

A principios de esta semana, informaciones atribuidas al presidente de la Cámara de Diputados del Líbano, Nabih Berri, sugirieron que Hezbolá no intervendría en apoyo a Irán, país que se prepara para una confrontación con Estados Unidos e Israel en caso de que estos decidieran reanudar la guerra contra él.
No obstante, estas filtraciones limitaban dicho compromiso a la rama política de Hezbolá, excluyendo a su brazo militar. Por lo tanto, difícilmente pueden ofrecer garantía alguna, pues la distinción entre ambas estructuras no pasa de ser una farsa. Lo cierto es que la representación política de Hezbolá, tanto en el Parlamento como en el gobierno, es solo uno de los instrumentos de su presencia en el territorio libanés, donde ejecuta la voluntad de Irán.
De ahí que cualquier propuesta que pretenda abordar a Hezbolá como un componente libanés resulte inútil. Basta recordar la exigencia formulada por Esmail Baghaei, portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní y de la delegación negociadora, quien reclamó “un compromiso firme para poner fin a la guerra en todos los frentes, incluido el Líbano”, como condición explícita para alcanzar cualquier acuerdo con Estados Unidos sobre la apertura del estrecho de Ormuz.
Tampoco resulta convincente el argumento de que Irán no necesita el apoyo de Hezbolá porque dispone de capacidades suficientes para hacer frente a los ataques estadounidenses que pudieran dirigirse contra él. Las pruebas demuestran que Hezbolá forma parte integral del poder militar iraní. Una muestra particularmente reveladora es la información difundida por el Ministerio del Interior de Yemen, según la cual 21 expertos extranjeros trabajan junto a las milicias terroristas hutíes: 14 miembros de la Guardia Revolucionaria iraní y 7 expertos del Hezbolá libanés. Estos expertos “se encargan de tareas de financiamiento, suministro de armas, entrenamiento y supervisión directa, participan en la planificación y dirección de las operaciones y en el desarrollo de las capacidades militares de las milicias hutíes, paralelamente a actividades políticas, organizativas, sociales y mediáticas destinadas a consolidar una influencia duradera y establecer estructuras y redes de lealtad para desvincular a Yemen de su entorno árabe”. Y eso sin olvidar los escenarios sirio e iraquí, entre otros.
No sorprende, por tanto, que las declaraciones iraníes sobre la independencia de Hezbolá para tomar sus propias decisiones carezcan de credibilidad. Lo sorprendente es que Nabih Berri ignore esta realidad mediante semejantes filtraciones, quizá con la intención de conservar su papel de intermediario ante las potencias regionales e internacionales, presentándose como el único capaz de contribuir a la transmisión de mensajes y a la búsqueda de los acuerdos necesarios.
Pero ni Berri ni ningún otro dirigente libanés tienen papel alguno que desempeñar frente a la determinación de Irán de apropiarse de la capacidad de decidir sobre la guerra y la paz en el Líbano. Teherán recurre a Hezbolá para obtener su apoyo, particularmente mediante los esfuerzos del partido por frustrar el proceso de negociaciones directas entre el Líbano e Israel, bajo supervisión estadounidense. El partido contribuye a esto tanto por negarse a entregar sus armas como por negarse a retirarse de sus zonas de despliegue militar en favor del ejército libanés, prefiriendo entregarlas al ejército israelí.
En las circunstancias actuales intervienen numerosos cálculos sobre el papel que Hezbolá deberá desempeñar de acuerdo con las exigencias iraníes, a la espera de los cambios que se avecinan. Estos podrían derivarse de las elecciones intermedias estadounidenses o de las elecciones israelíes y sus múltiples complicaciones. El nuevo escenario político podría, a su vez, influir en la evolución de las operaciones militares, mientras se multiplican las especulaciones sobre posibles ataques contra Irán en los próximos días. Esto abre la posibilidad de guerras abiertas destinadas a definir las relaciones de fuerza y las esferas de influencia en Medio Oriente.
En semejante contexto, las filtraciones atribuidas a Berri, uno de los dos pilares del binomio chiita, sobre la supuesta decisión de Hezbolá de no apoyar a quien lo dirige desde Irán, carecen de valor. Las declaraciones del primer ministro Nawaf Salam parecen ajustarse mucho más a la realidad cuando insiste en “la necesidad de mantener al Líbano al margen de cualquier nueva guerra”, advirtiendo contra el riesgo de arrastrar al país “a aventuras absurdas al servicio de intereses extranjeros”. También condenó, sin mencionar expresamente a Hezbolá, su injerencia “en los asuntos internos de los países árabes, particularmente mediante actividades militares que amenazan su seguridad y estabilidad”.
Que Hezbolá apoye o no a Teherán no depende de Berri ni de ningún otro responsable libanés. Y ese apoyo tampoco se limita al territorio del Líbano. Desde hace mucho tiempo se extiende hasta donde lo exigen los intereses iraníes.



















