


Para los mulás iraníes, la sangre de los hutíes no es más que sangre yemení, ¡sangre árabe, si se quiere! A sus ojos, es sangre ajena, al igual que la de Hezbolá que se derrama en el Líbano. La utilizan como si fuera un producto prescindible o desechable. Y, de hecho, su fuerza subsidiaria, ya sea libanesa o yemení, siempre está dispuesta a sacrificarse por la mayor gloria de wilayat al-faqih.

Siempre dispuestos, siempre listos para responder a la llamada al martirio, ¡una llamada que solo pueden lanzar esos maestros de ceremonias que son los ayatolás de Teherán o de Qom!
Porque son precisamente ellos quienes han prendido la mecha tanto en Bab el-Mandeb como en la frontera entre el Líbano e Israel. Desde que Ruhollah Jomeini tomó el poder en Irán, su política agresiva consiste en identificar las fisuras de los países vecinos, infiltrarse en ellos y sembrar una discordia que desemboca en guerra civil.
Como Nasser en su momento, y como Gadafi, exportan sin descanso su insurrección a los países árabes para asegurarse un papel e imponerse como árbitros en el escenario regional.
Esta política de subversión recuerda la época de la Guerra Fría, cuando el activismo comunista levantaba a los pueblos de América Latina contra sus dirigentes, acusados de estar a sueldo de Washington.
La imagen icónica del Che Guevara sigue presente en la mente de quienes vivieron aquellos tiempos convulsos anteriores a la caída del Muro de Berlín.
Pero, incluso entonces, había que distinguir entre la estrategia de Moscú y la de La Habana. El politburó soviético no apostaba exclusivamente por las insurrecciones armadas. Más aún, cuando las circunstancias lo exigían, no dudaba en dar prioridad a las relaciones entre Estados, así como en apoyar política y económicamente a los partidos comunistas locales en su lucha democrática por el poder.
En cambio, Fidel Castro se encargaría de apoyar a cualquier organización guerrillera que desestabilizara a los regímenes establecidos.
A su juicio, había que exportar la revolución armada a todo el continente americano e incluso a África, ¡aun a riesgo de irritar a sus aliados de Moscú, que se mostraban más comedidos!
¿A qué se debe la animosidad?
Castro contaba con el antiamericanismo visceral de los pueblos desfavorecidos del Sur y con su resentimiento ancestral hacia los gringos. Del mismo modo, los mulás apostaron por la animosidad secular entre saudíes y yemeníes, fruto de un conflicto fronterizo.
Porque, conviene recordarlo, tras la Primera Guerra Mundial, una vez que el Imperio otomano se retiró de los territorios que controlaba en la península arábiga, comenzaron a constituirse nuevos países.
La modernidad así lo exigía: lo que se llevaba era trazar fronteras a imagen de los países occidentales.
Los conflictos, por lo general tribales, que se habían sucedido hasta entonces adoptarían formas nacionalistas. Pero, en realidad, solo cambiaban las consignas y las banderas: los nuevos conflictos no eran más que nuevas manifestaciones de las viejas disputas.
En 1934, con Ibn Saud al mando, estalló un conflicto entre la monarquía wahabí y el imanato zaidí, que concluyó con la firma de un tratado en Taif por el que las tres regiones en disputa —Asir, Najrán y Yizán— quedaron en manos del joven reino saudí.
Sin embargo, la cuestión fronteriza resurgiría en varias ocasiones, y la reunificación de Yemen tampoco la resolvería. Los incidentes, los enfrentamientos y las incursiones transfronterizas continuarían.
Pero el Tratado de Yeda, en 2000, pondría fin a las hostilidades y delimitaría definitivamente las zonas de demarcación imprecisa o en disputa. Aun así, pese a que las fronteras ya contaban con reconocimiento internacional, la memoria territorial seguiría alimentando una y otra vez el fervor nacionalista yemení.
Ahí es donde iban a intervenir los iraníes: iban a injertar su «revolución islámica» en las reivindicaciones de las tribus locales; y la disputa, que podía resolverse por la vía diplomática bajo los auspicios de la Liga Árabe, iba a ser instrumentalizada por los agentes iraníes al servicio de su causa.
Despertar los viejos demonios
Para los ayatolás, esos ingenieros de la subversión, nada más fácil que echar leña al fuego y despertar los viejos demonios de la discordia.
Pero resulta que un conflicto a la entrada del mar Rojo es más peligroso que un conflicto civil en Darfur o incluso que una guerra latente en el sur del Líbano. En efecto, un conflicto de este tipo puede adquirir de inmediato una dimensión internacional, perturbar el tráfico y el comercio y convertirse en una amenaza para el abastecimiento de Europa. Los hutíes se han convertido en una especie de «Hezbolá del sur de la península arábiga», es decir, una fuerza local capaz no solo de mantener en jaque al reino saudí, un Estado mucho más rico y poderoso, sino incluso de desafiar a capitales como Londres, París y Madrid.
Y, hay que decirlo, ¡cuánta vacilación muestran estas últimas y cuánto tardan en reaccionar de forma ofensiva y decisiva!
Si lo pensamos bien, todo este embrollo se debe a la instigación de los iraníes, que proporcionan a los hutíes apoyo financiero, formación militar y suministros de misiles y drones para atacar de forma furtiva y a larga distancia.
¡Qué lamentable espectáculo el de este mundo árabe que, desde el Mediterráneo hasta el golfo Pérsico y el mar Rojo, es rehén de unos mulás pirómanos!























