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Religión

“Nostra aetate”: Un gesto que lo dice todo (2/4)

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Publicado dic 9, 2025 - 12:41

En nuestro primer artículo analizamos las circunstancias que dieron origen a Nostra aetate, la declaración del Concilio Vaticano II sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas. Claro y preciso, el texto no deja zonas grises ni recurre a otra forma de “sustitución”: reemplazar la misión de la Iglesia por el diálogo. Pero esa es otra historia.

En lo que respecta a los judíos, Nostra aetate rechaza explícitamente la noción de una responsabilidad colectiva en la muerte de Cristo, como algunos han interpretado ciertos pasajes del Evangelio, incluido el grito de la multitud: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”. El documento aclara que “lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy”.

Un gesto que lo dice todo

La tensión secular entre la Sinagoga y la Iglesia quedó poderosamente simbolizada por el papa Juan Pablo II durante su peregrinación jubilar a Tierra Santa en marzo del año 2000.

En el Muro Occidental, el Papa, solo y con la cabeza inclinada, depositó una nota con sus oraciones en una de las grietas de la piedra, como hacen los fieles judíos. El gesto se produjo pocos días después de su visita a Yad Vashem, donde condenó el antisemitismo y rindió homenaje a las víctimas del Holocausto.

El Vaticano publicó posteriormente el texto de la nota:

“Dios de nuestros padres, tú escogiste a Abraham y a su descendencia para llevar tu Nombre a las naciones: estamos profundamente entristecidos por el comportamiento de quienes, a lo largo de la historia, han causado sufrimiento a tus hijos, y al pedir tu perdón, deseamos comprometernos a vivir en verdadera fraternidad con el pueblo de la Alianza”. (26 de marzo de 2000)

No un gesto diplomático

Con este acto, el Papa reconoció el sufrimiento infligido a las comunidades judías en todo el mundo tras la destrucción del Templo en el año 70 de nuestra era y pidió perdón —no un gesto diplomático, sino una súplica ante Dios por el dolor padecido por el “pueblo de la Alianza”. Al usar esta expresión, subrayó que la alianza con Israel permanece, trasciende la historia y existe independientemente de la misión de la Iglesia. El rabinato israelí y las comunidades judías de todo el mundo interpretaron con razón este gesto como un punto de inflexión irreversible en las relaciones judeocristianas.

A través de esta declaración, la Iglesia católica rechazó la doctrina de la sustitución, según la cual todas las promesas hechas a Israel habrían pasado a la Iglesia, y fundamentó el vínculo espiritual permanente entre cristianos y judíos en un compromiso compartido con la voluntad del Dios de Abraham.

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