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Opinión

El copium de la "Resistencia" o el opio de la negación

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Por Makram Rabah
Publicado sep 12, 2026 - 03:09

En abril de 2003, Mohammed Saeed al-Sahhaf le ofreció al mundo una de las mayores actuaciones políticas en el arte de la negación.

El 7 de abril, los tanques estadounidenses habían entrado al corazón de Bagdad y sus imágenes recorrían las pantallas de televisión de todo el mundo. Sin embargo, el ministro de Información de Saddam Hussein se plantó ante los periodistas y declaró, con la seguridad de un hombre que poseía información inaccesible al ojo humano, que no había estadounidenses en Bagdad y que las fuerzas invasoras estaban siendo aplastadas y aniquiladas.

Dos días después, el 9 de abril, Bagdad cayó.

Al-Sahhaf no estaba simplemente mintiendo. Prestaba un servicio psicológico a un público que ya no era capaz de enfrentarse a la verdad. Eso es precisamente lo que lo hace tan contemporáneo en el Líbano.

Si estuviera hoy entre nosotros, al-Sahhaf probablemente encontraría un excelente empleo junto a los voceros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán y de Hezbolá en su prensa amarilla. Quizá incluso descubriría que su imaginación era bastante limitada frente a los extraordinarios avances logrados por el Eje de la Resistencia en la fabricación de victorias.

¿Los israelíes entran en una posición? No la tomaron por completo.

¿Se apoderan de la entrada de un túnel? El túnel tiene otras entradas.

¿Llegan a una instalación? Hay otras instalaciones.

¿Ocupan una colina? La colina no es toda la montaña.

Y si ocupan la montaña, no se preocupen: el Líbano es un país montañoso.

Esto no es análisis militar. Es una dosis de copium.

“Copium”, en el lenguaje de Internet, combina cope y opium: un narcótico psicológico que se consume para amortiguar el dolor de una derrota que uno se niega a reconocer. No recupera territorio ni gana batallas. Su función es mucho más sencilla: hacerte sentir victorioso mientras explicas por qué tu derrota no fue en realidad una derrota.

Pero el problema del Líbano hoy va más allá de Hezbolá. Tratar a Hezbolá como si fuera simplemente una organización libanesa que cometió una serie de errores estratégicos significa perder de vista la esencia del asunto.

Hay un dueño del proyecto y hay una franquicia libanesa vinculada a él.

El dueño es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. La franquicia libanesa es Hezbolá.

Esta no es una descripción inventada por los adversarios libaneses de Hezbolá. En marzo, Reuters informó que la Guardia Revolucionaria había desempeñado un papel directo en la reconstrucción del mando militar de Hezbolá después de los golpes que sufrió durante la guerra de 2024. Alrededor de cien oficiales iraníes habrían sido enviados al Líbano para participar en el entrenamiento, la reestructuración y el rearme. Más importante aún, el resultado fue descrito con toda claridad: Hezbolá había sido preparado para entrar en la guerra de 2026 al lado de Teherán.

Irán no se limita a “apoyar” a Hezbolá, como tan cortésmente lo expresan los comunicados diplomáticos.

Irán lo creó, lo entrenó, lo armó y luego reconstruyó su estructura militar. Después llegó el momento de cobrar los dividendos de su inversión.

Pero ¿quién pagó el precio?

Ciertamente no solo los oficiales de la Guardia Revolucionaria instalados a salvo en Teherán.

La mayor parte de la factura libanesa la han pagado los habitantes del sur del Líbano, del valle de la Bekaa y del suburbio sur de Beirut, sobre todo los cientos de miles de chiitas libaneses a quienes Hezbolá afirma tener la misión de proteger.

Ahí reside la ironía más amarga de la llamada resistencia.

La Guardia Revolucionaria quiere tener una palanca de presión sobre el Mediterráneo, así que los chiitas libaneses pagan con sus hijos, sus casas y sus pueblos.

Teherán quiere recordarle a Washington y a Tel Aviv que controla múltiples frentes, así que Nabatieh, Bint Jbeil, el suburbio sur y la Bekaa se transforman en buzones para los misiles de otros.

El liderazgo iraní libra una lucha regional por la influencia. Pero en el frente libanés, la mayor parte de la sangre no es iraní. Los pueblos destruidos no están en Isfahán. Las familias desplazadas no buscan refugio en las escuelas de Teherán.

Desde marzo de 2026, más de 4,300 personas han muerto en el Líbano, según cifras del gobierno libanés citadas por Reuters. A principios de septiembre, más de 340,000 personas seguían desplazadas en el sur. Más de 250 niños habían muerto y más de mil habían resultado heridos.

Y, sin embargo, todavía se espera que los libaneses celebren porque quizá los israelíes no hayan alcanzado el último metro de un túnel bajo Ali al-Tahir.

Ese es el genio del sistema.

La casa ya no existe, pero el túnel es largo.

El pueblo está vacío, pero la “ecuación” sobrevive.

La tierra está siendo devorada, pero la resistencia está bien.

Cientos de miles de personas están desplazadas, pero el enemigo no ha descubierto dónde termina el pasadizo número tres.

Y si alguien se atreve a preguntar para qué sirve este enorme aparato militar cuando las mismas personas a las que supuestamente protege duermen en escuelas sobre colchones de espuma, la prensa amarilla ya tiene preparada su respuesta: ustedes no entienden la naturaleza de la guerra.

Quizá.

O quizá los libaneses están empezando a entenderla demasiado bien.

Quizá ahora entienden que la célebre “unidad de los frentes” significa algo dolorosamente sencillo: Irán elige el frente y los libaneses pagan el precio.

Más grave aún, la factura se impone, una y otra vez, a la propia comunidad chiita del Líbano.

Durante décadas, esta comunidad ha ofrecido a sus hijos bajo la bandera de la liberación de la tierra y de la defensa del Líbano. Pero la pregunta que ahora se vuelve cada vez más urgente es esta: ¿cuándo el sacrificio por el Líbano se convirtió en el sacrificio del Líbano al servicio de los intereses de la Guardia Revolucionaria?

No hay nada antichiita en plantear esta pregunta. Todo lo contrario.

Lo más peligroso que ha hecho Hezbolá es atribuirse el derecho exclusivo de representar a los chiitas del Líbano y luego vincular su seguridad, sus hogares y el futuro de sus hijos a la estrategia de otro Estado. Como si el chiita libanés no tuviera derecho a exigir un Estado que lo proteja, en vez de ser tratado como munición dentro de un arsenal estratégico iraní.

Después llega la maquinaria de la negación para añadir el insulto a la pérdida.

No basta con que la gente entregue su sangre, sus hogares y sus medios de vida. También debe llamar victoria al resultado.

Y así regresa Mohammed Saeed al-Sahhaf.

En abril de 2003, miraba los tanques con sus propios ojos y declaraba que no existían.

Sus sucesores libaneses son más sofisticados. Reconocen que el tanque existe, pero explican que su presencia es prueba de su derrota.

Admiten que una posición ha caído, pero insisten en que su caída forma parte de la firmeza.

Reconocen que cientos de miles de personas han sido desplazadas, pero exigen que los desplazados se sientan orgullosos porque “el proyecto” ha sobrevivido.

¿Qué proyecto? ¿Y el proyecto de quién?

¿Por qué debe morir el chiita libanés para que la Guardia Revolucionaria mejore su posición negociadora?

Estas son las preguntas que el copium no puede responder.

El opio de la negación puede amortiguar durante un tiempo el dolor de la derrota, pero no puede alterar su desenlace.

Al final, como descubrió al-Sahhaf en abril de 2003, llega un momento en que las palabras ya no pueden ocultar el tanque.

Sobre todo cuando ese tanque está sobre tu tierra.

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