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Análisis

La derogación de la ley de boicot a Israel y sus demonios

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Foto: MAHMOUD ZAYYAT/AFP
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Publicado oct 22, 2026 - 21:01

El embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa, ha despertado demonios dormidos al proponer la derogación de la ley de boicot a Israel. Una propuesta semejante basta para que los pesos pesados del eje iraní se apoderen de ella, se movilicen y desaten tempestades de indignación, condenas, apelaciones a las pasiones viscerales y acusaciones de traición, lejos de cualquier reflexión racional sobre la naturaleza de esta ley, su utilidad y su pertinencia a la luz de los cambios ocurridos desde su promulgación.

Cabe recordar que la ley de boicot a Israel es una legislación árabe-libanesa promulgada el 23 de junio de 1955. Penaliza cualquier relación económica, financiera o contractual, así como cualquier forma de comunicación con Israel, e impone a los infractores penas de entre tres y diez años de prisión y multas de entre 5,000 y 40,000 libras libanesas, además de la confiscación de mercancías y medios de transporte.

También conviene recordar que esta ley ya no se aplica al pie de la letra, ni en el Líbano ni en los países árabes. Esto resulta particularmente evidente desde que el conflicto árabe-israelí tomó un nuevo rumbo, especialmente después del acuerdo alcanzado entre el gobierno libanés y el Estado israelí para delimitar las fronteras marítimas y poner fin a la disputa entre ambos países. A ello se suma la necesidad en que se vio Siria de negociar con Israel, al igual que la Autoridad Palestina tras los Acuerdos de Oslo, sin olvidar los Acuerdos de Camp David, el Tratado de Wadi Araba y, posteriormente, el amplio abanico de los Acuerdos de Abraham.

Por consiguiente, ¿es necesario reconsiderar esta ley para decidir si debe mantenerse, modificarse o derogarse, en caso de que así lo exija el interés nacional superior?

¿Una decisión de esta naturaleza requiere coordinación con los países árabes, o se trata, por el contrario, de un asunto eminentemente soberano que puede resolverse al margen del consenso o de las consultas árabes? ¿O acaso el simple hecho de plantear la cuestión equivale a un acto de alta traición?

Antes de buscar respuestas, es necesario detenerse en la situación aparentemente irresoluble del Líbano, donde las esperanzas de hallar una salida mediante negociaciones directas con Israel difícilmente logran concretarse. Israel continúa sus ataques destinados a arrasar aldeas del sur del Líbano, después de haberlas ocupado y expulsado a sus habitantes. A ello se suma la persistencia de Hezbolá en mantener al Líbano como rehén de los intereses de su tutor iraní, así como su empeño en aniquilar al Estado y la Constitución bajo el pretexto de una “resistencia” impotente, que ha sustituido por toda clase de actividades al margen de la legalidad: armas, dólares estadounidenses de contrabando, además de drogas, medicamentos falsificados y una lista interminable de actividades ilícitas.

También es necesario detenerse en la utilización selectiva y malintencionada de la ley de boicot a Israel, aplicada durante mucho tiempo a conveniencia, primero bajo la ocupación siria y después durante la época del “partido divino”, para perseguir a los opositores e incluso a competidores considerados indeseables. Sobran los ejemplos entre políticos, periodistas e intelectuales cuyo único delito fue no contar con la aprobación de los poderes de facto.

Por ello, resulta indispensable buscar respuestas, sin excluir la dimensión afectiva y emocional que lleva a amplios sectores de la sociedad libanesa a rechazar, casi inconscientemente, cualquier discusión sobre el tema. Para ellos, Israel es el enemigo eterno y cualquier intento de normalización o de paz con ese país resulta inútil.

Esta postura, sin embargo, tiene sus justificaciones, a la luz de las experiencias vividas y de los hechos acumulados desde el surgimiento del proyecto de apoderarse de la tierra de Palestina para convertirla en un hogar nacional destinado a los judíos de todo el mundo, acompañado de un inquietante apetito expansionista, particularmente bajo el actual primer ministro, Benjamin Netanyahu. Pero ello no debe llevar a descartar el sentido común, conforme al principio: “Si quieres que te obedezcan, pide lo que sea posible”.

En las circunstancias actuales del Líbano, el margen de lo posible es reducido, pero permite construir sobre esa base. De ahí la respuesta dada al embajador Michel Issa: la derogación de la ley de boicot a Israel y la eliminación de las sanciones por mantener contactos con ese país requieren la aprobación del Parlamento. Y esa aprobación no se obtendrá antes de la retirada israelí, la recuperación de los territorios ocupados, el regreso de los desplazados, la reconstrucción y la conclusión de un acuerdo de paz que ponga fin definitivamente al estado de hostilidad.

Renunciar a esta ley, que constituye uno de los instrumentos de presión de que dispone el Líbano, sin obtener garantías concretas a cambio, abriría la puerta a nuevas exigencias israelíes, sin que estas fueran acompañadas de medidas recíprocas que respondieran a las demandas libanesas.

Sin embargo, no se puede ignorar la realidad de Hezbolá, que obstaculiza la obtención de lo que el Líbano exige a Israel con el único propósito de servir a Irán y cumplir sus directrices, para que Teherán pueda proteger sus intereses y mejorar las condiciones de sus negociaciones con Estados Unidos.

Mientras el Estado libanés no consiga salir de este laberinto, del que se benefician tanto Hezbolá como Israel, la derogación de la ley de boicot seguirá teniendo sus demonios. Continuará siendo uno de los instrumentos utilizados por dos partes que se prestan servicios mutuamente cuando sus intereses convergen. A costa, por supuesto, de este Estado devastado.

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