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Opinión

Líbano: ¿la neutralidad como próximo proyecto?

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Foto: KAWNAT HAJU/AFP
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Por Jad Akhawi
Publicado oct 5, 2026 - 18:01

La excavadora no discute de política.

Cuando entra en una aldea, no pregunta quién estaba a favor de la guerra y quién estaba en contra. No distingue entre la casa de un partidario y la de un opositor. Derriba los muros, arranca los árboles, altera la fisonomía del terreno y luego deja a la gente frente a la pregunta más simple y más cruel:

¿Reconstruimos para esperar la próxima guerra?

Esa es la pregunta de la que debería partir cualquier debate serio sobre el futuro del Líbano.

Durante muchos años debatimos la neutralidad como si fuera una idea académica, o la reivindicación de un sector libanés frente a otro. Algunos la vieron como una salida del conflicto árabe-israelí; otros, como un intento de separar al Líbano de su entorno, mientras que en ocasiones fue tratada como si fuera un proyecto confesional imposible de aplicar.

Pero después de todo lo ocurrido, quizá debamos volver a plantear la pregunta desde un punto completamente distinto.

No: ¿nos gusta la neutralidad?

Sino: ¿puede el Líbano soportar otra guerra?

El sur ya no soporta más experimentos

Quien visita el sur del Líbano no necesita una clase de geopolítica.

Basta con ver una casa destruida.

Una tierra arrasada por las excavadoras.

Una familia esperando regresar.

Una aldea tratando de saber qué queda de ella.

Allí, el debate sobre los “ejes regionales” adquiere un significado completamente distinto.

Porque, al final, la gente no vive dentro de los comunicados políticos. La gente quiere una casa que no sea destruida cada diez años, una tierra que pueda cultivar, una escuela a la que puedan ir sus hijos y una carretera que no se convierta de pronto en un frente de batalla.

Después de cada guerra prometemos a los habitantes del sur la reconstrucción.

Pero quizá la verdadera pregunta ya no sea: ¿cómo reconstruimos?

Sino: ¿cómo impedimos que todo vuelva a ser destruido?

Aquí comienza el debate sobre la neutralidad.

Cincuenta años como campo de batalla

Desde hace décadas, el Líbano no ha estado al margen de las guerras de la región.

Las armas palestinas entraron en la ecuación libanesa.

Luego llegó la guerra civil.

Luego la ocupación israelí.

Luego la tutela siria.

Luego el ascenso de Hezbolá y de las armas vinculadas al conflicto con Israel y a la estrategia regional iraní.

Cambiaron las circunstancias y las alianzas, pero una cosa no cambió:

El Líbano siguió siendo un campo de batalla.

Cada fuerza tenía, a sus propios ojos, una explicación convincente de su presencia en esta tierra.

En cada etapa se nos dijo que las armas eran una necesidad temporal.

En cada guerra se nos dijo que era excepcional.

Pero la excepción duró medio siglo.

Quizá, entonces, el problema ya no esté únicamente en la identidad de quien porta las armas, sino en nuestra aceptación de que la función regional del Líbano sea seguir siendo un campo de batalla abierto.

¿Y si les dijéramos a todos: basta?

La neutralidad que necesita el Líbano no es la neutralidad de los débiles.

No consiste en colocar a Israel, Irán, Siria y los países árabes en la misma posición, ni en renunciar a los derechos del Líbano o a su territorio.

Tampoco significa renunciar a Palestina, a nuestra identidad árabe o a nuestras posiciones políticas.

La neutralidad de la que hablamos es más simple:

Que el Líbano no entre en guerra salvo para defender al Líbano, y por decisión del Estado libanés.

Decirle a Israel: nuestras fronteras no están abiertas a sus agresiones.

A Irán: el Líbano no forma parte de su sistema militar regional.

A Siria: se acabó la época en que el Líbano podía ser utilizado como una extensión de su política.

A los países árabes y a Occidente: somos amigos y socios, pero el Líbano no es la base de nadie.

¿Es esto imposible?

Quizá sea extremadamente difícil.

Pero ¿es más racional lo que hemos vivido durante cincuenta años?

La neutralidad comienza por el Estado

Hay una realidad de la que no se puede escapar.

El Líbano no puede ser neutral si el Estado no es quien decide sobre la guerra y la paz.

Y no tiene sentido pedirle al mundo que respete la neutralidad del Líbano mientras una fuerza armada dentro del país puede tomar una decisión militar al margen de las instituciones del Estado.

Esta no es una cuestión dirigida contra una comunidad.

Es la definición misma del Estado.

El Acuerdo de Taif estableció la extensión de la soberanía del Estado sobre todo el territorio libanés mediante sus propias fuerzas, la disolución de las milicias y la entrega de sus armas al Estado, así como el fortalecimiento de las fuerzas armadas para defender a la patria.

Por lo tanto, no necesitamos desmantelar Taif para debatir la neutralidad.

Al contrario.

Quizá necesitemos aplicar Taif para que la neutralidad sea posible.

Un solo Estado.

Un solo ejército.

Una sola decisión sobre la guerra y la paz.

¿Y qué pasa con Israel?

Aquí se encuentra el verdadero nudo.

Los críticos dirán, con razón: ¿cómo puede ser neutral el Líbano mientras Israel agrede su territorio?

Es una pregunta que no puede pasarse por alto.

La neutralidad no significa privar al Líbano de su capacidad de defenderse. La Suiza neutral tiene un ejército. Los Estados neutrales no renuncian a sus fronteras ni a su soberanía.

Pero la experiencia libanesa exige algo más.

La neutralidad libanesa, si algún día se adopta, no puede ser una declaración unilateral.

Debe formar parte de mecanismos internacionales claros que garanticen las fronteras, la soberanía y la seguridad del Líbano, y que vinculen el respeto de la neutralidad con compromisos internacionales reales.

Es decir, no se les puede pedir a los libaneses que digan: “No combatiremos”, y luego dejarlos solos frente a cualquier agresión.

La ecuación debe ser recíproca:

El Líbano no debe ser una plataforma militar contra otros, y los demás no deben utilizar el territorio libanés ni agredirlo.

Tenemos una base sobre la cual construir

La idea no carece de precedentes libaneses.

La Declaración de Baabda de 2012 estableció la necesidad de mantener al Líbano al margen de la política de los ejes y de los conflictos regionales e internacionales, y el Estado libanés remitió oficialmente la declaración a las Naciones Unidas.

Posteriormente, el Consejo de Seguridad volvió a llamar a las partes libanesas a aplicar una política efectiva de distanciamiento respecto de los conflictos externos, apoyándose específicamente en la Declaración de Baabda.

Pero la Declaración de Baabda siguió siendo una declaración.

Esa es la lección.

Esta vez, si los libaneses deciden debatir la neutralidad, no debería convertirse en un nuevo comunicado político destinado a quedar guardado en un cajón.

Lo que se necesita es pensar en un estatuto internacional para el Líbano basado en tres pilares interconectados:

El monopolio de las armas y de la fuerza militar por parte del Estado libanés.

El compromiso del Líbano de no entrar en conflictos ni ejes militares regionales salvo para defender su territorio.

Y una garantía internacional y regional para el respeto de su soberanía y sus fronteras, así como para impedir que sea utilizado como campo de batalla por cualquier parte.

Y los chiitas deberían ser los primeros en debatir la neutralidad

Quizá este sea el punto más delicado.

A veces se presenta la neutralidad como si fuera un proyecto dirigido contra los chiitas o contra Hezbolá.

Eso es un grave error político.

Planteemos otra pregunta:

¿Quién pagó el precio más alto en la última guerra y en la destrucción del sur?

¿Quién perdió su casa?

¿Quién fue desplazado?

¿Quién perdió su tierra, su cosecha o su sustento?

¿Quién vive hoy con la angustia de regresar a una aldea que podría volver a convertirse en un frente de batalla al primer estallido regional?

Los habitantes del sur son los primeros que tienen derecho a debatir un futuro distinto.

Por eso, el debate sobre la neutralidad no debe hacerse sin contar con los chiitas, sino con su participación.

Pasar de proteger a la comunidad mediante las armas a proteger a los ciudadanos mediante el Estado no constituye una pérdida para los chiitas.

El verdadero criterio es saber si el Estado es realmente capaz de proteger a los habitantes del sur como protege Beirut, Trípoli, Jounieh y Zahlé.

Porque el Estado que pide al ciudadano renunciar a la protección de un partido debe ofrecerle una verdadera protección nacional.

No somos Suiza

Algunos dirán: el Líbano no es Suiza.

Es cierto.

Pero Suiza tampoco nació neutral porque su geografía fuera sencilla o porque Europa fuera pacífica.

En las experiencias internacionales, la neutralidad no es simplemente una cuestión de moral política. Es una opción basada en intereses, equilibrios y mecanismos jurídicos, diplomáticos y defensivos.

Y el Líbano necesita su propio modelo.

Podemos llamarlo neutralidad.

Podemos llamarlo neutralización.

Podemos llamarlo distanciamiento permanente de los conflictos entre ejes.

El nombre importa menos que el contenido:

Que el libanés no vuelva a pagar el precio de una guerra que no decidió.

El proyecto que merece ser debatido

Quizá este deba convertirse en uno de los proyectos del Líbano para la próxima etapa:

El Líbano como Estado neutral bajo garantía internacional.

No una decisión impuesta por un sector a otro.

Ni un proyecto contra Hezbolá.

Ni la victoria de un eje sobre otro.

Sino un acuerdo histórico libanés que diga que la experiencia del Líbano como campo de batalla ha terminado.

El propio Hezbolá, al igual que todas las fuerzas libanesas, debe formar parte de este debate, porque la transición de una etapa en la que las armas permanecen fuera del control del Estado a otra en la que solo el Estado las controla no puede tener éxito si se convierte en un proyecto de venganza o de humillación contra una comunidad o un grupo.

Lo que se necesita no es que un libanés venza a otro.

Lo que se necesita es que el Estado triunfe sobre la lógica del campo de batalla.

¿Qué nos queda por probar?

Probamos la guerra.

Probamos las milicias.

Probamos la ocupación.

Probamos la tutela.

Probamos los ejes.

Probamos la disuasión.

Probamos el “equilibrio del terror”.

Y probamos la reconstrucción después de cada ronda.

Y cada vez, los libaneses pagaron el precio.

Quizá haya llegado el momento de probar algo que nunca hemos probado realmente:

Vivir en un Estado normal.

Un Estado que no les pida a sus hijos morir por mapas regionales.

Un Estado cuyas aldeas no se conviertan en mensajes intercambiados entre las capitales de la región.

Un Estado en el que el ejército sea el ejército, las fronteras sean las fronteras y la guerra sea una decisión nacional, no regional.

Después de toda esta destrucción, después de las casas dinamitadas, de las tierras arrasadas por las excavadoras y de la gente desplazada, quizá la pregunta ya no sea:

¿Puede el Líbano ser neutral?

La pregunta más cruel es:

Si rechazamos la neutralidad, ¿cuál es la alternativa?

¿Volvemos a reconstruir el sur, volvemos a plantar los árboles, volvemos a reparar las casas y luego esperamos la próxima guerra?

¿O nos atrevemos, aunque sea una sola vez, a cambiar la propia ecuación?

Durante medio siglo, el Líbano ha conocido la experiencia de ser un campo de batalla.

Quizá haya llegado el momento de que pruebe ser una patria.

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