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Mirada posada

Estados Unidos-Israel: malestar en las relaciones

¿Existe un verdadero giro estadounidense con respecto al Estado hebreo?

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Por Rami Rayess
Publicado jun 21, 2026 - 16:30

Numerosos analistas se han detenido en las críticas poco habituales formuladas por el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, contra Israel, interpretándolas como una postura inédita, pese al amplio apoyo político, militar y económico que Washington brinda a Tel Aviv.

En efecto, Vance recordó a los críticos israelíes del acuerdo diplomático con Teherán que dos tercios de las armas que han “protegido su patria” son de fabricación estadounidense y están financiadas por los contribuyentes estadounidenses.

Señaló que Israel depende excesivamente de la fuerza militar para resolver sus crisis y que debería otorgar mayor consideración a Washington como su único y principal aliado estratégico que le queda en el mundo. En una entrevista concedida a The New York Times, Vance precisó que Donald Trump es el único jefe de Estado en el mundo que actualmente muestra simpatía por Israel, antes de lanzar este mensaje a los israelíes:

“Son un país de nueve millones de habitantes y no pueden resolver todos sus problemas de seguridad nacional únicamente mediante el asesinato”.

Un cambio de tono inédito

No cabe duda de que hay un cambio en el tono y en la forma de dirigirse a Israel. Es poco frecuente escuchar críticas serias de voces oficiales estadounidenses hacia este país, considerado a menudo como “el niño mimado” de las administraciones sucesivas.

Estas últimas generalmente competían por mostrar su parcialidad política a favor de Israel, un paso casi obligatorio para continuar una carrera política sin obstáculos, debido a la enorme influencia de los grupos de presión (lobbies) estadounidenses en los pasillos de Washington.

Si este cambio repentino de tono es realmente cierto, eso no significa en absoluto que la actual administración estadounidense se haya “liberado” de la influencia sionista ejercida por estos grupos de presión. Tampoco significa que ahora sea capaz de debatir públicamente que existe una diferencia entre el interés nacional estadounidense y el interés israelí, y que asumir que ambos están permanentemente alineados es un error político, incluso estratégico, que ha costado, y continúa costando, a Estados Unidos enormes pérdidas morales, políticas y materiales.

Las consecuencias del sesgo histórico estadounidense

El histórico y absoluto respaldo estadounidense a Israel, así como el paraguas de protección que se le ha proporcionado en todos los niveles, desde el uso repetido del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas durante décadas para garantizarle impunidad frente a la ocupación y la represión del pueblo palestino, hasta los niveles más bajos, ha contribuido con el paso de las décadas a alimentar los sentimientos de odio hacia Estados Unidos, especialmente en la región árabe, creando una brecha abismal entre los pueblos de la región y Washington.

Sin embargo, estos sentimientos de rechazo nunca se tradujeron en un movimiento concreto de oposición. Esto se debe a varios factores, entre ellos:

La ausencia de democracia en los países árabes y la represión de los pueblos, que les impiden expresar sus verdaderos sentimientos.

La fragmentación árabe y las divisiones oficiales sobre la manera de gestionar el conflicto israelí-árabe.

La firma de acuerdos de paz unilaterales con Israel, especialmente por parte de Egipto y Jordania, rompió la unidad y debilitó la posición árabe. Este proceso continuó años más tarde con los Acuerdos de Abraham, destinados a una normalización prácticamente gratuita.

Cabe recordar que la primera administración del presidente estadounidense Donald Trump trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén, reconoció la ciudad como capital de Israel y reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán sirios ocupados. Estas medidas, impulsadas por administraciones anteriores pero nunca ejecutadas, fueron concretadas por Trump sin esperar reacciones árabes significativas, lo cual efectivamente ocurrió.

Hoy, un sentimiento predomina dentro de una parte del equipo de Trump: Israel ha “empantanado” a Estados Unidos en la guerra contra Irán, mientras que el verdadero peligro representado por Teherán, ya sea directamente o a través de sus brazos armados, especialmente Hezbolá en Líbano, estaba dirigido mucho más contra Israel que contra Estados Unidos, pese a la retórica política iraní hostil hacia Washington (al que califican de “Gran Satán”, entre otros términos).

El propio Trump parece compartir este sentimiento, lo que explica su insistencia en alcanzar un acuerdo con Teherán, aunque envuelva ese deseo en un tono amenazante, llegando incluso a hablar de “la desaparición de la civilización persa”. Esto también explica por qué el acuerdo es fundamentalmente estadounidense-iraní, mientras que la guerra fue estadounidense-israelí-iraní.

Trump y su equipo son conscientes de que Israel no aceptará fácilmente un acuerdo y prefiere la prolongación de una guerra patrocinada y asumida por Washington, que sirve en primer lugar a sus propios intereses. Esto es lo que justifica la frase del vicepresidente estadounidense dirigida a los israelíes: “No pueden resolver todos sus problemas de seguridad nacional únicamente mediante el asesinato”.

¿Una oportunidad para los países del Golfo?

Sin duda es prematuro apostar por una ruptura entre Estados Unidos e Israel o esperar un divorcio entre ambos países. Sin embargo, los países árabes del Golfo pueden apoyarse en este cambio para abrir un debate político con Washington. Los principales ejes de esta discusión deberían ser:

El rechazo a involucrar a la región en nuevas guerras al servicio de Israel.

El rechazo a que las bases estadounidenses se conviertan en objetivos en lugar de ser una fuente de estabilidad.

La afirmación de que persistir en eludir la causa palestina solo conduce a más muertes y destrucción, sin una salida.

El reconocimiento de los derechos legítimos del pueblo palestino como paso obligatorio para la estabilidad en Medio Oriente y en la región árabe.

El presidente estadounidense es consciente de la importancia de su relación estratégica con los países árabes del Golfo debido a sus riquezas petroleras, que constituyen un pilar fundamental de la política exterior de Trump (Venezuela es un ejemplo evidente).

Por lo tanto, Washington ya no puede continuar ignorando las demandas árabes de una solución pacífica a la causa palestina, que comienza con el establecimiento de un Estado independiente y viable, y con el fin de la política de asesinatos y la expansión colonial de Israel en Cisjordania, así como de su expansión hacia el Líbano y el sur de Siria.

Solo Estados Unidos tiene el poder de frenar y disciplinar a Israel, siempre que exista voluntad política y siempre que se consolide la convicción de que el interés nacional estadounidense no se alcanza necesariamente mediante una alineación ciega con Tel Aviv, sus proyectos expansionistas y sus guerras interminables.

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