

En el Líbano, el ruido de la batalla electoral israelí acalla todas las demás voces. Cada actor sigue sus acontecimientos de acuerdo con sus propios cálculos, circunstancias e intereses, con la esperanza de fortalecer su posición.
Algunos, convencidos de que es difícil propiciar un cambio dentro del Líbano, depositan sus esperanzas en una alternancia política en Israel. Consideran que esto les permitiría evitar una confrontación directa con Hezbolá y encontrar una salida a su crisis, recuperar su margen de maniobra, alcanzar sus objetivos y obtener resultados en las negociaciones sin obstáculos.
Hezbolá, por su parte, calcula que podría recuperar su influencia, retomar el control del Estado e imponer la agenda iraní. A sus ojos, una derrota de Netanyahu representaría otra victoria divina que se sumaría a sus anteriores triunfos, pues sería, supuestamente, fruto de su "yihad sagrada". El partido espera ese desenlace, ya lo anuncia y se prepara para vendérselo a su entorno social con la intención de recuperar una base de apoyo que comienza a alejarse de él.
Poco le importa que esa supuesta victoria no cambiaría en nada el desplazamiento de los habitantes del sur del Líbano, la destrucción de sus viviendas ni la imposibilidad de regresar a sus pueblos sin un acuerdo que el eje iraní rechaza por temor a perder su presencia e influencia en el país.
Tampoco le importa que el fuego de quien suceda a Netanyahu no vaya a convertirse en frescor y paz para los palestinos y los libaneses. Los fundamentos de la política israelí permanecen intactos, tanto en materia de seguridad como de expansión de los asentamientos, política exterior y carácter judío del Estado, plasmado en sus instituciones y estructuras. En otras palabras, la disputa entre los candidatos responde fundamentalmente a asuntos internos de Israel y no altera la ofensiva generalizada que ese país lleva a cabo desde la operación "Diluvio de Al Aqsa" contra todos aquellos a quienes considera una amenaza.
Tampoco importa lo que sucede en los distintos frentes árabes, donde los conflictos fortalecen a Israel y le permiten sacar cada vez mayor provecho de la política de "divide y vencerás", tal como también hace Irán. Siria enfrentada a Jordania, Arabia Saudita enfrentada a Yemen, y nada impide abrir nuevos frentes mientras sirvan a los planes y objetivos de quienes los promueven. Basta un poco de habilidad para mover las piezas sobre el tablero de ajedrez de un mundo árabe que ha perdido su capacidad de influir decisivamente en el destino de la región, tras fragmentarse en múltiples universos enfrentados y rivales.
Pero todo esto no es más que estupidez y la pretensión de encontrar fuerza donde no hay nada que ganar, con el único propósito de levantar la moral de los derrotados, que siguen hundiéndose en la negación. A ello se suman las prisas y el afán de adelantarse a acontecimientos que, si no responden a las expectativas, provocarán una profunda desilusión y un nuevo revés entre quienes se apresuran a vender quimeras.
Por eso, celebrar prematuramente una posible derrota de Netanyahu haría que la decepción fuera todavía más dolorosa si finalmente ganara las elecciones, lograra formar otro gobierno y continuara su política de agresión, que no se detiene ni en la Línea Amarilla ni en la colina de Alí al Taher. La desilusión sería igualmente amarga si su sucesor pretendiera convertir los suburbios del sur de Beirut en el precio que habría que pagar para garantizar la seguridad de los asentamientos israelíes del norte.
¿Dónde buscaría entonces Hezbolá sus victorias? ¿Cómo conseguiría movilizar nuevamente a su base de apoyo? ¿Y qué beneficios podría esperar de su persistente oposición a la construcción de un Estado que tenga la autoridad exclusiva para decidir sobre la guerra y la paz y el monopolio de las armas, y que pueda negociar con el enemigo israelí con suficientes instrumentos de presión para alcanzar un acuerdo satisfactorio que garantice el fin de la ocupación y el inicio de la reconstrucción, a fin de que los habitantes del sur del Líbano regresen a sus pueblos?
En pocas palabras, ¿ganaremos si Netanyahu pierde… o perderemos si gana?
Son preguntas difíciles cuando se convierte la victoria o la derrota de ese hombre en el criterio para medir el futuro de la guerra contra el Líbano.
El interés nacional libanés no puede depender de los cálculos de quienes buscan aprovechar los acontecimientos en Israel para fortalecer sus posiciones y mejorar su capacidad de negociación. Consiste en poner fin a ese estado de ni guerra ni paz que socava cualquier esperanza de salir del deterioro económico y devolverle al Estado su vitalidad, restaurar sus instituciones y restablecer su soberanía sobre la totalidad del territorio nacional.
La obstinación arrogante que domina el discurso de la facción iraní en el Líbano no cambiará en nada la guerra de exterminio que libra el enemigo israelí. Tampoco lo harán las vacilaciones a la hora de tomar decisiones firmes, que impiden al Estado libanés adoptar medidas capaces de cambiar la situación.
Lo que hay que hacer está claro.



















