


Lejos de las guerras que asolan la región, los árabes deben plantearse una pregunta fundamental: ¿qué futuro aguarda al nacionalismo árabe, a los regímenes actuales y al propio Estado-nación árabe?
A lo largo de su historia contemporánea, los árabes no solo han fracasado en la construcción de un Estado nacionalista árabe unificado, sino también en dotarse de un sistema político común capaz de convertir su pertenencia nacional compartida en una auténtica fuerza política, económica y estratégica. Pero más grave aún: el fracaso del proyecto de unidad no ha permitido que el Estado-nación se consolide como una alternativa viable. En lugar de invertir en desarrollo, educación, economía, desarrollo humano e instituciones, los países árabes han destinado enormes recursos a guerras, conflictos, armamento y a la preservación de los regímenes existentes.
El resultado es una cruel paradoja histórica: el Estado árabe unificado nunca llegó a ver la luz, mientras que el propio Estado-nación se encuentra hoy amenazado en varios países.
La Nakba palestina y el inicio de una transformación
Para entender cómo se ha llegado a este punto, hay que remontarse a la Nakba palestina de 1948.
La Nakba no fue solo una derrota militar, la pérdida de Palestina y la expulsión de su pueblo. También supuso una pérdida de legitimidad del sistema árabe entonces vigente. La guerra puso de manifiesto la incapacidad de los regímenes árabes para proteger Palestina y dejó al descubierto la debilidad de las instituciones políticas y militares surgidas tras la descolonización.
En ese contexto, el ejército apareció en varios países árabes como la única fuerza capaz, a los ojos de buena parte de la población, de cambiar las reglas del juego, hacer frente a Israel y acabar con la impotencia de los regímenes establecidos.
En sus comienzos, por tanto, el ascenso del ejército no suponía necesariamente una ruptura con la voluntad popular. A menudo contó con un amplio respaldo popular, ya que se presentaba como portador de un proyecto de liberación, modernización, unidad y justicia social.
El auge de la institución militar estuvo así estrechamente ligado al del nacionalismo árabe. Palestina, la lucha contra el colonialismo, la unidad árabe, el desarrollo y la justicia social se convirtieron en los distintos componentes de un mismo proyecto histórico.
Este proyecto alcanzó su apogeo con la experiencia nasserista, cuya influencia trascendió las fronteras de Egipto. Encarnó un gran sueño árabe: construir una potencia árabe independiente, capaz de plantar cara a Israel y a las grandes potencias.
El problema surgió, sin embargo, cuando el ejército, que había llegado al poder con la confrontación como consigna, no logró cumplir la tarea de la que extraía buena parte de su legitimidad.
La derrota de 1967 supuso un punto de inflexión decisivo.
Los regímenes que habían prometido liberar Palestina y lograr la unidad árabe habían fracasado. Sin embargo, esa derrota no condujo ni a un cuestionamiento radical de la naturaleza del poder ni a una apertura hacia una participación política más amplia.
En muchos casos ocurrió justo lo contrario.
Del proyecto de liberación al proyecto de poder
La institución militar, que en un principio encabezaba un proyecto para transformar la realidad árabe, se fue convirtiendo gradualmente en un componente esencial del proyecto de preservación del poder.
Ahí comenzó la transformación más peligrosa del Estado árabe moderno.
En lugar de buscar una nueva legitimidad a través de la participación política, la rendición de cuentas y la alternancia en el poder, el espacio político se fue estrechando, los partidos se debilitaron, se restringieron la prensa y las libertades públicas, y se crearon enormes aparatos de seguridad.
En lugar de poner el Estado al servicio de un proyecto nacional y de desarrollo, una parte importante de sus recursos se destinó a garantizar la estabilidad del régimen.
Llegados a este punto, conviene distinguir entre el Estado y el régimen.
El Estado son las instituciones, el derecho, los ciudadanos, el territorio, las fronteras y el interés general. El régimen, en cambio, designa la forma en que se ejerce el poder en un momento determinado de la historia.
Sin embargo, en varios países árabes ambos acabaron confundiéndose, hasta el punto de que la continuidad del régimen se presentaba como condición para la supervivencia del Estado.
Esta transformación tuvo un coste enorme.
Un Estado que dedica buena parte de sus recursos a vigilar a su propia población y a proteger al régimen no puede destinar otros tantos a la educación, la investigación científica, la industria, las tecnologías y el desarrollo.
Mientras el mundo iba entrando sucesivamente en nuevas fases de la revolución industrial y tecnológica, buena parte del mundo árabe seguía absorbida por las cuestiones del poder: quién gobierna y quién puede mantenerse en él.
Cierre del espacio político y auge del islam político
Pero el cierre del espacio político no hace desaparecer la política.
Cuando los partidos civiles, nacionalistas, liberales y de izquierda quedaron debilitados, las instituciones religiosas, las mezquitas y las redes sociales vinculadas a ellas siguieron siendo de los pocos espacios que el Estado difícilmente podía cerrar por completo.
En ese contexto pudo desarrollarse el islam político.
Su auge no se debe únicamente a la fuerza de su discurso religioso. También es el resultado directo del vacío creado por los propios regímenes.
Cuanto más restringida estaba la participación ciudadana, más podía el islam político presentarse como una fuerza organizada alternativa.
Por otra parte, el declive del proyecto nacionalista tras las derrotas militares y el fracaso de los proyectos de unidad dejaron un enorme vacío ideológico, que el discurso islamista vino a ocupar.
Así, el mundo árabe se encontró ante una nueva configuración: regímenes militares y de seguridad empeñados en mantenerse en el poder frente a movimientos islamistas que se habían convertido en los principales opositores a esos regímenes y a su ideología.
Entre ambos, las fuerzas civiles y democráticas, que habrían podido ofrecer una tercera vía, fueron perdiendo terreno.
Buena parte de la historia de la región puede entenderse, pues, como una sucesión de acontecimientos estrechamente vinculados.
La Nakba de 1948 provocó una crisis de legitimidad de los regímenes tradicionales y contribuyó al auge del ejército, lo que condujo a la instauración de regímenes militares. Incapaces de alcanzar sus objetivos nacionalistas, estos regímenes se centraron progresivamente en preservar su poder y cerrar el espacio político, lo que favoreció el auge del islam político, convertido en la principal fuerza de oposición.
2011: la explosión de una crisis aplazada durante mucho tiempo
En este contexto se pueden entender las revueltas árabes que comenzaron en 2011.
Estas revueltas no fueron un acontecimiento repentino, desligado de lo que las había precedido. Fueron, en gran medida, la explosión tardía de una crisis de participación política, social y económica acumulada a lo largo de décadas.
Pero sus consecuencias pusieron de manifiesto un problema aún más grave.
Cuando el régimen se derrumbó en algunos países, quedó claro que las propias instituciones del Estado eran más frágiles de lo que se creía. El régimen las había vinculado tan estrechamente a su propia suerte que su caída amenazaba con arrastrar consigo a las instituciones estatales.
En Libia, Siria, Yemen, Sudán y otros lugares, bajo formas diversas, el conflicto ya no giraba solo en torno a quién gobernaría el Estado, sino en torno al Estado mismo: sus fronteras, sus instituciones, sus armas y su identidad.
En lugar de una transición pacífica del autoritarismo a la democracia, algunos países han vivido guerras civiles, injerencias extranjeras y profundas divisiones internas.
Fue entonces cuando apareció la consecuencia más grave del antiguo modelo: cuando el régimen reduce el Estado a sí mismo, el derrumbe del régimen pone en peligro al propio Estado.
La crisis del Estado-nación
Hoy, la cuestión ya no es solo el fracaso del nacionalismo árabe, sino también el futuro del Estado-nación tal como se constituyó a lo largo del siglo XX.
Oriente Próximo, en particular, atraviesa una crisis existencial. Siria, Irak, Líbano, Yemen y Palestina viven, en distintos grados y bajo formas diversas, crisis que afectan a la soberanía, las fronteras, la decisión nacional y la capacidad del Estado para ejercer el monopolio de la fuerza.
Sudán, por su parte, está sumido en una guerra que amenaza la unidad del Estado y de la sociedad.
Pero el peligro ya no se limita a los países azotados por guerras civiles.
El enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán y los riesgos de escalada exponen a los propios países del Golfo a graves amenazas en los ámbitos de la seguridad, la economía y la estrategia. Buena parte del conflicto gira, en efecto, en torno al Golfo, sus rutas marítimas, sus infraestructuras y sus recursos.
Así, todo el mundo árabe se ha convertido, en distinta medida, en un terreno donde se cruzan proyectos internacionales y regionales.
¿Quién decide el futuro de la región?
Israel, Irán, Turquía y Estados Unidos, junto con otras potencias internacionales, se han convertido en actores principales a la hora de definir los equilibrios regionales.
En un número creciente de crisis árabes, los árabes ya no son los únicos que deciden el desenlace de los conflictos que se libran en su territorio.
Esta es una de las consecuencias más graves de la etapa actual.
La región dispone de inmensos recursos de petróleo y gas, de rutas marítimas y de posiciones geográficas estratégicas. Sin embargo, no siempre controla en la misma medida las decisiones políticas y estratégicas sobre el futuro de esos recursos.
La propiedad jurídica de los recursos no basta para garantizar la soberanía. La verdadera soberanía consiste en poder decidir cómo se utilizan y cómo se destinan sus ingresos en el marco de un proyecto nacional al servicio de la sociedad.
¿Está llegando a su fin el nacionalismo árabe?
Ante esta realidad, puede resultar tentador proclamar el fin del nacionalismo árabe. Pero tal conclusión sería precipitada.
Lo que probablemente llega a su fin histórico es la antigua forma del nacionalismo árabe, que consideraba que la unidad implicaba necesariamente la creación de un único Estado árabe centralizado.
En cambio, el espacio árabe común, en los planos lingüístico, cultural, económico y geográfico, no ha desaparecido.
Al contrario, las transformaciones mundiales hacen aún más necesaria la complementariedad.
Entramos en un mundo donde se enfrentan grandes bloques económicos, políticos y tecnológicos. En la era de la inteligencia artificial y de las economías gigantes, a los Estados pequeños y medianos les resultará cada vez más difícil competir si actúan en solitario.
Quizá el futuro del nacionalismo árabe no consista en abolir el Estado-nación, sino en reconstruirlo primero y desarrollar después la complementariedad entre los Estados.
No se trata de crear un Estado árabe único, sino de construir un espacio árabe basado en la complementariedad entre Estados-nación fuertes.
Esto supone un mercado árabe ampliado, infraestructuras interconectadas en los ámbitos de la energía y el transporte, cooperación científica y tecnológica, políticas comunes en materia de agua, alimentación, energía e inteligencia artificial, así como mecanismos de seguridad colectiva más eficaces.
De este modo, la arabidad ya no sustituye al Estado-nación: se convierte en su prolongación estratégica.
¿Pueden los regímenes actuales perdurar?
Sin embargo, esto plantea la cuestión más delicada: ¿qué ocurre con los regímenes árabes actuales?
El modelo basado en un intercambio entre participación política y estabilidad se ha vuelto más difícil de sostener en el mundo del siglo XXI.
Las sociedades han cambiado. El conocimiento ya no puede monopolizarse. Las redes sociales han roto el control tradicional de la información. Y la inteligencia artificial transformará aún más profundamente las relaciones entre el ciudadano, la economía, el Estado y el poder.
Preservar el Estado no puede significar, por tanto, congelar el sistema político.
Quizá incluso ocurra lo contrario.
La capacidad del Estado para perdurar depende de la capacidad del régimen para cambiar.
La alternativa no es necesariamente el colapso de los regímenes ni la repetición de las experiencias de caos y guerras civiles, sino la puesta en marcha de un proceso de transición gradual que amplíe la participación política, refuerce la independencia de las instituciones y de la justicia, dé más espacio a la sociedad civil y a los partidos políticos, y redefina las relaciones entre el ciudadano y el Estado.
El nuevo Estado-nación
Salvar el Estado-nación árabe exige pasar de un Estado que protege al régimen a un Estado que protege al ciudadano.
Eso supone redefinir la propia noción de seguridad.
La seguridad no se reduce a un ejército, unas fronteras y unas armas.
Abarca también una educación de calidad, atención sanitaria, oportunidades de empleo, una justicia independiente, la seguridad alimentaria e hídrica, la protección social y la capacidad de afrontar los cambios tecnológicos y climáticos.
Se trata de pasar del concepto de seguridad centrado en el régimen al de seguridad humana.
El ciudadano que siente que el Estado protege su dignidad, sus derechos y su futuro se convierte en su primer defensor.
Un Estado que invierte en sus ciudadanos está mejor preparado para proteger sus fronteras y su soberanía que un Estado que gasta su riqueza en controlarlos.
El nuevo proyecto árabe
Tras más de setenta años de experiencias, tres grandes proyectos parecen haber alcanzado, en distinta medida, los límites de lo que podían lograr.
El nacionalismo árabe, en su forma unitaria tradicional, no condujo a la creación de un único Estado árabe.
El Estado militar no logró construir un modelo político duradero.
En cuanto al islam político, tanto en su vertiente suní como en la chií, también se topó, cuando llegó al poder o se acercó a él, con enormes dificultades para traducir sus consignas en un modelo de Estado moderno, capaz de gobernar sociedades complejas y economías contemporáneas.
Pero el fracaso de estos proyectos no significa el fin de la historia árabe.
Significa, quizá, que ha llegado el momento de empezar de nuevo.
El proyecto que hay que construir no consiste en resucitar los imperios del pasado, ni en reproducir el Estado militar, y mucho menos en instaurar un Estado religioso o en mantener indefinidamente regímenes que temen el cambio.
Se trata de edificar un Estado-nación fuerte, democrático y productivo, basado en la ciudadanía, la participación y el Estado de derecho, que reconozca el valor de la experimentación y el derecho a experimentar, y que coopere con los demás Estados árabes en un espacio económico, político y estratégico común.
Los árabes y el nuevo Oriente Medio
Oriente Medio se está remodelando, participen o no los árabes en ello.
La verdadera cuestión no es solo quién saldrá vencedor de las guerras actuales, sino quién participará en la elaboración de las reglas del nuevo orden que las suceda.
Si los árabes siguen siendo un conjunto de Estados ocupados en proteger sus regímenes y gestionar sus conflictos internos, otras potencias determinarán la configuración de la región y sus equilibrios.
Pero si logran reconstruir el Estado-nación sobre la base de la ciudadanía, el desarrollo y la participación, y transformar después la pertenencia árabe, de eslogan ideológico en un proyecto de complementariedad económica, política y estratégica, podría surgir una forma de arabidad completamente nueva.
El nacionalismo árabe ya no aspiraría entonces a abolir las fronteras, sino a reducir su impacto sobre la movilidad de las personas, los intercambios económicos y la circulación del conocimiento.
Ya no se trataría de construir un Estado único, sino de constituir una potencia común.
Y el objetivo ya no sería proteger a los regímenes de sus pueblos, sino construir Estados que sus pueblos defiendan porque los sienten como propios.
En el siglo XX, los árabes perdieron el sueño de un Estado árabe único.
En el siglo XXI, el desafío es mucho más grave: no perder también el Estado-nación.
Porque la alternativa sería un Oriente Medio cuyos equilibrios, fronteras, futuro y orientaciones en materia de recursos definirían otros, mientras que los árabes, de portadores de un proyecto, pasarían a ser meros habitantes de un espacio geográfico cuyo destino se decide en manos de otras potencias.











