


Toda guerra deja tras de sí a sus olvidados. Sin embargo, hay un grupo del que rara vez se habla o que se comprende mal: los animales. En un Líbano donde el abandono ya es generalizado, la guerra no ha hecho más que profundizar una crisis agravada durante años por la debacle económica. Al sufrimiento humano se suma así una angustia silenciosa e invisible, que pocas veces encuentra lugar en el relato colectivo.
Este fenómeno también revela una fractura más profunda. Abandonar a un animal en tiempos de guerra no siempre es un acto deliberado de crueldad, sino a veces el resultado del colapso. Cuando todo escasea, como alimentos, medicamentos o refugio, la jerarquía de las necesidades se impone con una fuerza brutal. En esas circunstancias, el animal puede llegar a percibirse como una carga adicional.
Para muchos, los animales siguen siendo secundarios: compañeros adoptados a veces por impulso, como objetos que pueden descartarse con la misma facilidad. Y cuando la urgencia obliga a huir, algunos emprenden el camino dejando atrás aquello que de pronto parece haber perdido todo valor. Perros y gatos, pero también aves y animales más exóticos, quedan librados a su suerte, indefensos en entornos que se han vuelto hostiles.
Esta realidad no surge en el vacío. Se inscribe en un contexto donde la protección animal, aunque consagrada en la ley, sigue siendo en gran medida ineficaz. Ante la falta de voluntad política y de recursos adecuados, las infracciones se multiplican: tráfico de fauna silvestre, maltrato, matanza masiva de aves migratorias, incluso pesca con explosivos. Es toda una cadena de violencia normalizada, a menudo relegada a los márgenes, como si importara menos por no afectar directamente a los seres humanos. Sin embargo, es precisamente esa cadena la que sostiene el equilibrio del que depende la propia supervivencia humana.
Rescates complejos
En este panorama deteriorado, son los más vulnerables quienes pagan el precio más alto. Las asociaciones, ya debilitadas por la crisis financiera, luchan por mantener sus actividades. Como Beta y Animals Lebanon, junto con numerosos colectivos de base y voluntarios anónimos, continúan su labor, a menudo al límite de sus recursos. Su trabajo es, en ocasiones, de absoluta urgencia: intervenir entre los escombros, responder a llamados de auxilio, arriesgar la vida para rescatar animales atrapados, heridos u olvidados.
Sin embargo, los obstáculos son numerosos y siguen acumulándose. Los rescates se vuelven cada vez más complejos en un contexto de inseguridad permanente. Las adopciones internacionales, que durante mucho tiempo representaron una posible solución, son ahora menos frecuentes. Los costos de transporte se han disparado, especialmente desde que Middle East Airlines se ha convertido en la única aerolínea que opera en el Aeropuerto Internacional Rafic Hariri, lo que hace que cada traslado sea prácticamente inaccesible. A ello se suma un agotamiento generalizado: el de los voluntarios, los donantes y un sistema que opera bajo una presión constante.
Existe también otra realidad, más matizada y a menudo ignorada: la de quienes se niegan a abandonar a sus animales. Familias desplazadas se hacinan en apartamentos ya de por sí reducidos, a veces con varias generaciones bajo un mismo techo, y aun así intentan mantener a sus animales con ellas. Pero esta convivencia forzada no está exenta de tensiones. El espacio limitado, el miedo y, en ocasiones, las reticencias ligadas a creencias religiosas, especialmente en relación con los perros, convierten la presencia de animales en una fuente adicional de presión en una vida cotidiana ya desbordada.
Ciertamente, circulan algunas imágenes que, a primera vista, resultan casi tranquilizadoras: un gato en una jaula bajo una tienda improvisada, un perro acurrucado junto a su dueño sobre un colchón tendido directamente en el suelo. Hablan de un apego real, de una negativa a abandonar a toda costa. Pero, por conmovedoras que sean, no deben ocultar la magnitud del fenómeno. Por cada animal rescatado o protegido, ¿cuántos quedan al borde del camino, vagando, hambrientos, condenados a sobrevivir en la indiferencia?
Abandonar animales en tiempos de guerra no es un simple daño colateral. Por el contrario, revela nuestra relación con los seres vivos, con la responsabilidad y con aquello que decidimos considerar esencial, o no, cuando todo se desmorona. Quizá sea ahí donde se pone a prueba lo fundamental: en la capacidad, incluso en medio del caos, de no renunciar por completo a lo que nos vincula con el resto del mundo vivo.
Entre Italia, que concede permisos remunerados para cuidar a un animal enfermo o herido, y España, que ha aprobado una ley que reconoce a las mascotas como seres sintientes y no como meros objetos o propiedades, es decir, como miembros de la familia, y Francia, que supuestamente avanza en este ámbito, pero continúa promoviendo campañas publicitarias que fomentan la caza, resulta evidente que la brecha es amplia. Líbano, sin embargo, puede encontrar cierto consuelo en los pequeños pasos que está dando.