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Mirada posada

¡Integración, no confrontación!

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Por Rami Rayess
Publicado jul 26, 2026 - 07:49

Es cierto que traducir la visita del presidente de la República Libanesa, Joseph Aoun, a la Casa Blanca en resultados políticos concretos requerirá tiempo y un esfuerzo sostenido, por múltiples razones. Pero también es cierto que las formas importan en las relaciones entre los Estados, especialmente cuando se trata de un presidente tan impredecible como Donald Trump, conocido por conceder, en ocasiones, mayor peso a la relación personal que a las consideraciones institucionales en su trato con jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo. La escena ocurrida en la Oficina Oval, donde el presidente ucraniano Volodímir Zelenski fue reprendido públicamente ante las cámaras de todo el mundo, permanece viva en la memoria colectiva.

Por ello, no puede subestimarse la dimensión simbólica de las cumbres presidenciales, especialmente para un país pequeño como el Líbano, cuyo mayor activo sigue siendo la reputación de sus ciudadanos, capaces de integrarse en las sociedades que los reciben y de alcanzar en ellas las más altas responsabilidades políticas, económicas y sociales. Todo indica que el viejo lema según el cual “la fuerza del Líbano reside en su debilidad” ha vuelto a abrirse paso en el escenario político libanés, sobre todo después del derrumbe de todos los eslóganes relacionados con el llamado “equilibrio de la disuasión” y otros conceptos que perdieron todo significado tras las guerras de 2024 y 2026. En cualquier caso, siempre ha sido una idea profundamente equivocada, y volver a ella sería un grave error.

Si bien es cierto que el Líbano no puede aspirar a construir un arsenal militar comparable al de otros Estados para defender su territorio y sus fronteras, confiar exclusivamente en los “amigos del Líbano”, como ha sugerido un dirigente político, tampoco constituye una solución. La diplomacia y la política exterior de un Estado no pueden edificarse únicamente sobre amistades. En política no existen amistades permanentes. Lo que hoy coincide con los intereses de un país puede dejar de hacerlo mañana, sin explicación ni justificación.

No menos importantes que la cumbre entre el Líbano y Estados Unidos fueron las declaraciones políticas pronunciadas por el presidente Aoun durante la recepción organizada por la Embajada del Líbano en Washington. Sus palabras reflejaron una comprensión profunda de los dilemas que enfrenta hoy el país y de la manera de superarlos, conciliando el interés nacional supremo, la soberanía y el monopolio de las armas en manos del Estado con la necesidad igualmente esencial de evitar que estalle un conflicto interno o que las confrontaciones regionales se trasladen al escenario libanés, poniendo en riesgo la estabilidad y la paz civil.

La afirmación del presidente de que Hezbolá no es una fuerza mercenaria reviste, en ese sentido, una importancia particular. Sus integrantes son los hijos del sur del Líbano, por profundas que sean las discrepancias que muchos libaneses mantienen con ellos, y por más que su doctrina religiosa haya pasado a formar parte de un proyecto político cuyos fundamentos rebasan las fronteras y las capacidades del Líbano. La respuesta no reside en la confrontación, sino en la integración, y esta solo podrá alcanzarse mediante una visión nacional integral capaz de reconstruir la confianza entre el Estado y los distintos componentes de la sociedad libanesa.

La brecha entre esos distintos componentes de la sociedad libanesa y el Estado no deja de ampliarse por múltiples razones. Algunas están arraigadas en convicciones profundamente interiorizadas por determinados sectores de la población, convicciones que no resulta fácil abandonar ni cuestionar mediante planteamientos políticos, sociales o, con mayor razón, religiosos. Otras responden a un largo legado histórico marcado por la incapacidad del Estado, y en ocasiones por su falta de interés, para proteger al sur del Líbano y a sus habitantes, dejándolos expuestos a las agresiones israelíes incluso antes del surgimiento de Hezbolá. A ello se suman la debilidad estructural del Estado, la concentración de la actividad económica en la capital y las grandes ciudades, así como el abandono, deliberado o no, de las zonas rurales, la agricultura, la artesanía y las pequeñas industrias locales, elementos indispensables para que sus habitantes puedan permanecer en su tierra.

En ese contexto, resulta indispensable que las medidas de la próxima etapa avancen de manera simultánea, con el fin de ir cerrando gradualmente esa profunda brecha. El Estado debe ocupar de inmediato el vacío en los ámbitos político, de seguridad y económico, reafirmando su presencia allí donde ha estado ausente durante demasiado tiempo. El gesto simbólico del primer ministro Nawaf Salam, al plantar la bandera libanesa en Zawtar al-Gharbiya tras la retirada israelí, se inscribe plenamente en esa lógica. Ahora debe ir acompañado de iniciativas similares en todos los niveles.

Si ese es uno de los imperativos en el plano interno, la prioridad en el ámbito externo consiste en fortalecer a las Fuerzas Armadas Libanesas como principal garante de la paz civil, dotándolas de los medios necesarios para cumplir plenamente sus responsabilidades, tanto en la preservación de la estabilidad interna como en la consolidación del monopolio de las armas en manos del Estado. Ese objetivo debe perseguirse, ante todo, en cumplimiento del Acuerdo de Taif, antes incluso de responder a cualquier exigencia externa, y como una forma de evitar nuevas guerras fuera de todo control, que una y otra vez han sumido al Líbano en la destrucción y el colapso.

Fortalecer a las Fuerzas Armadas Libanesas, desarrollar sus capacidades y seguir consolidándolas constituye la piedra angular de la próxima etapa, sin menoscabar su doctrina militar, al menos mientras no se esclarezca plenamente la situación en el sur del Líbano, Israel no complete su retirada y los territorios ocupados no hayan sido plenamente recuperados.

Solo el Estado sigue siendo el garante fundamental de todos los libaneses, aunque en las actuales circunstancias políticas todavía no disponga de los medios necesarios para ofrecer una protección plena. Parte de esa capacidad depende también de su aptitud para reunir a los libaneses en torno a su proyecto nacional, porque todos los proyectos paralelos han terminado demostrando un fracaso rotundo.

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