

El Vaticano y la comunidad católica global, incluido el Líbano, conmemoran estos días el 60 aniversario de Nostra Aetate, la declaración promulgada por el papa Pablo VI sobre la relación de la Iglesia católica con las religiones no cristianas. En el Líbano, el aniversario fue marcado con una conferencia realizada en Bkerké el pasado 8 de noviembre.
El texto ha sido calificado con frecuencia como profético, y con razón. Surgió en un momento en que, pese al creciente contacto entre pueblos gracias al transporte y la comunicación modernos, la religión se utilizaba cada vez más como herramienta de violencia en los cinco continentes. La cultura del odio religioso y racial había alcanzado su punto más oscuro en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, con el Holocausto y el exterminio de millones de judíos a manos del régimen nazi.
“Destellos de verdad”
En el corazón de Nostra Aetate se encuentra un principio central: toda religión porta “un destello de Verdad”. La declaración afirma:
“La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. (…) Exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socioculturales que en ellos existen”.
Orígenes y desarrollo
Nostra Aetate tiene raíces profundas en el Holocausto, uno de los episodios más dolorosos de la Segunda Guerra Mundial. En 1947, pensadores judíos y cristianos se reunieron en Seelisberg (Suiza), por iniciativa del “Consejo de Cristianos y Judíos” del Reino Unido, para analizar las causas del antijudaísmo cristiano y del antisemitismo racial.
Uno de los participantes fue el historiador judío francés Jules Isaac, quien había perdido a su esposa y su hija en los campos de concentración. Un año antes había concluido su libro Jesús y el pueblo de Israel, en el que examinaba las raíces cristianas del antijudaísmo religioso y llamaba a un diálogo judeocristiano.
En 1960, Isaac fue recibido por el papa Juan XXIII y le entregó un dossier solicitando cambios en la enseñanza cristiana sobre los judíos, quienes aún eran referidos en ciertas liturgias como “el pueblo deicida”. Juan XXIII encargó al cardenal Augustin Bea la redacción de un texto sobre los judíos como parte de los preparativos del Concilio Vaticano II.
El proyecto inicial se limitaba a las relaciones judeocristianas y llevaba el título Decretum de Iudaeis (“Decreto sobre los judíos”). Sin embargo, obispos de las Iglesias melquita y maronita expresaron reservas, preocupados por posibles malentendidos en sociedades de mayoría musulmana. Entre ellos estaban el patriarca grecocatólico Máximos IV Sayegh y el obispo Georges Hakim (luego patriarca Máximos V). Argumentaron que en sus países (Líbano, Siria, Egipto…) las relaciones interreligiosas se daban principalmente entre musulmanes y cristianos. Limitar el documento al judaísmo corría el riesgo de desconectarlo de la realidad local y de interpretarse como un apoyo diplomático al recién creado Estado de Israel (1948).
El patriarca Máximos IV insistió célebremente:
“Vivimos en medio del mundo musulmán. No sería prudente que este documento hablara solo del pueblo judío sin mencionar a los musulmanes, nuestros hermanos descendientes de Abraham… Pedimos que también se incluya al islam.”
El texto fue entonces ampliado para abarcar a todas las religiones no cristianas, especialmente al islam.
Breve pero contundente, Nostra Aetate se convirtió en la piedra angular del diálogo interreligioso moderno dentro de la Iglesia católica. Claro y conciso, evita otro malentendido frecuente: sustituir la misión por el diálogo.
La declaración también rechaza la idea de una responsabilidad colectiva del pueblo judío en la muerte de Cristo, contrarrestando interpretaciones de pasajes evangélicos como “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Afirma de manera explícita que la Pasión “no puede ser imputada ni a todos los judíos de aquel tiempo ni a los judíos de hoy”.
Un gesto que lo dijo todo
La larga y dolorosa historia entre la Sinagoga y la Iglesia quedó resumida de forma poderosa en un gesto del papa Juan Pablo II durante su peregrinación jubilar a Tierra Santa en marzo del año 2000. Ante el Muro Occidental, el pontífice se quedó solo y colocó una oración manuscrita entre las piedras, como hacen los fieles judíos. Días antes había visitado Yad Vashem, donde condenó el antisemitismo y rindió homenaje a las víctimas del Holocausto.
El Vaticano publicó después el texto de su oración:
“Dios de nuestros padres, tú elegiste a Abraham y a su descendencia para llevar tu nombre a las naciones. Estamos profundamente apenados por el comportamiento de quienes, a lo largo de la historia, hicieron sufrir a tus hijos, y pidiéndote perdón, nos comprometemos a una auténtica hermandad con el pueblo de la Alianza.”
Más que una disculpa diplomática
El Papa reconoció el sufrimiento de las comunidades judías dispersas tras la destrucción del Templo en el año 70 d. C., y pidió perdón, no en un plano político, sino ante Dios. Al referirse a los judíos como el “pueblo de la Alianza”, afirmó que la alianza divina con Israel no ha sido revocada y permanece vigente en la historia.
El rabinato israelí y comunidades judías de todo el mundo reconocieron ese momento como un punto de inflexión decisivo en las relaciones judeocristianas.
Así, la Iglesia católica rechazó formalmente la llamada “teología de la sustitución”, según la cual todas las promesas hechas a Israel habrían pasado a la Iglesia, y fundamentó, en cambio, la permanencia del vínculo espiritual entre cristianos y judíos en la fidelidad compartida al Dios de Abraham.
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