

En la provincia argentina de Misiones, en el remoto cruce de Argentina, Paraguay y Brasil, los vestigios de las misiones jesuíticas cuentan una historia de mestizaje cultural, resistencia y utopías sociales singulares. Desde las ruinas de San Ignacio hasta las comunidades guaraníes actuales, Levant Time recorre la huella dejada por el padre Sélim Abou, exrector de la Universidad Saint Joseph, cuyo trabajo de campo ilumina, mucho más allá de América Latina, cuestiones contemporáneas de identidad y convivencia, incluso en el Líbano. En este 19 de marzo, día de San José, patrono de la USJ, Levant Time presenta el reportaje de Maxime Pluvinet y Miroslava Salazar desde América Latina, que sigue los pasos del padre Sélim Abou.
Bajo el calor de las antiguas tierras misioneras, donde los caminos de laterita roja se disuelven en la selva y el río Paraná traza fronteras inciertas entre Argentina, Paraguay y Brasil, persisten fragmentos de historia, nunca del todo borrados por el tiempo. Son piedras, voces, memorias. Y, en ocasiones, trayectorias humanas que conectan mundos que parecían irreconciliables.
El padre Sélim Abou, S.J., fallecido en Beirut en 2018, fue una de esas figuras cuya trayectoria trascendió las fronteras nacionales. Destacado antropólogo, pensador clave del pluralismo y de la identidad libanesa, y exrector de la Universidad Saint Joseph, estuvo también profundamente vinculado durante más de medio siglo a un rincón remoto de Sudamérica: la provincia argentina de Misiones.
En estos asentamientos tomó forma una sociedad híbrida, ni plenamente europea ni exclusivamente indígena, construida sobre una organización colectiva, una economía autónoma y el uso central de la lengua guaraní.
Cuando el joven jesuita libanés Sélim Abou se encontró por primera vez con estas ruinas, en Navidad de 1961, a los 33 años, el impacto fue inmediato.
Había llegado a Argentina para completar su formación y visitó San Ignacio Miní, hoy declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO. Frente a lo que más tarde llamaría “el testimonio silencioso de la piedra”, experimentó una especie de reconocimiento íntimo: la sensación de un diálogo entre culturas hecho posible, frágil pero real, que confirmó su vocación jesuita.
Aquel momento resultó revelador. Heredero intelectual del antropólogo Roger Bastide y del padre Albert de Jerphanion, asesinado al inicio de la guerra civil libanesa, Abou encontró en la experiencia jesuítico-guaraní la confirmación de su vocación: comprender cómo identidades plurales pueden coexistir sin disolverse entre sí.
¿Una utopía jesuita?
Más de sesenta años después, en Posadas, la capital provincial a orillas del Paraná, ese recuerdo persiste en lugares inesperados. El Instituto Montoya, nombrado en honor a un célebre pionero de la empresa jesuítico-guaraní, se convirtió en una segunda casa para Sélim Abou.
Fue allí donde comenzó a enseñar en la década de 1960 y adonde regresó regularmente durante tres décadas. También es allí donde se conservan muchos de sus archivos.
En una sala tranquila del piso superior de su residencia en Apóstoles, entre fotografías y obras originales de Sélim Abou, la doctora Marisa Micolis manipula cuidadosamente documentos acumulados durante más de cincuenta años.
Amiga, colega y exalumna del “padre Abou”, recuerda a un hombre para quien la perspectiva de largo plazo era indispensable.
“Hoy”, afirma, al reflexionar sobre el medio siglo que ha dedicado a la educación, “la gente cree que la excelencia aparece de la nada. Pero el ser humano está hecho para el largo plazo”.
En una fotografía, el joven jesuita sonríe junto a su hermano Habib. En otra, aparece un ícono de la Virgen ante el cual rezaba a diario. Cerca, reposa un ejemplar de su obra de 1961 sobre el bilingüismo árabe-francés, su primera gran contribución en Buenos Aires.
Para comprender qué marcó tan profundamente a Abou, es necesario cruzar a Paraguay. En San Ignacio Guazú, el padre Daniel, curador del museo jesuita, resume la experiencia de las reducciones sin idealizarla: “No existe una sociedad perfecta. Pero, en comparación con el mundo de su época, la sociedad jesuítico-guaraní realmente creó algo nuevo”.
Recuerda la figura de Roque González de Santa Cruz, jesuita nacido en Asunción en el siglo XVI y firme opositor del sistema de encomiendas. Junto con otros misioneros, defendió la idea de comunidades guaraníes libres, protegidas de las incursiones esclavistas que devastaban la región.
Este proyecto no fue una utopía abstracta, sino un compromiso histórico. Los guaraníes obtuvieron cierto grado de autonomía; los jesuitas, un terreno fértil para la evangelización.
Entre ambos, emergió una cultura original.
Aún hoy, en Paraguay, el guaraní es lengua oficial, un legado directo de estas comunidades, donde no solo se hablaba, sino que también se escribía y se enseñaba junto al español y al latín, como lo demuestran las numerosas obras impresas en las propias reducciones.
En la iglesia de Santa María de Fe, una pequeña localidad cercana a San Ignacio Guazú, un guía señala una escultura de San Jorge venciendo a un dragón. Aquí, sin embargo, el dragón adopta la forma del aña, figura del mal en la cosmología guaraní.
En otro motivo, la fruta de la pasión, símbolo indígena de fertilidad, dialoga con la vid cristiana. Por todas partes subsisten huellas de hibridez cultural, un experimento truncado prematuramente por la expulsión de los jesuitas del continente, tras un acuerdo político entre coronas: el sacrificio de un ideal en favor de intereses claramente terrenales, cuyas últimas esperanzas quedan plasmadas en la película de Roland Joffé de 1987, La misión.
1978: el corazón y la petición
Sin embargo, la relación de Sélim Abou con los guaraníes no se limitó a una fascinación por el pasado. Tomó forma concreta en 1978, durante un hecho singular: el traslado a Posadas de la reliquia del corazón de Roque González, el santo paraguayo martirizado en 1628 y fundador de la ciudad.
Miembros del pueblo Mbyá-guaraní acudieron a venerarla. Para ellos, este misionero era más que una figura religiosa: era “un amigo de sus antepasados”.
Entonces hicieron una petición inesperada.
En la selva, durante un encuentro con el obispo Jorge Kemerer y profesores del Instituto Montoya, al pa’i (líder espiritual) Antonio Martínez se le preguntó qué necesitaba su comunidad.
Tres veces respondió que nada. Pero ante la insistencia del obispo, precisó: “Quiero una escuela para mis nietos. No quiero que sean como yo, sin papeles, sin una lengua en común con ustedes”.
Esa declaración marcó un punto de inflexión.
Así nació un proyecto sin precedentes: la creación de comunidades guaraníes con escuelas bilingües en Fracrán y Perutí.
El padre Sélim Abou se comprometió plenamente. Durante doce años acompañó y documentó la iniciativa, que describiría como un “renacimiento a escala microscópica” de las antiguas reducciones.
Pero sin nostalgia ni idealización: el objetivo no era replicar el pasado, sino inventar una forma contemporánea de convivencia.
Javier Villalba, cacique de Perutí, recuerda: “Construyó un puente entre él y nuestros abuelos. Era como un consejero… incluso como un padre”.
En los testimonios recogidos se repite un rasgo constante: la humildad. Sélim Abou no llegó a imponer un modelo. Aprendió, observó, acompañó. Respetó las estructuras sociales, las creencias y la lengua. Vivió entre la gente, compartiendo su vida cotidiana. “Era como uno de nosotros”, dice Villalba.
De Misiones a Beirut: “resistencia cultural”
En Fracrán, hoy rebautizada en honor al pa’i Antonio Martínez, la escuela sigue en pie. Allí los niños aprenden tanto guaraní como español.
Catalino Martínez, nieto del cacique fundador, subraya el alcance político de la iniciativa: “Mi abuelo quería que nuestro pueblo siguiera avanzando, incluso después de su muerte”.
La experiencia contribuyó a sentar las bases de instituciones locales, como una oficina de asuntos guaraníes. También dejó una huella más sutil: una forma de pensar el desarrollo sin borrar la identidad.
Para Sélim Abou, esta experiencia dialogaba con sus reflexiones sobre el Líbano.
En una entrevista de 2006 en France Culture, subrayó el contraste entre un Líbano fragmentado en comunidades y una Argentina que busca construir una nación unificada pese a su diversidad.
En ambos casos surgía la misma pregunta: ¿cómo construir una sociedad sin negar las diferencias? ¿Cómo pueden las particularidades culturales vivir y prosperar sin convertirse en base de agendas políticas separadas?
Lo que Abou vivió en las selvas de Misiones lo pensaba simultáneamente sobre el Líbano. Como antropólogo de las identidades, dedicó su obra a esta cuestión central.
En el Líbano, el problema adquirió una dimensión dramática tras la guerra civil y durante la ocupación siria.
Entre 1995 y 2003, como rector de la Universidad Saint Joseph en Beirut, Sélim Abou se convirtió en una voz clave de la resistencia intelectual frente a la tutela siria. Sus discursos anuales, muy esperados, adoptaron un tono cada vez más político.
En 2002 denunció una “sirianización” del Líbano y un sistema que corrompía incluso el lenguaje político. Ese mismo año declaró: “La ocupación es la madre de las heridas que sufre el Líbano”.
Pero su respuesta no fue militar, sino intelectual. Frente a la represión de las protestas, desarrolló una idea clave: la “resistencia cultural”. Invitaba a los estudiantes a escribir, pensar y expresarse de otra manera, a reconstruir un espacio crítico capaz de resistir la dominación.
En uno de sus discursos, pronunciado con motivo del día de San José, citó editoriales y artículos de Issa Goraieb y Michel Hajji Georgiou, publicados en L’Orient-Le Jour, para respaldar sus argumentos.
En sus intervenciones advertía de un peligro más profundo que la coerción política: la destrucción del discernimiento. Describía un sistema que “pervierte el lenguaje”, “rompe la cohesión social” y “suspende el discurso racional”. En otras palabras, una ocupación que actúa tanto sobre las mentes como sobre el territorio y fomenta la mediocridad.
Esta perspectiva se basaba en una convicción más amplia. Como señaló uno de sus contemporáneos, Abou buscaba responder a una pregunta fundamental: “¿Cómo podemos vivir juntos, iguales en derechos, pero distintos en nuestras pertenencias?”
En las selvas de Misiones y en las aulas de Beirut, siguió la misma intuición: que las identidades no son muros, sino pasajes. Y a veces, es en los márgenes del mundo, en una escuela perdida en la selva, donde se inventan las formas más concretas de lo universal.