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Análisis

¿Un protocolo de entendimiento o una guerra en pausa?

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Una captura de video, a la izquierda, extraída de la cuenta X del presidente Macron, que muestra a Donald Trump firmando el acuerdo con Irán en el castillo de Versalles; y (a la derecha) una captura de pantalla extraída de la televisión estatal iraní que muestra al presidente iraní Massoud Pezeshkian sosteniendo una copia del mismo documento que acaba de firmar, el 17 de junio de 2026. (AFP)
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Por Khalil Helou
Publicado jun 19, 2026 - 17:11

Mientras Irán se encuentra prácticamente en ruinas, el memorándum de entendimiento firmado entre Washington y Teherán el pasado 17 de junio deja soplar un viento de incertidumbre sobre Oriente Medio. Mientras el régimen iraní siga en pie y sus grupos proxy regionales sobrevivan, aunque debilitados, la dinámica previsible no diferirá en absoluto de la que ha predominado en la región desde la revolución islámica de 1979 en Teherán.

Irán seguiría recurriendo a una combinación de ideología y pragmatismo para garantizar primero su supervivencia y luego reafirmarse a nivel regional, manteniendo al mismo tiempo las tensiones.

La operación «Epic Fury» es, sin duda, una obra maestra en su ejecución táctica, pero hasta ahora sin un beneficio estratégico claro, mientras Irán intenta demostrar mediante falsa propaganda, manipulación mediática y piratería de Estado que es el gran «ganador».

El analista geopolítico George Friedman describe la situación actual como una «paradoja del poder en Oriente Medio»; es decir, un mundo en el que Estados Unidos e Israel han alcanzado un nivel de dominio militar convencional sin precedentes desde principios de siglo, aunque sin lograr plenamente todos sus objetivos estratégicos.

Conviene recordar constantemente, frente a la propaganda iraní, que la magnitud de la destrucción infligida a Irán durante 40 días es colosal.

Estados Unidos e Israel llevaron a cabo aproximadamente 18 500 salidas aéreas y golpearon 130 000 objetivos iraníes con una notable precisión quirúrgica, según Foreign Affairs, destruyendo el 85 % de las instalaciones de producción de misiles y drones y eliminando el 70 % de las infraestructuras de lanzamiento de misiles.

Por otro lado, el ataque inicial de decapitación, que eliminó a cerca de 40 de los más altos dirigentes políticos y militares iraníes, incluido el propio Ali Jamenei, permitió que estos fueran reemplazados por una nueva generación de oficiales del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), más pragmáticos y menos ideologizados, quienes reaccionaron con rapidez para evitar el colapso del régimen.

Un memorándum de entendimiento frágil

El memorándum de entendimiento firmado el 17 de junio por Donald Trump y Massoud Pezechkian se parece menos a un tratado de paz que a una fase marcada por una tregua.

Los factores que lo impulsaron tienen un origen político interno, propio de cada uno de los tres beligerantes, más que relacionado con la situación militar. En efecto, las tensiones internas en Estados Unidos se han convertido, como ocurrió en cada guerra desde 1917, en una prioridad frente a los desafíos geopolíticos.

El presidente Donald Trump está bajo presión desde todos los frentes, en particular por parte de un ala de su propio partido, hastiada de la guerra, que considera el conflicto como un incumplimiento de sus promesas electorales, aunque las bajas estadounidenses en vidas humanas sean mínimas.

Sus opositores en las filas de ambos partidos explotan las consecuencias económicas del cierre del estrecho de Ormuz como arma contra su administración.

Por último, el partido demócrata no escatima esfuerzos para desacreditarlo, haga lo que haga.

Por otra parte, existe una divergencia creciente entre Washington y Jerusalén: mientras Estados Unidos considera el cese de las hostilidades como una pausa necesaria para reponer ciertos componentes de su arsenal que han alcanzado niveles muy bajos y para hacer frente al disparado precio del petróleo, Israel permanece en una postura existencial.

Por su parte, el primer ministro Benjamin Netanyahu se enfrenta a una tormenta política y a presiones iniciadas, en su flanco derecho, por los ultraortodoxos a causa del reclutamiento militar. Estos ultraortodoxos organizan sentadas frente a las prisiones donde están detenidos quienes se niegan a incorporarse a los cuarteles.

Por su izquierda, se enfrenta a quienes exigen su salida inmediata, a golpe de manifestaciones y cierres de carreteras. Y por si fuera poco, queda atrapado entre disgustar a Trump y continuar la guerra con intensidad en el Líbano, o disgustar a su aparato de seguridad, decidido a obtener una «victoria total» que incluya el desmantelamiento completo de Hezbolá y el fin definitivo del programa nuclear iraní.

Por su parte, en Irán la nueva generación de los CGRI se enfrenta desde el verano de 2025 a una crisis económica sin precedentes, agravada en gran medida por la guerra, y se encuentra dramáticamente sin los recursos necesarios para gestionarla.

Una parte de los nuevos dirigentes iraníes teme el colapso del régimen si la guerra continúa, mientras que la otra quiere seguir utilizando el estrecho de Ormuz y explotarlo como palanca de presión constante sobre la economía mundial.

Washington, Teherán y Jerusalén se encuentran, pues, demasiado absorbidos por sus desafíos internos y menos pendientes de las consideraciones geoestratégicas.

Al final, aceptaron el memorando de entendimiento, cuyas cláusulas pueden interpretarse «a la carta» según los deseos de cada parte, percibiéndolo como una pausa necesaria.

La reconstitución de los arsenales

El arsenal pesado iraní está prácticamente destruido. A Teherán solo le quedan medios asimétricos modestos, pero suficientes para bloquear el estrecho de Ormuz y hostigar a los países del Golfo: en concreto, una decena de minisubmarinos Ghadir, miles de drones Shahed 136, centenares de embarcaciones rápidas de pequeño tamaño y minas marítimas.

Por su parte, la operación «Epic Fury» puso de manifiesto una «tasa de consumo» (burn rate) de munición enorme. En pocas semanas, la US Navy disparó más de 1.000 misiles de crucero Tomahawk, cuando la capacidad de producción anual actual de Estados Unidos es de 90 a 100 unidades, sabiendo que el presupuesto militar estadounidense de 2027 contempla la compra de 950 misiles de este tipo y de una generación más avanzada, lo que implica la financiación de la cadena de producción para acelerar su fabricación.

Además, el ejército estadounidense utilizó el 53 % de sus interceptores antimisiles THAAD —únicos en el mundo— de los que disponía antes de la guerra, y el 46 % de sus misiles Patriot para hacer frente a enjambres de misiles y drones iraníes de bajo coste.

Dicho esto, el Departamento de Defensa estadounidense está llevando a cabo un programa de desarrollo de armas antidrones y antimisiles asequibles y de mayor eficacia, con el fin de preservar las municiones sofisticadas y costosas.

El Pentágono era consciente de que estaba ganando la guerra en el aire, pero perdiendo en el balance contable.

En definitiva, una pausa para reponer las existencias resultó necesaria tanto para Washington como para Teherán.

¿Una nueva doctrina estadounidense para la región?

Un análisis publicado en el último número de Foreign Affairs propone una reformulación fundamental del poder estadounidense a raíz de esta guerra de 40 días.

Estados Unidos aprovecharía la tregua generada por el memorando de entendimiento para reorganizarse en la región, de la que ya no puede permitirse ser el único garante de seguridad, dado que los países árabes han demostrado una voluntad inquebrantable de defenderse frente a los ataques iraníes.

Algunos de estos países, entre ellos Qatar y Arabia Saudí, activaron los canales diplomáticos de manera simultánea.

El desarrollo de un acceso militar estadounidense hacia el Golfo Pérsico desde el oeste —concretamente desde Israel, Jordania y el oeste de Arabia Saudí—, denominado «Western Access Network» o «red de acceso occidental», se puso en marcha durante la fase de preparación de la guerra de los 40 días, ya que las dieciséis bases estadounidenses en torno al Golfo Pérsico (Kuwait, Baréin, Qatar, EAU) eran vulnerables a los drones iraníes. Las fuerzas estadounidenses las habían evacuado en previsión del conflicto.

El mismo análisis de Foreign Affairs también sugiere una «coproducción» de municiones con los aliados de la región (ya iniciada), en particular Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, lo que transforma el papel de Washington de garante de la seguridad en integrador de seguridad.

Sin embargo, esto requiere una mayor solidaridad entre los países árabes y una activación de los Acuerdos de Abraham. Según el autor del artículo, se trata de una doctrina de necesidad, no de elección. Es un reconocimiento de que la era de las soluciones militares unipolares ha llegado a su fin.

Para afrontar la próxima década, Estados Unidos debe facilitar una arquitectura de seguridad regional que incluya a Turquía, Arabia Saudita y Egipto, al mismo tiempo que intenta resolver el «no tema» del Estado palestino, un nudo gordiano que ha desafiado a cada administración estadounidense durante los últimos setenta y cinco años.

Memorando de entendimiento… ¿y el Líbano?

Las negociaciones israelí-libanesas en Washington parecen quedar eclipsadas por el memorando de entendimiento. En ellas se había propuesto un modelo de «zonas piloto» cuyo objetivo era poner a prueba la capacidad del Estado libanés para reafirmarse y dotar al ejército libanés de los medios necesarios para asegurar dichas zonas e impedir el regreso de Hezbolá.

¿Continuarán estas negociaciones ante el rechazo de Hezbolá y Nabih Berri a dichas zonas piloto y su voluntad de remitirse a Mohammed Bagher Ghalibaf?

La «Línea Amarilla» y la demolición de viviendas que impiden el regreso de los residentes ha convertido de hecho el sur del Líbano en un no man's land permanente. Esto le da a Hezbolá el margen para elevar el tono, reivindicar de nuevo la retórica de resistencia y negarse a entregar sus armas al Estado libanés.

A todo esto se suma la doctrina de autodefensa de Israel, que autoriza a sus fuerzas a disparar contra cualquier «fuente de sospecha», lo que implica que el riesgo de colapso del alto el fuego en el Líbano es elevado.

Este alto el fuego del 17 de junio de 2026 corre el riesgo de correr la misma suerte que los de 1993, 1996, 2006 y 2024. Una sola esperanza frente a esta situación: el resurgimiento del Estado libanés, que se hace esperar desde el nuevo mandato presidencial. ¿Quizás algún día?

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