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El Nuevo Oriente Medio

El futuro del islam político suní

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Por Nawaf Kabbara
Publicado oct 6, 2026 - 20:22

Desde hace más de un siglo, el islam político constituye una de las principales corrientes intelectuales y políticas del mundo árabe y musulmán. Se ha manifestado en una multitud de organizaciones, corrientes y enfoques, desde movimientos que han optado por las elecciones y la acción política pacífica hasta movimientos revolucionarios y organizaciones yihadistas extremistas. Pese a sus profundas divergencias, una idea central ha seguido siendo común a una parte importante de estos movimientos: la convicción de que la crisis de las sociedades árabes y musulmanas puede superarse retomando un modelo político islámico capaz de devolver a la nación su unidad, su fuerza y su lugar.

 

Tras largas experiencias, a menudo costosas, hoy se impone una pregunta difícil:

 

¿Sigue siendo este proyecto capaz de ofrecer una visión de futuro?

 

El fracaso del proyecto de un Estado único

 

El sueño de la unidad ha sido una de las aspiraciones más fuertes de la historia política árabe moderna.

 

Los nacionalistas árabes lo defendieron en la forma de un Estado árabe único. Las corrientes del islam político, por su parte, lo incorporaron al proyecto de la umma islámica, con la restauración del califato o la creación de un Estado islámico unificado.

 

Pero, en ambos casos, el proyecto chocó con una realidad en gran medida idéntica.

 

El Estado árabe único nunca llegó a existir, al igual que el Estado islámico unificado. Por el contrario, los Estados nación se consolidaron, las fronteras se afianzaron y surgieron gradualmente identidades e intereses nacionales diferenciados.

 

Tras casi un siglo de intentos, la idea de borrar esta realidad para volver a reunir la región en un Estado basado en una ideología única parece hoy difícilmente defendible como proyecto político realista.

 

Pero la crisis del islam político no se reduce al fracaso del proyecto de unidad.

 

También afecta a su relación con el tiempo.

 

Cuando el pasado se convierte en un proyecto de futuro

 

La civilización islámica nació en un contexto histórico particular y, en distintas épocas, realizó aportes fundamentales al pensamiento, las ciencias, la filosofía, la medicina, la administración y el comercio. No se trata ni de negar este legado ni de minimizar su valor.

 

El problema comienza cuando la historia deja de ser una fuente de identidad y experiencia para convertirse en un programa político ya establecido que se pretende aplicar al futuro.

 

Así, gran parte del discurso del islam político sigue buscando la legitimidad del futuro en un modelo político y social de hace más de catorce siglos.

 

Ahí radica la contradicción fundamental.

 

Mientras el mundo avanza a una velocidad quizá sin precedentes en la historia de la humanidad, una parte de quienes sostienen el discurso político islámico sigue preguntándose cómo reconstruir la sociedad según el modelo de los inicios del islam.

 

Hoy el mundo debate sobre inteligencia artificial, ingeniería genética, informática cuántica, robótica, el futuro del trabajo, el cambio climático, la economía digital y el futuro de la democracia en la era de los algoritmos.

 

Mientras tanto, una parte de nuestro discurso político sigue debatiendo cuestiones surgidas en sociedades que no conocían ni el Estado moderno, ni la economía industrial, ni la ciudadanía en su sentido contemporáneo, ni los derechos humanos internacionales, y mucho menos Internet o la inteligencia artificial.

 

No se trata de un conflicto entre la religión y la ciencia.

 

Es un conflicto entre dos maneras de entender el tiempo.

 

No se puede entrar en el futuro con un pensamiento político del pasado

 

Aquí llegamos a la cuestión más delicada.

 

El islam político no puede entrar en el nuevo Oriente Medio conservando intactos sistemas de pensamiento y modelos sociales que se formaron en contextos históricos radicalmente distintos del nuestro.

 

La sociedad moderna ha redefinido profundamente las relaciones entre el individuo y el Estado, entre el hombre y la mujer, entre gobernantes y gobernados, entre mayoría y minoría, así como entre la religión y el espacio público.

 

La libertad individual, la igualdad ante la ley, los derechos humanos, los derechos de las mujeres, la libertad de creencia y de expresión, los derechos de las minorías, la participación política, la alternancia en el poder y la rendición de cuentas ocupan hoy un lugar central en la concepción del Estado moderno.

 

Por tanto, ningún proyecto político contemporáneo, sea islámico o no, puede considerar estos principios como secundarios ni reducirlos a ideas importadas de las que el poder puede adoptar unas y descartar otras según sus propios intereses.

 

Por lo tanto, la cuestión ya no es solo si el islam político acepta las elecciones.

 

Va mucho más allá.

 

¿Acepta la libertad, incluso cuando produce decisiones con las que no está de acuerdo?

 

¿Acepta reconocer a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, como ciudadanas de pleno derecho, en lugar de reducirlas a su mero lugar dentro de la familia o a objetos sexuales?

 

¿Acepta que los ciudadanos no musulmanes disfruten de los mismos derechos políticos que los musulmanes?

 

¿Acepta la libertad de pensamiento, de creencia y de conciencia?

 

¿Acepta la alternancia en el poder cuando pierde las elecciones, del mismo modo que la acepta cuando las gana?

 

¿Acepta la independencia de la justicia, la libertad de prensa, la sociedad civil y la separación de poderes?

 

¿Y acepta que los derechos humanos no sean un favor que la mayoría concede a la minoría, sino derechos inherentes a todo ser humano, que el poder político no puede arrebatarle?

 

No se trata de detalles de un programa político.

 

Lo que está en juego es la propia relación del islam político con la modernidad política.

 

La mujer, la prueba más difícil

 

La cuestión de las mujeres constituye sin duda una de las pruebas más reveladoras.

 

El lugar de las mujeres en la sociedad ha cambiado profundamente. Hoy son científicas, médicas, juezas, ministras, jefas de gobierno, dirigentes empresariales, profesoras universitarias, astronautas o ingenieras en inteligencia artificial.

 

Es difícil imaginar un proyecto de futuro que siga concibiendo su lugar a través de categorías sociales forjadas en contextos económicos y sociales radicalmente distintos.

 

No basta con decir que el islam ha honrado a la mujer.

 

La cuestión política es saber qué derechos tienen concretamente las mujeres hoy.

 

¿Disfrutan de una ciudadanía plena? ¿Se ha reconocido que no son inferiores a los hombres, que sus cuerpos no son ni algo que deba ocultarse ni un objeto sexual, que no puede haber distinción entre una mujer esclava y una mujer libre, y que todas las mujeres son iguales? ¿Se ha reconocido que las mujeres son iguales a los hombres en materia de pensamiento, inteligencia y participación política, que su testimonio tiene el mismo valor que el de los hombres y que tienen derecho a una parte igual de la herencia, dado que la mujer moderna es igual al hombre en conocimientos y capacidades intelectuales y es capaz de gestionar por sí misma sus asuntos?

 

¿Tienen los mismos derechos a la hora de tomar las decisiones que afectan a sus vidas?

 

¿Están sometidas a las mismas leyes?

 

¿Pueden acceder a todos los puestos de decisión?

 

Es ahí donde la renovación del pensamiento se convierte en una necesidad y no en un lujo.

 

De la observancia literal de las normas a la búsqueda de sus fines

 

El pensamiento islámico contemporáneo quizá deba emprender un cambio profundo: en lugar de empeñarse en reproducir las normas heredadas del pasado, debe buscar los fines y valores que las sustentan.

 

La justicia, la dignidad humana, la misericordia, la lucha contra la injusticia, la protección de los más vulnerables, la responsabilidad, la consulta y el respeto por el ser humano pueden constituir una sólida base ética para una sociedad contemporánea inspirada en los valores del islam. Como hemos visto anteriormente, las nobles virtudes tienen como finalidad última liberar al ser humano del dominio de sus instintos —el gusto por el poder, el dinero y el deseo sexual— e impedir que reduzca al otro a una mercancía o a un simple medio. Por el contrario, deben contribuir a construir una sociedad que reconozca la humanidad de cada persona y garantice la igualdad entre todos.

 

La cuestión se plantea entonces desde otra perspectiva.

 

En lugar de preguntarnos qué modelos utilizaban los musulmanes hace mil años para organizar su sociedad en los ámbitos social, económico y político, preguntémonos:

 

¿Cómo hacer realidad la justicia hoy?

 

¿Cómo garantizar la dignidad humana?

 

¿Cómo proteger al ser humano frente al poder del Estado?

 

¿Cómo asegurar la igualdad entre los ciudadanos?

 

¿Cómo proteger a la sociedad contra la discriminación?

 

¿Cómo preservar la libertad y la conciencia de cada persona?

 

¿Y cómo responder a cuestiones que el derecho musulmán clásico simplemente no tuvo que abordar, desde la inteligencia artificial y la ingeniería genética hasta la propiedad de los datos y la protección de la privacidad digital?

 

Eliytihad deja entonces de ser un intento de reproducir el pasado para convertirse en una herramienta al servicio de la construcción del futuro.

 

La inteligencia artificial cambia la cuestión

 

Estamos en los albores de una transformación que podría ser aún más profunda que la revolución industrial.

 

La inteligencia artificial no solo modificará las herramientas que utilizamos. Podría transformar profundamente la economía, el trabajo, la educación, la administración, la guerra, los medios de comunicación y las relaciones sociales, y quizá incluso nuestra concepción del poder político.

 

Por tanto, la pregunta a la que deben responder ahora los movimientos políticos de la región es radicalmente distinta.

 

Ya no se trata de saber cómo debería haberse gobernado el Estado hace catorce siglos, sino de preguntarse:

 

¿Cómo deberá gobernarse el Estado dentro de veinte años?

 

¿Cómo proteger al ser humano en la era de la inteligencia artificial?

 

¿Quién posee los datos y los algoritmos?

 

¿Cómo proteger la libertad y la privacidad?

 

¿Cómo redistribuir la riqueza si la producción depende cada vez menos del trabajo humano?

 

¿Cómo impedir que la tecnología se convierta en un instrumento de opresión?

 

Toda corriente política, ya sea islamista, nacionalista, de izquierda o liberal, que no sea capaz de aportar respuestas a estas preguntas quedará progresivamente superada por la historia.

 

El problema no es el islam

 

Aquí es necesario hacer una distinción.

 

Hablar de la crisis del islam político no significa hablar de una crisis del islam.

 

El islam es a la vez una religión, una civilización, una cultura y una identidad para cientos de millones de personas. Seguirá siendo uno de los componentes fundamentales de las sociedades de la región. Pero el texto religioso debe ser objeto de una reflexión constante para mantenerse en sintonía con la evolución de la historia y con las necesidades intelectuales y las realidades de cada época.

 

Toda religión tiene la vocación de promover las nobles virtudes. Su expresión más elevada consiste en liberar al ser humano del dominio de sus instintos y de sus deseos de poder, dinero y placer, en rechazar que el ser humano sea reducido a una mercancía o a un simple medio, y en consagrar la igualdad y la dignidad de todos.

 

La propia civilización islámica no conoció sus grandes épocas de esplendor cerrándose al mundo. Por el contrario, se desarrolló abriéndose a él, traduciendo sus saberes y sus filosofías, y después enriqueciéndolos y haciéndolos avanzar.

 

Por eso, para que el islam siga desempeñando un papel en la civilización, no se trata de intentar devolver a los musulmanes al siglo VII, sino de permitirles ser actores del siglo XXI.

 

¿Qué queda del islam político?

 

Esto no significa necesariamente la desaparición de los movimientos islamistas.

 

También puede significar su transformación.

 

Podrían surgir partidos que reivindiquen valores éticos islámicos, actúen dentro del marco del Estado-nación y la democracia, acepten la alternancia en el poder, la igualdad entre los ciudadanos, los derechos humanos, la igualdad entre mujeres y hombres, la libertad de creencias y el pluralismo, y propongan programas económicos, sociales y tecnológicos realistas y aplicables.

 

La referencia islámica se convertiría entonces en una fuente de valores y principios éticos, y no en un modelo preestablecido de Estado.

 

La diferencia entre ambos modelos es considerable.

 

En el primer caso, la pregunta es:

 

¿Cómo reconstruir el Estado del pasado?

 

En el segundo:

 

¿Cómo pueden nuestros valores ayudarnos a construir el Estado del mañana? Un Estado cuya construcción se base en la justicia, la libertad y la participación política, y no en la fuerza, la coerción, la discriminación y la represión.

 

El islam político ante su elección histórica

 

El nuevo Oriente Medio no esperará a nadie.

 

El mundo entra en la era de la inteligencia artificial. Con ella, están cambiando las nociones de trabajo, producción, conocimiento, poder, soberanía e incluso de ser humano.

 

En este nuevo mundo, no basta con que una corriente política tenga respuestas a las preguntas del pasado.

 

Ante todo, debe ser capaz de plantear las preguntas del futuro.

 

El islam político se encuentra así ante una elección histórica.

 

O sigue siendo un proyecto que busca reproducir una sociedad desaparecida y se aleja cada vez más del curso de la historia.

 

O acepta replantearse profundamente su propio pensamiento —su concepción del Estado, del poder, de la ciudadanía, del lugar de las mujeres, de las libertades y de los derechos humanos— y reabrir el camino al ijtihad y a la interpretación, para que el pensamiento islámico pueda dialogar con las transformaciones de su época.

 

Esto no significa renunciar al islam.

 

Incluso puede significar exactamente lo contrario: liberar al islam del dominio de una única interpretación histórica.

 

Los catorce siglos de historia del islam no son un problema. Por el contrario, constituyen una inmensa riqueza civilizatoria.

 

El problema comienza cuando creemos que debemos vivir en el siglo XV de la hégira con las mismas respuestas que se elaboraron durante los primeros siglos.

 

El verdadero desafío al que se enfrenta el islam político no es restaurar el pasado, sino demostrar que la referencia islámica es capaz de producir un pensamiento político para el ser humano que vivirá en el mundo de la inteligencia artificial.

 

La pregunta decisiva no es, por tanto:

 

¿Cómo rehacer la historia?

 

Sino:

 

¿Cómo releer nuestro legado en el movimiento de la historia para participar en la construcción del futuro?

 

Las civilizaciones no mueren porque tengan un pasado.

 

Empiezan a declinar cuando el pasado se convierte en el único horizonte desde el que aún son capaces de imaginar su futuro.

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