


Está la guerra y el terror que impone. Y luego está el entretiempo. Ese estado de ni guerra ni paz, menos espectacular pero más insidioso, que instala una tensión constante e impide cualquier proyección hacia el futuro. Es ahí donde aparece el desgaste: la motivación se erosiona, los recursos se agotan, el sentido vacila. Y el aprendizaje no escapa a ello. Formatos híbridos impuestos, continuidad pedagógica inestable, compromiso fluctuante: en un Líbano atravesado por turbulencias, la universidad parece mantenerse en pie, pero al precio de un debilitamiento silencioso.
Lo que antes pertenecía a la excepción —pasar de un formato a otro— terminó imponiéndose poco a poco como norma. Ahí ocurre el primer quiebre: cuando lo imprevisible se vuelve estructural, ya no solo desorganiza los estudios, sino que redefine sus propias reglas. La continuidad pedagógica, entonces, se fragmenta. Las clases oscilan entre la presencialidad y la virtualidad, a veces suspendidas, casi siempre dictadas más por las circunstancias que por una decisión académica. Sin embargo, aprender supone una estabilidad mínima, una progresión sostenida en el tiempo. Cuando esa estabilidad se desintegra, el conocimiento no se interrumpe: se disuelve. La universidad ya no solo transmite saberes, también administra la inestabilidad.
A esto se suma un factor agravante: cada episodio de guerra profundiza la crisis económica. Para algunos estudiantes, eso significa abandonar por completo sus estudios; para otros, un repliegue forzado hacia instituciones más económicas, muchas veces menos exigentes. El recorrido académico deja entonces de ser una elección para convertirse en un ajuste.
Pero el efecto más profundo está en otra parte. Es mental. Estudiar en un entorno inestable impone una vigilancia difusa y permanente. Nadie se compromete por completo con un marco que sabe que puede derrumbarse en cualquier momento. Esa inestabilidad absorbe una parte considerable de los recursos cognitivos: hay que adaptarse constantemente a los formatos, las herramientas y los ritmos. La mente pasa entonces de una lógica de aprendizaje a una lógica de gestión. La concentración se fragmenta y el conocimiento se vuelve secundario.
De esa tensión surge una erosión progresiva de la motivación. Estudiar implica creer en una continuidad: la de los esfuerzos, los aprendizajes y un recorrido coherente. Cuando esa continuidad se reconfigura sin cesar, el esfuerzo pierde claridad. El paso repetido de un modo a otro impide cualquier anclaje duradero. El desapego que resulta de ello suele ser una respuesta racional frente a un entorno que se volvió ilegible.
Los efectos sobre el nivel académico son concretos. Un formato híbrido impuesto introduce rupturas: en la atención, en la interacción e incluso en la manera de recibir los contenidos. Algunos abandonan más fácilmente a distancia; otros tienen dificultades para readaptarse a la presencialidad. Ese desequilibrio revela otra fractura: el aumento de las desigualdades. No todos cuentan con las mismas condiciones para navegar entre estos formatos: conexión, espacio de trabajo, autonomía.
Es en esa grieta donde se instala una zona más ambigua. Porque si bien las limitaciones son reales, también pueden convertirse en argumentos. La falta de claridad del sistema vuelve más difícil evaluar el compromiso. Algunos estudiantes se apoyan en ello para justificar ausencias o deficiencias. Pero esa deriva no es únicamente oportunista: también refleja un distanciamiento progresivo, posibilitado e incluso facilitado por un marco que, en sí mismo, es inestable.
Las instituciones, por su parte, avanzan sobre una línea estrecha. La hibridación se presenta como una solución; aquí funciona más bien como un paliativo. De tanto adaptarse, el sistema corre el riesgo de erosionar sus propias exigencias. Nadie ignora que en la base de todo Estado-nación está la educación.
Se hablará de resiliencia. Pero de tanto invocarla, termina ocultando otra realidad: la de una reducción progresiva de los estándares. La pregunta se vuelve entonces más radical: ¿qué queda del aprendizaje cuando las condiciones ya no permiten sostenerlo en el tiempo?
El problema, por lo tanto, no se limita al acceso a las clases, sino también a su forma y al compromiso que todavía logran generar. Estudiar en la incertidumbre es navegar permanentemente entre formatos inestables, mantener una atención dispersa y reconstruir sin descanso un marco que ya no se sostiene por sí solo. Y, de fondo, aparece una pregunta más brutal: ¿para qué, cuando las vidas están amenazadas tanto como el futuro que deberían abrir?
En este contexto, quizá el riesgo más profundo no sea el fracaso. Sino la instalación duradera de un modo degradado, de un nivel rebajado que, con el tiempo, termina convirtiéndose en la norma.