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Opinión

Cuando los drusos dicen: «Basta… es hora de ir a hacer las paces»

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Por Makram Rabah
Publicado may 23, 2026 - 02:07

En el argot druso existe una expresión que se usa en los momentos de transición: «Basta… es hora de ir a dar las felicitaciones.» En otro contexto, el mismo instinto puede adoptar la forma siguiente: «Es hora de ir a dar el pésame.»

No es un simple protocolo social, sino un reflejo político forjado por la historia. Significa que un momento ha concluido, que otro ha comenzado, y que quienes comprenden el mundo tal como es, y no tal como desearían que fuera, deben actuar en consecuencia.

Los drusos han sido siempre sensibles a los cambios políticos. La geografía les enseñó esto. La historia lo reforzó. La supervivencia lo convirtió en instinto. No siempre necesitan declaraciones oficiales de las capitales para saber que el viento ha cambiado, pues con frecuencia lo perciben antes que los demás.

Por eso, los recientes sondeos que revelan un amplio apoyo druso a las negociaciones, e incluso a un acuerdo de paz con Israel, no deberían sorprender tanto como muchos han pretendido. La sorpresa no es que los drusos estén abiertos a una nueva orientación política. La sorpresa es que hayan dicho abiertamente lo que muchos libaneses comprenden en privado: el viejo lenguaje de la guerra permanente se ha agotado.

Según los datos, el 72 % de los encuestados drusos apoyaron las negociaciones directas entre el Líbano e Israel, incluida una mayoría que las apoyó con firmeza. Aún más llamativo, el 84,2 % respaldó la idea de un acuerdo de paz firmado por el presidente libanés y el gobierno, mientras que el 80,7 % apoyó el contacto entre el presidente libanés y Netanyahu. No son cifras marginales, y revelan un estado de ánimo político claro: el público druso no aguarda permiso ideológico para reconocer que el Líbano necesita una salida.

Ahora bien, estas cifras no deben interpretarse mal. El apoyo druso a la negociación no expresa necesariamente amor por Israel, ni constituye una rendición ante la memoria, la soberanía o la dignidad nacional. Es una respuesta pragmática a una realidad que se derrumba. Los mismos datos revelan una comunidad que vincula de forma abrumadora la estabilidad al retorno del Estado, al fortalecimiento del ejército y al fin del monopolio de Hezbolá sobre las decisiones de guerra y de paz. Los encuestados drusos otorgaron al ejército libanés y a su comandante una de las valoraciones positivas más altas, con un 93 %, y el 77,2 % apoyó el desarme de Hezbolá. Asimismo, registraron uno de los juicios más severos sobre el papel de Irán en el Líbano, con un 93 % de opiniones negativas.

Considerado en su conjunto, el mensaje es coherente. Los drusos no están diciendo simplemente «la paz con Israel», sino que hay que restaurar el Estado, restaurar el ejército, restaurar la capacidad de decisión y poner fin a la guerra sin fin que ha consumido al Líbano.

Es aquí donde Hezbolá y sus aliados distorsionan deliberadamente el debate. Quieren borrar toda distinción: la paz se convierte en normalización, la negociación en capitulación, y el retorno de la autoridad estatal en derrota. En su vocabulario, todo intento de sacar al Líbano de la lógica del enfrentamiento sin fin es una traición. Cualquier discusión sobre los intereses libaneses es una deserción. Cualquier propuesta que busque restaurar el derecho exclusivo del Estado a decidir sobre la guerra y la paz se trata como una conspiración.

Pero la verdad es mucho más simple. Que el Estado libanés negocie en condiciones soberanamente definidas no significa que el Líbano se arrodille; podría significar exactamente lo contrario: que el Líbano se levante por fin, tras décadas en que su decisión nacional le fue confiscada.

Los drusos parecen comprender este momento. No son más proisraelíes que los demás, ni están menos apegados al Líbano, a Palestina o a las causas árabes. Pero históricamente han sido una de las comunidades libanesas más atentas a la diferencia entre un eslogan que protege y uno que pone en peligro. Saben cuándo el lenguaje se desprende de la realidad. Saben cuándo la resistencia deja de ser defensa nacional para convertirse en una estructura de dominación interna. Saben cuándo el coste de seguir fingiendo supera al coste de cambiar de rumbo.

Por eso su posición debe leerse como pragmática, no como ideológica. Es un voto para detener la guerra, no para borrar la historia. Un voto para proteger al Líbano, no para blanquear a Israel. Un voto para restaurar el Estado, no para celebrar la normalización.

Y, sin embargo, este estado de ánimo del público druso parece ir por delante de gran parte del liderazgo político druso tradicional. Esa hesitación es comprensible en cierta medida, pues el liderazgo carga con el trauma de las guerras del Líbano, las traiciones regionales, los asesinatos, las alianzas cambiantes y las promesas incumplidas, y sufre de una suerte de latigazo histórico. Cada viraje brusco en el Líbano puede tener un precio, y cada posición avanzada puede ser explotada, distorsionada o castigada.

Pero la cautela es una cosa, y la parálisis es otra muy distinta.

La política no es solo memoria, sino también la capacidad de reconocer el futuro a medida que llega. Si una gran parte del público druso dice que ha llegado el momento de escapar del cautiverio de la guerra, su liderazgo no puede limitarse a gestionar el miedo, sino que debe contribuir a forjar una posición nacional seria: ninguna paz fuera del Estado, ninguna negociación fuera de la soberanía, y ninguna decisión de guerra o paz fuera de las instituciones constitucionales.

Pero aquí la mayor responsabilidad recae sobre el Estado libanés.

No se le pide al pueblo libanés que corra emocionalmente hacia la paz, ni que olvide la ocupación, la sangre, el desplazamiento o la causa palestina. Pero si las negociaciones están sobre la mesa, el Estado tiene el deber de explicar por qué la paz puede ser un interés libanés. Debe explicar qué ganaría el Líbano, qué garantías serían necesarias, qué ocurriría con el territorio libanés ocupado, qué papel desempeñaría el ejército y cómo cualquier acuerdo protegería la soberanía en lugar de socavarla.

La paz no puede venderse como una vaga transacción. Requiere un argumento nacional, y requiere un Estado dispuesto a enfrentarse a la maquinaria de intimidación y estupidez que se empeña en llamar «normalización» a toda opción diplomática y «derrota» a toda salida de la guerra.

Poner fin a la guerra no es una derrota. La derrota real es que el Líbano permanezca suspendido entre una guerra que no puede ganar y una paz que no tiene permitido discutir. La derrota real es que ciudadanos libaneses mueran, emigren, pierdan sus ahorros, sus hogares y su futuro en defensa de fórmulas que no pueden cuestionar. La derrota real es que un país tenga un Estado de nombre pero no de autoridad.

La victoria, en cambio, puede residir en que el Líbano decida por fin que su interés nacional no es una nota a pie de página en los cálculos ajenos. Puede residir en afirmar que el sur está protegido por el Estado libanés, y no por la inestabilidad permanente. Que la dignidad no se mide por el número de frentes abiertos, sino por la capacidad de un país para proteger a su pueblo, su tierra, su economía y sus instituciones.

Vista desde este ángulo, las cifras drusas no son una anomalía, sino una advertencia temprana. Una pequeña comunidad, curtida en la supervivencia de las tormentas, le dice al Líbano que una era está llegando a su fin.

Esto no significa que la paz sea fácil, garantizada o sin riesgos. No significa que deba confiarse ciegamente en Israel, ni que los temores libaneses sean ilegítimos. Pero sí significa que la guerra ya no puede tratarse como algo sagrado, ni la paz como un crimen.

Quizás los drusos, a su manera, han dicho lo que el Estado libanés todavía teme decir: basta.

Es hora de ir, no a felicitar a Israel, sino a felicitar al Líbano si logra reconquistar su Estado. Es hora de que la paz deje de tratarse como una acusación, y de que la guerra deje de tratarse como un destino. Es hora de que alguien explique a los libaneses que poner fin a la guerra, cuando la decisión la toma el Estado y la protege la soberanía, no es tanto una normalización con el enemigo cuanto una normalización con la idea de que el Líbano merece vivir.


 

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