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Análisis

El «último baile» de Lula al frente de Brasil

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Publicado oct 29, 2026 - 00:02

La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva frente a Flávio Bolsonaro frena el avance de las derechas conservadoras en América Latina. Entre la defensa de la soberanía nacional, las presiones de Washington y la polarización política, las elecciones brasileñas ponen de manifiesto las fracturas de un continente dividido entre dos visiones de su futuro.

A sus 80 años, Luiz Inácio Lula da Silva renueva su mandato y asume por cuarta vez la presidencia de la primera economía de América Latina. El gigante de la política brasileña terminó imponiéndose —por un margen muy estrecho, cabe subrayarlo— a su rival de extrema derecha, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado por el intento de golpe de Estado contra Lula en 2022. Lula había prometido a sus seguidores un «último baile», un último cuatrienio para culminar su trayectoria política al frente del Estado. Y ha superado el desafío.

Con el 51,79 % de los votos válidos en la segunda vuelta, frente al 48,21 % de su adversario, Lula logra una victoria ajustada, pero de gran calado político. El resultado electoral frena la dinámica de avance de las derechas conservadoras y nacionalistas en el continente, en un contexto en el que varios gobiernos latinoamericanos han reforzado sus vínculos con Washington bajo el impulso de Donald Trump. Sin embargo, la victoria del presidente brasileño no significa que América Latina haya girado a la izquierda: más bien recuerda que en la región siguen conviviendo trayectorias políticas dispares, equilibrios de poder cambiantes y sociedades profundamente polarizadas.

Desde la pandemia de COVID-19, los cambios de gobierno se han sucedido en la región y han dado paso a proyectos políticos a veces contrapuestos: desde la derecha liberal de Javier Milei en Argentina hasta las posturas conservadoras de Daniel Noboa en Ecuador, pasando por el modelo de seguridad de Nayib Bukele en El Salvador… A ellos se han sumado, más recientemente, Chile, Bolivia, Perú, Paraguay, República Dominicana, Colombia, Costa Rica y Honduras. Estos cambios muestran una América Latina en la que los votantes oscilan entre las promesas de protección social, las demandas de seguridad, las aspiraciones de cambio y el rechazo a las élites tradicionales.

Una victoria frente al giro a la derecha

Las derechas latinoamericanas no forman un bloque homogéneo. No obstante, algunas de ellas coinciden ideológicamente con la administración Trump en la defensa de políticas de seguridad de mano dura, las restricciones a la inmigración, el rechazo de ciertas políticas progresistas y la voluntad de estrechar los vínculos con Estados Unidos. En varios casos, Washington ha expresado su apoyo a dirigentes o fuerzas políticas afines a sus posiciones.

Ya sea por convicciones ideológicas o por cálculos diplomáticos y económicos, estos acercamientos reflejan la voluntad de alinearse con la estrategia estadounidense para el hemisferio occidental. Así, el discurso de Donald Trump, que reivindica una influencia predominante de Estados Unidos sobre los países de su entorno, encuentra eco entre algunos dirigentes de la región.

La cooperación en materia de seguridad constituye uno de los ámbitos privilegiados de esta convergencia. Estos países latinoamericanos se suman de buen grado a los anuncios grandilocuentes del republicano, como su promesa de una iniciativa militar y estratégica denominada Escudo de las Américas. La lucha contra los narcotraficantes, presentada por Washington como una prioridad estratégica, se ha convertido en un argumento central en varias capitales latinoamericanas. Pero este enfoque también plantea preguntas: ¿hasta dónde se puede llegar en nombre de la seguridad? ¿Qué garantías existen cuando las operaciones se dirigen contra personas sospechosas de narcotráfico sin que se haya acreditado públicamente su implicación? Los ataques contra embarcaciones supuestamente vinculadas al narcotráfico ilustran los riesgos de una política en la que la demostración de fuerza puede imponerse a las exigencias de pruebas y de control judicial.

La cuestión migratoria constituye otro punto de convergencia, pero también de controversia. En El Salvador, el CECOT, un enorme complejo penitenciario construido en el marco de la campaña de Nayib Bukele contra las pandillas, se ha convertido en un símbolo de esta política de seguridad. Allí también han sido recluidos migrantes deportados de Estados Unidos, en virtud de acuerdos suscritos con la administración Trump. Para los defensores de estas políticas, se trata de una respuesta firme a la inseguridad y a la inmigración irregular. Para sus detractores, estas prácticas plantean graves interrogantes en materia de derechos fundamentales y garantías judiciales.

En este panorama, la izquierda latinoamericana se muestra fragmentada, a veces contradictoria y, a menudo, debilitada por sus propias crisis. Cuba es un vestigio de la Guerra Fría, asfixiada por una élite nepotista de militares vanidosos, por las sanciones y por el embargo estadounidense. Nicaragua es también una ruina arcaica de los ideales revolucionarios del pasado, controlados desde dentro por la pareja Ortega-Murillo. Venezuela solo tiene de chavista el nombre y no es mucho más que un protectorado de nuevo cuño sometido a Washington, mientras su petróleo le siga siendo útil.

El México de Claudia Sheinbaum presenta una configuración distinta: la de un gobierno surgido de la izquierda, obligado a lidiar con el poderío económico y geográfico de su vecino del norte. La proximidad con Estados Unidos, los intercambios comerciales y los desafíos migratorios obligan al Gobierno mexicano a mantener un delicado equilibrio entre la afirmación política y el pragmatismo diplomático.

Una palabra clave: soberanía

En medio de este cambiante panorama político, Lula ha hecho de la soberanía nacional uno de los pilares de su discurso internacional. Frente a los dirigentes que adoptan las formas de Donald Trump y reivindican una política de poder, el presidente brasileño defiende otra idea del lugar que debe ocupar el continente en el mundo.

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«No somos el patio trasero de nadie»: la frase resume esa aspiración. Remite a una larga historia de intervenciones y presiones ejercidas por Washington en América Latina, una región que Estados Unidos ha considerado a menudo parte de su esfera de influencia. Una influencia que otras potencias —las europeas en el pasado, la soviética durante la Guerra Fría y la china en la actualidad— también han intentado disputar, cada una en función de sus propios intereses.

Esta soberanía no implica necesariamente rechazar toda cooperación con Washington. Más bien supone, en la concepción que defiende Lula, que Brasil pueda definir sus prioridades diplomáticas, comerciales y estratégicas sin someterse a los dictados de una potencia extranjera.

Las relaciones entre Lula y Donald Trump han ilustrado esta tensión. Los aranceles, las presiones diplomáticas y los pronunciamientos estadounidenses a favor del bando de Bolsonaro han situado la cuestión de la injerencia en el centro de la campaña brasileña. El presidente saliente ha convertido la defensa de las instituciones democráticas y de la autonomía del país en un argumento central frente a su adversario, que no oculta sus afinidades con la derecha «trumpista», como demuestra, de hecho, que poco después de su derrota Flávio Bolsonaro se apresurara a refugiarse, a bordo de su avión privado, en Miami, Estados Unidos, donde reside su hermano desde hace varios años. En este contexto, el presidente Trump ha planteado la posibilidad de conceder asilo político a Flávio.

Sin embargo, la victoria de Lula no puede reducirse a un enfrentamiento entre dos bloques ideológicos ni interpretarse como un cheque en blanco a toda su gestión. También responde a factores nacionales: las preocupaciones por el poder adquisitivo, la seguridad, las desigualdades, la movilización electoral y el recuerdo aún vivo de los años de Bolsonaro. El resultado demuestra, ante todo, la capacidad de una coalición política para volver a movilizarse en un país profundamente dividido.

Así, Lula encarna no tanto una victoria definitiva de la izquierda como una posibilidad: la de preservar un margen de maniobra nacional en un entorno internacional marcado por la rivalidad entre potencias, especialmente China y Estados Unidos.

¿Un voto libanés?

Brasil suele asociarse con una cifra espectacular: los cerca de seis millones de personas de origen libanés que vivirían allí. Esta cifra, citada con frecuencia en el discurso público, debe manejarse con cautela: las estadísticas oficiales brasileñas no permiten contabilizar con precisión a toda esta población atendiendo únicamente a ese origen. Sobre todo, engloba realidades muy distintas.

Existe una diferencia entre los brasileños de ascendencia libanesa, a veces alejados desde hace varias generaciones de sus raíces familiares, y quienes mantienen un vínculo directo con el país de los cedros, sobre todo por haber emigrado más recientemente. Entre estos dos extremos hay trayectorias muy diversas. La integración de esta población en la sociedad brasileña es antigua y profunda, también en la vida económica, cultural y política del país.

Por tanto, no existe en Brasil un «voto libanés» homogéneo y organizado. Los ciudadanos brasileños de origen libanés no constituyen un bloque electoral separado: sus preferencias reflejan la diversidad social, generacional y política del país. Como el resto de la población, pueden situarse en bandos opuestos, entre el apoyo a Lula, la adhesión al bolsonarismo o la elección de otras fuerzas políticas.

Un episodio de la campaña de 2022 sirve de ejemplo. En Foz do Iguaçu, ciudad situada en la frontera con Paraguay y Argentina donde vive una importante comunidad de origen árabe, una parte de esta había organizado una cena con Lula. Pero en cuanto se hizo pública la invitación en las redes sociales, simpatizantes de Bolsonaro de esa misma comunidad protestaron. Finalmente, la cena fue cancelada.

Esta controversia ya ponía de manifiesto las divisiones que atraviesan la sociedad brasileña. El origen familiar, los vínculos con el Líbano o la pertenencia a una comunidad no determinan automáticamente las decisiones electorales. Las identidades se entrecruzan, se reconfiguran y a veces pasan a un segundo plano frente a las preocupaciones cotidianas, las convicciones políticas o los intereses económicos.

La comunidad de origen árabe tampoco escapa a la polarización que atraviesa Brasil desde hace varios años. Es incluso, a su manera, un reflejo de ella: el de una sociedad en la que los vínculos históricos y culturales ya no bastan para predecir las preferencias políticas, y en la que la batalla electoral también se libra en el seno de las familias, las redes sociales y las propias comunidades. En el Líbano, sin embargo, los cerca de 8000 electores registrados votaron mayoritariamente a favor de Lula, con más del 60 % de los votos.

Tras la victoria de Lula, esta realidad recuerda algo esencial: Brasil no se reduce a sus fracturas ideológicas ni a su legado migratorio. Sigue siendo un país plural, cuyas divisiones constituyen tanto un desafío democrático como una cuestión central para su futuro político.

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