

Aunque los principales líderes europeos no aceptaron la invitación del presidente francés para asistir al discurso del Papa sobre Europa en Metz, yo diría que el viaje estuvo dirigido a toda Europa, o a los europeos. A su regreso al Vaticano, León XIV se refirió al “crecimiento de estos grupos en la extrema derecha” en Alemania y, más ampliamente, a las formas extremas que está adoptando el descontento en Europa y en el mundo. Señaló, en particular, que “se observa cierta combinación de estos puntos de vista de extrema derecha con un determinado tipo de religión”, algo que, no sólo en su opinión, sino también según los responsables de las Iglesias católica y protestante en Alemania, “no constituye una expresión auténtica del cristianismo”. Y añadió: “Y, una vez más, volvamos a los valores del Evangelio”. El papa León no necesitaba viajar a Francia para pronunciarse contra las formas extremas que está adoptando el creciente descontento europeo: ya lo había hecho. Pero el viaje tuvo lugar y fue significativo, ante todo, por esto: “los valores del Evangelio”.
Esto es, a mi juicio, lo que captó bien el teólogo Vito Mancuso en el artículo publicado el 29 de septiembre por el diario italiano La Stampa. Con razón subraya esa necesidad humana de “agregarse” —un verbo que, en italiano, aggregare, remite a gregge, “rebaño”, una palabra muy querida por la Iglesia—, junto con el principio afirmado por la Revolución francesa: la posibilidad de construir una identidad personal libre de la injerencia del Estado y de la Iglesia en la propia vida.
La visita del papa León a París lo puso frente a frente con este hombre europeo desorientado, necesitado de ambas cosas, dada la significación universal de París como la ciudad donde cayó la Bastilla. Un hombre que ya no está “conectado” redescubre la necesidad de estarlo, aunque a menudo busca esa conexión por caminos equivocados. Por eso me parece que, al viajar a Francia, en particular a París y a la frontera entre Francia y Alemania, León visitó a toda Europa, porque Europa está sacudida por esta doble necesidad: encontrar una manera de recuperar una identidad social perdida sin perder la identidad individual que la laicidad liberó mediante la afirmación de la identidad personal.
Por ello, concentrarse en las cifras desde una óptica triunfalista sería miope. Pero sería igualmente miope no reconocer, en este extraordinario interés por el Papa manifestado por los jóvenes —y, más en general, por tantos franceses—, un auténtico “signo de los tiempos”. Los pueblos europeos sienten la necesidad de aquello que han perdido: una unidad en nombre de ideales que trasciendan los intereses inmediatos. Esa misma necesidad es el motor profundo y oculto tanto de los numerosos movimientos que exaltan, de manera terrible y hostil hacia otras identidades, una política identitaria, como del consenso popular y de la atención suscitados por su visita. En París, a mi juicio, León propuso —o, mejor dicho, reavivó— aquel encuentro del Concilio Vaticano II con la modernidad que dio forma al humanismo europeo y que hoy ofrece un remedio para Europa, sobre todo a través de esa “fraternité” tan querida por la Iglesia —la encíclica Fratelli tutti— y que completa la célebre tríada de libertad e igualdad, que en esta tercera palabra adquieren todo su sentido.
Este es el hilo conductor de todo el viaje, comenzando por las palabras dirigidas a las autoridades:
“Francia es también una tierra de profundas raíces cristianas. Desde san Ireneo y el bautismo de Clodoveo, el alma de su patria se ha desarrollado nutriéndose del cristianismo para forjar un genio espiritual, cultural, intelectual, artístico y misionero que hoy irradia su influencia por el mundo entero. Así fue como en la Francia del siglo XVI floreció el humanismo, que buscaba unificar la herencia grecorromana y la fe cristiana. A los célebres pensadores del Renacimiento, y luego del Gran Siglo, sucederían los de la Ilustración; con ellos, entonces, Francia aportó al mundo auténticos logros; entre ellos, el reconocimiento de los ‘Derechos Humanos’ inscritos en la naturaleza de la persona humana, en particular el de la libertad religiosa. Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud.”
Y lo expresó con claridad en su discurso en el Centro de Congresos Robert Schuman, después de señalar que no se puede hablar de Europa sin hablar del cristianismo:
“La laicidad que rige la vida de los estados no sólo implica el carácter aconfesional de las instituciones civiles, sino que presupone una verdadera colaboración entre las partes, así como el respeto, por parte de las autoridades estatales y comunitarias, de la autonomía de las Iglesias y la promoción de su libertad de organización, de expresión y de culto. Se trata de remontarse a la fuente de los valores que constituyen el fundamento de la convivencia civil, es decir, a ‘los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, así como la libertad, la democracia, la igualdad y el Estado de Derecho’ (Tratado de la Unión Europea, Preámbulo). En el presente contexto multicultural, la afirmación de la universalidad de estos valores, que es esencial para su supervivencia, pasa también por un redescubrimiento de las propias raíces y por la apertura al diálogo con el otro. Se trata de una necesidad social y política para redescubrir el papel central de la persona humana y dar un significado real a palabras como libertad, democracia, paz y unidad. Para ello, resulta muy valiosa la invitación del Papa Francisco a apreciar la complejidad de la realidad europea en toda la riqueza de sus tradiciones y sensibilidades, acentuando ‘el reto de una armonía constructiva, libre de hegemonías’.”
Este intento de salvar a los europeos de sus temores y de su sensación de desorientación puede prolongarse a través de otros grandes temas, comenzando por el discurso sobre la paz y pasando después a las cuestiones relacionadas con las armas y la negociación como la mejor vía para resolver los conflictos. Todo está claramente interconectado.
El discurso del Papa encuentra a una Europa en crisis: por un lado, está inmersa en una cultura consumista —convertida ya en la única cultura predominante— que ha aislado al individuo, erosionado la sociedad y dejado a cada persona en un entorno competitivo. Por el otro, está inmersa en el fracaso de la globalización, que ha erosionado la confianza europea en todo aquello que es universal y ha creado las condiciones para el resurgimiento de un nacionalismo peligroso. Es interesante señalar que la gran atención prestada al Papa de la Iglesia católica debe entenderse también como la atención prestada al jefe de la única institución global que ha sobrevivido a estos tiempos difíciles.
Para Vito Mancuso, la Iglesia debe ponerse ahora al servicio de la necesidad de identidad social con espíritu de servicio, y no con el deseo de recuperar sus antiguas posiciones de poder: de este modo podrá ser la “sal de la tierra”. Coincido; es un punto importante, pero quizá el alma perdida necesite también algo más. ¿Y qué sería? Este discurso sobre la razón, aunque decisivo, ¿no resulta también un poco frío? Quisiera explicarme citando una frase de Fontenelle, uno de los grandes pensadores de la Ilustración, que llevó una vida muy razonable: “Una obra de política, de moral, de crítica, quizá incluso de literatura, será más bella, a igualdad de condiciones, si sale de las manos de un geómetra”. Esto expresa lo que temo.
En estos tiempos de grandes dificultades, la razón es esencial, pero me parece que hoy la gente necesita también calor, es decir, alguien que la ayude a redescubrir el papel central del corazón. El papa Francisco escribió en su última encíclica, Dilexit nos:
“Ahora bien, el problema de la sociedad líquida es actual, pero la desvalorización del centro íntimo del hombre —el corazón— viene de más lejos: la encontramos ya en el racionalismo griego y precristiano, en el idealismo postcristiano o en el materialismo en sus diversas formas. El corazón ha tenido poco lugar en la antropología y al gran pensamiento filosófico le resulta una noción extraña. Se han preferido otros conceptos como el de razón, voluntad o libertad. Su significado es impreciso y no se le concedió un lugar específico en la vida humana. Quizás porque no era fácil colocarlo entre las ideas ‘claras y distintas’ o por la dificultad que supone el conocimiento de uno mismo: pareciera que lo más íntimo es también lo más lejano a nuestro conocimiento. Tal vez porque el encuentro con el otro no se consolida como camino para encontrarse a sí mismo, ya que el pensamiento vuelve a desembocar en un individualismo enfermizo. Muchos se sintieron seguros en el ámbito más controlable de la inteligencia y de la voluntad para construir sus sistemas de pensamiento. Por no encontrarle lugar al corazón mismo, distinto de las potencias y pasiones humanas consideradas aisladamente unas de otras, tampoco se desarrolló ampliamente la idea de un centro personal donde lo único que puede unificar todo es, en definitiva, el amor.”
Esto es también lo que necesitamos: “los valores del Evangelio”.