


Si Oriente Medio es hoy el escenario de un enfrentamiento entre los proyectos israelí, turco e iraní, el acuerdo de defensa conjunta de La Meca entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán bien podría anunciar el surgimiento de algo distinto: no necesariamente un cuarto proyecto hegemónico, sino un nuevo proyecto de equilibrio regional.
La importancia de este acuerdo radica en que los tres países reúnen activos de poder especialmente complementarios.
Turquía cuenta con un ejército poderoso, es miembro de la OTAN y posee una industria militar y tecnológica en pleno auge, además de capacidades avanzadas en materia de drones y guerra electrónica.
Pakistán es una gran potencia militar. Es el único Estado musulmán que posee armas nucleares. Además, cuenta con una amplia experiencia militar y estratégica.
En cuanto a Arabia Saudita, dispone del poderío económico y financiero, así como de recursos energéticos, a lo que se suma su posición central en el mundo árabe y musulmán y un peso político creciente en la escena internacional.
Así, la combinación del poder financiero saudí, la potencia militar e industrial turca y las capacidades militares y nucleares pakistaníes abre, por primera vez en décadas, la posibilidad de que surja un polo de poder regional que no esté completamente bajo el paraguas estadounidense.
Esto no significa, sin embargo, que estos tres países hayan decidido romper con Estados Unidos. Turquía sigue siendo miembro de la OTAN, mientras que Arabia Saudita y Pakistán mantienen relaciones importantes con Washington. Pero lo novedoso es que estos Estados afirman ahora, de hecho, que la seguridad de la región ya no puede depender exclusivamente de las garantías de una potencia externa.
El acuerdo se inscribe así en una transformación internacional más amplia.
El orden surgido tras el fin de la Guerra Fría, en el que Estados Unidos era prácticamente la única potencia capaz de fijar las reglas del juego en Oriente Medio, comienza a evolucionar hacia un sistema más multipolar.
China tiene presencia tanto económica como estratégica.
Rusia, pese al retroceso de parte de su influencia, sigue siendo una potencia internacional.
India se afirma como una potencia mundial de creciente importancia.
Y Turquía, Arabia Saudita y Pakistán ya no quieren ser simples Estados que se mueven dentro de un orden diseñado por otros, sino que ahora buscan participar en su construcción.
Más allá de una alianza contra Irán
Sería un error considerar el acuerdo de La Meca como una simple alianza suní dirigida contra Irán.
Los tres países han insistido en el carácter defensivo del acuerdo, subrayando que no está dirigido contra ningún Estado en particular.
Más importante aún, sus intereses estratégicos van mucho más allá del enfrentamiento con Teherán.
Sin duda, quieren impedir el regreso de una hegemonía iraní, pero tampoco desean que el colapso del poder iraní arrastre automáticamente a la región hacia una hegemonía israelí.
El acuerdo se convierte así en un instrumento de equilibrio de doble propósito:
contener a Irán, por un lado, e impedir que Israel se convierta en la única potencia regional capaz de imponer las reglas del sistema, por otro.
La diferencia es fundamental.
Si en las décadas anteriores el proyecto iraní buscaba construir un eje que se extendiera de Teherán a Bagdad, Damasco y Beirut, y si el proyecto israelí actual apunta a consolidar una supremacía estratégica que convierta al Estado hebreo en una potencia a la que nadie pueda desafiar, el acuerdo de La Meca podría instaurar una tercera lógica:
ni hegemonía iraní, ni hegemonía israelí, sino un equilibrio regional entre varias potencias.
¿Y si Egipto se sumara al acuerdo?
La cuestión adquiere entonces una importancia muy distinta.
El acuerdo está abierto a la adhesión de otros países, y Egipto ya se ha mencionado como un candidato potencial natural.
Si esto se concretara, la naturaleza misma de la alianza se transformaría radicalmente.
Nos encontraríamos entonces frente a Arabia Saudita, Egipto, Turquía y Pakistán.
Es decir, el poder económico del Golfo se uniría al país árabe más poblado, a una de las mayores potencias militares de Oriente Medio y a la única potencia nuclear del mundo musulmán.
Entonces ya no estaríamos ante un simple acuerdo de defensa tripartito, sino ante un núcleo potencial de un nuevo orden de seguridad regional.
Este podría, posteriormente, extenderse de diversas formas a otros países árabes y musulmanes.
De la sociedad anónima a un nuevo consejo de administración
Y es en este punto donde podemos volver a la imagen que planteé en 1988.
Decía entonces que Oriente Medio se transformaría en una sociedad anónima, con Estados Unidos a la cabeza del consejo de administración, y que la lucha giraría en torno a quién tomaría las riendas.
Quizás hoy haya que revisar esa imagen.
La sociedad sigue existiendo, pero el presidente del consejo de administración ya no puede decidir solo.
Israel quiere convertirse en el director regional más poderoso.
Turquía quiere ser un socio ineludible en la dirección.
Irán intenta preservar la parte que posee, aunque esta se va erosionando.
En cuanto a Arabia Saudita, junto con Pakistán y quizás Egipto y otros países, parece haber comenzado a plantear una pregunta distinta:
¿Por qué un solo actor tendría que dirigir la región?
Ahí reside el alcance histórico potencial del acuerdo de La Meca.
Porque si evoluciona de un simple acuerdo de defensa conjunta hacia un sistema político, económico y de seguridad más amplio, podría constituir el núcleo de un orden regional basado en el equilibrio de poderes en lugar de en la hegemonía de una sola potencia.
Del equilibrio regional al equilibrio internacional
Pero el cambio más interesante es que este bloque no necesita someterse por completo a uno de los grandes bloques internacionales.
Turquía es miembro de la OTAN, pero mantiene relaciones con Rusia y China.
Arabia Saudita es un socio histórico de Estados Unidos, pero en los últimos años ha profundizado sus relaciones con China, Rusia y otras potencias asiáticas.
Pakistán, por su parte, está vinculado a China por una relación estratégica profunda, mientras mantiene importantes canales con Estados Unidos y Occidente.
Esto significa que estos tres países disponen colectivamente de una red de relaciones que se extiende desde Washington hasta Pekín, pasando por Moscú, Europa y el mundo musulmán.
El verdadero valor de este eje residiría, precisamente, en el hecho de que no constituye un componente subordinado de un polo internacional, sino que es capaz de moverse entre los distintos polos.
Y quizás ahí esté el rasgo fundamental del orden mundial venidero:
El poder no recaerá solo en quienes se alineen con el bando más fuerte, sino en quienes sean capaces de entenderse con todos los bandos sin someterse jamás a ninguno.
Si Arabia Saudita, Turquía y Pakistán lo logran, el acuerdo de La Meca podría trascender ampliamente la simple cuestión de la defensa conjunta.
Podría convertirse en una de las primeras piedras en la construcción de un equilibrio regional dentro de un orden mundial multipolar.
Oriente Medio habría entonces iniciado, por primera vez en mucho tiempo, el paso de ser un escenario donde otros se disputan la influencia a una región donde algunas de sus propias potencias buscan participar en la elaboración misma de las reglas del juego internacional.