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Análisis

¿La Francia de hoy se niega a aceptar la diversidad?

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نُشر nov 1, 2026 - 22:44

Me llamó la atención una reflexión de Alain Bauer* sobre los acontecimientos en Francia, durante una entrevista en la que abordó una pregunta fundamental: ¿quién es francés?

Al remontarse a los orígenes de los distintos grupos que conforman la población francesa, Bauer recordó que Francia ha sido, a lo largo de su historia, un punto de encuentro de sucesivas invasiones, migraciones y asentamientos, marcado por la mezcla de pueblos y tribus. El propio nombre de Francia proviene de los francos, conquistadores germánicos llegados del norte de Europa y de Escandinavia. Los franceses llevan así el nombre de sus conquistadores, pero al mismo tiempo reivindican a los galos como sus antepasados para defender la idea de la pureza de sus orígenes.

La identidad francesa es, por lo tanto, desde sus propias raíces, el resultado de una mezcla histórica de poblaciones galas, romanas y germánicas, y de ninguna manera el producto de una supuesta pureza étnica.

Cuando Bauer afirma que fue el Estado el que creó la unidad, señala una realidad histórica fundamental. El Estado francés no fue simplemente la expresión de una nación homogénea que ya existía antes de él. El propio Estado fue uno de los principales artífices de su formación.

Felipe II Augusto, quien reinó entre 1180 y 1223, desempeñó un papel importante en este proceso. Sentó las bases del Estado centralizado. Aunque su construcción se prolongó durante varios siglos, su reinado marcó una etapa decisiva en ese desarrollo.

Sin embargo, el paso del título de "rey de los francos" al de "rey de Francia" no ocurrió de un día para otro, como tampoco Francia se convirtió repentinamente en un Estado centralizado plenamente consolidado. La formación del Estado francés fue un largo proceso histórico. Lo fundamental es que la monarquía extendió progresivamente su autoridad, estableció instituciones administrativas y judiciales e incorporó territorios y poblaciones diferentes dentro de un mismo marco político. Con el tiempo, ese marco se convirtió en la base de un sentimiento de pertenencia más amplio.

Históricamente, la identidad francesa "unificada" fue impuesta mediante un proceso coercitivo de asimilación dirigido por el Estado central, particularmente después de la Revolución francesa y durante la Tercera República. Las lenguas regionales, como el bretón y el occitano, fueron prohibidas, mientras se imponía una cultura uniforme, moldeada en gran medida desde París.

Así, la mezcla de poblaciones no siempre fue resultado de una "integración natural". También fue una forma de coexistencia regulada por las estrictas leyes del Estado y la fuerza del poder central. Cuando este proceso de asimilación cultural comenzó a debilitarse en tiempos recientes, las diferencias culturales y étnicas volvieron a salir a la superficie, poniendo de manifiesto la coexistencia de comunidades cuyas relaciones no son del todo armoniosas.

Lo que más me interesó del planteamiento de Bauer fue su manera de entender la convivencia como una simple proximidad o yuxtaposición, y no como una verdadera mezcla. En Líbano, en cambio, hemos convertido la "convivencia" en una consigna a la que implícitamente atribuimos el significado de integración.

Líbano no es un caso único

En cualquier caso, el recordatorio de Bauer sobre los orígenes plurales de Francia nos ayuda a comprender que Líbano no constituye una excepción. La mezcla de poblaciones y pertenencias forma parte, de una u otra manera, de los orígenes de todos los países. El problema actual de Francia radicaría, entonces, en su negativa a reconocer y aceptar esa diversidad.

Esta situación da especial relevancia a una cuestión histórica y sociológica fundamental, que hoy se plantea en Francia: la convivencia mediante la yuxtaposición, frente a una verdadera fusión de los distintos componentes de la sociedad.

Se trata de un desafío compartido por Líbano y Francia, a pesar de las profundas diferencias entre sus respectivas experiencias históricas.

En las ciencias políticas y sociales, los Estados caracterizados por la diversidad confesional o étnica suelen estudiarse a partir de modelos como la "democracia consociativa" o las "sociedades plurales". Si sus orígenes diversos acercan a Francia y Líbano, lo que los distingue es la manera en que cada uno ha optado por administrar esa diversidad.

Francia ha intentado negarla mediante una interpretación rígida de la laïcité, o laicidad, y de un ideal republicano que solo reconoce al individuo en su condición de ciudadano, sin tomar en consideración sus antecedentes étnicos o religiosos.

Líbano, por el contrario, ha reconocido e institucionalizado abiertamente esa diversidad mediante su sistema confesional de reparto del poder. Ha hecho de ella uno de los fundamentos de la autoridad política, transformando la convivencia por yuxtaposición en una realidad reconocida jurídicamente e institucionalizada, aunque siempre vulnerable frente a las crisis.

La crisis actual de Francia: el rechazo a aceptar la diversidad

Algunos analistas atribuyen la crisis intelectual y política que atraviesa Francia a la cuestión de la identidad. Las élites francesas tradicionales y la derecha encuentran dificultades para superar la concepción del "ciudadano francés tradicional", asimilado a una cultura laica compartida, y aceptar una Francia multicultural y multiétnica, transformada por sucesivas oleadas migratorias.

La negativa a reconocer esta nueva realidad alimenta así enfrentamientos constantes, presentados con frecuencia como una defensa de los "valores de la República".

Emmanuel Todd y la historia de las estructuras familiares

Los escritos de Emmanuel Todd sobre los orígenes de los franceses aportan otra perspectiva. Todd es una de las figuras más destacadas de la antropología, la historia y la demografía. Su método se distingue por la manera en que explica los grandes acontecimientos políticos y las transformaciones sociales a partir del estudio de las estructuras familiares tradicionales y de los cambios demográficos, como las tasas de alfabetización o la mortalidad infantil.

En su libro publicado en la década de 1980, L'Invention de la France (La invención de Francia), retrocede varios siglos para analizar cómo se formó la sociedad francesa a partir de los distintos sistemas familiares presentes en sus regiones. Su investigación demuestra que Francia no constituye un bloque homogéneo, sino que es resultado de una profunda diversidad antropológica regional.

Todd intentó explicar las transformaciones políticas e intelectuales ocurridas en Francia y, posteriormente, en Europa occidental durante los cinco siglos anteriores, relacionándolas con las estructuras familiares históricas de las sociedades europeas.

Para ello, se apoyó en estudios locales sobre las formas de organización familiar en las sociedades agrarias tradicionales. Estableció vínculos entre esos modelos y las concepciones de libertad, igualdad y autoridad, y trató de explicar, a partir de esas diferencias, algunas de las trayectorias intelectuales y políticas divergentes de Europa.

¿Qué se entiende por estructuras familiares?

Todd propone una clasificación de los sistemas familiares históricos según la naturaleza de las relaciones entre generaciones y la concepción de la igualdad entre los hijos, particularmente en materia de herencia.

  • La familia nuclear igualitaria. Los hijos abandonan el hogar paterno para formar familias independientes, dentro de un sistema basado en el principio de igualdad en la herencia.

  • La familia troncal. Uno de los hijos, generalmente el primogénito varón en el modelo histórico descrito por Todd, ocupa una posición privilegiada para asegurar la continuidad familiar y hereda la mayor parte del patrimonio, mientras los demás abandonan el hogar.

  • La familia comunitaria. Varios hijos, junto con sus respectivas familias, permanecen dentro de una estructura familiar compartida, caracterizada por una autoridad paterna o colectiva más marcada.

Para Todd, estos modelos no eran simples arreglos económicos o domésticos. Considera que contribuyeron a formar concepciones duraderas de la libertad, la igualdad y la autoridad.

En una entrevista publicada en 2023, Todd explicó que la familia nuclear igualitaria había predominado históricamente en la cuenca de París, aunque sin extenderse a todo el territorio francés. También señaló la existencia de la familia troncal en otras regiones, particularmente en el suroeste, así como su presencia, en distintos grados, en Alsacia, las regiones alpinas y Bretaña.

Esta observación es especialmente importante para nuestra reflexión. La Francia que el Estado republicano presentó como una nación unificada, con una lengua y principios políticos comunes, era históricamente mucho más diversa de lo que sugiere esa imagen nacional.

Las diferencias no se limitaban a las lenguas, los dialectos o las religiones. También abarcaban las formas de organización familiar, las reglas de sucesión y las relaciones entre generaciones, elementos que Todd vincula con concepciones profundamente arraigadas de la autoridad y la igualdad.

Si tomamos en serio esta hipótesis, la construcción del Estado francés no se llevó a cabo sobre una base social homogénea, sino a partir de un conjunto de tradiciones regionales distintas.

Esta perspectiva permite comprender mejor algunos aspectos del éxito del Estado centralizador, así como ciertas tensiones que acompañaron su formación.

Las instituciones francesas contribuyeron a crear un lenguaje político común y a consolidar la ciudadanía, el Estado de derecho y la educación pública. Sin embargo, no necesariamente borraron todas las diferencias sociales y culturales heredadas de la historia.

El Estado francés logró unificar el espacio político sin eliminar por completo la diversidad histórica que existía en su interior.

Esto no significa que Todd considere las estructuras familiares como la única causa de todas las diferencias políticas. Más bien, sus trabajos ponen de manifiesto la profundidad de la diversidad francesa y abren nuevas vías para comprender ciertas continuidades históricas, sin reducir las distintas regiones a sociedades con características fijas e inmutables.

Bauer, por su parte, plantea una cuestión importante cuando pone en duda la imagen simplificadora según la cual todos los franceses descenderían de los galos.

Pero surge una pregunta todavía más importante cuando pasamos de los orígenes al Estado. ¿Cómo pudo un país integrado por poblaciones de distintos orígenes, lenguas y experiencias históricas construir una identidad nacional común? ¿Y sigue siendo capaz de hacerlo hoy?

La historia de Francia demuestra que la nación no siempre existió bajo su forma actual y que la construcción del Estado contribuyó a reunir poblaciones anteriormente diferenciadas por sus lenguas, tradiciones y pertenencias. Pero esa historia no demuestra que la asimilación completa sea el único camino hacia la unidad, ni que el pluralismo cultural conduzca inevitablemente a la fragmentación.

Tampoco es posible reducir los conflictos sociales actuales a una simple crisis de identidad. La educación, la justicia social, el poder adquisitivo y la confianza en las instituciones son factores igualmente importantes que, en determinadas circunstancias, pueden entrelazarse con las cuestiones de integración.

La observación de Bauer sobre los franceses, que llevan un nombre derivado de los francos mientras aprenden que sus antepasados fueron los galos, también nos recuerda que las identidades nacionales modernas no son registros genealógicos exactos, sino relatos históricos construidos dentro de instituciones y sociedades en constante transformación.

Esto no significa que dichas identidades sean falsas o inventadas, sino que son construcciones históricas susceptibles de evolucionar y de ser revisadas.

El problema no es que todos los franceses no desciendan de los galos. El problema comienza cuando Francia tiene dificultades para formular una definición de ciudadanía que permita a todos aquellos que pertenecen a ella, jurídica y socialmente, sentirse parte plena y en igualdad de condiciones de su futuro.

Una nación no necesita un solo padre, ni exige que todos sus hijos tengan las mismas raíces.

Necesita instituciones justas, una memoria histórica que no le tema a la complejidad y un proyecto común capaz de reunir a personas diferentes sin exigirles que borren lo que son.

Al final, creo que la pregunta más fecunda no es "¿quiénes son nuestros verdaderos antepasados?", sino otra: ¿qué nos lleva, a pesar de nuestros distintos orígenes, a elegir ser ciudadanos de un mismo Estado?

Y esta es una pregunta que nosotros, como libaneses, también debemos tener el valor de plantearnos.

*Alain Bauer es un criminólogo francés y profesor emérito de criminología del Conservatorio Nacional de Artes y Oficios (CNAM), especializado en cuestiones de seguridad, criminalidad y terrorismo.

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