


A medida que avanza el recuento de votos, los resultados de las elecciones legislativas israelíes confirman el escenario temido: ninguno de los dos bloques rivales, el del primer ministro saliente, Benjamin Netanyahu, y el del centrista Gadi Eisenkot, parece capaz de reunir una mayoría parlamentaria para gobernar.
Si se confirma esta tendencia, Israel podría verse abocado a largas y difíciles negociaciones. Tras las anteriores elecciones, en 2022, Benjamin Netanyahu necesitó 58 días para formar una coalición.
El presidente israelí pidió el miércoles a los partidos políticos que hicieran «todo lo posible» para formar una coalición de gobierno y evitar una nueva cita con las urnas, un día después de unas elecciones que no arrojaron ninguna mayoría y estuvieron marcadas por un avance espectacular de los partidos árabes.
Con el 85,6 % de los votos escrutados, el bloque del primer ministro Benjamin Netanyahu obtendría 53 escaños, frente a los 48 del de Gadi Eisenkot. Ninguno de los dos bandos alcanza los 61 escaños necesarios para lograr la mayoría en la Knéset, que cuenta con 120 diputados.
Se espera que el recuento concluya el jueves por la tarde, mientras que los resultados oficiales definitivos deberían publicarse el 4 de noviembre. El presidente Isaac Herzog recibirá después a los líderes de los distintos partidos antes de designar a la persona encargada de intentar formar gobierno.
Los partidos árabes, denostados pero con la llave del poder
Los partidos árabes, bestias negras de Benjamin Netanyahu durante la campaña —Raam (Lista Árabe Unida, islamista moderado) y la Lista Conjunta (extrema izquierda y nacionalistas)—, se perfilan como posibles árbitros de la formación de gobierno. Parecen encaminados a conseguir 19 escaños, un récord histórico, frente a los 10 que tenían en la Knéset saliente.
Gadi Eisenkot, que había descartado esta opción durante la campaña, no reaccionó de inmediato a las ofertas de colaboración de las dos formaciones árabes.
Una alianza así dista mucho de ser sencilla en un país donde la minoría árabe —cerca del 20 % de la población, compuesta en gran medida por descendientes de los palestinos que permanecieron en sus tierras tras la creación de Israel en 1948— sufre una fuerte discriminación y donde la idea de gobernar con sus representantes sigue siendo inaceptable para una parte de la población judía. El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 acentuó la desconfianza y los temores de una parte de la mayoría judía hacia la minoría árabe.
Yair Golan, figura destacada de la izquierda israelí, hoy ampliamente minoritaria, y miembro del bloque de Gadi Eisenkot, ha sido el único, hasta ahora, en abogar por una alianza de ese tipo.
El Likud, por su parte, acusó a los partidos árabes, «que apoyan el terrorismo y la aniquilación del Estado judío», según afirmó, de haber «robado las elecciones», y aseguró disponer de pruebas de corrupción, amenazas y otros actos violentos. La Comisión Electoral, por su parte, no detectó ninguna irregularidad.
¿Qué consecuencias tendrá para la política exterior?
El desenlace electoral se sigue de cerca más allá de las fronteras de Israel, que afronta críticas cada vez mayores por la conducción de su devastadora guerra en Gaza y el recrudecimiento de la violencia en Cisjordania ocupada.
También podría repercutir en el curso del conflicto en Oriente Próximo, ya que Benjamin Netanyahu ha multiplicado en los últimos días sus amenazas de lanzar una nueva campaña militar contra Irán.
Por ahora, y pese a que la participación electoral ha alcanzado su nivel más alto en más de un cuarto de siglo, los resultados dibujan, sobre todo, un panorama político profundamente fracturado, que hace prever intensas negociaciones en las próximas semanas.
Si se produce un bloqueo tras la proclamación de los resultados definitivos, la situación beneficiaría, a corto plazo, a Benjamin Netanyahu, que seguiría como primer ministro en funciones hasta la formación de un nuevo gobierno.
¿Un gobierno de unidad nacional?
La posibilidad de un gobierno de unidad nacional parece poco probable, dada la extrema polarización del panorama político israelí. Sin embargo, los analistas plantean con frecuencia la idea de una unión de los partidos denominados «sionistas», que excluya a las formaciones árabes y ultraortodoxas.
Una encuesta publicada a mediados de octubre indica que el 55 % de los encuestados preferiría un gobierno de unidad nacional a unas nuevas elecciones si los comicios no arrojaran una mayoría clara.
Este escenario tiene un precedente reciente. En 2020, Benjamin Netanyahu y el centrista Benny Gantz, pese a su profunda enemistad, alcanzaron un acuerdo para repartirse el poder tras tres elecciones en menos de un año. El pacto contemplaba, entre otras medidas, la alternancia en el cargo de primer ministro. Pero la alianza se rompió al cabo de un año, lo que desembocó en unas nuevas elecciones.
Varios medios han asegurado en los últimos días que el presidente Isaac Herzog estaba trabajando entre bastidores para propiciar un acercamiento entre Benjamin Netanyahu y Gadi Eisenkot y repetir la experiencia en caso de bloqueo político.
Sin embargo, esta posibilidad se toparía con un fuerte rechazo en ambos bandos, especialmente en la oposición, que ha convertido estas elecciones en un referéndum contra el primer ministro saliente.
El bloqueo y el fantasma de unas nuevas elecciones
Si ningún candidato consigue formar gobierno, los israelíes tendrán que volver a las urnas.
El país ya celebró cuatro elecciones entre abril de 2019 y marzo de 2021, debido a la incapacidad de las fuerzas políticas para acordar un proyecto común duradero.
El candidato designado por el presidente dispondrá, en principio, de 28 días para formar una coalición, con una posible prórroga de 14 días. Si fracasa, podrán ponerse en marcha otros procedimientos antes de una eventual disolución de la Knéset.
Una nueva campaña electoral prolongaría la inestabilidad política en un país aún marcado por las consecuencias del 7 de octubre y por los conflictos regionales.
Mientras tanto, Benjamin Netanyahu seguiría al frente del Gobierno, incluso sin mayoría parlamentaria.























