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Opinión

¿A qué juegan los Estados Unidos? ¿Para qué sirve la alianza de La Meca?

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Por Youssef Mouawad
Publicado sep 19, 2026 - 01:12

Mientras proseguían los enfrentamientos en Ormuz, se constituyeron, con el pleno conocimiento de Washington, dos ejes militares que materializaban dos lógicas geoestratégicas llamadas a rivalizar. Y, por si fuera poco, en una zona que se extiende desde el mar Arábigo hasta el Mediterráneo oriental, considerada desde siempre el patio trasero de Estados Unidos, cuando no su coto privado. De hecho, el acuerdo de defensa antimisiles y antidrones suscrito el pasado 2 de septiembre entre Israel y Grecia tiene todos los visos de ser una réplica de la alianza de defensa conjunta de La Meca, firmada el pasado 7 de agosto por Turquía, Arabia Saudí y Pakistán. Nos encontramos, pues, al menos en teoría, ante «dos polos de seguridad enfrentados, aunque sin llegar a constituir dos bloques perfectamente estancos».

 

¿Significa esto que las potencias regionales antes mencionadas, que históricamente se habían desarrollado bajo el paraguas estadounidense, deben plantearse ahora garantizar su propia seguridad? Dicho de otro modo, ¿se está retirando Estados Unidos de la región? Cuesta creerlo mientras los portaaviones estadounidenses siguen patrullando las aguas cálidas y continúa el bloqueo marítimo del golfo Pérsico, salpicado de ataques selectivos.

 

Los equilibrios geoestratégicos y el «repliegue» estadounidense

 

Desde la caída del Muro de Berlín hasta 2001, vivimos en un mundo unipolar en el que Estados Unidos reinaba como hiperpotencia. Pero a partir de 2008, con la crisis financiera y los reveses en Afganistán e Irak, el panorama iba a cambiar y la ecuación estadounidense imperante se revisaría a la baja.

 

A partir de entonces comenzó una etapa de repliegue estadounidense, tanto más significativa cuanto que ya había que contar con el fulgurante ascenso de China y con el resurgimiento de Moscú, que emprendía una política agresiva en sus fronteras occidentales.

 

Fue en este contexto de competencia entre grandes potencias cuando Washington, que ya no era omnipotente, intentó promover los Acuerdos de Abraham (2020-2021), destinados a normalizar las relaciones entre Israel y los Estados árabes dispuestos a participar. El objetivo, e incluso la lógica estratégica, era consolidar un equilibrio regional frente a Irán.

 

Pero ¿quién iba a correr el riesgo de aplicar estos Acuerdos, que algunos calificaban de antinaturales, cuando Washington perdía lustre y tenía dificultades para restablecer su orden imperial en el golfo Pérsico y, más recientemente, en el golfo de Adén?

 

¡No hay quien lo entienda!

 

Es bien conocida la regla según la cual no se cambia de comandante en jefe en el momento álgido de la batalla. Sin embargo, en pleno conflicto de Ormuz, la política exterior estadounidense cambia de rumbo y la Pax Americana que patrocina pasa «de un orden basado en la preeminencia estadounidense a una arquitectura estadounidense de equilibrio de poderes». No es que Estados Unidos quiera renunciar al primer puesto, sino que ya no quiere asumir en solitario su coste. En otro teatro de operaciones, el europeo, Donald Trump ya se lo había dejado claro a sus socios, los países miembros de la OTAN: si querían beneficiarse de su protección, en adelante tendrían que rascarse el bolsillo (1).

Es más, Washington ya no exigiría que todos sus socios fueran aliados entre sí. Si Israel y Grecia debían situarse de un lado, y Turquía, Arabia Saudí y Pakistán del otro, no iba a hacer un drama de ello.

 

Pero, una vez más, ¿qué ha llevado a Donald Trump a adentrarse en esta peligrosa senda, cuando atraviesa una situación incómoda en el golfo Pérsico y está empantanado en una guerra en la que se le escapa una victoria decisiva? Y ello, pese a los ingentes medios desplegados.

 

El eje judeocristiano y la OTAN suní

 

Los estadounidenses dejaron que se constituyera la alianza de La Meca, pero ¿significa eso que la aprobaban? Los tres países firmantes mostraron cierta independencia con respecto a Washington; sin embargo, su «arrebato» puede costarles caro. Así, cuando los hutíes iniciaron su marcha triunfal hacia Bab el-Mandeb, Mohamed bin Salmán pidió auxilio a Donald Trump. Pero este le dio a entender que las fuerzas estadounidenses no intervendrían para sacarlo del apuro, aunque seguirían proporcionándole información de inteligencia. El inquilino de la Casa Blanca, decidido a preservar su margen de maniobra, no iba a desplegar sus tropas en un segundo frente. Además, con esta actitud negativa, los estadounidenses harían pagar al príncipe heredero su deseo de emancipación estratégica. En resumen, ¡que los saudíes se encarguen de su propia seguridad! De lo contrario, ¿para qué serviría esta alianza de La Meca concebida según el modelo de una OTAN suní?

 

Pero, en realidad, los dados estaban cargados: no se podía establecer una «nueva arquitectura estratégica de Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental» dejando de lado a Egipto y… a Israel. Así pues, quizá no sea demasiado pronto para afirmar que Riad va a volverse hacia Tel Aviv (2), sobre todo porque los Emiratos Árabes Unidos acaban de salir airosos y de «pasar página a su guerra» con Irán.

 

Una pregunta recurrente: ¿ha llegado el momento de reavivar los Acuerdos de Abraham?

Sin embargo, nada está decidido, pero una cosa es segura: el dispositivo de la OTAN suní no parece ser tan operativo como el del eje judeocristiano (3). ¡Y no queda más que sacar las consecuencias!

 

 

1-Ucrania ha puesto brutalmente de manifiesto en Europa un nuevo orden estratégico impulsado por Washington.

2-La semana pasada se produjo en Alemania una toma de contacto a través del CENTCOM estadounidense, e incluso se informó de una reunión entre responsables estadounidenses, israelíes y saudíes para definir los medios que debían desplegarse en apoyo de Riad.

 3-Es decir, la alianza entre Israel y Grecia y, con toda probabilidad, la República de Chipre.

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