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Política

Sucesivas votaciones reñidas para elegir al sucesor de Guterres

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A menos de tres meses del fin del mandato de António Guterres, el 31 de diciembre de 2026, la carrera por sucederlo está cada vez más marcada por las amenazas de veto y la voluntad de Washington de transformar profundamente las Naciones Unidas. (Marco Longari / AFP)
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Publicado oct 20, 2026 - 19:52

Sylviane Zehil, Nueva York

La primera votación con papeletas de colores, celebrada el 16 de octubre en el Consejo de Seguridad, puso de manifiesto la oposición de las grandes potencias a los tres favoritos en la carrera para suceder a António Guterres. Ninguno parece tener ya garantizado que podrá sortear el obstáculo del veto. A menos de tres meses de la fecha límite, se intensifican las negociaciones diplomáticas, mientras la Administración Trump busca influir en la elección de un secretario general capaz de transformar profundamente las Naciones Unidas.

En Nueva York, la carrera para suceder a António Guterres acaba de dar un giro decisivo. Las papeletas rojas han hablado, aunque sin revelar todos sus secretos. Por primera vez desde el inicio del proceso de selección, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad han dejado entrever su oposición a los principales aspirantes a dirigir las Naciones Unidas.

El resultado de la sexta votación de sondeo, celebrada el viernes 16 de octubre, es revelador: cada uno de los tres candidatos mejor situados recibió dos votos en contra de miembros permanentes con derecho de veto. Un resultado que complica considerablemente sus posibilidades y podría abrir la puerta a nuevas candidaturas.

Más allá de esta batalla diplomática, está en juego una cuestión mucho más fundamental: ¿quién dirigirá la ONU en un momento en el que su futuro, sus recursos financieros e incluso su razón de ser son objeto de profundos cuestionamientos?

Tres favoritos, seis vetos potenciales

Los resultados muestran que la costarricense Rebeca Grynspan mantiene la ventaja con nueve votos a favor, cinco en contra y uno “sin opinión”. Tres miembros permanentes respaldan su candidatura, pero otros dos se oponen. La guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett se sitúa detrás de ella, con ocho votos a favor y uno “sin opinión”. El argentino Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), también obtiene ocho votos a favor. Los tres se topan con el mismo obstáculo: dos votos en contra procedentes de los cinco miembros permanentes.

La votación del 16 de octubre reviste especial importancia. A diferencia de las cinco consultas anteriores, distinguía entre las papeletas rojas, reservadas a Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido, y las blancas, asignadas a los diez miembros electos del Consejo.

Este mecanismo permite detectar posibles vetos sin revelar la identidad de los Estados implicados. Un voto en contra emitido en una papeleta roja no constituye todavía un veto formal, pero sí una seria advertencia. Para que se recomiende su nombramiento a la Asamblea General, un candidato debe obtener al menos nueve de los quince votos, sin oposición de ningún miembro permanente en la votación oficial. Por ahora, solo Rebeca Grynspan alcanza el umbral de los nueve votos, aunque tampoco escapa a la amenaza de un bloqueo.

La candidata costarricense reaccionó con cautela en su cuenta de X y prefirió destacar la estabilidad de sus apoyos. “Los resultados comunicados vuelven a situarme a la cabeza, con un apoyo constante desde la primera votación celebrada en julio. Seguiré trabajando con cada uno de los miembros para construir el consenso necesario”.

“Hemos puesto a la ONU a dieta”

Pero es sobre todo la reacción del embajador estadounidense ante las Naciones Unidas, Mike G. Waltz, en su cuenta de X, la que da a esta votación toda su dimensión política. Para Washington, la designación del próximo secretario general no se limita a una cuestión de nombres. Debe ir acompañada de una profunda transformación de la organización, en consonancia con las prioridades de Donald Trump. “Es absolutamente esencial que este proceso llegue a buen puerto. Esta institución necesita reformas urgentes y el presidente Trump necesita un socio en la escena internacional para impulsar la paz”, declaró tras la votación. A continuación, recurrió a una expresión reveladora: “Por eso estamos racionalizando y aligerando esta institución. Hemos puesto a la ONU a dieta”.

El mensaje es claro: Washington quiere un secretario general capaz de reducir el gasto, aligerar la burocracia y volver a centrar la Organización en la paz y la seguridad internacionales. “Los derechos humanos son importantes. El desarrollo es importante. Pero todos estos ámbitos necesitan la paz y la seguridad como el oxígeno para respirar”, subrayó también el embajador estadounidense.

Este enfoque refleja la visión de Donald Trump, que no rechaza necesariamente a las Naciones Unidas, pero pretende redefinir radicalmente su funcionamiento.

En su discurso ante la 81.ª Asamblea General, el 22 de septiembre, el presidente estadounidense había reconocido que “las Naciones Unidas tienen un potencial inmenso”, antes de reprocharles que impusieran “la agenda de la extrema izquierda defendida por burócratas globalistas a los que nadie había elegido”. “No existe un gobierno mundial”, recalcó, reafirmando su concepción de un orden internacional basado, ante todo, en la soberanía de los Estados.

El dinero, otra herramienta de presión estadounidense

Esta voluntad de reforma va acompañada de una considerable presión financiera. Aunque Estados Unidos aportó 725 millones de dólares al presupuesto ordinario de la ONU en septiembre, a fecha del 16 de septiembre aún adeudaba 1.312 millones de dólares, según Reuters. No obstante, ese desembolso de 725 millones permitió a Estados Unidos volver a situarse por debajo del umbral crítico establecido en el artículo 19 de la Carta de la ONU, evitando así perder su derecho de voto en la Asamblea General. Washington sostuvo que los nuevos pagos dependerían de que las reformas continuaran.

La elección del próximo secretario general se enmarca en un pulso de poder en el que las contribuciones financieras también se convierten en un instrumento de presión diplomática. Mike G. Waltz resumió los criterios estadounidenses en tres palabras: “Reforma, reforma, reforma”.

Revés para Ivonne Abdel-Baki

La votación también estuvo marcada por el contundente revés sufrido por Ivonne Abdel Baki, política ecuatoriana de origen libanés cuya candidatura tardía había sido presentada por Tonga el 17 de agosto. Solo obtuvo un voto a favor frente a catorce en contra, incluidos los de los cinco miembros permanentes. Un resultado que compromete seriamente sus posibilidades de ponerse al frente de la Organización.

En la red social X, sin embargo, siguió defendiendo su concepción de una diplomacia discreta, centrada en la prevención de crisis. “La verdadera diplomacia se mide por los conflictos que logra evitar, no por los comunicados de prensa… No soy candidata al cargo de secretaria general para obtener un título, sino para cumplir una misión”, declaró.

¿Se sumarán nuevos candidatos?

La falta de consenso en torno a los tres favoritos podría reabrir la contienda. Según PassBlue, varios miembros del Consejo quieren acelerar el proceso antes de que expire el mandato de Guterres, el 31 de diciembre. Se podría animar a las candidaturas peor posicionadas a retirarse, mientras empiezan a circular nuevos nombres en los círculos diplomáticos. Entre ellos figuran Lana Nusseibeh, ministra de Estado emiratí y exembajadora ante las Naciones Unidas, y Courtenay Rattray, diplomático jamaicano y jefe de gabinete de António Guterres.

También se mencionan otras figuras, como Sigrid Kaag, diplomática neerlandesa que fue la primera mujer en ocupar el cargo de viceprimera ministra, además de ministra de Finanzas y de Asuntos Exteriores, y que lideró el partido progresista D66 y ejerció como coordinadora especial de la ONU para el Líbano. Figura asimismo Vuk Jeremić, exministro serbio de Asuntos Exteriores, elegido presidente del 67.º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU y candidato sin éxito a la Secretaría General en 2016.

Por el momento, estas posibilidades no constituyen candidaturas confirmadas. No obstante, reflejan los posibles esfuerzos para encontrar una figura capaz de superar la oposición de las grandes potencias.

La cuestión de la rotación geográfica sigue siendo delicada. Los tres favoritos pertenecen al Grupo de Estados de América Latina y el Caribe (GRULAC), que reivindica su turno al frente de la Organización. Pero este principio informal no basta por sí solo para superar los vetos de los miembros permanentes.

Una batalla por el rostro de la ONU del mañana

A menos de tres meses de la salida de António Guterres, la sucesión sigue abierta. La votación del 16 de octubre confirmó una realidad bien conocida por los diplomáticos: en las Naciones Unidas no basta con obtener el mayor número de votos para ganar. También es necesario no desagradar a ninguna de las cinco potencias con derecho de veto.

Para Washington, lo que está en juego cobra aún más importancia porque Donald Trump pretende convertir esta sucesión en una palanca para transformar la Organización. Para los demás miembros, se trata de preservar un delicado equilibrio entre las exigencias de reforma, los intereses de las grandes potencias y la vocación universal de las Naciones Unidas.

El próximo secretario general tendrá que lidiar con estas contradicciones y, al mismo tiempo, recuperar la credibilidad y la capacidad de acción de una institución debilitada por las crisis internacionales y las restricciones financieras. Las papeletas rojas han revelado las primeras líneas de fractura. Queda por ver si las grandes potencias sabrán superarlas para elegir a un secretario general capaz de defender a la ONU sin convertirse en instrumento de ninguna de ellas.

 

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