identitario y la mediocridad de quienes tomaban las decisiones… factores que terminaron conduciendo a la pesadilla de la elección “consensual” de Michel Aoun como presidente de la República, quien representaba, a sus ojos, la quintaesencia del populismo y la negación del espíritu republicano. El espíritu de la independencia de Béchara el-Khoury, de la República de Michel Chiha y de las instituciones de Fouad Chéhab era pisoteado en beneficio de la personalización del poder, la demagogia, el populismo y la primacía del chantaje y de la correlación de fuerzas sobre la democracia y el espíritu institucional. “Sin libertad, el Líbano se convierte en una ficción” En el fondo, toda su visión del Líbano descansaba en una difícil articulación entre libertad, pluralismo e independencia. ¿Detractor del sistema libanés? ¿Nostálgico de sus rigideces confesionales? En absoluto. No era ése el estilo del jeque Michel. Para él, pese a sus defectos, el sistema había preservado un bien insustituible: la libertad. Libertad política, intelectual, religiosa y económica, sin la cual el Líbano perdería, a sus ojos, hasta su razón de ser. A pesar de sus defectos y fallas, el pluralismo del Gran Líbano era el garante de esa libertad, y cualquier proyecto que buscara desarticularlo, diluirlo, su padre no había hecho ejecutar a Antoun Saadé en vano, o fragmentarlo bajo cualquier pretexto o denominación, constituía una amenaza real contra ese frágil equilibrio que hacía de centinela de la libertad. “Sin libertad, el Líbano se convierte en una ficción”, subrayaba. Pero esa libertad no podía sobrevivir sin evolución. Desde los años sesenta, el jeque Michel defendía una salida gradual del confesionalismo político, la primacía de la competencia en la administración pública, el matrimonio civil y, posteriormente, la secularización del Estado. Pero no mediante una revolución. “Es posible cambiar el sistema desde dentro del propio sistema”, decía en sustancia. Toda reforma duradera requería primero una transformación de las mentalidades mediante la educación y la ciudadanía. Para el jeque Michel, el Líbano poseía algo profundamente valioso: precisamente esa capacidad de hacer convivir a comunidades diferentes, lo que René Maheu llamaba un “estilo de civilización”. Pero el país había traicionado esa vocación al permitir que el confesionalismo degenerara en clientelismo, encierro identitario e instrumento de injerencia extranjera. El Pacto, sí, pero ante todo el ser humano Muy apegado al Pacto, el jeque Michel reprochaba a sus autores haberlo dejado en la ambigüedad, permitiendo a los libaneses pelearse por su interpretación mientras al final coincidían en no definirlo realmente. Por ello, antes del Acuerdo de Taif, llamaba a un nuevo pacto basado en nuevos objetivos comunes para todos los libaneses, a combatir una forma de derrotismo colectivo y a crear verdaderas oportunidades de progreso para todos. “El Pacto fue una base necesaria cuando se estableció, pero se convierte en una base negativa si se pretende convertirlo en el fundamento para construir una nación. La base positiva necesaria para construir Estados modernos no se encuentra en el Pacto.” Para él, estaba claro que el problema no residía únicamente en los textos, sino en los seres humanos. “Hay que acelerar la formación del ciudadano en la ciudadanía, para convertirlo en un buen ciudadano; entonces ya no será imposible construir una buena patria”, escribió en 1970. Y añadía: “La necesidad fundamental es crear un partido basado en una doctrina y capaz de reunir a los distintos componentes que forman el Líbano. Si ese partido existiera hoy, yo sería el primero en afiliarme. Habría asumido mi parte de responsabilidad y cumplido con mi deber en ese ámbito.” “El sistema necesita grandes obras: primero la voluntad, luego la educación, luego la moral (…) He comprobado que el cambio y la reforma deben comenzar en la escuela, en el entorno familiar, en la educación.” Y, sobre todo, la ciudadanía exigía que cada libanés pudiera “sentirse bien”, es decir, disponer de unas condiciones de vida capaces de reforzar su apego al Líbano, señalaba. “El Pacto de 1943 no puede resistir durante mucho tiempo si una de las categorías que lo aceptaron está condenada a una vida difícil. (…) El ser humano sólo se apega a su patria si encuentra en ella las condiciones que le permiten vivir dignamente.” Y subrayaba: “No basta con que el Líbano sea un ejemplo vivo de convivencia islamo-cristiana; es necesario además que tanto cristianos como musulmanes tengan una voluntad firme y duradera de seguir siendo libaneses.” En cambio, ya desde los años setenta su juicio sobre los responsables políticos era implacable: “A veces pedimos lo imposible aun sabiendo que es imposible, y sin embargo seguimos pidiéndolo. ¿Por qué? Porque algunos, en realidad, no quieren hacer nada.” Una neutralidad inseparable de la convivencia Y, sobre todo, el jeque Michel defendía una concepción singular de la neutralidad libanesa. No el aislamiento, sino exactamente lo contrario: la capacidad del Líbano de estar presente en varios mundos al mismo tiempo, árabe sin ser absorbido, abierto a Occidente sin quedar subordinado a él, hablando con todos sin convertirse en satélite de nadie. Una neutralidad de apertura y soberanía. “Pero para eso, el Líbano debe producir y saber lo que es”, decía, y, sobre todo, seguir siendo él mismo. Años después añadiría: “El Líbano es una frontera que atraviesa a cada libanés. Pero esa frontera también suelda.” En otras palabras, el pluralismo y la convivencia enriquecían al libanés con una personalidad compleja, permitiéndole sentir y pensar con los miembros de las demás comunidades a través de un modelo de empatía, capaz de desactivar potencialmente lo que Amin Maalouf llamaría años más tarde “identidades asesinas”. Ésa era, para él, la verdadera manera libanesa de ser. Más de medio siglo después, esta formulación de la vocación del Líbano, inspirada en Chiha, sigue siendo profundamente vigente en un mundo cada vez más encerrado en identidades excluyentes. La visión de neutralidad positiva que Michel el-Khoury formuló en una conferencia en el Cenáculo Libanés en mayo de 1961 se parece mucho a la forma en que este principio sigue siendo vital para la supervivencia del Líbano en 2026: protección frente a las guerras ajenas, lejos de toda tentación autárquica, y mantenimiento al mismo tiempo de un papel activo del Líbano en su entorno. La deuda de la lealtad Pero una historia permite quizás comprender mejor la importancia que el jeque Michel concedía a la empatía y a la alteridad en su visión de la política, en consonancia con el humanismo integral defendido por Chiha. Se trata de su traumática experiencia en Irak durante el mandato de Chamoun, que le enseñó, de forma mucho más brutal, una lección fundamental de ética de vida. Acababa de almorzar en Bagdad con el joven rey Faisal II, para quien supervisaba un proyecto de construcción, cuando, el 14 de julio de 1958, la revolución derrocó sangrientamente a la monarquía hachemita. Michel el-Khoury vio entonces a los obreros de la obra levantar horcas destinadas a la familia real. Uno de ellos le confió que una estaba destinada para él porque era “amigo del rey”… El ingeniero jefe de la obra le salvó la vida llevándolo de inmediato al aeropuerto. De regreso en Beirut, descubrió aquella noche que su cabello se había vuelto blanco. No había sentido miedo en el momento, pero el cuerpo, por su parte, había llevado la cuenta. Años después, cuando su providencial salvador se encontró a su vez en peligro, encarcelado y condenado a muerte en Irak, el jeque Michel movilizó sus relaciones, especialmente a través de Fouad Chéhab, para obtener su indulto y permitirle salir del país. Lo consiguió, al menos por un tiempo: el hombre fue asesinado más tarde, tras regresar a Irak. Para el jeque Michel el-Khoury, una deuda de lealtad nunca prescribe. Fue una máxima que hizo suya tanto en su vida personal como en su conducta política. Casi medio siglo después seguía hablando de aquel hombre con una inquietante mezcla de gratitud y ansiedad, preguntándose todavía si había sido digno de quien le había salvado la vida. La nobleza del alma existe o no existe. No puede inventarse. Quizá eso era, al final, lo que Béchara el-Khoury había entrevisto cuando llamó a su hijo “archiduque”… El hombre del Renacimiento Michel el-Khoury era también un hombre de una cultura casi desconcertante por su amplitud y eclecticismo. Los nombres surgían a veces al azar de la conversación, sin que jamás se le ocurriera extraer prestigio de ellos: Chaplin, a quien conoció en Londres, Cioran, Stockhausen, Hélène Carrère d’Encausse, entre tantos otros escritores, artistas, pensadores y grandes figuras del mundo político, religioso, social y cultural. Podía pasar con total naturalidad de una conversación sobre la Constitución libanesa a la música contemporánea, de Chiha a Paul Valéry. Durante un viaje que hice a Sète en 2018, me pidió que visitara en su nombre la tumba de Valéry y guardara allí un momento de silencio. Era también uno de sus maestros. El jeque Michel, caballero de una elegancia siempre impecable, no necesitaba exhibirse. No necesitaba demostrar nada. Ni codicia ni hambre de honores o reconocimiento. Ruptures vespérales , la única huella íntima que dejó, revela por el contrario a un hombre atormentado por la soledad, la identidad, el tiempo y, sobre todo, la ausencia. “Es el miedo, en suma, lo que me hace escribir, una fobia a la ausencia”, confiesa. Cada palabra que trazaba se convertía así, de alguna manera, en un arma contra el borramiento. Hay algo extraño y profundamente conmovedor en esa contradicción: Michel el-Khoury, que temía la ausencia y combatía la nada, se negó sin embargo a organizar su propia posteridad. O quizá, sencillamente, vivir, y los actos de vida que uno deja en la memoria de quienes le son cercanos, era la única posteridad que necesitaba, una posteridad infinitamente más valiosa que los oropeles de una gloria ilusoria consignados en papel perecedero… Para aquel hombre del Renacimiento, casi universal en sus curiosidades, la escritura se convirtió así en una forma de resistencia existencial. La muerte del Líbano en su alma ¿Puede uno vivir, para bien y para mal, hasta perder el deseo mismo de seguir viviendo? A los noventa y cinco años, Michel el-Khoury repetía ante sus escasos visitantes: “Mis amigos ya no están en este mundo. Hace mucho que vivo más allá del tiempo que me correspondía en este mundo. Pero la Muerte no me quiere…” Su desencanto político había sido inmenso. Desde su juventud, había denunciado incansablemente menos la imperfección de las instituciones que la mediocridad de quienes las deformaban. “Demasiados se sirven, y demasiado pocos sirven.” Tal vez toda su desilusión política cabía en esa frase. Ese diagnóstico sería también, a su manera, el de su antiguo compañero de clase Hassan Rifaï, quien había compartido con él el mismo pupitre en La Sagesse, antes de su muerte en septiembre de 2025. También el de Fouad Boutros. Y Samir Frangieh, más joven, que llevaba ya algún tiempo luchando contra el cáncer, decidió, tras la capitulación del 14 de Marzo ante Hezbollah y el acuerdo que llevó a Michel Aoun a la presidencia de la República en 2016, apartarse de todo y volver a casa para morir allí, profundamente herido por la desilusión y la amargura políticas. Junto con algunos otros, no pertenecían a una generación milagrosamente preservada del populismo, pues su época conoció más que suficiente, sino a otra tradición política: una tradición de mesura, competencia, entrega al Estado y convicción de que el diálogo sigue siendo uno de los elementos fundadores de la política. Pero el desencanto de Michel el-Khoury terminó por alcanzar algo mucho más profundo que la política. En septiembre de 2020, durante el centenario del Gran Líbano, un mes después de la explosión del puerto de Beirut, me confió por teléfono: “Ya no siento orgullo alguno de pertenecer a este Líbano. Ya no me reconozco en él en absoluto. No quiero descansar en tierra libanesa. Quiero ser enterrado en Francia.” En boca del hombre que había escrito que “el Líbano es un acto de fe antes de ser una fórmula política”, esas palabras tenían la violencia de una ruptura íntima. La tragedia de la pérdida de la tierra materna golpeaba de nuevo. Michel el-Khoury se fue de este mundo de puntillas. Se retiró tras las puertas de su casa cuando el cuerpo ya no pudo más, y después se borró como había servido: con absoluta discreción. En nuestra última conversación telefónica, contuvo los sollozos antes de decirme: “Michel, vaya donde vaya, tú estarás siempre conmigo, y sé que yo estaré siempre contigo.” El jeque Michel había pasado la vida borrando sus huellas. Pero, que me perdone, no logró borrar ésta. Y nunca lo logrará.

El sayyed que mostraba el camino
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
abr 18, 2026 - 05:22

El espíritu y el legado del ulema Mohammad Hassan el-Amine, autoridad de referencia del chiismo amelita, libanista y estatista, permanecen más vigentes que nunca cinco años después de su partida. Hace cinco años, el 10 de abril de 2021, el ulema chií Mohammad Hassan el-Amine sucumbía en Sidón a un COVID contraído a los setenta y cinco años. El Líbano llevaba ya mucho tiempo desmoronándose ante sus ojos — y siguió inexorablemente dislocándose después de él. Quién sabe si la Muerte, quizá pardójicamente magnánima en esta ocasión, concedió a este hombre sabio y bonáchon — como lo había hecho, casi una década antes, con su amigo Hani Fahs — la oportunidad de no sufrir más ante el espectáculo aterrador de la agona continua del País del Cédro y, con ella, de la comunidad chií. Sin duda la finitud le hizo una reverencia última y gentíl al arrebatarlo de este mundo antes de que sus profécias más sombrías empezaran a cumplirse con tanta exactitud. O acaso se trate de ese consuelo último que nos permite sobrevivir a la desaparición de los referentes fundamentales que fueron construyendo progresivamente toda una visión de lo político fundada en la moderación, la convivencia y la paz. Cinco años después, las ruinas del país llevan grabados exactamente los contornos que Mohammad Hassan el-Amine había trazado. Releer sus textos hoy depara una forma de gratitud tardía por ese valor de la clarividencia que se vio obligado a desplegar en el seno mismo de su comunidad, contra la guardia pretoriana que se había erigido como su protectora, y en nombre de una idea de su comunidad que esos guardianes se empleaban metódicamente en desfigurar. El hombre de Nayaf y de Sidón Nacido en 1946 en Chakra, en el corazón del Yabal ʿAmil, en el seno de una familia cuya estirpe religiosa se remontaba a varias generaciones — el gran Mohsen el-Amine, autor del ʿAyan al-Shia , figuraba entre sus antepasados —, había abandonado a los catorce años su rincón periférico del mundo para recorrer las callejuelas eruditas de Nayaf, donde pasó doce años absorbiéndose en el fiqh , la filosofía y la tradición, sin dejar jamás de leer en paralelo lo que los paladines de la prohibición apenas frecuentaban: la historia de las religiones, los grandes textos del Renacimiento europeo, Averroes releído desde los márgenes, o Yamaleddine al-Afgani como fuente de interrogaciones inagotables. Regresó en 1972 portando una sutil mezcla de duda fécunda, de capacidad para separar lo divino de lo humano sin negar lo uno en beneficio de lo otro, y de la convicción de que el fiqh sin un conocimiento profundo de la historia no es, en realidad, más que una extensión infinita, una perpetuación trágica del pasado. Juez del tribunal religioso en Tiro, luego en Sidón, presencia intelectual en una ciudad de mayoría suní donde habitaba sin replegarse sobre el ensimismamiento comunitario, Mohammad Hassan el-Amine animaba el Multaqa al-Thulatha , veladas de los martes en su casa donde se cruzaban poetas y políticos, eclesiasticos y laicos, donde Mons. Selím Ghazal venía a cruzar el acero con el sayyed en una amistad que nada — ni las fracturas confesionales ni las grietas políticas — lograría jamas resquebrajar. Desde Sidón, Mohammad Hassan el-Amine construyó así una figura intelectual singular en el panorama chií libanés, que reivindicaba, en un entorno comunitario cada vez más letal y totalitario, la moderación, la justicia, la libertad y la cultura de la vida, y que se negaba a sacrificar ninguna de ellas en nombre de una doctrina, una ideología o una vacua pseudorretórica populista. El hombre había comprendido a la perfección que la cuestión que el Líbano lleva siglos planteando reside en esta dialéctica: liberar la religión de la política que busca constantemente confiscarla. Reformista hasta la médula, en el espíritu de la tradición amelita libanesa de la que era, a la zaga del imam Mohammad Mahdi Shamseddine, una de las autoridades más eminentes del Líbano. ¿La marea parda que asolaba su entorno? Era perfectamente inmune a ella. Un resistente contra la resistencia confiscada Sin embargo, el sayyed era un resistente. Nadie podía poner en cuestión su legitimidad a ese respecto. Había dado cobijo a Ragheb Harb en su casa de Sidón. Había escondido a Abdel Latif el-Amine durante los oscuros años de la ocupación israelí. Había sido detenido en julio de 1984 y expulsado a Beirut por los servicios de inteligencia militar israelíes. Pero creía a pie juntillas en el principio de una resistencia nacional libanesa que distinguía cuidadosamente, y desde hacía mucho tiempo, de la resistencia armada comunitaria. Esta distinción reposaba sobre una convicción arquitectónica, asentada en una antropología y una teología, según la cual la resistencia sólo tiene valor real cuando la porta un pueblo y se inscribe en un proyecto de Estado, más que cuando se cede a un partido-milicia que termina siempre, habiendo monopolizado la guerra, por monopolizar también la paz, la representación y la vida y la muerte de quienes dice defender. Lo decía sin rodeos, en una entrevista concedida a Sandra Noujeim de L’Orient-Le Jour en julio de 2015, en el momento en que la implicación miliciana de Hezbolá en Siria terminaba de revelar su verdadera naturaleza bajo las capas de retórica que la encubrían: «La resistencia en el Líbano no puede alcanzar las condiciones de su éxito sin unidad libanesa, sin un ejército capaz de enfrentarse al enemigo y sin instituciones estatales que sirvan de referencia al pueblo libanés.» Y más adelante, con una franqueza que, en boca de un respetado sayyed chií, era de un valor ejemplar: «Al convertirse en puntal del régimen sirio, que en nada difiere de las demás dictaduras represivas de la región, la resistencia se desnaturaliza progresivamente.» ¿La moumanaa, el celebrado eje de la resistencia que la propaganda del Partido de Dios blandía como un estandarte sagrado? «Dónde está, pues? No la veo.» La respuesta, perfectamente calmada, hacía estallar en pedazos el mito fundador de Hezbolá sobre la lucha por los oprimidos. El diagnóstico y su cumplimiento La participación de Hezbolá en la guerra siria era una prueba adicional de que el partido había transformado a la comunidad chií libanesa en combustible de un proyecto que había dejado de ser chií en el sentido de la tradición del Yabal ʿAmil, para volverse persa en sus fines escatológicos y mercenario en sus modalidades terrenales. El verano de 2006 ya había costado muy caro, y el veredicto seguía siendo muy cuestionable sobre las «victorias divinas» proclamadas por el Hezb. La década siria había comenzado ya a firmar el verdadero comienzo del fin… antes de que los misiles de septiembre de 2024 y luego los de marzo de 2026 vinieran a escribir el capítulo más brutal y más trágico. Mohammad Hassan el-Amine poseía ese don singular de formular, sin acrimonia, verdades que sus interlocutores se negaban a escuchar, y de poner el diagnóstico sobre la mesa sin complacerse en la herida que causaba. La tristeza lúcida del médico que ve progresar la enfermedad porque el paciente rechaza el tratamiento, y que sigue repitiendo, día tras día, la receta, aun sabiendo que quienes le escuchan son cada vez menos. Tal era su posicionamiento filosófico, y eso es lo que recorría sus textos. ¿La wilayat al-faqih como fundamento de la legitimidad política? Había pasado toda su vida demostrando que el gobierno, en la tradición islámica bien entendida, pertenece al ámbito de los asuntos humanos y no del mandato divino, que la dawla nace en el campo de las mubahaat , las cosas permitidas, y que confundir la sharia con la arquitectura del poder político es cometer exactamente la traición que Muawiya cometía en su tiempo: robar la justicia en nombre de la justicia. ¿La democracia como antítesis del islam? Se había preocupado de mostrar que la democracia funciona como un mecanismo, que el principio coránico de shura no espera sino ser traducido en instituciones, y que hace catorce siglos los musulmanes perdieron una ocasión histórica de inventar la democracia antes que los europeos. Karbala contra la martiropatía El sayyed ya no está para asistir al suicidio de la secta guerrera, que destruyó consigo el conjunto del Yabal ʿAmil, lo cedió al enemigo y provocó sin vergüenza, para mayor gloria del faqíh , el desplazamiento de toda su población. Hezbolá emerge hoy de las cenizas de su propia implosión militar. Y sin embargo, entre las ruinas aún humeantes de esta catástrofe, la retórica martiropatica sigue funcionando, como si la gravedad del desastre fuera incapaz de romper el círculo diabólico de la ideología de la muerte. Una ideología que el-Amine había combatido toda su vida, en nombre de una dignidad superior de la vida, convencido de que el chísmo, tal como lo concebía desde sus lecturas en Nayaf hasta sus últimas conferencias en Sidón, se presenta ante todo como un proyecto de liberación humana, antes de ser instrumentado como programa de sacrificio ritual al servicio de las ambiciones imperiales de Tehrán. La martiropatía, ese culto estructural de la muerte que transforma la derrota en victoria espiritual y la destrucción en sacrificio fundador, ocupa el corazón teológico de la lógica de Hezbolá, sin que nadie dentro del sistema posea las herramientas conceptuales para salir de él. Esto es lo que el-Amine había comprendido al releer Karbala como un llamado a no tolerar jamás la injusticia, a rechazar la sumisión al tirano y a distinguir el testimonio ( shahada ) de la búsqueda compulsiva del martirio ( istishhad ) erigida en finalidad. En sus conferencias de 1992 y 1993 en Teyr Debba, revirtía el eslogan «Cada día es Ashúra, cada tierra es Karbala» contra la lectura dominante que la milicia y sus panegiristas habían hecho de él. Este eslogan, explicaba, significa que la lucha por la justicia se plantea en cada época y en cada lugar, y que el verdadero homenaje rendido al imam Husein es construir el mundo que él propugnaba. Y que, por ende, repetir sin fin la escena de su inmolación traiciona precisamente lo que él quiso transmitir. Pero ¿cómo convencer de ello a una multitud criada desde la cuna en la idea fija y anestesiante de que la vida verdadera pasa por el martirio? El legado y la brújula Lo que hace que el pensamiento de el-Amine sea insustituible en el Líbano de hoy reside en la calidad de la alternativa que propuso y que aún está por construir. Un chísmo liberado de la tutela de un aparato militar que confiscó la decisión de guerra y paz a toda una sociedad sin consultarle jamás, y que impuso su destino a una comunidad instaurando una hegemonía por las armas al servicio de un proyecto ajeno. El legado de Mohammad Hassan el-Amine, más que nunca, es el de una identidad chií libanesa luminosa, radiante, cuyo anclaje primero sea el Líbano y la herencia del Yabal ʿAmil, releídos sin la servidumbre política que la wilayat al-faqih impone sobre ellos desde 1979. Una visión del Estado como proyecto común de justicia y libertad, que trasciende las pertenencias sectarias y es capaz de acoger la pluralidad libanesa en una arquitectura civil fundada en el derecho y la democracia, lejos de las armas, del narcotráfico y de los usos mefistofelicos heredados de los Asesinos. Esta visión libanesa, Mohammad Hassan el-Amine — dignitario religioso, filósofo, escritor y poeta — la había construido en la práctica cotidiana de un hombre sencillo, austero, cálido, que vivía en una ciudad de mayoría suní, participaba en consejos interconfesionales, acogía con los brazos abiertos, en el espíritu de convivencia del Gran Líbano, a sacerdotes maronitas e intelectuales laicos, que leía a Mohammed Arkoun con tanto interés como a Shahid Sadr, y que se negaba a que su posición y sus creencias religiosas dictaran sus relaciones con sus conciudadanos. La proximidad, el cuerpo a cuerpo con la alteridad, la convicción de que el islam constituye el patrimonio de la civilización humana en el sentido más amplio… todo ello hacía de él una especie de clérigo-erudito, de muytahid-humanista, cuya profunda tradición nunca podía obstaculizar su libertad de pensar y de ser con los demás y para los demás. Shia al-ʻaql wal-damir — los chiíes de la razón y la conciencia. Tal es el camino que Mohammad Hassan el-Amine, siguiendo las huellas de sus ilustres predecesores del Yabal ʿAmil, propone a los chiíes libaneses. Es un proyecto de futuro. Para la comunidad chií, como, por lo demás, para todas las comunidades libanesas, actualmente desorientadas y presa de las convulsiones identitarias más violentas, como ocurre siempre en tiempos de crisis. Al igual que sus amigos Mohammad Mahdi Shamseddine, Hani Fahs, Nassir el-Assaad y Mohammad Hussein Shamseddine, y tantos otros, el legado de Mohammad Hassan el-Amine está ahí para recordarnos que la brújula es el Estado del Gran Líbano como patria definitiva para todos sus hijos, soberano, libre, independiente y plural. En el silencio de la eternidad, aún espera — ahora más que nunca — ser escuchado.

Mohammad Hussein Shamseddine, este soldado desconocido
Por
Fares Souaid
Publicado
abr 9, 2026 - 13:22

Si escribo estas palabras hoy, no es movido por la ética, la amistad o la cortesía, sino por el inmenso respeto que profeso a un hombre que dio mucho al Líbano y que permaneció un soldado desconocido. Este hombre se llama Mohammad Hussein Shamseddine, y pensó y redactó, de 1992 a 2026, la mayor parte de la literatura política que constituyó la piedra angular sobre la cual construimos el relato de la soberanía y la independencia del país. Para Mohammad Hussein Shamseddine, la soberanía y la independencia estaban siempre ligadas a la unidad nacional, de la que dependían directamente. Y en el momento en que esa unidad nacional se quebraba, cualquiera fuese la razón, ello traía inevitablemente consigo una ruptura de la independencia y la soberanía del país. Decía que la mayoría de los libaneses, comunidades o partidos, para poder ajustar cuentas con las otras comunidades y los otros partidos, habían optado por crear una asociación con una fuerza regional o extranjera, a la que cedían una parte de la soberanía del país a cambio de una fuerza de apoyo utilizada en el interior del país contra el otro diferente. Para él, la independencia y la soberanía eran indivisibles, y ningún beneficio podía crearse a expensas de la asociación con las otras comunidades, distintas o no. Chamseddine era un soldado desconocido porque se había atribuido a grandes pensadores el mérito de haber redactado, por ejemplo, la literatura del Congreso Permanente de Diálogo. Se había atribuido a grandes pensadores el mérito de haber redactado toda la literatura de Kornet Chehwane, del 14 de Marzo, de la secretaría general, de los manifiestos políticos elaborados cada año, de las cartas dirigidas al exterior, a los centros de decisión árabes, etc. Todo ese patrimonio nacional y político se lo debíamos en realidad al pensamiento de Mohammad Hussein Shamseddine. Era en torno a él que nos reuníamos en la secretaría general, cigarrillo en mano, con un río de café servido por Antoinette. En torno a ese sabio, a ese hombre de una modestia extrema que nunca había intentado, a diferencia de muchos políticos y pensadores políticos, destacar lo que sabía a expensas del otro. Al contrario, enseñaba, con calma, como un sabio. A su alrededor, todos, todos escuchaban, viendo en él una fuente de bondad, de valentía, de buen juicio, de inteligencia y, sobre todo, de una comprensión profunda de la complejidad de la sociedad libanesa. Mohammad, serás para mí, siempre, como lo fueron Sami Frangieh o Nassir el-Assad, un erudito de quien aprendí a mantenerme modesto, a leer intensamente y a ver y conocer el Líbano de una manera distinta. El Líbano, como decías siempre, no puede fundarse sobre un equilibrio de fuerza, sino sobre la fuerza del equilibrio. Ojalá seas escuchado, sobre todo en los terribles momentos que atravesamos actualmente, y ojalá tus palabras y tu pensamiento constituyan el pilar filosófico del Líbano de mañana.

Mohammad Hussein Shamseddine, un pensamiento chíí tras el 14 de Marzo
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
abr 9, 2026 - 11:55

Hace cuarenta días que desapareció Mohammad Hussein Shamseddine, una mente excepcional, demócrata chií y pensador de la convivencia, además de ferviente defensor de la preservación del Gran Líbano. Este artículo no es tanto un homenaje como un testimonio preciso de todo lo que este hombre —humilde, discreto y desconocido para el gran público— fue y aportó al debate público. Es un hombre tranquilo, filiforme, taciturno. Todos los días, a primera hora de la tarde, llega a la secretaría general del 14 de Marzo, donde se instala discretamente y se consagra a sus reflexiones, sus lecturas, sus escritos. Sin duda, una nueva iniciativa está tomando forma, concertada con sus compañeros de ruta Samir Frangieh y Fares Souhaid. Las ideas que Frangieh plasma en papel, en francés o en árabe, pasan por las manos de Shamseddine — quien reflexiona, reciproca, añade sus comentarios y observaciones. La ósmosis intelectual y política entre los dos hombres, intensamente humana, es total, y el resultado siempre sustancial, sostenido por una visión filosófica, humanista y profunda de la convivencia. Vestido con un traje gris claro y una camisa, siempre sobrio, con bigote y rasgos galos, fuma cigarrillo tras cigarrillo, bebe taza de café tras taza de café. El aire de un poeta de principios del siglo XIX, teñido de intelectual de izquierda de principios del XX. Pessoa encontrándose con Trotsky en un café de la calle Hamra en los años setenta. Luego, los habituales de la secretaría general van llegando uno tras otro. El hombre permanece plácido. El cuerpo, menudo. Casi inmóvil. La cabeza, en cambio, funciona como un motor sereno y apacible, casi animada de vida propia. Los debates de fondo se encadenan, calibrados según el nivel cultural e intelectual de los interlocutores. El maestro no es sólo un pensador; es un pedagogo, un educador. Y uno se acerca a él como a un sabio, un druida llegado de otro tiempo. No es sólo una impresión, una energía que irradia. El hombre es genuinamente un pozo de saber y de sabiduría. Y, sobre todo, no necesita alardear de ello, desplegar sus conocimientos, acumular charlas ociosas y diatribas inútiles. Es preciso, riguroso, lacónico, y se permite de vez en cuando un destello de humor sarcástico cuando algún discurso, actitud o comportamiento político de un líder o interlocutor lo irrita. ¿La megalomanía, el populismo, el absurdo reinado del líder histórico inspirado? Todo ello lo irrita hasta la intranquilidad genuina. La voz sube un poco, pero nada más. El gentleman británico que lleva dentro siempre se impone, incluso en la revuelta. Mohammad Hussein Chamseddine y Sayyed Hani Fahs, dos voces de la moderación chiíta. A pesar del clima de odio paroxístico — la lucha contra los asesinatos, las demostraciones de fuerza, los actos de violencia perpetrados por Hezbollah — el hombre rechaza sin embargo la opción fácil, la del instinto y el impulso. Mantiene la cabeza perfectamente fría. Y la noción de convivencia le corre por la sangre. Cree en ella, inquebrantablemente: en el Gran Líbano, la tierra del Cedro como «estilo de civilización» y «una de las sociedades menos inhumanas del mundo» — esas dos expresiones de René Maheu y Georges Naccache que cita constantemente, al igual que Frangieh. «La filosofía del pacto y el espíritu del consenso son la esencia misma del Líbano», profesa a quien quiera escucharle. Este hombre, al que se debe, junto a Samir Frangieh ante todo, gran parte de los documentos e iniciativas del 14 de Marzo desde el Encuentro de Qornet Chehwan, se llama Mohammad Hussein Shamseddine. Es un chiíta de Arabsalim, en el sur del Líbano. Vive en los suburbios del sur y no tiene ninguna intención de irse, con intimidaciones o sin ellas. Hezbollah, como ningún otro, no le infunde temor. Con razón: Shamseddine es un resistente de la primera hora. Formado en las filas de Fatah, dentro de las cuales fundó, junto a otros, la Organización Popular Libanesa del Líbano Sur, pasó la página de la guerra una vez terminada ésta, trabajando sin cesar por una reconciliación nacional capaz de poner fin a la ocupación siria, sin perder de vista, naturalmente, el papel diabólico de Israel en la alimentación de los conflictos sectarios en la región. Uno de los principios fundamentales de su código personal es la coherencia moral e intelectual. El Congreso Permanente para el Diálogo Bajo la égida del imam Mohammad Mahdi Shamseddine, del que es uno de los discípulos, y del patriarca Nasrallah Sfeir, Mohammad Hussein Shamseddine funda, junto con Hani Fahs, Samir Frangieh, Nassir el-Assaad, Saoud el-Maoula y Fares Souhaid, el Congreso Permanente para el Diálogo Libanés en 1993. Una iniciativa concreta, clara, inspirada indirectamente por el pensamiento de René Girard y su obra Las cosas ocultas desde la fundación del mundo . Su propósito es reunir a personas venidas de trincheras enfrentadas para sentarse juntas y reflexionar sobre la guerra, lo que se hace de inmediato. Al principio, sin conocerse, los intercambios son tensos. Hay que hacer de mediadores y «traducir» mientras cada uno se expresa, ya que la guerra y sus barricadas físicas y morales han desmantelado cualquier lenguaje, léxico o enfoque conceptual común que pudiera existir. Pero las barreras caen progresivamente, y un espíritu de cuerpo compartido, consensual y libanista, comienza a emerger. La carta fundacional del Congreso, redactada ese mismo año, plantea desde el principio la pregunta que nadie, desde el fin de los combates, se había atrevido a formular directamente: ¿cómo construir un Estado unificado sin responder antes a la pregunta fundamental de quiénes somos y qué queremos? Porque el problema libanés no es, en primera instancia, institucional. Es una cuestión de identidad, y por tanto de filosofía. La identidad libanesa es una identidad compleja, formada por una multitud de pertenencias — familiares, lingüísticas, culturales, religiosas, regionales — que no se superponen ni se anulan sucesivamente, sino que se integran en un proceso permanente, siempre en curso, siempre inacabado. Reducirlas a una única pertenencia, nacional o confesional, es abrir el camino a la violencia. El Estado libanés, por consiguiente, lejos de ser un Estado ordinario, está llamado a gobernar no sólo individuos, sino comunidades, culturas, regiones, sensibilidades — y todo mecanismo que pretenda simplificar esta complejidad, en un sentido u otro, acaba por aplastarla. Con Anne y Samir Frangié, así como Chawki Dagher, en la ceremonia donde Frangié recibió la Legión de Honor el 10 de octubre de 2016. Es en este espíritu que el manifiesto para un entendimiento sobre los fundamentos de la nación libanesa, publicado en mayo de 1999 en An-Nahar y firmado por unos treinta intelectuales, políticos y académicos de todas las confesiones, da forma pública al enfoque del Congreso. Lo que el manifiesto rehabilita es el «sueño libanés» que los libaneses no supieron preservar: ese «estilo de civilización» fundado en la convivencia islamo-cristiana, la cultura del consenso elevada al rango de arte de vivir, la apertura al mundo sin disolverse en él — una contribución original, afirma el texto, a la civilización universal, que los libaneses no supieron medir antes de perderla. Una de las primeras iniciativas concretas del Congreso será un encuentro sobre lo que entonces se llamaba el ihbat , el abatimiento comunitario de posguerra, con la participación del patriarca Sfeir y del imam Shamseddine. Hezbollah también es invitado al diálogo en el marco de la misma dinámica, a través de un comité creado por Tarek Mitri en 2001, que agrupa también a Amal y a la Jamaa Islamiya. Pero se derrumba en 2005, con la retirada siria y la polarización del 14 de Marzo contra el 8 de Marzo. La lógica del Congreso irá ganando fuerza y, por una especie de contagio positivo, romperá el corsé comunitario que permite a Assad dividir a los libaneses e impedirles forjar una unidad garante de soberanía. El Encuentro de Qornet Chehwan, que agrupa a las principales fuerzas cristianas, toma forma, seguido por el Foro Democrático, que agrupa a la izquierda y a Qornet Chehwan, luego la Izquierda Democrática, que reúne a las fuerzas de izquierda soberanistas disidentes de un Partido Comunista excesivamente sirianizado. Walid Joumblatt también amplía su bloque parlamentario para incluir a representantes de ciertas tendencias políticas cristianas soberanistas. Todo converge hacia el Encuentro de Bristol, discretamente apadrinado en la sombra por Rafic Hariri. La suerte del régimen sirio en el Líbano está sellada. La filosofía Shamseddine En la misma línea, el leitmotiv de Shamseddine, lo que repite incesantemente a todos, es que los problemas de cada comunidad en el Líbano no son problemas propios de esa comunidad stricto sensu . Son los problemas de todos los libaneses. Y que, por consiguiente, no hay solución parcial, regional o comunitaria a los problemas del Líbano — sólo soluciones nacionales transversales a las dificultades de las comunidades. Para él, el famoso ihbat de posguerra no era un problema que una sola comunidad pudiera resolver por sí sola. Sólo podía abordarse dentro de una lógica transcomunitaria, y por tanto nacional, garante de soberanía y de un equilibrio nacional fundado en la convivencia, la justicia y la libertad. El Encuentro de Qornet Chehwan no estaba destinado, en ese sentido, a convertirse en un nuevo Frente Libanés Cristiano, sino en lo que acabó siendo: una dinámica compuesta, una oposición plural. Tampoco existe, a su juicio, una solución estrictamente chíí al problema de Hezbollah, cuya resolución es libanesa, y pasa por una comunidad de esfuerzos transversales capaz de refundar el Estado y su monopolio de la violencia. En este marco, no se cansará de relatar, para reprochar a una dirección del 14 de Marzo que se deja pisotear, consumida por sus querellas internas y sus juegos de poder, o por la lógica de pseudocompromisos baratos, insípidos y pusilánimes, la sabia parábola árabe que ilustra perfectamente, para él, el complejo del 14 de Marzo: «Un hombre está convencido de ser un grano de trigo. Aterrado ante la idea de ser devorado por una gallina, acaba siendo internado. Tras meses de terapia, los médicos logran convencerle de que es un ser humano y no un grano de trigo. El día de su alta, apenas ha cruzado la puerta del hospital cuando avista una gallina y corre de nuevo al interior, temblando de miedo. Su médico le pregunta: — ¡Pero si usted sabe perfectamente que no es un grano de trigo! El hombre responde: — ¡Claro que lo sé! ¿Pero lo sabe la gallina?» «La regla de oro» ¿Por qué este libanismo de convivencia, respetuoso de las comunidades y sus especificidades, pero también de la justicia, la equidad y la ciudadanía? Para Shamseddine, la «regla de oro» del Líbano es una frase pronunciada en los años cincuenta por Hamid Frangieh, dirigida a Charles Malik, entonces ministro de Asuntos Exteriores, en vísperas de su adhesión al Pacto de Bagdad: «Si los libaneses se ponen de acuerdo en algo malo, se convierte inmediatamente en fuente de bien; y si se disputan sobre algo bueno, se convierte en factor de mal.» En otras palabras, el consenso es el fundamento de la fórmula libanesa, y ninguna verdad absoluta puede existir en el Líbano. «Es la regla de oro del Líbano, el origen de la fórmula de 1943. Desgraciadamente, desde Taëf, la clase política no entiende nada de esta regla y no cree en ella.» En la firma de su libro, Zaman Samir Frangié, el 28 de mayo de 2019. Es esta misma convicción la que le lleva, en 2004, a tomar la palabra en un congreso en Saydet el-Jabal para corregir, con una precisión casi quirúrgica, las lecturas erróneas que la clase política libanesa viene cometiendo desde el fin de la guerra. Tres errores, dice, resumen la ceguera colectiva: creer que hubo un vencedor y un vencido, creer que los derrotados fueron vencidos por su adversario, y no ver que la derrota es ante todo una derrota de los libaneses por sí mismos, por su propia desunión. A lo que añade un cuarto, quizás el más grave: el de extraer la propia fuerza del extranjero, como si la soberanía pudiera fundarse en la dependencia. Lo esencial, dictamina, no es que personalidades cristianas y musulmanas se encuentren codo con codo en la misma sala. Lo esencial está en el fondo, en la filosofía del pacto — en la necesidad de disipar la niebla, de recordar que el consenso no es un método casuístico entre otros, sino la condición misma de la existencia del Líbano. Para Shamseddine, el Estado libanés no puede ser un Estado ordinario, regido por mecanismos ordinarios. Un Estado simple es necesariamente reductor, y un Estado reductor es, por definición, totalitario; incapaz de alinearse con una sociedad tan compleja como la libanesa, acaba por intentar reformarla a su gusto, «simplificarla». El verdadero desafío es el opuesto: adaptar el Estado a las necesidades de su sociedad, y no la sociedad a las exigencias de un Estado mal hecho para ella. Por ello no cesará de trabajar, a partir de los años 2000, para reconstruir estos vínculos, iniciativa tras iniciativa, especialmente la Llamada de Beirut de 2004, que provoca la ira del aparato de seguridad líbano-sirio, junto a Samir Frangieh, Fares Souhaid y Saoud el-Maoula. A él se debe también una contribución esencial a los documentos de trabajo fundamentales del 14 de Marzo, incluido aquel que, al término del congreso anual del movimiento, define «la cultura de la paz y del vínculo frente a la cultura de la violencia y la exclusión», trazando una línea de fractura transversal en el conflicto regional en curso. En el plano estrictamente chíí, y dado todo lo anterior, no debe sorprender que el hombre fuera un partidario inveterado de la wilayat el-umma desarrollada por el imam Shamseddine y de la pluralidad de la marjaa , y fundamentalmente hostil a la wilayat el-faqih iraní y al despotismo jomeinista. Para Mohammad Hussein Shamseddine, el proyecto del Estado es la única garantía viable para todos los libaneses, incluidos los chííes, a años luz de las fantasías supremacistas sostenidas por tal o cual potencia extranjera. La pérdida de un «alma gemela» Tras el autosabotaje del 14 de Marzo, la victoria política de Hezbollah y el acceso del candidato del partido pro-iraní Michel Aoun a la presidencia de la República, el fiel compañero de Mohammad Hussein Shamseddine, Samir Frangieh — su verdadero gemelo político e intelectual, un hombre con el que siempre trabajó en tándem, en resonancia, en perfecta sincronía — gravemente enfermo y agotado por los extravíos y las capitulaciones de los líderes políticos soberanistas, se retiró de la escena y se apagó discretamente. Fue una ruptura política, una escisión limpia de algo que era un todo. Shamseddine, cuya lealtad era verdaderamente inquebrantable, se apresuró, al año siguiente, a escribir la biografía de su amigo, Zaman Samir Frangieh ( El Tiempo de Samir Frangieh ), cada página un testimonio de amistad y gratitud, sin énfasis, sin la menor grandilocuencia. Simplemente un compromiso cívico y civil con el Gran Líbano y la cultura del vínculo, de la convivencia y de la paz. Para honrar la memoria de Samir, Shamseddine se borró por completo. Pero no necesitaba situarse en el centro del escenario — su modestia le defendía de ello. Y, a través de Samir, era de sí mismo, de ese mismo aliento libanés de convivencia, de lo que hablaba. Mohammad Hussein Shamseddine se eclipsó como vivió, en la más completa discreción, en la noche del 1 al 2 de marzo, a la hora en que Hezbollah iniciaba su guerra para vengar a Jamenéi. Con todo el país sumido en el caos, su muerte pasó casi desapercibida. En cualquier caso, pocos libaneses, más allá de los círculos de amigos de Samir Frangieh y de la antigua secretaría general del 14 de Marzo, le conocían o habían oído hablar de él — y eso, por lo demás, era siempre lo que él había querido. Sin embargo, la historia recordará que es en gran medida gracias a él, un demócrata chiíta honesto, valiente y lúcido, que la mayor parte de la literatura política de convivencia y unitaria del 14 de Marzo, en oposición a todas las tutelas, ocupaciones y demás monstruosidades parapolíticas, vio la luz. Su trayectoria y su legado constituyen, en sí mismos, un testimonio de que el Gran Líbano, liberado de sus demonios, dotado de un Estado verdadero, reconciliado consigo mismo, es realmente un «estilo de civilización» que merece vivir.

Salma Merchak, la resistencia a través de las Luces
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
feb 24, 2026 - 14:18

Era el 4 de febrero de 2021, en una mañana invernal y sombría. El cuerpo de Lokman Slim, arquetipo del intelectual comprometido políticamente, acababa de ser hallado en su automóvil, acribillado por las balas. Un clavo más en el ataúd de un Líbano podrido y carcomido hasta la médula por la hybris criminal de Hezbollah. El secuestro de Lokman el día anterior y su posterior asesinato se inscribían en una lógica tristemente conocida. En el Líbano, desde hace más de medio siglo, todo aquel que se atreve a cuestionar el orden totalitario vigente se convierte en blanco potencial de eliminación. Los intelectuales, en particular, han sido siempre prescindibles. Su desaparición rara vez despierta fibras nacionales, comunitarias, localistas o clánicas, porque no cuentan con hordas de fieles detrás de sí. En ese sentido, constituyen objetivos fáciles —y por ello preferentes. Desde hacía tiempo, Lokman Slim reunía en su persona todo aquello que incomodaba a los sicarios del partido proiraní. Desde el corazón del suburbio sur —que se negaba a abandonar— desafiaba la omnipotencia de Hezbollah manejando la palabra y la pluma como un florete de punta afilada. Pese a las amenazas de muerte que recibía de manera cíclica, rompió la omertà en torno a la explosión del puerto de Beirut del 4 de agosto de 2020, señalando abiertamente la responsabilidad de Hezbollah y del régimen sirio en aquel crimen, mientras la versión oficial repetida por todas partes sostenía que se trataba de un simple accidente fruto de negligencia mafiosa. Pagó ese desafío con su vida pocos días después. Fue en medio de aquella tragedia cuando la mayoría de los libaneses descubrió a Salma Merchak, como una figura salida de Las Troyanas de Eurípides —una Hécuba moderna que proclamaba, sin deseo de venganza y con extraordinaria contención y gracia, que «la muerte de un hijo no tiene medida humana». Sin duda, aquel día el orden y la continuidad del mundo se quebraron para la madre de Lokman Slim, que perdió una parte de sí misma en un dolor materno que ninguna inteligencia puede abarcar. «Hay dolores que no lloran», escribió Víctor Hugo sobre su hija Leopoldine. Y sin embargo, con un valor ejemplar, fiel a un patrimonio cultural de riqueza excepcional, Salma Merchak —con su mezcla desarmante de inglés y árabe egipcio y esa dulzura sabia y firme de las almas nobles que no temen mirar a la muerte a los ojos y combaten la violencia con serenidad— transmutó su dolor en resistencia intelectual. Tal madre, tal hijo. Rara vez la pérdida de un hijo —y no de cualquier hijo— fue llevada con tanta modestia y dignidad. Frente a la brutal inhumanidad de los asesinos, Salma Merchak opuso una cultura de vida, trascendiendo, por la irradiación de su riqueza interior, el abismo de lo innombrable. Una muerte agazapada en la sombra, acechando insidiosamente la ocasión de hacerle pagar ese sacrilegio. Una madre ejemplar Convertida por la fuerza de los acontecimientos en una mater dolorosa, Salma Merchak Slim fue sin duda un modelo de ética y conocimiento para sus hijos. Fue mediadora y transmisora, guardiana de una continuidad levantina entre dos orillas, testigo de un Líbano que, incluso desde el fondo del abismo, persistía en hablar la lengua de la cultura, del vínculo y de la libertad. Nacida en Egipto, hija de un padre de origen sirio —de Nabk, en la región del Qalamoun— y de una madre libanesa de Joun, en el Chouf, creció entre dos pertenencias complementarias. Estudió periodismo en la Universidad Americana de El Cairo, donde uno de sus maestros más influyentes fue el escritor, periodista y traductor Wadih Filastin, gran erudito que conoció la prisión bajo Nasser y encarnaba una prolongación del pensamiento nahdawi. Fue probablemente él quien inoculó en la joven Salma el virus de la libertad y la pasión por la cultura. Durante una visita estival al Líbano conoció a Mohsen Slim, brillante penalista, comprometido en el Bloque Nacional junto a Raymond Eddé, adversario del nasserismo y firme defensor de las libertades y de la Constitución. Hombre valiente, irreductible y radicalmente libre, multiplicaba las batallas contra la injusticia de los poderosos, despreciaba los honores y rechazaba encerrarse en el corsé comunitario de su propia confesión. De esa unión nacieron Hadi, Rasha y Lokman, igualmente apasionados por la cultura y la justicia. Pensar para no morir Mientras su esposo combatía en múltiples frentes —defendiendo a Kamel Mroué frente a la férula de Abdul Hamid Ghaleb, representando a Jamil Daaboul y Farouk Mokaddem, librando duelos con Selim el-Laouzi y resistiendo al chehabismo en Jbeil y Beirut— Salma Merchak profundizaba en su vocación de erudita. Desde 1973 emprendió un trabajo académico sobre la migración de los “shawam” hacia Egipto, esa diáspora levantina que irrigó la prensa, las letras, las ideas y una parte esencial de la modernidad árabe entre finales del siglo XIX y mediados del XX. Su labor como autora e investigadora se centró en figuras relegadas a los márgenes de los grandes relatos: Nicola Haddad e Ibrahim al-Masri, nombres emblemáticos del vínculo entre Egipto y el Levante y de la capacidad de los intelectuales shami para tender puentes duraderos entre sociedades, lenguas y sensibilidades. Se convirtió así en guardiana de la memoria de esa relación entre dos mundos estrechamente entrelazados, consciente de que no debía ceder al desgaste del tiempo ni al olvido, sino continuar transmitiendo el legado nahdawi pese al malestar árabe descrito por Samir Kassir. No es casual que Lokman fundara más tarde un centro de investigación dedicado a la memoria de la guerra civil y documentara las torturas sufridas en las cárceles sirias. En ese sentido, toda la obra de Salma Merchak fue resistencia del pensamiento frente a la muerte. Las Luces y la Noche de Haret Hreik En los retratos periodísticos de Lokman Slim se subraya a menudo su apego al pensamiento de las Luces y a la Nahda, así como su voluntad de resistir el oscurantismo desde la casa familiar de Haret Hreik, en pleno corazón de la noche hezbolá. Lokman fue heredero de la valentía de su padre y del saber de su madre. El hogar familiar se convirtió en un centro de resistencia política en el sentido más amplio: resistencia al terror y a la oscuridad. Para Salma Merchak, la “casa” era un espacio cívico, un lugar de debate, de lectura, de reflexión, incluso cuando la noche se hacía larga y los lobos se agrupaban en torno a sus muros. Su apego a la biblioteca resultaba revelador en ese sentido: era una forma de neutralizar cualquier victoria que la brutalidad pretendiera reclamar. Como escribió Makram Rabah, en su figura había algo que tocaba el simbolismo libanés más profundo: la casa como último bastión, como último Estado. El país se derrumba, las instituciones se descomponen, la justicia balbucea, la historia se falsifica, pero una casa habitada por la conciencia puede convertirse en una república en miniatura: biblioteca, salón, jardín, tumba, lugar de memoria y de palabra. Funcionaba como incubadora de intelectuales y amistades, de redes de pensadores y visitantes. Esta resistencia cultural e intelectual a la Noche mediante las Luces, a la barbarie mediante la civilidad, evoca el espíritu defendido por Sélim Abou durante la ocupación siria: ninguna resistencia política es completa sin una estructura cultural basada en el conocimiento, la libertad y los derechos humanos. Muchos adversarios de Lokman no comprendieron esa coherencia. No era un hipócrita político negociando compromisos para sobrevivir. Se regía por una escala de valores clara: el humanismo universal y la Nahda heredados de sus padres. «El pensamiento no se mata con balas…» Ironía amarga: fue el asesinato de Lokman lo que llevó a Salma Merchak a la luz pública. Y lo que los libaneses descubrieron no fue solamente dolor o indignación, sino una postura moral hecha de serenidad, sabiduría y determinación. Desde el primer momento rechazó el lenguaje de la venganza. No cedió a la tentación libanesa de cerrar filas alrededor de la sangre. Preguntó, con sobriedad casi bíblica: ¿para qué sirvió? ¿qué han ganado? Esas preguntas desnudaban a Hezbollah —y a todos aquellos para quienes la violencia es un modo de resolver conflictos— devolviéndolo a la impotencia de su poder. Puede sembrar el caos y aniquilar oposiciones, pero no puede protegerse del contagio del conocimiento y de la libertad. Es cuestión de tiempo. El desenlace está sellado. Alea jacta est. La civilización termina imponiéndose sobre la barbarie. «El pensamiento no se mata con balas», repetía. Y cuánta razón tenía. Con el asesinato de Lokman se quebró el orden del mundo para su madre, como antes para Jean y Laila Kassir, Ghassan Tuéni, Amine y Joyce Gemayel, Mahmoud y Samir Eid, y tantos otros padres que han visto —o ni siquiera han tenido esa amarga consolación, como le ocurrió a Ghassan Tuéni— el cuerpo sin vida de su hijo. Tal vez el acto de resistencia más fuerte de Salma Merchak y su familia fue negarse a abandonar Haret Hreik tras el asesinato. Dejar el lugar habría significado entregar el relato. La única manera de honrar su memoria era continuar: escribir, hablar sin miedo, sostener las instituciones y el legado al que había consagrado su vida, especialmente el espíritu de la memoria y la perseverancia de UMAM. El jardín de la casa se convirtió en tumba y símbolo de resistencia. Creyendo triunfar, Hezbollah creó un héroe inmortal cuyo santuario permanece anclado en la periferia sur. Cuando la milicia proiraní haya desaparecido de la escena, la tumba de Lokman seguirá floreciendo en su jardín. «Uno no se repone de la muerte de un hijo. Solo aprende a respirar de otra manera», escribió Françoise Dolto. Salma Merchak hizo más que respirar. Respiró por dos. Hasta su último aliento. Un aliento de resistencia, de humanismo, de civilidad, de cultura del vínculo, de conocimiento y de paz. Ya ha partido por el bosque, por la montaña, incapaz de permanecer lejos de Lokman por más tiempo.

La historia de Salma Mershak, quien esperó justicia para su hijo Lokman durante 5 años.

Qué avaro es el tiempo. El Líbano y el Oriente han conocido a pocas mujeres semejantes a Salma Merchak Slim, madre del pensador-mártir Lokman, quien partió ayer, ansiosa por reencontrarse con él, sin haber visto la justicia de los hombres caer sobre sus asesinos. Salma Merchak sobrevivió exactamente cinco años a su hijo; sus lágrimas fluían hacia adentro, en un corazón vasto y colmado de tristeza, y solo rara vez humedecían sus mejillas. Permaneció presente, erguida, intacta, junto a su hija Rasha el-Ameer, a Monika Bergmann y a los compañeros de su hijo, fiel a la defensa de los valores del diálogo, de la aceptación del otro, del saber, de la cultura y de la Ilustración. Esta madre, investigadora e intelectual, no acusó a nadie. Y, sin embargo, su hijo Lokman había nombrado a sus verdugos incluso antes de que cometieran su crimen. En un texto escrito, había responsabilizado personalmente al jefe de Hezbollah de cualquier daño que pudiera alcanzarlo a él, a su casa o a su familia, después de que un grupo del partido se manifestara en el jardín de la casa de su bisabuelo en Haret Hreik. Se negó, no obstante, a abandonar esa casa, tal como su madre Salma lo había hecho antes que él, fiel a la recomendación de su esposo, el diputado Mohsen Slim, quien le había pedido preservar su memoria y su presencia. Los manifestantes colgaron en el muro del jardín estas palabras siniestras: «Gloria a la pistola silenciada». A lo que Lokman respondió: «No nos harán callar». Seis meses después de que Beirut misma hubiera sido asesinada por la explosión del puerto, Lokman fue asesinado a su vez. Es probable que su “delito” fuera haber osado desenmascarar a los responsables y haber puesto en evidencia, mediante hechos y un relato coherente, el papel del régimen de Assad y de sus aliados en el Líbano. El gobierno, reunido entonces bajo la presidencia de Michel Aoun, prometió una investigación transparente en un plazo de cinco días y la identificación de los responsables de esta catástrofe, que dejó cerca de 230 muertos, 7.000 heridos y devastó barrios enteros de la capital y sus alrededores. Pero Hezbollah paralizó la investigación con una arrogancia ya proverbial. Lokman, por su parte, se apresuró a proclamar las verdades tal como las había reunido y comprendido, antes de encaminarse hacia el martirio. En su obra publicada por Dar al-Jadeed, la editorial dirigida por Rasha el-Ameer tras el asesinato de su hermano y titulada en su versión árabe Por el alma y por la sangre… el nasserismo y sus herencias , el periodista Alex Rowell relata que Salma fue la primera en advertir las semejanzas impactantes entre el asesinato de su hijo y el de Kamel Mroué, fundador del diario Al-Hayat , asesinado en 1966. A pesar de la diferencia de edad, Kamel y Lokman compartían la misma hostilidad hacia los regímenes totalitarios. Ambos fueron blanco de campañas sistemáticas que los acusaban de traición y de alineamiento con Occidente e Israel, en una prensa experta en asesinato moral. Ambos eran libaneses chiíes convencidos de la necesidad del pluralismo y la apertura. Ambos fueron abatidos por disparos a quemarropa, firma predilecta de aparatos que actúan por órdenes de Estados extranjeros, lo cual disipa cualquier duda sobre su implicación. Cruel ironía del destino: la familia de Kamel Mroué había confiado su defensa al padre de Lokman, el difunto Mohsen Slim, abogado penalista y diputado durante un solo mandato por el segundo distrito de Beirut, para que la apoyara y reclamara sus derechos. Dos de los asesinos fueron arrestados entonces. Cuando Mohsen Slim aceptó defender a la familia Mroué, él mismo fue amenazado de muerte. Décadas antes de que su hijo fuera atacado, una bomba explotó ante la entrada de su casa, destinada a silenciarlo, o incluso a eliminarlo. Alex Rowell escribe además: «Desde el balcón del primer piso de la “casa blanca” familiar, Salma, viuda de Mohsen y madre de Lokman, me señala el lugar exacto donde ocurrió la explosión más de medio siglo atrás. »Aquella tarde de octubre de 2021, sofocante por el calor y la humedad, su hija Rasha estaba sentada con nosotros y hacía circular copas de vino frío. “En la época de la explosión, nuestros portones eran de madera”, dijo Salma. Tras el atentado, su esposo los sustituyó por las pesadas rejas de hierro que vemos hoy. Respiró profundamente y suspiró: “Cuántas amenazas recibimos”. »Salma, al igual que su esposo y su hijo, parecía haber aprendido a vivir en el umbral del peligro. »Era una mujer fuera de lo común. Cuando la conocí, entraba en su décima década y recordaba con precisión intacta su infancia en el Egipto británico y monárquico de los años treinta y cuarenta. Tras estudiar en el American College for Girls de El Cairo, hoy Ramses College, cursó estudios de periodismo en la Universidad Americana de El Cairo, donde fue formada por Wilton Wynn, a quien Reuters describió el día de su muerte como “uno de los más grandes periodistas estadounidenses del siglo XX”. También fue alumna de Samir Souki, corresponsal de Newsweek en El Cairo, quien le propuso, durante su último año de estudios, una pasantía en la revista. Esa experiencia le abrió, tras graduarse en 1956, las puertas de un empleo a tiempo completo. »Ese mismo año estalló la guerra de Suez. Los oficiales revolucionarios recién instalados en el poder en Egipto comenzaron a restringir la prensa extranjera y las libertades públicas. En 1957, la censura alcanzó su punto máximo; Newsweek cerró su oficina en El Cairo y Salma se trasladó a su nuevo puesto en Beirut, junto a su director, en el barrio de Kantari, esa “París de Oriente”, libre y seductora, entre mar y montaña, según los relatos optimistas. »Apenas había llegado cuando estallaron los acontecimientos de 1958, que dejaron cientos de muertos a lo largo de los meses. En la relativa estabilidad que siguió, Salma obtuvo una maestría en la Universidad Americana de Beirut y estudió con figuras brillantes, entre ellas el profesor Malcolm Kerr, asesinado en el campus en 1984. Tras su matrimonio con el abogado exitoso Mohsen, elegido diputado en 1960, se integró en la vida social de la élite beirutí; y fue en esos círculos donde conoció a Kamel Mroué. »Con un acento cairota intacto pese a décadas en Beirut, decía de él que era un hombre afable y entrañable, con quien daba gusto conversar y debatir. »Cuando dejó El Cairo para decir “no” a la dictadura militar, Salma Merchak Slim creyó haberse salvado. Creyó que el compromiso de su esposo, acusando a los asesinos de Kamel Mroué, a los instigadores de los acontecimientos de 1958 y a los autores del atentado contra su propia casa, mantendría lejos de ella el cáliz amargo. Pero no contó con el golpe del destino… llamado, en este contexto, Nasser.» A pesar de la intensa quemadura que devastaba su corazón tras el asesinato de Lokman, transmitió hasta el final el mensaje del diálogo y del encuentro con el otro. Mantuvo así la llama antes de despedirse con la dignidad y el valor de los intelectuales ilustrados. *** Se celebrará un oficio por el descanso de su alma el jueves 26 de febrero de 2026 a las 11:00 horas en la Iglesia Evangélica Nacional de Beirut, frente al Gran Serrallo. Las condolencias se recibirán el jueves de 10:00 a 18:00 y el viernes de 11:00 a 18:00 en el salón de la iglesia.