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Sociedad

Mundial de fútbol: emociones colectivas e identificaciones en el Líbano

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Por Nayla Assaf
Publicado jul 12, 2026 - 19:14

La Copa del Mundo de fútbol va mucho más allá del deporte. Como evento planetario, interrumpe el curso habitual de la vida y reúne, durante el tiempo que dura el torneo, a millones de personas en torno a un mismo relato colectivo. En el Líbano, esta competición adquiere una dimensión especial. En un país marcado por crisis sucesivas, por la movilidad y las fracturas sociales, la Copa del Mundo otorga a los momentos de celebración un valor precioso, casi inusual.

“Para la psicóloga clínica Sandra Khawam, apoyar a determinadas selecciones forma parte, ante todo, de una historia familiar, marcada con frecuencia por la emigración. “El factor familiar juega un papel muy importante. A causa de las guerras, las crisis y las sucesivas olas migratorias, muchas familias libanesas se han dispersado por todo el mundo”, explica.

Esta dispersión ha generado una cartografía afectiva particular. Comunidades libanesas se han asentado en Brasil, Argentina, Alemania, Francia y otros países, manteniendo, sin embargo, lazos sólidos con el país de origen: no solo geográficos o administrativos, sino también emocionales. Vínculos que afloran en los relatos familiares, los recuerdos, las costumbres y, a veces, las lealtades simbólicas.

Durante la Copa del Mundo, estos lazos pueden influir en las formas de identificación deportiva. Apoyar a una selección extranjera puede significar, de manera indirecta, respaldar una parte de la propia historia familiar, de la memoria o del recorrido migratorio.

El fútbol como necesidad universal de identificación

Más allá del caso libanés, la señora Khawam insiste en un mecanismo más amplio y universal. El fútbol, según ella, responde a una necesidad de identificarse con referentes percibidos como estables, visibles y valorados. “Cuando un equipo encarna la estabilidad, el éxito, el rendimiento y figuras emblemáticas, se convierte de forma natural en un objeto de identificación”, subraya.

Los aficionados no siguen únicamente un resultado deportivo, sino una narrativa. Rastrean la progresión, la posible victoria, la superación personal. Esta identificación funciona como un espejo simbólico en el que cada uno proyecta aspiraciones personales o colectivas.

En el contexto libanés, esta dinámica adquiere un matiz particular. La señora Khawam recuerda que la sociedad libanesa está atravesada por divisiones identitarias y comunitarias que también estructuran las formas de pertenencia. El fútbol puede convertirse entonces en un espacio de proyección de esas divisiones. El apoyo a una selección no responde únicamente a consideraciones deportivas; en ocasiones puede reflejar una afiliación simbólica o identitaria. “Los individuos se identifican de manera diferente, apoyando a una selección en lugar de otra”, explica. El terreno de juego se convierte así en un espacio de desplazamiento de las pertenencias, donde tensiones sociales latentes pueden reescenificarse de forma simbólica y codificada.

Un paréntesis emocional

La psicóloga insiste en otra dimensión esencial: la de una válvula de escape colectiva. En un país marcado por crisis económicas, políticas y sociales como el Líbano, la Copa del Mundo actúa como un paréntesis en el que la cotidianidad queda suspendida durante el tiempo que dura un partido. “Las personas se reencuentran, comparten un sentimiento de unidad, de alegría, de orgullo y de emoción colectiva”, comenta.

Si ese paréntesis resulta tan significativo, es porque abre un espacio de expresión emocional al que rara vez se accede en la vida diaria. El fútbol permite transformar realidades opresivas en una experiencia de ligereza colectiva, en la que la victoria de un equipo se convierte en una victoria compartida, casi simbólica.

Esta intensidad colectiva también se explica por mecanismos de grupo. En las concentraciones de personas, las emociones no se limitan a una expresión individual: se refuerzan mutuamente.

La Sra. Khawam describe este fenómeno como un efecto de masa, en el que la alegría, la emoción y, en ocasiones, la frustración se ven amplificadas por la dinámica colectiva. Sin embargo, insiste en un punto importante: los excesos siguen siendo minoritarios. No representan la norma, sino una excepción que se hace visible.

El efecto de grupo puede, no obstante, modificar los comportamientos individuales. El anonimato relativo, la fuerza del colectivo y la intensidad emocional del momento pueden llevar a algunos a actuar de manera diferente a como lo harían habitualmente. En ciertos casos, esto puede derivar en gestos desmedidos o incluso violentos.

Un violento enfrentamiento entre hinchas degeneró así en una pelea y luego en un intercambio de disparos durante un partido entre Brasil y Japón en Wadi Jilo, en el caza de Tiro (Líbano del Sur). Seis personas resultaron heridas.

Bajo esta lógica, el fútbol puede funcionar como una caja de resonancia de las tensiones sociales y políticas. Algunos conflictos pueden manifestarse a través de las rivalidades deportivas, y los equipos se convierten en soportes simbólicos sobre los que se proyectan pertenencias, oposiciones o frustraciones más profundas. Sin embargo, para la Sra. Khawam, es importante no reducir el fenómeno a esta única lectura, ya que dichas proyecciones coexisten con una dimensión festiva y cohesionadora igualmente central.

La pasión entre convivencia y desbordamiento

Sergio, de 22 años, oriundo de Jbeil, ilustra esta ambivalencia a una escala más íntima. “Apoyo al equipo de Alemania, ante todo porque el Líbano no participa en el Mundial. Además, porque aprecio profundamente el estilo de juego de esa selección, a la que estoy unido desde la infancia”, confiesa.

Los partidos se viven a menudo entre amigos, lo que no excluye las tensiones. “Empezamos con bromas, pero los intercambios pueden volverse más acalorados. A veces hasta nos empujamos. Aunque siempre terminamos calmándonos”, cuenta. La pasión por el fútbol, a pesar de sus excesos, vuelve entonces a su función primera: un espacio de convivencia.

Jad, de 28 años, beirutí que apoya a la selección francesa, ilustra esta dimensión festiva. “Francia forma parte de mi historia desde la escuela, especialmente con Mbappé hoy en día. Es un equipo que seguí con mi hermano y se ha convertido en un ritual familiar”, explica.

Durante este Mundial 2026, las victorias generan festejos. Para él, estos momentos van más allá del deporte: “Durante algunas horas, olvidamos el día a día”.

En Jounieh, Maya, de 32 años, fanática del equipo argentino, confiesa un apego heredado. “Es una pasión que me transmitió mi padre en la época de Maradona y que he mantenido con Messi”, cuenta. Aunque no participa en las concentraciones de hinchas, vive el Mundial en el espacio íntimo familiar. “Mi hermana vive en Buenos Aires y durante los partidos nos enviamos videos como si estuviéramos en el mismo salón”.

Karim, de 24 años, hincha de Brasil en Trípoli, evoca una experiencia más ambivalente. “El juego, la samba, el color amarillo… son una pasión muy fuerte”, dice. Pero también reconoce el aumento de las tensiones: “La derrota exacerba a veces las emociones. Las discusiones en las redes, las rivalidades… todo se intensifica”. Describe escenas de tensión: “Fui testigo de intercambios de insultos y mesas volcadas en restaurantes. Preferí irme”.

En definitiva, el Mundial se revela como un fenómeno profundamente ambivalente. En el Líbano, esta ambivalencia resulta especialmente visible. En un país que lleva décadas buscándose a sí mismo, a veces es más fácil vibrar con los colores de otro país que con los de la propia nación.

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