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Mirada posada

Sobre la influencia de Estados Unidos en Oriente Medio después de la guerra contra Irán

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Por Rami Rayess
Publicado sep 24, 2026 - 11:34

Mucho se ha escrito sobre el nuevo Oriente Medio y sobre las profundas transformaciones que ha atravesado durante los últimos tres años. Los analistas se han sucedido en las pantallas para ofrecer sus evaluaciones sobre el rumbo que podrían tomar los acontecimientos en los próximos años y sobre las trayectorias que seguirá la región a la luz del visible cambio en el equilibrio de fuerzas políticas y militares. Lo cierto es que los cambios son considerables y merecen una lectura serena.

Algunos consideran que el orden regional cuyos cimientos se establecieron a principios de la década de 1990, tras el colapso de la Unión Soviética y la hegemonía prácticamente indiscutida de Estados Unidos sobre los asuntos mundiales, ha entrado en una etapa de retroceso como consecuencia del involucramiento directo de Washington en las guerras de la región, cuando no de su propia contribución a desencadenarlas. Entre los ejemplos más evidentes figuran la invasión de Irak en 2003 y la guerra contra Irán, que continúa de manera intermitente sin haber llegado todavía a un desenlace definitivo.

Algunos observadores llegan incluso a comparar el momento de declive al que podría aproximarse Estados Unidos después de la guerra contra Irán con el que vivieron Francia y Gran Bretaña, con todo su pasado imperial y colonial, tras la crisis de Suez de 1956. Naturalmente, el declive de una gran potencia no ocurre de la noche a la mañana, sobre todo cuando todavía dispone de enormes capacidades políticas, militares y económicas.

Lo cierto es que Estados Unidos nunca ha logrado doblegar al régimen iraní desde la revolución de 1979, ni mediante décadas de sanciones y aislamiento ni a través de una confrontación militar directa. Tampoco ha conseguido brindar a sus aliados del Golfo la protección que esperaban, lo que ha suscitado entre ellos interrogantes fundamentales sobre la utilidad de las bases militares estadounidenses en la región. Hoy, esos Estados consideran que están pagando el precio de una guerra en cuya decisión no participaron, de la que no fueron informados y que se emprendió incluso pese a su oposición categórica.

La situación se complicó aún más por las repercusiones de la guerra sobre la navegación marítima en el estrecho de Ormuz. Surgieron nuevos problemas que antes no existían, mientras que el comercio petrolero quedó expuesto a numerosos riesgos y obstáculos. Los ataques estadounidenses contra instalaciones de almacenamiento de agua en Irán, así como los bombardeos israelíes contra depósitos de petróleo, expusieron además a los Estados del Golfo al riesgo de represalias que podrían haber vuelto inhabitables algunas zonas.

Por ello, resulta legítimo preguntarse si esta última guerra contribuyó a consolidar la influencia de Estados Unidos en la región o si, por el contrario, sentó las bases de su debilitamiento.

El orden posterior a 1991, surgido tras el colapso de la Unión Soviética, sirvió sin duda directamente a los intereses estadounidenses: garantizó la circulación del petróleo, permitió a Washington ejercer una influencia casi absoluta sin una verdadera oposición rusa o china, favoreció grandes contratos con los Estados del Golfo, reforzó la seguridad de Israel y sostuvo la lucha contra el “terrorismo”, entre otras prioridades de Estados Unidos.

Sin embargo, nada de eso impidió la proliferación de guerras, conflictos e inestabilidad en países como Siria, Yemen, Sudán, Líbano y Libia, entre otros. Palestina constituye, por supuesto, un caso aún más evidente. Washington ha reiterado constantemente su apoyo a una solución de dos Estados, pero sin ejercer una presión real sobre Israel para que avance hacia ella. Israel, por su parte, ha actuado exactamente en la dirección opuesta mediante la expansión de los asentamientos en Cisjordania y su negativa a retirarse de Gaza, territorio que ya ha devastado y donde ha causado la muerte de miles de sus habitantes.

También se han derrumbado los históricos principios que Washington solía enarbolar con orgullo en defensa de las libertades, la democracia y los derechos humanos, particularmente a raíz del respaldo ilimitado que la administración del expresidente Joe Biden brindó al gobierno de Benjamin Netanyahu después del 7 de octubre de 2023. En realidad, esa contradicción no es nueva: Estados Unidos ya había dejado de lado esos principios en numerosas ocasiones al aliarse con regímenes autoritarios siempre que estos garantizaran sus intereses.

Esto tampoco ha impedido nunca que Washington les dé la espalda a algunos de sus aliados cuando considera que han llegado políticamente al final del camino. Así ocurrió con el expresidente egipcio Hosni Mubarak en 2011. Ese episodio envió una señal profundamente negativa al resto de los aliados de Estados Unidos, que comenzaron a preguntarse si Washington permanecería a su lado en caso de que aumentaran las tensiones internas en sus respectivos países.

En cualquier caso, resulta claro que existe una convergencia de intereses entre Irán e Israel en mantener a Oriente Medio en un estado de tensión e inestabilidad, aunque las razones y justificaciones de cada uno sean diferentes. También resulta evidente que Estados Unidos ha agotado los instrumentos a su disposición para disuadir a cualquiera de los dos de continuar por ese camino, ya se trate de su aliado privilegiado o de uno de sus adversarios más encarnizados.

¿Puede Washington diseñar una nueva política para Oriente Medio? Eso parece poco probable durante la actual presidencia de Donald Trump. Pero cualquier política que no contemple poner fin a la protección de la impunidad, dejar de apoyar a aliados independientemente de la naturaleza de su relación con sus propias sociedades y abandonar la insistencia en privilegiar las opciones militares frente a los adversarios no hará sino profundizar la erosión y el retroceso de la influencia estadounidense.

Dentro de algunos años, ¿quién ocupará el espacio dejado por ese repliegue?

Ésa es la pregunta.

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