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Estados Unidos – Israel – Palestina: una sola circunscripción electoral

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Foto: ALEX WROBLEWSKI/AFP
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Publicado oct 24, 2026 - 03:28

Si mi padre no hubiera sido obligado a refugiarse en el Líbano y abandonar la ciudad de Acre, que no le teme al mar, hoy estaría participando activamente en las campañas electorales, como mis primos que poseen la ciudadanía israelí.

Pero yo tengo un documento de identidad de refugiado en el Líbano que no me ofrece ninguna posibilidad de ejercer mi derecho al voto.

Mi hija, en cambio, que tiene la ciudadanía estadounidense, discute con su esposo, de inclinaciones republicanas, argumentando que los demócratas tampoco son mejores en materia de política interna ni de política exterior.

En tiempos electorales abundan los discursos sobre la soberanía nacional, la independencia y la prosperidad. Se trazan líneas rojas y amarillas para separar las políticas internas de las externas, con la intención de demostrar la grandeza y nobleza del sentimiento nacional, así como un compromiso excepcional con la soberanía.

Sin embargo, el espectáculo electoral y sus peculiaridades ponen al descubierto las ilusiones de grandeza y poder. Las líneas rojas desaparecen en un instante cuando el presidente Trump, durante una conferencia de prensa, “elige” a su amigo y adversario Netanyahu sin pasar por las urnas, sin provocar mayores protestas entre los partidarios del Likud. Una actitud que contrasta con las reacciones nerviosas y el celo por la soberanía israelí manifestados por los dirigentes de la oposición agrupados en el “Bloque del Cambio”, que proclama su propósito de reformar y reconstruir, bajo el liderazgo de Gadi Eisenkot, de origen marroquí, y de su partido Yashar (“Íntegro”).

Y dado que los dos partidos que compiten por los escaños del Congreso estadounidense se apresuran a conseguir el respaldo de los grandes donantes judíos adinerados de Estados Unidos, las líneas rojas adquieren la sorprendente capacidad de cambiar de color para permitir que el dinero circule sin obstáculos.

Por eso, si se planteara una pregunta muy sencilla a los electores estadounidenses e israelíes, sobre si realmente existe una línea divisoria entre lo interno y lo externo en ambos países, creo que la respuesta sería evidente sin necesidad de esperar el recuento de los votos.

Si esa es la situación de Estados Unidos como potencia mundial y de Israel como potencia regional, ¿qué ocurre entonces con el pueblo palestino, que carece de Estado y ni siquiera puede aspirar a acercarse a la condición de polo de poder?

Porque el palestino dispone de un Estado en la tierra donde vive, pero ese Estado todavía no tiene fronteras reconocidas. Por ello, se aferra a las líneas de armisticio anteriores a la guerra de junio de 1967.

Tampoco existe una frontera entre la política interna israelí y el “exterior” palestino, debido a la flagrante violación de los Acuerdos de Oslo. Por no hablar de las resoluciones de las Naciones Unidas, que podrían reunirse en un grueso volumen destinado a preservar los derechos palestinos.

Quien siga la campaña electoral israelí puede comprender el peso de la cuestión palestina en la política interna de Israel a partir de las preguntas formuladas en las encuestas de opinión:

¿Está usted a favor de anexar los territorios de “Judea y Samaria” y extender de inmediato la plena soberanía israelí sobre Cisjordania?

¿Qué haremos con los palestinos que no se han marchado? ¿Debemos entregar la administración de Cisjordania a las autoridades jordanas y conservar la soberanía israelí?

Sin embargo, la expulsión y la separación total de los palestinos constituyen las respuestas más populares y las que más votos pueden atraer. Eso sin contar los asesinatos cotidianos, conforme a la máxima según la cual “el único palestino bueno es el palestino muerto”.

El polo palestino

El palestino, por su parte, dispone de otra manera de ejercer su derecho al voto. En Cisjordania, las preguntas adoptan formas diferentes:

¿Prefiere liberar Palestina desde el río hasta el mar o aceptaría solamente una parte? ¿Es la liberación de al-Aqsa una prioridad frente al establecimiento de un Estado palestino?

¿Rechaza los Acuerdos de Oslo mientras sigue aplicando las leyes que de ellos se derivan, o rechaza ambas cosas?

Y las preguntas sobre la defensa de los derechos históricos se suceden sin cesar, mientras se derrumban los límites de las viviendas particulares en Jerusalén Este, los de las tiendas de campaña en Gaza, los de los gallineros en las aldeas y los de las tierras de pastoreo de los beduinos. Incluso desaparecen los límites del olivo, entre su fruto y su rama.

Esa es la paradoja de la ausencia de fronteras entre Israel y Palestina.

Si el conflicto sigue enfrentando conjuntamente a los dos polos, el estadounidense y el israelí, contra el palestino, este último merece considerarse también un polo, pese a la enorme desigualdad de fuerzas y dimensiones, comparable a la que existe entre un elefante y una hormiga.

El palestino también tiene derecho a elegir a las hormigas como emblema de su campaña electoral, siempre que formen una larga columna cuyo principio podamos ver, pero cuyo final permanezca invisible. Así alcanzaríamos la igualdad electoral con el elefante y el burro, ambos marcados con la estrella de David.

Porque adquiriríamos las virtudes del reino de las hormigas: el trabajo incansable y organizado, y la paciencia para soportar la destrucción que el elefante deja a su paso entre quienes no tienen la extraordinaria sabiduría de apartarse de su camino.

La verdad obliga a reconocer que el polo palestino obtiene pocos votos en Estados Unidos. Pero la solidaridad de las comunidades, de todos los que se levantan en defensa de la justicia y de quienes rechazan la violencia ha conseguido que la bandera palestina sea ampliamente reconocida. Y si alguien pretende prohibirla por ley, basta con sustituirla por una rebanada de sandía. ¿Acaso no es esa una fuerza irresistible, capaz de anular los efectos de las leyes injustas?

En Israel, los palestinos que poseen la ciudadanía israelí sin haberla elegido representan cerca del 17% de los votos en el conjunto del “Estado”. Tienen sus propios partidos políticos y también participan en los partidos judíos, tanto sionistas como religiosos. Por lo tanto, desde el punto de vista legal, no se puede considerar la cuestión palestina como un asunto exterior, como ocurre con los palestinos de Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza.

Porque tratar al palestino como un elemento “externo” llevó a una parte de los palestinos a votar mediante atentados suicidas para favorecer la victoria de Netanyahu sobre Shimon Peres. Así lo declararon dirigentes de Hamás durante las elecciones que llevaron por primera vez a Netanyahu al poder, donde todavía se encuentra hoy.

Sin embargo, actualmente los dirigentes de Hamás expresan su deseo de participar en las elecciones palestinas a través de personalidades independientes. Desde una perspectiva histórica, se trata de una evolución positiva, después de tres décadas durante las cuales Hamás recorrió los extremos más alejados de la violencia, hasta culminar en el funesto ataque del 7 de octubre.

Una sola circunscripción

La solución no requiere grandes esfuerzos ni un complejo entramado legislativo. Bastaría con que un caricaturista dibujara una hormiga portando la bandera palestina junto al elefante y al burro, ambos marcados con una brillante estrella de David.

Por eso, invito a todos los defensores de la democracia en el mundo a respaldar la propuesta de crear una sola circunscripción electoral para los tres pueblos: el estadounidense, el israelí y el palestino.

La idea no es nueva. Una parte importante de los palestinos y los judíos que viven en el Gran Israel, o en la Palestina histórica, ya contempla la solución de un solo Estado basado en el principio de una persona, un voto.

Y puesto que Estados Unidos e Israel comparten una misma situación a este respecto, la ausencia de fronteras de Palestina mantiene a su pueblo dividido, semejante a las colonias de hormigas que no conocen fronteras y que ni el elefante ni el burro pueden exterminar.

Porque la Unión estadounidense posee, por sí sola, la condición de superpotencia soberana, dotada de hegemonía y derechos excepcionales. La realidad muestra que Israel es un Estado que disfruta de una autonomía ilimitada y una protección absoluta, mientras que el palestino apenas dispone de un autogobierno sumamente restringido, a pesar de carecer de fronteras.

Así, una sola circunscripción electoral podría ofrecer una salida para todos.

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