


La etapa neoyorquina emprendida por el poder libanés en el marco de sus gestiones destinadas a consolidar su autoridad soberana, frente a la estrategia de Hezbolá de desmantelamiento del Estado central, llega a su fin. Era evidente desde el principio que las numerosas reuniones del primer ministro Nawaf Salam y del ministro de Exteriores Joe Raggi, al margen de los trabajos de la Asamblea General de las Naciones Unidas, no podían derivar en resoluciones concretas ni resultados prácticos. Es de conocimiento público, en efecto, que las reuniones mantenidas por los distintos líderes mundiales con motivo de la tradicional cita de la ONU, en septiembre de cada año, no van más allá de intercambios y consultas meramente formales.
La misión de la delegación libanesa, que llevaba varios días en Nueva York, solo podía entenderse en este contexto. Sin embargo, ello no significa que los contactos de Nawaf Salam y Joe Raggi hayan carecido de interés. Sin duda, permitieron reafirmar de forma clara y transparente, para quien quisiera escuchar, las opciones estratégicas definidas por el gobierno al asumir el poder.
Esto quedó particularmente patente durante la reunión con el presidente iraní, Massoud Pezeshkian, y su ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi. Nadie ignora que estos últimos no pueden asumir ningún compromiso concreto, pues las grandes decisiones en el poder iraní son competencia casi exclusiva de los Guardianes de la Revolución Islámica. No obstante, los señores Salam y Raggi quisieron reafirmar personalmente a sus interlocutores iraníes que el Líbano ya no acepta ser un campo de confrontación explotado por las potencias regionales, lo que implica que solo el poder central libanés está facultado para negociar y tomar decisiones en nombre del Líbano. Los señores Salam y Raggi reiteraron ante el presidente y el ministro iraníes la posición de principio del Gobierno sobre la necesidad de limitar las relaciones de Irán con Líbano a vínculos de Estado a Estado, y no a través de un grupo proxy subordinado a la República Islámica.
La reunión con Marco Rubio
El punto culminante de la visita del señor Salam a Nueva York fue, sin duda, la reunión del lunes con el secretario de Estado, Marco Rubio. Si bien no se alcanzaron decisiones concretas, el primer ministro aprovechó el encuentro para defender una “alianza renovada” entre Estados Unidos y el Líbano. El señor Salam precisó en su cuenta de X que dicha alianza debería tener como objetivo enmarcar “el proyecto de reconstrucción del Estado y fortalecimiento de las instituciones legales”.
Un hecho destacable a este respecto, que confirma las opciones estratégicas del poder libanés: tanto el señor Rubio como el primer ministro libanés insistieron en la necesidad de “impulsar” el acuerdo marco tripartito alcanzado entre Estados Unidos, Israel y Líbano. El señor Salam subrayó específicamente que este acuerdo marco va más allá de los aspectos puramente militares y de seguridad relacionados con la retirada israelí del sur del Líbano y debe, en la práctica, incluir un mecanismo para fortalecer el gobierno central y, más concretamente, el ejército libanés.
Cabe señalar, en este contexto, que la reafirmación por parte del jefe de Gobierno de su adhesión de principio al acuerdo marco estadounidense-israelí-libanés se produjo pocas horas después de un discurso del secretario general de Hezbolá, el jeque Naím Qassem, quien arremetió duramente contra el presidente de la República, Joseph Aoun, y el Gobierno precisamente por su adhesión al acuerdo firmado con Israel. Es evidente que el primer ministro quiso confirmar, en la propia Nueva York y ante el secretario de Estado, el compromiso del Líbano de avanzar en el proceso iniciado con Israel bajo el patrocinio de Estados Unidos. El mensaje es, por tanto, claro: con el respaldo de Washington, el poder libanés ya no puede permitirse sumir de nuevo al país en el oscuro y funesto período de tutela regional que arrastra al Líbano a repetidas crisis agudas y a guerras “de apoyo” que no le interesan en absoluto…