


¡O casi! Ya están los resultados de las elecciones legislativas israelíes y no son concluyentes a favor de ninguno de los dos candidatos. Esto llevó de inmediato a Aluf Benn, director del diario Haaretz, a afirmar que la guerra del 7 de octubre no ha cambiado a la sociedad israelí y que, pese a las turbulencias de los últimos cuatro años, los electores, a la hora de la verdad, se han «aferrado» a sus lealtades tribales, a sus sentimientos y a su identidad, en lugar de examinar con espíritu crítico los fracasos de su primer ministro.
Sin embargo, pese a todo, este último sigue siendo una figura ineludible, y cabe afirmar que la batalla electoral se libró entre él, por un lado, y el conjunto de sus adversarios, por el otro, fueran estos israelíes de origen judío o palestino.
De hecho, Netanyahu sigue al mando y probablemente lo seguirá estando durante varias semanas. Su popularidad ha menguado, sin duda, pero su campaña electoral ha logrado acorralar a su rival Eisenkot: este no puede formar gobierno sin aliarse con los partidos árabes.
Ahora bien, más allá de todas estas consideraciones y de todas las maniobras imaginables, ¿cabe esperar un cambio radical en la política de Tel Aviv si Eisenkot sustituye a Netanyahu al frente del Gobierno?
Para Mohammad Saleh Sedghian (1), Irán celebraría la salida del actual primer ministro israelí por una cuestión de animadversión personal. Pero ¿quién puede creer que, en la práctica, la «destitución» de «Bibi» aliviaría el cerco que asfixia al país de los mulás o dejaría a salvo nuestro sur libanés?
Dos hombres, dos estilos de conducta (2)
Ciertamente, los dos rivales se contraponen en cuanto a personalidad, trayectoria y ejercicio del poder. Benjamín Netanyahu es un profesional de la política, un excelente comunicador que «combina la prudencia a largo plazo con la audacia táctica» y evalúa siempre las consecuencias políticas de sus iniciativas y demás decisiones.
Además, está decidido a mantenerse en el poder a toda costa, pues tendrá que enfrentarse a sus jueces en cuanto deje el cargo.
En el extremo opuesto se sitúa Gadi Eisenkot. Es un militar de carrera, formado en la disciplina, que «valora la planificación, la cadena de mando y los objetivos de seguridad bien definidos». Este antiguo jefe del Estado Mayor del ejército israelí favorece un enfoque bélico flexible, que se adapta a los resultados operativos. A diferencia de su rival, no arrastra escándalos, por lo que no tiene que temer a los tribunales ni a sus plazos inexorables. Por eso, no tenderá a «supeditar las decisiones nacionales a su permanencia en el poder».
Sin embargo, en lo demás, ninguno de los dos acepta la idea de un Estado palestino situado entre el Jordán y el Mediterráneo. Dicho esto, ¿qué repercusión positiva cabría esperar en Nabatieh o en Jabal al-Rihane si el militar de carrera sustituyera al taimado político?
¿Cuál de las dos doctrinas?
En lugar de comparar a los dos «aspirantes» y sacar conclusiones precipitadas, urge más preguntarnos qué suerte nos espera. En efecto, si la maquinaria de guerra israelí se pusiera en marcha, convendría saber qué doctrina aplicaría: la de los suburbios del sur o la de Gaza, más extrema.
La primera, concebida en 2006 por varios estrategas, entre ellos el propio Eisenkot, responde a una política de disuasión y de uso desproporcionado de la fuerza. Como represalia, impone un coste enorme tanto al adversario como a su entorno, con la idea de hacer pagar un precio tan desorbitado a sus infraestructuras civiles y a la población de la que se nutre que termine por renunciar a proseguir las operaciones militares y se quede quieto.
La doctrina de Gaza es similar a la de los suburbios del sur. Sin embargo, no busca tanto disuadir al adversario como provocar un «desplazamiento de población». Consiste en recurrir masivamente a ataques aéreos que tendrían como objetivo las zonas residenciales para expulsar a sus habitantes y desarraigarlos. Y quién sabe, ¿quizá de forma definitiva?
¡Entre estas dos doctrinas, no tenemos mucho donde elegir! Así que dígannos: ¿adónde quiere llegar Hezbolá?
Tanto monta, monta tanto
Al igual que la victoria de Lula da Silva en Brasil, el retroceso de Netanyahu en la última cita con las urnas tampoco supone una victoria del eje de la moumana’a.
La misma amenaza israelí seguirá pesando sobre nuestro país, al igual que sobre Irán. Y si el partido de los mulás se permitiera el más mínimo paso en falso en el sur, el Líbano quedaría devastado. Porque, tal como están las cosas, ni Eisenkot ni Netanyahu darían tregua a Hezbolá ni respiro a los Guardianes de la Revolución (3).
Pese a ello, los «influencers» de la moumana’a, esos charlatanes de los medios, no dejan de atiborrar a su público de ilusiones. Así que, por favor, que dejen de apostar por las elecciones israelíes o por las elecciones de mitad de mandato estadounidenses.
1-Director del centro de estudios «Arab-Iranian Studies Center», con sede en Teherán
2-Alain Frachon, «Benjamin Netanyahu o Gadi Eisenkot no son lo mismo, y no es solo una cuestión de estilo», Le Monde, 29 de octubre
3-Steven Erlanger, «Es poco probable que las elecciones en Israel cambien sus políticas y su aislamiento internacional», The New York Times, 30 de octubre de 2026.






















