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Opinión

“Guarda tu moneda blanca para tu día negro”…

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Por Samir Abdelmalak
Publicado sep 17, 2026 - 01:12

Era una frase que mi difunta madre solía repetirnos desde el comienzo de la guerra civil libanesa, hace más de cincuenta años. Para ella, no era un simple consejo financiero, sino la expresión de una temprana conciencia del peligro y de la necesidad de prepararse para los días difíciles. También había conocido la tragedia de la hambruna a través de los relatos transmitidos por su padre, cuyos dos hermanos emigraron en busca de sustento y permanecieron mucho tiempo sin dar noticias, mientras él se quedó para cuidar de sus padres…

Al mismo tiempo, mi madre estaba influida por las ideas reformistas de Raymond Eddé y por sus temores ante las ambiciones expansionistas de Israel. Recordaba en particular su advertencia, en 1969, contra la firma del Acuerdo de El Cairo, por temor a que pudiera ofrecer a Israel un pretexto para ampliar su ocupación del sur del Líbano, en el marco de lo que él consideraba sus ambiciones expansionistas históricas.

Hoy recuerdo estos episodios no para volver a las tragedias del pasado, sino porque el Líbano atraviesa una vez más un momento decisivo y porque algunas lecciones del pasado no deben perderse.

Lo más importante que podemos hacer hoy es impedir que nuestras profundas divergencias se conviertan en una nueva guerra entre libaneses. Debemos preservar nuestra unidad y la paz civil, moderar nuestro discurso político y mediático, y rechazar la incitación, las acusaciones de traición y el espíritu de venganza, por profundas que sean nuestras diferencias…

Pero la unidad no es solo un lema. Debe traducirse en hechos concretos.

En primer lugar, debemos declarar un estado de emergencia social para proteger a la población: garantizar alimentos, medicinas y refugio para los desplazados, apoyar a las familias más vulnerables y coordinar los esfuerzos entre el Estado, los municipios, las asociaciones y el sector privado, para que el miedo no se transforme en una nueva tragedia marcada por la hambruna y la emigración…

En segundo lugar, debemos preservar lo que queda de nuestra economía: apoyar a las pequeñas empresas, a los agricultores y a los productores, proteger los empleos, mantener en funcionamiento las escuelas, las universidades, los hospitales y las fábricas, y alentar a los libaneses dentro y fuera del país a mantener vivo el ciclo económico.

En tercer lugar, debemos evitar la mayor pérdida de todas: la emigración de los propios libaneses. El Líbano ya pagó un precio muy alto en el pasado, cuando las guerras, la hambruna y el colapso empujaron a emigrar a un gran número de jóvenes, trabajadores e intelectuales. Hasta hoy seguimos pagando el precio de esa hemorragia humana.

Por eso, hoy nuestra “moneda blanca” no es solo dinero. Es el ser humano libanés, su unidad, su trabajo, su escuela, su granja, su empresa, sus ahorros y su confianza en el futuro de su país.

Aquí empieza la responsabilidad del Estado: estar presente, proteger a sus ciudadanos, recuperar su confianza y elaborar un plan claro de resiliencia económica y social, seguido de la reconstrucción y la recuperación.

En el plano político, no hay salvación para el Líbano fuera del diálogo interno y de un acuerdo entre los libaneses sobre aquello que pueda proteger la soberanía del Estado, la independencia de la decisión nacional y la seguridad de todas las regiones, lejos de toda lógica de dominación o exclusión. Aquello en lo que nosotros, los libaneses, logremos ponernos de acuerdo debe constituir la base de nuestra fuerza en cualquier negociación sobre el futuro del Líbano y de su territorio.

Nuestra historia nos ha enseñado que el Líbano paga muchas veces el precio de sus divisiones. En estos días oscuros, quizá no podamos decidir todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero sí podemos decidir cómo enfrentarlo como libaneses.

Y si de verdad debemos “guardar nuestra moneda blanca para nuestro día negro”, preservemos hoy aquello que vale más que el dinero: nuestra unidad, nuestra confianza en el Líbano y nuestra capacidad para reconstruirlo.

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