
“Nostra aetate” transformó de manera decisiva el diálogo entre católicos y musulmanes. Desde Juan Pablo II hasta el papa Francisco, la Santa Sede ha impulsado un camino de encuentro y fraternidad. Esta es la tercera entrega de la serie. Es difícil exagerar el impacto que tuvo la declaración Nostra aetate de 1965 en las relaciones entre la Iglesia católica y el mundo árabe-musulmán. Para comprenderlo, nada resulta más útil que leer el propio texto, que no presenta dificultades dogmáticas. Este es el pasaje que nos concierne directamente: “La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian además el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por tanto, aprecian la vida moral, y honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno.










