
Desde hace algún tiempo, una parte significativa de la opinión pública acusa al Ejército y/o a su comandante en jefe de incumplir su deber, e incluso de amotinarse abiertamente contra el gobierno que le encomendó desmantelar el arsenal militar de Hezbolá. El Ejército libanés se ha convertido en blanco predilecto de ciertos periodistas, blogueros y activistas en redes sociales, al mismo tiempo que es admirado e incluso casi divinizado por sus contrapartes en el campo opuesto. Lo absurdo y, francamente, inadmisible es que quienes hoy lo enaltecen fueron ayer sus críticos más feroces, responsabilándolo de todos los males. Lo acusaban de “colaborar” con el “imperialismo” estadounidense, una etiqueta trillada que se aplica con ligereza a todo aquello que se rechaza, en alusión a la cooperación militar entre Líbano y Estados Unidos, pese a que, sin esa asistencia, el Ejército habría quedado inoperante por el exiguo presupuesto de defensa.










