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El Nuevo Oriente Medio

¿Qué papel para Israel?

La paradoja del poder: ganar las guerras y perder el mundo

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Ya no dominar Oriente Medio, sino encontrar su lugar en él: el desafío de un Israel socio. (Gazi Samad / Anadolu vía AFP)
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Por Nawaf Kabbara
Publicado sep 28, 2026 - 13:55

En las últimas décadas, y aún más en los últimos años, Israel ha demostrado el alcance de su poder militar. Ha logrado golpear a sus adversarios en varios frentes, aprovechar su superioridad en inteligencia, tecnología y capacidades militares para imponer nuevas realidades y consolidarse como una de las principales potencias militares de la región.

 

Pero aquí surge la gran paradoja: ¿qué ha ganado Israel, estratégicamente, con todas estas victorias?

 

Pues una victoria militar solo se convierte en una victoria histórica cuando genera una realidad más segura y estable que la que la precedía.

 

Sin embargo, el proyecto de un «Israel-fortaleza», o de un «Israel, imperio militar», puede ciertamente obtener victorias sucesivas en los campos de batalla, pero al mismo tiempo incrementa el rechazo, la hostilidad y el aislamiento que rodean a Israel.

 

Aquí hay que distinguir entre la capacidad de derrotar a un adversario y la capacidad de construir el futuro.

 

Israel puede debilitar a Hamás, Hezbolá, Irán o cualquier otro adversario. Puede destruir capacidades militares, ocupar territorios e imponer nuevas condiciones de seguridad. Pero la verdadera cuestión estratégica no es qué ocurre al día siguiente de la victoria, sino qué sucederá diez o veinte años después.

 

Si cada guerra engendra una nueva generación más enfurecida, y si cada victoria militar exige, unos años más tarde, una nueva guerra para mantenerse, entonces ya no estamos ante una estrategia de seguridad, sino ante una gestión permanente del conflicto.

 

Más grave aún, el problema ya no se limita a Oriente Medio. La imagen de Israel en la escena internacional es cada vez más cuestionada, especialmente entre una amplia parte de las generaciones jóvenes, la opinión pública y la sociedad civil de muchos países. Israel no debería considerar esta evolución como un simple problema de imagen que bastaría con responder mediante una mejor campaña de relaciones públicas.

 

Se trata de un posible riesgo estratégico a largo plazo.

 

Porque los Estados, por grande que sea su poder militar, no pueden vivir únicamente de ese poder. Necesitan legitimidad, relaciones económicas, alianzas, apoyo político y la capacidad de comunicarse con otras sociedades.

 

Y si Israel llega a un punto en el que es capaz de derrotar militarmente a la mayoría de sus adversarios, mientras pierde gradualmente el apoyo de una parte importante de la opinión pública mundial, se enfrentará a una contradicción fundamental:

 

Israel se vuelve más poderoso militarmente, pero podría debilitarse políticamente.

 

Quizá este sea uno de los mayores riesgos para el futuro del propio Estado. El poder militar puede proteger las fronteras, pero por sí solo no puede preservar la legitimidad de un Estado durante décadas.

 

Es en este punto cuando la elección a la que se enfrenta Israel se vuelve más clara.

 

Una primera vía consiste en continuar con el modelo de Israel como potencia militar dominante en Oriente Medio: un Estado que se apoya en su superioridad militar, la disuasión, las operaciones preventivas, la ampliación de su perímetro de seguridad y, eventualmente, el control directo o indirecto de los territorios que lo rodean.

 

Esta vía puede parecer eficaz a corto plazo, ya que Israel cuenta con la superioridad necesaria para seguirla.

 

Pero entraña un problema estructural: cuanto más se extiende la dominación, más poder exige para mantenerse.

 

Cada nuevo uso de la fuerza genera una nueva resistencia.

 

Y cada nueva resistencia sirve para justificar un mayor recurso a la fuerza.

 

Así, el Estado se transforma gradualmente en una fortaleza militar, viviendo en un estado de guerra casi permanente.

 

La segunda vía se basa en una pregunta radicalmente distinta:

 

En lugar de preguntarse cómo puede transformar Oriente Medio para adaptarlo a sus intereses, ¿por qué Israel no se pregunta cómo convertirse en una parte natural y aceptada de Oriente Medio?

 

Es en este punto donde se impone la analogía médica.

 

Cuando se trasplanta un órgano a un nuevo organismo, el éxito de la operación depende, en última instancia, de la capacidad del órgano y del organismo para alcanzar un estado de compatibilidad. Por el contrario, pretender remodelar el organismo para adaptarlo al órgano trasplantado solo puede generar un conflicto permanente.

 

En el plano político, el proyecto israelí se ha basado durante mucho tiempo en la voluntad de remodelar por la fuerza su entorno para adaptarlo a las exigencias de la seguridad de Israel.

 

Quizá haya llegado el momento de invertir la lógica.

 

No se trata de que Israel renuncie a su seguridad, a su poder ni al derecho de sus ciudadanos a vivir seguros, sino de redefinir la propia noción de poder.

 

Pues un Israel que viva en paz con un Estado palestino independiente, integrado en una economía regional y participante en proyectos relacionados con el agua, la energía, las tecnologías, la medicina y la educación, al tiempo que abre sus universidades y centros de investigación a la cooperación regional, podría estar más seguro que un Israel dotado de miles de armas adicionales, pero obligado a utilizarlas cada pocos años.

 

Es en este punto donde la creación de un Estado palestino adquiere una dimensión que va mucho más allá de la mera resolución de la cuestión palestina.

 

Abre el camino a una transformación histórica del propio papel de Israel.

 

La creación de un Estado palestino viable y el fin del prolongado conflicto militar permitirían a Israel pasar de la lógica de la «fortaleza» a la del «socio».

 

La diferencia entre estos dos modelos es considerable.

 

Israel-fortaleza debe preservar constantemente su superioridad sobre su entorno.

 

Israel-socio, en cambio, necesita que su entorno prospere.

 

Israel-fortaleza considera el poder de los demás como una amenaza.

 

Israel-socio, por el contrario, se beneficia de la estabilidad y la prosperidad de su entorno.

 

Israel-fortaleza necesita permanentemente muros, fronteras, ejércitos y aliados para mantener su superioridad.

 

Israel-socio, en cambio, construye intereses comunes que hacen que la guerra resulte costosa para todos.

 

Llegamos así a una cuestión histórica, quizá aún más fundamental que la de saber quién ganó tal o cual guerra:

 

¿Israel quiere vencer a Oriente Medio o quiere vivir en él?

 

La primera opción puede producir numerosas victorias militares, pero podría dejar a Israel, al cabo de unas décadas, militarmente poderoso, pero políticamente y moralmente aislado.

 

La segunda exige concesiones y compromisos dolorosos, entre los que destaca el verdadero reconocimiento del derecho de los palestinos a un Estado y a la autodeterminación. Pero ofrece a Israel una posibilidad que el poder militar nunca ha podido brindarle desde su creación:

 

convertirse en un Estado seguro, no porque todos le teman, sino porque los demás ya no verán en su existencia una amenaza para su futuro.

 

Esa es toda la diferencia entre una victoria militar y una victoria histórica.

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